martes, 28 de octubre de 2008

Nabokov-Comandante Prado

Anticipo Literatura
El grano de sal de la ironía
En Nabokov y su Lolita (La Compañía), la escritora rusa comenta la célebre y controvertida novela de su compatriota y subraya el hecho de que las obras de los grandes narradores, aun las más dramáticas, siempre incluyen la comicidad





Por Nina Berberova



Lolita apareció en París en 1955, en inglés, lengua de su composición. La novela fue publicada en Estados Unidos en 1958. [...] En el posfacio de la edición estadounidense pueden leerse las siguientes líneas:





No soy lector ni autor de novelas didácticas y, a pesar de la afirmación de John Ray, Lolita no tiene lastre moralizante. Para mí, una obra de ficción sólo existe en la medida en que me proporciona lo que llamaré lisa y llanamente placer estético, es decir, la sensación de que es algo, en algún lugar, relacionado con otros estados de ser en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma. Todo lo demás es hojarasca temática solidificada en inmensos bloques de yeso cuidadosamente transmitidos de época en época, hasta que al fin aparece alguien con un martillo y hace una buena rajadura a Balzac, a Gorki, a Mann.





Tales son las palabras de Nabokov en su posfacio, y dado que hasta ese momento nunca había hablado abiertamente sobre las razones por las que escribe, esas líneas serán muy importantes para sus lectores rusos. La confesión está hecha: escribe por placer, al igual que Cervantes y Shakespeare, Pushkin y Schiller, Baudelaire y Blok. Schiller hablaba de su obra en esos mismos términos: "El objetivo del arte es para mí una forma particular de placer". Recordar esas palabras de Schiller, recorrer las líneas de Nabokov, es exactamente como abrir de par en par la ventana de una casa sofocante, tapizada de telarañas, que huele a ratones y naftalina. Pronto se van a cumplir cien años de que en Rusia un tropel de gente, desde Chernichevski hasta Dudintsev, escribe como si Schiller nunca hubiera existido, y es probable que durante mucho tiempo continúe escribiendo como si nunca hubiera existido Nabokov. Pero un día... un día... sin duda alguien llegará con su martillo y destruirá toda la hojarasca temática en la que, desde hace un siglo, la gente escarba para responder a las preguntas: "¿Qué hacer?" [título de una novela de N. G. Chernichevski escrita entre 1862 y 1863 que Lenin retomó en 1902] y "¿Quién es culpable?" [título de una novela de A. I. Herzen, aparecida en 1841]. Y he aquí que a lo largo de todo ese tiempo la literatura rusa da un retoño semejante al hijo ilegítimo de una familia honesta, que envenena los gustos y el intelecto de varias generaciones.





D. H. Lawrence, uno de los más notables escritores y poetas ingleses, ha dicho más de una vez que en el amor debe haber una parte de juego, como, por supuesto, en el arte: el arte, sin juego, nos sofoca de aburrimiento. El elemento cómico está presente en las obras de los genios de todos los tiempos. Sólo los individuos desprovistos de talento toman totalmente en serio sus escritos y su propia personalidad, privados como están de ese "grano de sal" que hace a toda verdadera creación. Pushkin, Gogol, Dostoievski, lo sabían bien, pero no fue siempre el caso de Lermontov que, a pesar de su maravilloso talento, no supo transmitir, cuando lo tradujo, la triste ironía de Heine, como lo atestigua En el Norte salvaje: no hay ningún rastro de "grano de sal" y allí no se ve más que a dos personas de sexo femenino que se aburren y querrían hablar entre ellas. A partir de Lermontov, los traductores rusos casi siempre han vuelto el texto extranjero más inconsistente, puritano, tedioso –independientemente de la calidad de la traducción–, despojándolo de toda sonrisa, tuviera una o fuera ésta sólo aludida. [...] Podemos imaginar que en ruso Lolita tendrá una sonoridad muy distinta de la del inglés, privada de ese impiadoso y gracioso "espíritu de Aristófanes" que llevó a algunos críticos a hablar de "libro cómico".





Todo esto para pasar a la ironía de Nabokov, uno de los elementos fundamentales de Lolita, que lo vincula con los genios de nuestro pasado, nada menos que con Dostoievski, tanto como Gogol y –a través de hilos más profundos y completos todavía– Andrei Biely. Desde sus primeros libros, el humor fue uno de los rasgos característicos de Nabokov y sus lazos con Gogol han sido ya objeto de ciertos análisis, pero Lolita vuelve imposible cualquier duda: insensiblemente, sin que Nabokov lo advirtiera, Dostoievski le ha inoculado la sustancia misma de su comicidad, y las líneas de éste sobre la edificación de una canalización en Karlsruhe [se trata de una anécdota de Los demonios] o sus consideraciones sobre la belleza del rostro de la mujer rusa ("bastante similar a un blini, suscita en los maridos una dolorosa indiferencia, que da razón al cuestionamiento femenino") tienen la misma sonoridad que el humor de Lolita. En lo que concierne a Petersburgo, la novela de Biely ha funcionado, por decirlo así, como catalizador de todo el arte de Nabokov. Hay allí materia para un análisis literario particularmente importante, que no me atrevería a abordar aquí de manera superficial. Me limitaré a constatar que Gogol-Dostoievski-Biely-Nabokov forman una cadena evidente.





[...] ¿Significa esto que considero Lolita como una novela rusa y a Nabokov, a pesar de todo, como un escritor ruso? Voy a responder a esta pregunta con plena conciencia de mi responsabilidad.





En estos últimos veinte o treinta años de literatura occidental, o para ser más precisos, en la cumbre de esa literatura, ya no existen novelas "francesas", "inglesas" ni "estadounidenses". Lo mejor que se publica hoy día es internacional. No sólo se lo traduce inmediatamente a otros idiomas, sino que a menudo se lo edita desde un primer momento en dos lenguas y –por sobre todo– no es raro que se lo haya escrito en una lengua distinta de aquella en que debería habérselo escrito. Ya había habido, en el siglo XIX, escritores así, pero las razones por las que Conrad nunca escribió en polaco, sino directamente en inglés, no son exactamente las mismas que llevaron a Wilde a escribir en francés o a Strindberg en alemán. En ese sentido, Wilde y Strindberg son los verdaderos precursores de nuestros actuales escritores cosmopolitas. En su tiempo, si hubiera dominado la lengua francesa a la perfección, sin duda Joyce habría escrito Ulises en francés, a semejanza de lo que hace Beckett hoy. Pero a nadie se le ocurrió nunca preguntarse: ¿se perdió Beckett para la literatura inglesa? Está allá, está aquí. En definitiva, ya no se trata de lengua, ésta ha dejado de cumplir el papel estrechamente nacional del que podía estar investida hace ochenta o cien años, las fronteras de las lenguas europeas se borran poco a poco y es probable que de acá a un siglo... Pero ése es otro tema.





Traducción: Pedro B. Rey






Nabokov en la senda de Wilde

Foto: Corbis




Historia Documento
Las peripecias del comandante Prado
El militar argentino ingresó de niño en el Ejército y, ya retirado, escribió La guerra al malón, hoy obra de consulta, donde registró las últimas acciones de la Campaña del Desierto
Por Miguel Ángel De Marco
Para LA NACION
Manuel Prado tenía apenas once años –había nacido en Buenos Aires el 8 de julio de 1863– cuando su padre pidió una beca en el Colegio Militar con el fin de saciar la "inclinación irresistible" del niño hacia la carrera de las armas. Era frecuente en aquellos tiempos que los chicos aprendiesen, en la edad de los juegos, el duro oficio de guerrear. El director del instituto fundado cuatro años antes por Sarmiento dispuso el examen físico e intelectual del aspirante y consideró que podía ser incorporado. Pero, por razones que desconocemos, el ingreso no se produjo y sólo el 25 de julio de 1877, según se aprecia en su legajo personal, solicitó ser dado de alta en el 3 de Caballería de Línea. La unidad estaba en Trenque Lauquen, al mando del célebre coronel Conrado Villegas.
Un oficial del cuerpo, salido de la tropa y curtido por los años de servicio, fue destinado a "recibir" al muchacho en la estación Del Parque, desde donde saldría el tren que lo conduciría a Chivilcoy, entonces cabecera del Ferrocarril Oeste. "Mi padre –diría Prado–, que había creído descubrir en mí todos los caracteres de un guerrero, me encajó de cadete para no meterme de fraile; y para que ganase en buena ley los galones, eligió para mi debut un regimiento que se hallaba en la frontera, primera línea."
El alférez Lorenzo Requejo recién le dirigió la palabra al llegar a Flores. Allí se registró este diálogo de antología:
–¿Qué edad tiene?
–Catorce años.
-¿Cumplidos?
–No, señor: cumplo en julio.
–¿Y quién diablos le ha metido a usted en la cabeza ser militar?
–¿A mí? Nadie.
–¿Cómo nadie?... ¿Acaso el juez de menores?...
–No, señor. Mi padre es quien desea que me haga oficial. Él me ha puesto en el Ejército.
–Bueno, amigo. Su padre es un salvaje, y no sabe lo que es canela. Cuando menos se ha figurado que mandarlo a usted a un regimiento de primera línea es como ponerlo a pupilo en los jesuitas. Allá va a tener que hamacarse y sudar sangre. He visto llorar hombres… ¡La gran flauta! Si yo fuera Rosas, lo hacía venir a su padre con nosotros, y ya vería lo que son pastillas.
Requejo comenzó, tratando de dulcificar el tono, sus lecciones sobre la frontera, que sobresaltaron al aspirante con sus advertencias sobre lo áspero que sería su porvenir.
En Chivilcoy se enteraron de que el cacique Pincén, con un considerable grupo de indios, "estaba adentro haciendo fechorías". El malón había sido sentido en las cercanías de Rojas y Pergamino. El alférez, dos suboficiales y el aspirante Prado subieron a la galera tirada por cansados matungos junto a un capataz y a "un galleguito que iba de mozo para el hotel de Chacabuco".
Así, abruptamente, comenzó el servicio, cuando estaba a punto de concretarse la campaña que hizo flamear la bandera nacional en las márgenes del Río Negro, con "frío, sufrimiento y pena", como diría en La guerra al malón, libro que otorgó un lugar en la historia de la literatura argentina a aquel oficial de línea diligente y modesto. "Así debutaba yo; así empezaba a tejer el galón de alférez para mi quepis; así me echaba en la corriente de mi destino; así pasaba la primera lista de presente en mi existencia de lucha, de amargura, de desengaños."
El segundo jefe del 3 de Caballería, regimiento a cuyas hazañas Prado dedicaría también buena parte de su primer libro, La conquista de la Pampa (1892), le descargó el siguiente discurso de bienvenida:

Empieza usted una carrera muy difícil, amigo mío. En ella, todo el camino es cuesta arriba. La senda es angosta y peligrosa; a lo mejor, puede usted resbalarse y caer al abismo. Si cae, no piense en salir sano, porque es hondo, y la ladera está llena de riscos. Hay que ser guapo. Resuelto y subordinado. Aquí no hay reclamo ni disculpa. El superior manda; y, tuerto o derecho, es preciso obedecerlo. Le advierto que el de arriba tiene siempre la razón. En la vida que llevamos se come cuando se puede y se come lo que le dan; se duerme como la grulla en una pata, y con un solo ojo como el zorro. Si a usted lo castigan, cuando termine la pena, debe presentarse a quien lo castigó y darle las gracias. La murmuración es una falta gravísima y los reclamos son delitos que no se perdonan jamás. Ahora van a darle el armamento y el uniforme. Lo destinaremos a una compañía y mañana temprano empezará el servicio. Si necesita algo, véame. Pero, estudie mucho y aprenda. La carrera militar necesita hombres instruidos y usted puede instruirse, ya que es joven.
Recibió un uniforme en el que cabía dos veces, un sable de colosales dimensiones, una carabina, dos camisas y dos calzoncillos, un poncho roto y sucio y una manta en no mejores condiciones.
La dureza de la disciplina, el hambre y la soledad que mellaban los espíritus más fuertes, las atropelladas contra los indios y la desesperada resistencia de éstos no tardaron en hacer estragos en el cuerpo del joven oficial, hasta el punto de impedirle ocupar puestos de mando y destinarlo a tareas más bien burocráticas. Pese a ello, en el servicio se había ejercitado en el manejo de la pluma no sólo para las funciones castrenses sino para evocar los episodios de que había sido actor y testigo.
Mientras ascendía paso a paso hasta llegar a teniente coronel, en 1898, comenzaba a ejercer el periodismo. Un día, el redactor de LA NACION Roberto J. Payró y el pintor Martín Malharro, que habían escuchado con agrado e interés sus experiencias personales, lo convencieron de que debía reflejarlas en un libro. Así surgió, en 1907, La guerra al malón, cuando ya llevaba algunos años retirado. No imaginaba que esa "reunión de varias hojas de papel cosidas y encuadernadas juntas" alcanzaría múltiples ediciones, algunas de bella factura, y que sería obra de consulta obligada para estudiar las últimas acciones de la lucha del desierto.
El comandante Prado fue periodista en LA NACION, El Diario y La Tribuna. Vivió en sus últimos años en Rosario, donde murió el 19 de junio de 1932. El glorioso Regimiento 11 de Infantería, fundado por San Martín antes del cruce de los Andes, le rindió honores ante el modesto nicho del cementerio La Piedad donde hoy descansan sus restos.

"A través de la pampa", óleo de Alfredo París (Museo Histórico Nacional)

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