jueves, 24 de mayo de 2018

A los 85 años, murió el escritor estadounidense Philip Roth


24 de mayo de 2018

A los 85 años, murió el escritor estadounidense Philip Roth
La genial inmersión de lo literario en la realidad
Autor de Pastoral americana, La lección de anatomía y El mal de Portnoy, entre muchos otros títulos, fue uno de los grandes de la literatura del siglo XX. Uno de esos escritores que hacían que la ficción pudiera abarcarlo todo.


En 2012, Roth anunció para asombro de muchos que ya no tenía nada más que escribir.
En 2012, Roth anunció para asombro de muchos que ya no tenía nada más que escribir. 

Goodbye, Philip, el último novelista vivo de una luminosa generación de escritores estadounidenses de la segunda mitad del siglo XX. La literatura se lo permitió todo: la impúdica e hilarante diatriba de su personaje Alexander Portnoy con su psicoanalista o el grito de un neurótico desesperado: “¡No dispare, soy un escritor serio”, de Nathan Zuckerman, un novelista que podría ser la cruza perfecta entre Peter Pan y Franz Kafka, un judío culto, angustiado y cómico a su pesar, una suerte de alter ego elevado a la enésima potencia porque parece más “real” que sus demiurgos, tan encantador como polémico, que apareció en novelas como las que integran la Trilogía americana –Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista (1998) y La mancha humana (2000)– y también en La visita al maestro (1979), Zuckerman desencadenado (1981) y La lección de anatomía (1982). Lo que no le dio la literatura –o más bien la mezquindad de “voces autorizadas” que serán tragadas por el olvido– fue el Premio Nobel de Literatura. Quizá haya sido mejor así. Ahora está en muy buena compañía junto a “los sin Nobel”  como Jorge Luis Borges, James Joyce, Kafka y Virginia Woolf, entre otros. Ha muerto Philip Roth, el martes por la noche en Manhattan, a los 85 años, a causa de una insuficiencia cardíaca.
Philip Milton Roth había nacido el 19 de marzo de 1933 en Newark (Nueva Jersey), la mayor de las ciudades al otro lado del río Hudson que muchos años después, en la década del 60, sería uno de los escenarios de la confrontación racial. Era el segundo hijo de Herman y Bess Roth, una familia judío-estadounidense que había emigrado de la región ucrano-polaca de Galitzia. Después de la educación secundaria, Roth fue a la Universidad de Bucknell, donde comenzó un doctorado en Filosofía que nunca terminó. Cambió de rumbo y se fue a la Universidad de Chicago, donde alcanzó una maestría en literatura inglesa y comenzó a enseñar escritura creativa. En Chicago conoció a Saul Bellow (1915-2005), a quien admiró con devoción y de quien fue amigo –“a diferencia de aquellos como nosotros que arribamos al mundo aullando, ciegos y desnudos, Mr. Roth aparece de entrada con uñas, pelo, dientes, hablando coherentemente y escribiendo como un virtuoso”, afirmó Bellow– y a Margaret Martinson, quien se convertiría en su primera esposa, una mujer a la que se la definió –cultura de machos alfa mediante– como inestable y colérica, que no controlaba sus emociones, bebía mucho y era una mentirosa compulsiva. Lo cierto es que fue una relación destructiva en la que hubo un intento de suicidio de ella y necesidad de psicoanalizarse por parte de él para superar los traumas que le dejó ese matrimonio que se extendió entre 1959 y 1963, años que coinciden con la publicación de la novela corta y los cinco relatos de Goodbye, Columbus (1959) –con el que ganó el prestigioso National Book Award en 1960– y su primera novela Deudas y dolores (1962). Esta experiencia inicial dejó una marca indeleble que fue capitalizada a través de varios personajes femeninos del escritor como Maureen Tarnopol en Mi vida como hombre (1974) y Mary Jane Reed en El mal de Portnoy (1969). 
Nadie como Roth para tensar las fronteras entre la realidad y la ficción. Las tensiones estallarían para desplegar un halo de polémica que siempre acompañaría al escritor. El tratamiento sarcástico de la sexualidad de Alexander Portnoy, un masturbador compulsivo obsesionado con su madre, puso en pie de guerra a un grupo de rabinos que lo acusaron de antisemita. Las feministas lo criticaron por ser un flagrante misógino. Hacer “la gran Roth” sería amotinarse para continuar demostrando en el campo de batalla de la escritura –una lucha a brazo partido que abandonó en 2012, cuando anunció para asombro de muchos que ya no tenía nada más que escribir– que “la literatura no es un concurso de belleza en el plano moral”. El escritor estadounidense fue “feo, sucio, malo e irreverente”. El New Yorker calificó a El mal de Portnoy como “uno de los libros más sucios jamás publicados”. Empujó tan lejos el elemento cómico y escribió ese monólogo en un tono tan subversivo y “confesional” –acaso influido por la lectura de J. D. Salinger– que causó un profundo escándalo en la sociedad norteamericana. Casi de la noche a la mañana, el escritor se convirtió en alguien famoso a quien los lectores increpaban por la calle, confundiendo escritor con personaje: “¡Eh, Portnoy, déjatela en paz!”. Después le ocurriría lo mismo con Nathan Zuckerman.
Claudia Roth Pierpont, periodista y biógrafa del escritor, autora de Roth desencadenado, ha leído todos los libros de Roth, dos veces por lo menos cada uno, y cuenta que no entiende por qué lo califican de misógino. “Es cierto que contienen descripciones sexuales masculinas muy honestas, pero en ellos también encuentras grandes personajes femeninos”, opina la biógrafa, que se considera feminista. “Las novelas de Roth están llenas de personajes femeninos que son terribles y divertidos, pero también de personajes masculinos que son igualmente terribles y divertidos. A veces pienso que esa acusación proviene más del mundo en el que vivimos que de los libros. Me recuerda a las acusaciones que recibieron sus primeros trabajos por parte de la comunidad judía, que por aquel entonces estaba muy nerviosa y no aceptaba las bromas porque en aquel momento se encontraba en una posición demasiado vulnerable. Eran los 50 y los 60, la guerra y algunas experiencias terribles quedaban demasiado cerca y la sensación general era que la ropa sucia se lava en casa. Con las críticas de las mujeres creo que pasará algo parecido. Sus personajes femeninos no son santas, pero es que Roth no sería un buen escritor si sus personajes fueran unos santos”. 
Harold Bloom –que aseguró que el chorro de creatividad de Roth es “casi shakespeareano”– lo incluyó en una suerte de Olimpo de la literatura estadounidense junto a Don DeLillo, Thomas Pynchon y Cormac McCarthy, tres narradores que ya han superado los 80 años. “En términos de diseño total y de inventiva y de originalidad, creo que Philip es lo que está más cerca de lo mejor”, subrayó Bloom. Más allá de esta especie de unción canónica, el héroe de Newark construyó su apabullante obra con la convicción de que desde el territorio omnipresente de la ficción podría abarcarlo todo: la gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, el macartismo, la hipocresía moral, la paranoia colectiva, los ideales americanos y la traición, el fanatismo político, la identidad personal, la familia y el sexo. Aunque quizá sea una empresa inútil intentar capturar el estilo literario de Roth, seguramente se podría establecer una especie de núcleo duro de coincidencias en torno a una cuestión: la inmersión de lo literario en la realidad, que encarna en Nathan Zuckerman, ese alter ego que en un juego de metaficción es creado por otro alter ego, Peter Tarnopol de Mi vida como hombre. Lo más significativo es que Zuckerman no es el foco narrativo unívoco donde se refugió Roth, sino que devino una suerte de catalizador polivalente a través del cual otros exponen sus historias. Lo eligen a él para que sea el narrador. Rodrigo Fresán propone una certera interpretación cuando reseña la reedición de Zuckerman encadenado: “De ahí que no sea arriesgado afirmar que Roth se encuentra a sí mismo recién cuando encuentra a Zuckerman. Y que estas primeras entregas funcionan como una educación sentimental y cerebral no sólo de un personaje, sino, también, de la persona que mueve sus hilos a menudo confundiendo vida y obra en pos de lo que el mismo Roth definió como ‘la creación de espejos del yo’”. No viene mal recordar que la importancia de Zuckerman excede incluso las páginas que escribió el estadounidense. Hay un breve cameo intertextual de Zuckerman en El suelo bajo sus pies, novela del británico Salman Rushdie. En esos “espejos del yo” se reflejan, como en un loop visual inconcluso, un Zuckerman que es Roth y un Roth que es Zuckerman. En Engaño (1990), probablemente una novela “menor” si la compara con otras, hecha en base a diálogos, un escritor llamado Philip que escribe un libro de un tal Zuckerman y tiene un relación con una dama inglesa con la que mantiene los diálogos, hay quizá una “declaración de principios” literaria: “El capricho es lo que hay en el fondo de la naturaleza de un escritor, exploraciones, fijaciones, aislamiento, malignidad, fetichismo, austeridad, frivolidad, perplejidad, infantilismo, etcétera. La nariz en la costura de la prenda interior… ésa es la naturaleza de la vida del escritor”.
Roth hundió la nariz en la costura de la prenda interior del sueño americano para pulverizarlo, como lo hizo en la excepcional Pastoral americana, y ganó el Premio Pulitzer en 1998. El “Sueco” Seymour Levov, el protagonista de la novela, es el paradigma del triunfador, un excelente atleta que se casó con una Miss New Jersey 1949, con quien tuvo una hija, Merry, una joven tartamuda que en 1968 se une a un grupo político opuesto a la intervención norteamericana en Vietnam. ¿Qué sucedió para que Merry cometiera tres asesinatos? La pregunta martiriza al Sueco: “¿Odiar a Estados Unidos? ¿Por qué? Él vivía en Estados Unidos como vivía dentro de su piel. Todos los placeres de sus años jóvenes fueron placeres norteamericanos, su éxito y su felicidad fueron norteamericanos, y no tenía necesidad de seguir manteniendo la boca cerrada sólo para reducir el odio de su hija ignorante. Qué solitario se sentiría sin sus sentimientos norteamericanos”. Roth incurrió en la insoportable corrección política, en La mancha humana, una de las peores epidemias de principios de este siglo, para narrar cómo se resquebraja la reputación de Coleman Silk, un profesor maduro y culto que pregunta si dos de los estudiantes que suelen faltar se han desvanecido como “humo negro”. La expresión poco afortunada es convertida en un ataque racista por uno de los estudiantes y desata un calvario sobre Coleman que lo hunde en la destrucción. Roth hundió su nariz en el duelo intolerable que implica ser testigo de la agonía y la muerte de su padre en Patrimonio (1991). Roth hundió su nariz en las regiones más oscuras de las experiencias humanas, como en La conjura contra América (2004), donde explora lo que hubiera pasado con una familia de origen  judío como los Roth si en las elecciones de Estados Unidos un candidato republicano filonazi, antisemita y aislacionista, como el popular aviador Charles A. Lindbergh, le hubiese arrebatado la victoria a Franklin D. Roosevelt en 1940.
   Cómo no acordar con Eduardo Lago cuando advierte que “de Philip Roth se podría afirmar lo que dijo Borges a propósito de Quevedo: ‘No es un escritor, es una literatura’”. Una literatura que segregó más de treinta libros y se despidió con Némesis (2010), la última novela que publicó, que transcurre durante la epidemia de polio que asoló a Estados Unidos en 1941. En 2011 ganaría el Man Booker International por el conjunto de su obra y en 2012 obtendría el entonces llamado Príncipe de Asturias de las Letras –hoy rebautizado Princesa de Asturias–, el mismo año en que anunció que dejaría de escribir. No pudo asistir a la ceremonia en Oviedo por una operación en la columna vertebral. Pero envió unas palabras de agradecimiento. “Soy un escritor estadounidense. La historia de los Estados Unidos, las vidas estadounidenses, la sociedad estadounidense, los lugares estadounidenses, los dilemas estadounidenses –la confusión, las expectativas, el desconcierto y la angustia estadounidenses– constituyen mi temática, como lo fueron para mis predecesores estadounidenses durante más de dos siglos. ¿Qué pueden significar mis historias estadounidenses para los lectores españoles? ¿Cómo puede mi retrato de la vida de los estadounidenses en novelas mías como Pastoral americana, Me casé con un comunista o La mancha humana competir con la representación estereotipada, excesivamente simplificada de los Estados Unidos que nubla la percepción de mi país en casi todas partes? ¿Puede una obra de ficción estadounidense –escrita por mí o por cualquiera de mis más que dotados contemporáneos– penetrar en una mitología de los Estados Unidos que está arraigada, en tantos ámbitos, en una acérrima animadversión política? –se preguntaba Roth–. Me imagino que la concesión de este premio –así como su concesión varios años atrás a mi amigo estadounidense Paul Auster– sugiere una esperanzadora respuesta afirmativa. Sí, una obra de ficción estadounidense seria es, efectivamente, capaz de atravesar la ignorancia, la mentira y la superstición sin sentido que generalmente se combinan para mantener a raya la enorme densidad de la verdadera realidad estadounidense. ‘¡Mira’, puedo decirme ahora, ‘hay algún lugar donde he conseguido hacerme comprender!’ Y si ese fuera el caso, nada me haría más feliz”.
   Roth era el último de los gigantes de las letras americanas del siglo pasado –junto a Bellow y John Updike (1932-2009)–, una figura central de la narrativa judía-estadounidense al lado del propio Bellow, Bernard Malamud (1914-1986) y Norman Mailer (1923-2007). En 2012 anunció una decisión que había madurado dos años antes: tomó conciencia de que había dado lo mejor de sí y que no volvería a escribir. “Ya no poseía la vitalidad mental, ni la energía verbal o la forma física necesarias para construir y mantener un largo ataque creativo de cualquier duración sobre una estructura tan compleja y exigente como una novela”. Entonces eligió una frase para pegar en su computadora: “La lucha con la escritura ha terminado”.  En enero de este año se publicó la última entrevista que le hizo Charles McGrath en The New York Times. Todavía no había cumplido 85 años. “Dentro de unos meses dejaré la vejez para entrar en la vejez profunda y adentrarme cada día un poco más en el temible Valle de las Sombras. Me asombra encontrarme todavía aquí al final de cada día. Cuando me acuesto por la noche, sonrío y pienso: ‘He vivido un día más’. Y vuelve a ser asombroso despertarme ocho horas después y ver que ha llegado la mañana del día siguiente y sigo estando aquí. ‘He sobrevivido otra noche’, y la idea vuelve a hacerme sonreír”, comentaba el escritor que arremetió contra el presidente Donald Trump. Nadie podría haber previsto la “catástrofe” que vive su país, “la commedia dell’arte de un bufón presumido”. Ni siquiera Charles Lindbergh de La conjura contra América es comparable con el actual presidente. “Trump es un fraude masivo, la suma malvada de sus deficiencias, vacío de todo, salvo de la ideología hueca de un megalómano –argumentaba Roth–. Qué naíf fui al creer en 1960 que era un estadounidense que vivía en tiempos ridículos”.


domingo, 15 de abril de 2018


15/4/07

Bolaño póstumo


El sábado apareció en Babelia un especial sobre Bolaño a propósito de la aparición de dos recopilaciones póstumas de su obra inédita, tanto poética, La universidad desconocida, como narrativa, El secreto del mal

Javier Cercas, Nora Catelli, Mario Bellatín, Guillermo Fadanelli, Darío Jaramillo, Edmundo Paz y Rafael Gumucio se encargan de glosar, o no, la figura del escritor chileno

Se complementa con el especial aparecido en Radar Libros, del diario Página/12 y que queda recogido en El ojo fisgón : Nadie es profeta en su tierra


Por su parte, Subal ha hablado esta semana largo y tendido sobre Bolaño en L2P:
El secreto del mal, La universidad desconocida y sobre los especiales ya mencionados.

Estoy leyendo El secreto del mal y es cierto: Hay un relato de zombies y me ha gustado mucho.

P.S.:
Como se puede ver en los comentarios, Vernon quiso dejar su granito de arena en la controversia. Parece que ahora se ha levantado la veda y es "temporada de Bolaño", para lo bueno y para lo malo.
Vernon pone las cosas en su sitio desde su "perspectiva chilena":

Me han dejado conmocionada algunos comentarios de los enlaces. Para Mauro Libertella, por ejemplo, Neruda es “el tío bueno, con el que todos se hubieran tomado una copa”, “Y entonces llegó el alter ego de Bolaño, Arturo Belano, y habló de Enrique Lihn como un poeta mayor, y habló sin perder el aliento de la inteligencia desnuda de Nicanor Parra”. Vale, llevo muchos años en España, pero hasta donde recuerdo estudié “allá” y Lihn “era una vaca sagrada” hace ya tiempo (con justa razón), lo mismo que Parra; luego me pregunto, ¿en Chile alguien no sabe quién es Nicanor Parra? y Neruda ¿es apenas el tío bueno...? Libertella será siempre Libertella, lo que no es precisamente un elogio.
Para Alejandro Zambra, en cambio, Bolaño irrumpió en la escena nacional cuando los profesores, sus profesores, enseñaban a Tolkien, Paulo Coelho, etcétera. Estoooo, bueno, me lo podría creer si no fuera por el pequeño detalle de que Alejandro y yo fuimos compañeros y por tanto compartimos profesores durante años. En fin, es raro que a mí me hayan enseñado “cosas” tan distintas.
Para Matías Rivas “la velocidad deslumbrante de su escritura liberó definitivamente a la narrativa chilena de sus ínfulas decimonónicas”. Me ha dejado perpleja porque, por un lado, ¿decimonónica?: jodo, desaparecieron de un plumazo Donoso , Wacquez, Contreras, Collyer, et al. Por otro lado, ¿“liberó definitivamente a la narrativa chilena”?, es decir, ¿ya hizo escuela y transformó la narrativa chilena?, qué rapidez. Estoy ansiosa por leer esa nueva narrativa chilena definitivamente liberada... ¿autores?
Me parece una seguidilla de, con todos mis respetos, comentarios bastante histéricos. “A ver si la fama de Bolaño nos da cinco minutos de gloria”. Qué negociado, qué cantidad de boludeces se están escribiendo, cuando lo que se necesita saber está en los propios textos de Bolaño: una relación de amor-odio magnífica con Chile (como propone de alguna manera Rivas). En fin, los complejos, la biografía del otro que, casi siempre es falsa (prefiero la ficción de los escritores). Y, por último, ¿a quién le importa la relación de Bolaño con Chile? En vez de escribir boludeces narcisistas del tipo “yo sí ¿eh?, yo sí puedo ver claramente la mediocridad de los otros, yo caché al tiro a Bolaño”, deberían estar leyendo la obra de Bolaño.
Me gusta mucho más el texto de Gumucio. Rafael siempre ha sido lúcido, y sabe cuándo evitar las autorreferencias que no aportan nada.
En fin, cuántos lugares comunes, cuántos complejos, cuánto lucimiento, cuánta basura tendremos que seguir leyendo hasta que pase el boom.
Vértigo.
Vernon.



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Etiquetas: Bolaño, literatura, Roberto Bolaño




20/4/07

Bolaño póstumo (II)


Escribía hace tiempo en torno a Bolaño:

La obra de Bolaño (...) es un juego consentido y alentado por el autor quien, como director del juego, demuestra ser finalmente más listo que todos sus lectores.
La única respuesta posible ante la magnitud de este juego es practicarlo en solitario.
Convertirse en lectores onanistas de Bolaño. Lo primero que dije fue que no se podía hablar de 2666. No se puede hablar de Bolaño.

A vueltas con Bolaño

Después rompimos esa premisa y nos lanzamos a hablar con entusiasmo de Bolaño y su obra, de sus narradores y de las trampas metaliterarias a las que nos conducía y en las que caíamos como ingenuos lectores.
Entre esas trampas se podía incluir el carácter minimalista de algunos de sus relatos, que mostraban fragmentos inconclusos de “realidad” (o eso podíamos llegar a pensar) ...más o menos lo mismo que hemos visto en Salinger a través del Proyecto Nueve Cuentos... más o menos lo mismo que gran parte de la narrativa estadounidense de mediados del siglo XX: Carver, Cheever... pero Bolaño mejor ( o al menos eso creo)
Comentaba Settembrini en torno a la “poética de la inconclusión” con la que algunos han tratado de definir la narrativa corta de Bolaño que “a la fuerza ahorcan”
¿Hablaríamos de inconclusión, de “poética de la inconclusión”, si Bolaño no hubiese fallecido dejando inacabada 2666 y el puñado de relatos, de esbozos en muchos casos, de primeros apuntes que constituye ahora la recopilación de textos titulada El secreto del mal?
Coincido con Sett, “poética de la inconclusión” es una definición un tanto pedestre para referirse a la extensa e intensa obra de Bolaño.
Fuca dice que pensaba en mí leyendo “El hijo del coronel” porque sabe lo que me gusta el cine de terror. Pero no sólo por el género que trata se convierte en mi cuento favorito (de momento) de El secreto del mal. Además, como apunta j. en La balada del elefante azul :“Y la clave del cuento, lo que lo dota de un doble sentido jugoso y misterioso, es la afirmación de que esta película constituye, para el narrador, «mi biografía o mi autobiografía o un resumen de mis días en el puto planeta Tierra.» Esta declaración, expresada en el primer párrafo del relato, nos obliga a una lectura paralela no explícita sobre la historia a escuchar, redefine de inmediato la experiencia de la película, nos fuerza a preguntarnos reiterativamente a qué se refiere, cuál es la verdadera historia”
No es la primera vez que Bolaño (perdón, los narradores de Bolaño) nos cuenta películas, algunas reales (Andrei Rublev, por ejemplo) y otras, como El hijo del coronel, imaginarias. Lo que se hace difícil entender en la declaración inicial del narrador en el cuento es como la delirante película que nos cuenta puede ser “un resumen de mis días en el puto planeta Tierra”. No hace falta explorar mucho en el relato para darse cuenta que todo es excepcional en la película que nos cuenta, que nada obedece a los normas del género fantástico, que lo que se nos está contando es otra cosa revestida de película de zombies.
Lo curioso es que parece que en la película los muertos quieren descansar.
Y el protagonista quiere revivir aquello que está muerto.
¿Alegórico? ¿Premonitorio?





En fin, preguntaba nuestro compañero Llibreter si el interrogante del diagrama de Bolaño estaba por fin resuelto y la incógnita era La Universidad desconocida.
Debo confesar mi incapacidad para responder esa pregunta.
En primer lugar por mi ineptitud para apreciar la poética que me impediría reconocer si La universidad desconocida debe reemplazar al interrogante.
En segundo lugar El diagrama de Bolaño es una representación artística de las relaciones que se establecen entre las obras del autor chileno. En algún sitio ya recalqué que tiene algún que otro error. Por ejemplo Una novelita lumpen debería estar íntimamente relacionada con Los detectives salvajes, aunque después de leer en El secreto del mal el esbozo primerizo del texto no lo tengo tan claro. Pero esa característica de la narrativa de Bolaño de encajar en distintos contextos, el carácter de constante reescritura o reelaboración de sus textos puede sugerirnos que textos ocuparían el interrogante: Todos. Es posible que en ese sentido sí, La Universidad desconocida sea la solución.
Pero como en el fondo todo es un juego al que jugamos los lectores, las flechas apuntan a nuestras cabezas.

El diagrama de Bolaño
Una novelita lumpen


AMANECER


Créeme, estoy en el centro de mi habitación

esperando que llueva. Estoy solo. No me importa

terminar o no mi poema. Espero la lluvia,

tomando café y mirando por la ventana un bello paisaje

de patios interiores, con ropas colgadas y quietas,

silenciosas ropas de mármol en la ciudad, donde no existe

el viento y a lo lejos sólo se escucha el zumbido

de una televisión en colores, observada por una familia

que también, a esta hora, toma café reunida alrededor

de una mesa: créeme: las mesas de plástico amarillo

se desdoblan hasta la línea del horizonte y más allá:

hacia los suburbios donde construyen edificios

de departamentos, y un muchacho de 16 sentado sobre

ladrillos rojos contempla el movimiento de las máquinas.

El cielo en la hora del muchacho es un enorme

tornillo hueco con el que la brisa juega. Y el muchacho

juega con ideas. Con ideas y con escenas detenidas.

La inmovilidad es una neblina transparente y dura

que sale de sus ojos.

Créeme: no es el amor el que va a venir,

sino la belleza con su estola de albas muertas.


Roberto Bolaño, La Universidad desconocida.

Estoy solo. No me importa terminar o no mi poema.



Publicado por Portnoy en 11:54 4 comentarios:


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4/8/05

El diagrama de Bolaño revisitado

Vuelvo a recibir un mail de Arturo Belano dándome algunos detalles más sobre el diagrama que publicó en su día la revista Piedepágina, obra del ilustrador Francisco Villa, mandándome conjuntamente una nueva versión del diagrama:







Copio el contenido del mensaje enviado con las nuevas líneas (literales y de investigación) que propone Arturo, esperando no traspasar los límites de la confidenciabilidad:

El diseñador original del diagrama, a quien contacté por intermedio de la revista colombiana, me envió hace un par de semanas, coincidencialmente, la versión original del mismo. Aparentemente, el diseñador gráfico encargado de traducirlo a un formato más, digamos, atractivo, olvidó (¿obvió?) códigos de colores y estilos de lineas que ayudaban a enfatizar diferentes tipos de asociaciones. He estado estas semanas en Quito pensando en él y quiero compartir contigo algunas de mis observaciones.

Fíjate en lo siguiente:

1. El diagrama, que es potencialmente un triángulo, sólo es por lo pronto un cuadrilátero (a medias) con esquinas en los libros cuyo título está en negro. Los dos vértices de la derecha realmente no se conectan con lineas sólidas sino de la misma manera que ellos se conectan con el vértice misterioso. ¿Debemos entender una unidad asintótica entre 2666 y Nocturno de Chile?

2. Aquí, debido a los colores apropiados, se hace claro que las lineas que conectan a La literatura nazi con tres de las esquinas tienen una naturaleza distinta. El propósito de estas lineas, supongo, es sugerir una división geográfica entre las obras de Bolaño. Abajo está México, a la izquierda España y arriba Chile (o algo por el estilo).

3. Hay lineas rosas más resaltadas que otras. Mi sospecha es que intentan proponer diferentes niveles de conexión. Por un lado está el triangulo a la izquierda que podría ser llamado "El tríptico de Belano", conectado, claro, a Putas Asesinas (¿por qué la conexión no es sólida en este caso?). Mi versión contendría una linea sólida entre Putas Asesinas y 2666.

¿Qué opinas?

Arturo Belano



Publicado por Portnoy en 7:56


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Etiquetas: Roberto Bolaño

jueves, 8 de febrero de 2018

Posted: 06 Feb 2018 10:42 AM PST
La escritora sufrió un infarto en su casa de San Luis. Había regresado anoche desde Cuba, donde participó junto a una delegación mendocina en la Feria del Libro
La escritora Liliana Bodoc, una de las figuras más reconocidas de las letras mendocinas, falleció este martes en San Luis. Se consagró como escritora y poeta argentina especializada en literatura juvenil.
La escritora había llegado anoche a Mendoza luego de participar junto a una comitiva local en Cuba, dentro de la edición 2018 de la Feria del Libro. Bodoc no tuvo ningún inconveniente de salud en ese viaje. Se mostró de muy buen humor y participó de todas las actividades.

Según trascendió arribó al aeropuerto durante la madrugada acompañada por Gareca y otros funcionarios del área. Allí la esperaba su marido con quien emprendió viaje hacia Trapiche (San Luis), donde residía hacía varios años.

En la mañana de este martes familiares comunicaron que la escritora de 59 años había sufrido un infarto.
La mujer abrió los ojos para llorar. Entonces, vio a través de sus lágrimas. Y aprendió por el llanto que la memoria sólo perdura si se reinventa.
Acerca de Bodoc
Nació en Santa Fe el 21 de julio de 1958 como Liliana Chiavetta pero se hizo famosa como mendocina y con otro apellido: Bodoc.

La escritora que falleció este martes en San Luis vivió desde los cinco años en Mendoza. Llegó a la provincia por motivos laborales de su padre y estudió Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional de Cuyo. También ejerció como docente de Literatura Española y Argentina en diversos colegios de la misma universidad.

A los 39 años, escribió la Saga de los Confines, una trilogía épica y fantástica, a la que, según ella, le debía toda su carrera. Además escribió otros como Memorias impuras, Presagio de carnaval, Sucedió en colores y El espejo africano.

Con "La saga..." se mostró como la revelación argentina en el género de la épica y la literatura fantástica; y sus libros fueron publicados en otros idiomas (alemán, francés, holandés, japonés, polaco, inglés e italiano).
Yo no puedo creer esto. Se me parte el corazón. Pensé todo el día en ella porque hace años se había convertido al islamismo y la vi en cada mezquita que entré hoy. No sabía de esta noticia. Liliana Bodoc era además de una gran escritora un ser extraordinario. Qué tristeza. https://t.co/aR1SrZvVVN
— Claudia Piñeiro (@claudiapineiro) 6 de febrero de 2018

"Fui una voraz soñadora"
Por: Mariana Guzzante

Detrás se escucha el bullicio de la previa. Liliana está en Córdoba, donde se lanza por primera vez “Elisa. La rosa inesperada”, su última novela. ¿Y por qué ahí? Pues porque en tierras cordobesas vive Micaela Verón, la hija de Marita, la nieta de Susana Trimarco.

Micaela tiene ahora dieciocho años y es estudiante de Antropología. Cuando apenas tenía tres, su mamá, María de los Ángeles, desapareció de golpe. Fue raptada por una red de trata en Tucumán. Desde entonces, junto a su abuela, la infatigable Susana Trimarco, no sólo la buscan sino que luchan sin descanso contra la trata.

Liliana supo que a Micaela le había encantado la Saga de los Confines. Que al crecer, criada por esa abuela resiliente, se había convertido en una intensa lectora. Por eso Bodoc la está esperando ahora, para iniciar la presentación de este libro cuya protagonista adolescente se enfrenta con un mundo hostil. Micaela va a hablar.

Las historias se cruzan porque “Elisa”, al lanzarse al camino, se topa con la mano oscura de la trata. “El mal, como planta que es, no se está quieta. Crece”, dice el misterioso personaje-guía en estas páginas.

Diablitos y demonios
Liliana se aparta un poco del bullicio del salón donde será presentada “Elisa”. Busca el rinconcito para poder ser ella: íntima. Cuenta que su protagonista es una adolescente como la que ella fue: crecida en una villa de emergencia en Santa Fe, inquieta, disconforme. Conoce por experiencia propia el impulso que agita su sangre. “En mi adolescencia fui una voraz soñadora de viajes. Imaginé los caminos como coartadas que me salvarían de la pena”.

Pero la forma definitiva de esta novela no llegó sino después de un proceso largo y complejo para la autora.

Después de entregar “Tiempo de Dragones I y II”, la idea de Liliana era escribir una novela de viaje. El punto de vista -supo de entrada- sería el de una chica de provincia. En eso iba pensando cuando decidió emprender el pasado invierno un recorrido por el noroeste argentino.

“Una tarde, me fui a conocer el cementerio de Tilcara, que es tan particular. Vi una cruz tirada y la levanté, la acomodé, hasta le saqué una foto con el celular.

El muertito se llamaba ‘Juan Cabrera’, comprobé”. Hasta ahí, Liliana cuenta la anécdota con liviandad. De pronto, le cambia la voz, ensombrece el tono, ralentiza: “Esa noche, tuve una pesadilla terrible. Y te juro, pero te juro, que al otro día amanecí muy enferma. Pero no era sólo que me dolía todo el cuerpo y me estallaban los ojos y tenía fiebre. Una enfermedad me había tomado el cuerpo y, sobre todo, el espíritu. Me agarró una angustia, una tristeza”.

Quiso salir de ahí rápido. Dejó todo tirado, desprogramó el tour y llamó a su marido para volver a casa. Olvidó cosas en el hotel. Quizá algunas anotaciones del proyecto.

Meses después, empezó a trabajar en ella la imagen de los diablitos de Tilcara. “Y de los otros diablos”, agrega.

Tras varias tribulaciones decidió volver, narrativamente, a ese pueblo norteño. “Hay varias Tilcaras. Yo me metí en la Tilcara más oscura. No la que ven los europeos que se ponen un poncho con 40 grados. Creo que la condición de turista es la peor que se puede tener en el mundo. Yo la tuve con la cruz de Juan Cabrera. La falta de respeto, la estupidez, la superficialidad. Y me lo hizo saber”.

En el norte Liliana conoció a Abel Moreno. Habla de él en el prólogo: “Abel Moreno vive en Tilcara. Es viejo, y escasamente abandona su silla de paja, con un hueco en el medio a punto de ceder. Usa gorro de lana, tose y se rasca el dorso de la mano izquierda”.

Él narrará lo que ella no vio, aclara. Abel habla del mal, habla de que crece como hierba mala. Liliana abraza su voz para indagar en el misterio y en las sombras. “Parecía lo de siempre... Contrabandearles a los gringos, emborracharlos, hacerles creer que habían fornicado con la Pachamama. ¡Cosas bien sabidas! Pero estos que llegaron y se pararon enfrente mismo de nosotros, y miraron a Miguelito, fueron de más en más”.

Elisa parte de su tierra natal y recala en Tilcara. Va penetrando en esa región oculta donde encuentra -y siente en el cuerpo- la amenaza. 
¿Y cómo resolviste la trama? Porque meterte con ese tema tan real y vigente te conduce a...
Estuve muy tentada de caer en el final desolador. Parecía ir hacia allí. Pero me rebelé a eso. No quise. Busco cierta reconciliación con el mundo a través de las palabras.

Elisa está pintada en la sinopsis del libro. “Su primera canción de cuna fue una cumbia. Después, cuando Naranja Dulce salió de gira a buscarse un futuro, Elisa -entre la plancha y el rociador- eligió otra música.

Sin grandes anhelos, aceptó una invitación que prometía un paisaje diferente y algunas palabras en inglés. Pero el diablo se interpuso y empujó su destino hacia el norte. Allí, una voz de niña de piedra y el silbido de un viejo la alertaron del peligro.

Elisa siente la amenaza en el cuerpo y sólo aliviará su pena cuando encuentre sus propias palabras”.

Un mapa de signos
Como fue gestada como novela de viajes, la edición está acompañada por un diario de bitácora que se puede leer en esta dirección: elviajedelilianabodoc.blogspot.com.ar. Allí se pueden ver anotaciones, manuscritos, notas de la viajera, entrevistas y oír la música que la acompañó en eso que ella llama “un naufragio”. La música, también, acompaña cada capítulo.

Al principio de ese mapa textual, escribe: “Siempre estuvo Santa Fe como punto de partida y de regreso. Es fácil adivinar que se trata de mi propia infancia.

En la ciudad de Santa Fe, en algunos lugares particularmente, mi infancia aún no se entera de que yo crecí y la dejé vacía. Volver a Santa Fe es para mí, casi literalmente, volver al seno materno.

¿Y el otro extremo del viaje?
El norte, Jujuy, los sitios que no pude recorrer a mi tiempo y que, en cambio y felizmente, recorrieron mis hijos: Tilcara, Purmamarca, Andalgalá. Ése era el mapa.

¿Por qué?

Porque no hay sitio en que resida con mayor profundidad el misterio de nuestra cultura. La maravilla y el dolor andan por esas calles como si tal cosa.

La trata no está planteada en la novela como denuncia explícita. “Es más bien la amenaza lo que sobrevuela”. Sin embargo, en el Diario de Bitácora hay un enlace directo sobre “trata de personas”. Es un texto que difunde la Fundación María de los Ángeles, creada en nombre de la mamá de Micaela.

Allí se lee que la trata es “la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de individuos con fines de explotación, tanto sexual como laboral”.

Que los tratantes suelen usar estos métodos de captación o reclutamiento: “Ofrecer engañosas ofertas de trabajo, participar en falsas agencias de modelos, ofrecer matrimonio o convivencia”. La mejor manera de prevenir este delito es la información. “Ojalá sembremos algo más de conciencia”, cierra Liliana, mientras ve llegar a Micaela y tomar a “Elisa” entre sus manos.





Alrededor del sol
Por: Liliana Bodoc

Imagen: REP


Gracias a Bertolt Brecht

El hombre corpulento y lleno de estrellas tropezó con un niño que jugaba en los pasillos oscuros de la casa.

–¿Quién eres? –preguntó

–Soy Andrea Sarti, el hijo de su casera.

–¿Qué haces aquí?

–Aquí vivo.

–¿En mi casa?

–Sí, señor Galilei.

–¿Desde cuándo vives en mi casa?

–Desde que nací. Hace siete años.

Esa fue la mañana que me conoció, después de verme casi a diario durante siete años.

Nunca entendí bien por qué puso atención en mí, cuando tenía una multitud de buenos estudiantes esperando que los admitiera como discípulos. Por mi parte, le pagué con impertinencia.

Pero aquel día yo admiraba a Galileo Galilei como solo admiran los niños: en los aciertos y en los errores, en la genialidad y en la torpeza. Fue mi madre quien me dijo que el maestro deseaba que yo fuese, alguna que otra tarde, a su laboratorio…

–A mi Andrea, ¿qué les parece? Es que ese niño salió con la inteligencia de un búho. Por algo el señor Galilei lo tomó a su cargo y está, dale que dale, enseñándole sobre el cielo y la tierra. Andrea aquí, Andrea allá, Andrea mira esto, Andrea presta atención… Más les digo: cuando el señor Galilei se va a sus clases, mi Andrea queda a cargo.

Galileo Galilei le sonreía a los astros más que a cualquier ser humano.

–Aquí hay demasiado polvo– le dijo a su casera, pasando la mano sobre una mesa de madera.

La mujer, que llegaba con la bandeja del almuerzo, no tenía pelos en la lengua.

–¿Cómo quiere que friegue, si apenas toco alguna cosa grita como un endemoniado?

–He visto a tu hijo –Galileo Galilei seguía su propio hilo.

–¿Hizo algo indebido? –Esta vez sí, la casera miró a su señor con alarma evidente.

–Nada… El chico no ha hecho nada. Solo pensé que podrías enviarlo aquí para que me ayude con el orden –Y el maestro agregó –Le daré un pequeño pago extra.

–Mi Andrea estará muy feliz –respondió la mujer.

–Eso es, ¡Andrea! –Galileo Galilei recordó el nombre del niño que había visto unos días atrás en el pasillo de su casa.

Así comenzaron las visitas de Andrea Sarti al laboratorio más renombrado de Florencia.

Me gustaba verlo mirar. Yo aprendía solo con ver los ojos de mi maestro cuando estudiaba, cuando intentaba entender, cuando se decepcionaba. Lo vi buscar la verdad en los haces de luz que entraban por la ventana, lo escuché pelear con las constelaciones, me tocó ser testigo de sus dudas y sus enojos… Al principio, apenas me hablaba. Algunos meses más tarde, empezó a dirigirme la palabra. A veces, según la lógica lo indicaba, intentaba hacerme entender sus ideas con palabras sencillas. Entonces Andrea era Andrea. Otras veces, me refutaba con tono burlón cosas que yo jamás había dicho. Seguramente veía en mí alguno de sus múltiples adversarios. Pero nada le gustaba tanto a mi maestro como discutir consigo mismo. Galileo Galilei decía, Galileo Galilei negaba, Galileo Galilei afirmaba esto, Galileo Galilei lo ponía en duda. En una ocasión, durante una disputa respecto de las manchas del sol, llegaron a insultarse. Uno de ellos se quedó en un extremo del laboratorio, puliendo un cristal mientras el otro se sumergió en la lectura. Así eran ellos…

Según recuerdo, empezó a reparar seriamente en mí cuando cumplí trece años y las cosas, en Roma, se complicaron. Para entonces yo comía en su laboratorio. Y él se empeñaba en sacarle lustre a mi entendimiento.

–Entiendes por qué flota el hielo, ¿no es así, Andrea?

Yo entendía eso y mucho más.

–Ya ves. Lo entiendes tú pero no lo entienden los profesores de Pisa.

Recuerdo a mi maestro limpiándose la boca con rudeza antes de levantarse de la mesa para volver, horas después, al almuerzo frío. No sé si tenía voluntad de enseñarme, pero lo hacía.

Cuando la idea de vivir en un planeta que giraba dejó de atemorizarme, me dediqué a socavar los nervios de mi madre.

–¡No me vengas con eso, Andrea! Sé lo que te digo, esas historias no van a traer nada bueno. Yo soy quien va al mercado. Allá muchos me lo dicen: Tu señor tiene más enemigos que dientes la cabeza de ajo. ¿Y eso por qué? Por andar diciendo que el mundo anda alrededor del sol como un perrito abandonado alrededor de las sobras. ¡Que Dios nos ampare!

Muchas veces, confiado en sus buenos contactos, mi maestro se reía enumerando la lista de enemigos.

–Profesores, cardenales, la propia duquesa de Lorena… Ahora Roma me manda a llamar. Eso me obliga a abandonar mis trabajos con el microscopio y viajar en pleno frío de febrero.



Galileo Galilei debía presentarse ante el Santo Oficio de Roma el 16 de febrero de 1616. Llevó consigo sus saberes, sus pruebas. Y su mala salud. No recibió malos tratos ni humillaciones. Más bien le rogaron que ya no hablara de teoría sino de hipótesis. Con eso sería suficiente. Las comprobaciones que presentaba no eran suficientes para sostener con firmeza que el sol estaba en el centro y que la Tierra orbitaba a su alrededor.

–Una hipótesis, señor Galilei. ¡Usted solo tiene una hipótesis!

Parecía poca cosa, pero mi maestro se entristeció. Su pena empeoró su salud. Como siempre, solo su afán de conocer fue capaz de devolverle el ánimo. Con los años, fui a la universidad y traté con hombres de ciencia. Sin embargo nunca vi una cosa semejante: alguien que atravesara los días y las noches con el único fin de comprender el mundo que habitaba.

Mi madre se lamentaba por eso.



–Y explícame tú, que eres un sabelotodo, para qué le sirve tanto estudio al señor Galilei… Ya le han levantado el índice, ya le han hecho ¡shhh! Ahora que se quede bien quieto, y que se ocupe de mejorar su salud. Conozco bien el color de la enfermedad. Y lo suyo… ¡No hay caldo que lo levante!

Durante algunos años, Galileo Galilei se dedicó a la escritura. Y pareció divertirse con las pequeñas rencillas que, por una causa o por otra, entablaba con sus colegas. Pero Roma, como Dios, no dormía. Roma leía entrelíneas, Roma se inflamaba cada vez que los sarcasmos de Galilei llegaban a sus oídos. Un día, Roma perdió la paciencia y lo convocó otra vez.

La salud de Galileo Galilei era un traje que le quedaba demasiado grande. Por esa razón, sus médicos lo eximieron de viajar.

–Quédese tranquila, señora Sarti. Voy a enviar estos certificados a Roma, y me quedaré en casa.

–¡Suerte! Así lo que deba pasar, pasará aquí –fue el desafortunado comentario de la casera.

–¡Cierre esa boca, mujer! Todos los días me augura la muerte.

La mirada de la señora Sarti se metió entre sus pies.

–Es pura preocupación, señor Galilei.

–Entonces ya no te preocupes. Y dile a Andrea que venga ahora mismo. Lo necesito.

A partir de entonces todo empeoró: mi maestro, el olor de Florencia, mi ánimo. Hasta la verdad misma pareció empeorar.

Enfermo o no, con certificaciones médicas o sin ellas, mi maestro fue obligado a ir a Roma para un interrogatorio. Y yo, que había pasado más de diez años aprendiendo a su lado, estaba seguro de que jamás iba a retractarse. Mi maestro aceptaría cualquier destino antes que decir que la verdad no era la verdad. Mi maestro era indoblegable. Llegué a pensar, con ese coraje cruel de la juventud, que era preferible que él mismo, y no la verdad, ardiera en la llamas. El, y no su gloria. Esperé intranquilo las noticias que los amigos de mi maestro nos traerían llegado el momento. Cuando supe lo ocurrido, pensé que nada peor podría haber pasado. Era joven, era impertinente. Y a esas alturas, también estaba ciegamente enamorado de la verdad.

Ante las amenazadoras exigencias de la Inquisición, Galileo Galilei aceptó abjurar de sus ideas. No era cierto que la Tierra orbitara alrededor del sol. No era cierto. Gracias a su abjuración, se le conmutó la prisión por arresto domiciliario. Galileo Galilei fue condenado a encierro perpetuo. Y la Tierra se transformó en un planeta inmóvil.

Vi por la ventana cuando lo ayudaban a bajar del carruaje. Había perdido peso. Y las pocas fuerzas que le quedaban no le permitían sostener en alto la cabeza. Vi a mi madre correr a su encuentro. Después entró a la casa para siempre.

Durante muchos días solo escuché su tos y su silencio. Mi madre, mucho más sensata que yo a pesar de ser analfabeta, me insistió para que fuese a verlo.

–¿Cuándo piensas dejar de lado tu estupidez? Tan fácil para el jovencito andar orgulloso... Total, no eras tú quien pasaría la vida en un calabozo. O algo peor. Cuando no se trata de nuestro propio pellejo es muy fácil ser valiente. ¡Muy fácil, Andrea!

Al final de ese invierno, Galileo Galilei supo que su joven discípulo estaba parado detrás del sillón que ocupaba.

–Si viniste a escuchar que estoy avergonzado de mi abjuración, estarás parado ahí muchos años. Vergüenza no. Vergüenza no tengo. Soy un científico, no un héroe. Soy un viejo. ¿Estás pensando en otros que no abjuraron? ¿Otros que aceptaron morir por la verdad? Pues yo no pude hacerlo. Tuve miedo, y volvería a tenerlo. ¿No fue bastante dedicar mi vida entera? ¿También debía dedicar mi muerte? Además, mi buen Andrea, hagan lo que hagan, digan lo que digan, abjure quien abjure, la Tierra hará lo suyo.

Galileo Galilei dibujó una órbita con la mano.

–Lo que pienses tú de mi abjuración no importa demasiado. La Tierra seguirá girando...

Revista y Editorial Sudestada
Nuestro adiós a Liliana Bodoc

La noticia llegó de improviso. Desde los confines de un mundo imaginado, seguramente narrado con esa belleza con la que ella solía nutrir sus relatos, parece que perdimos la voz de Liliana. Era, es, escritora, autora de aquella inolvidable "La saga de los Confines", un proyecto que le demandó siete años y en el que creó un universo mágico, inspirado libremente en los mayas, los aztecas y los mapuches. "La saga de los Confines" pertenece al género épico fantástico. Su eterno tema, la batalla del bien contra el mal, deviene conciencia colectiva contra la desintegración de la memoria de los pueblos. Recuperar desde lo ficcional las voces negadas, opuestas a las dominantes. Con la idea de Eduardo Galeano del horizonte -que se corre para que uno avance-, Liliana abrió una puerta hacia lo mágico. Las influencias que atesora son ancestrales: Bodoc rastreó en la oralidad de los relatos mapuches, el olor a maíz caliente de la escritura ideográfica azteca y lo que quedó traducido -"traducir significa algo", aclaraba- de la literatura quiché, el Popol Vuh, del que tomó su cadencia y musicalidad como ideas madre. Luego abrevó en los cronistas de Indias, los Diarios de Cristóbal Colón y las Cartas de Hernán Cortés a Carlos V, que testimonian en un castellano colonial, llano y triunfal, la devastación de un imperio a manos de otro.

La entrevistamos hace ya muchos años. La leímos hace tiempo, la leerán nuestro hijos e hijas, seguramente. Será el mejor regalo de Liliana: abrirle la ventana a la magia, a la belleza y a la fantasía a todos y todas, como hizo con nosotros, como hizo con tantos lectores en el país y en el mundo...

“No importa cuánto nos esforcemos en contar. La memoria tiene infinitas puertas y por eso nunca estará completa. Es solo dar cuenta de algo para que se abran cien vacíos, cien preguntas. ¿Qué ocurrió con Muesca-Cinco, el hijo más débil del guerrero? ¿Y cómo continuó la resistencia en las Tierras Antiguas? ¿Nacieron nuevos Brujos de la Tierra? ¿Cómo nació el sagrado juego del yocoy?¿Por cuál de los dos ríos de su sangre se inclinó Yocoya-Tzin, heredero del trono del País del Sol?¿Y la Destrenzada? ¿Y antes? ¿Y el Brujo Halcón en su metamorfosis? La Sombra y Vieja Kush están sentadas a la vera del tiempo, enhebrando un collar sin sentido. Cien respuestas para que se abran cien nuevos vacíos, cien nuevas preguntas. Los relatos son el modo más humano del tiempo. Y solo narrando, de tarde en tarde, de boca en boca, nos hacemos eternos.”
Liliana Bodoc, Relatos de los Confines: Oficio de búhos


lunes, 18 de diciembre de 2017

Masacre de Jedwabne, Polonia, 10 de julio de 1941-Página 12

viernes, 15 de diciembre de 2017

"El ghetto de las ocho puertas", reseña del Diario La Prensa.

EL ESCRITOR ALEJANDRO PARISI HABLA DE SU NOVELA "EL GHETTO DE LAS OCHO PUERTAS"
Historia de amor y encierro
El libro narra la vida de Mira Ostromogilska, una mujer que padeció el mal nazi y que por eso sufrió en carne propia males impensados. Pasó un largo tiempo huyendo y su último destino fue la Argentina, donde encontró un poco de paz.

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La novela "El ghetto de las ocho puertas", de Alejandro Parisi, recrea la vida de Mira Ostromogilska (1922-2009), una polaca que vivió la odisea de ser judía en un país sitiado por los nazis, allí vio la destrucción paulatina de su familia y tuvo que huir en una larga travesía cuyo último destino fue la Argentina.
"Era la abuela de un amigo, Ary Erlich, y yo había escuchado anécdotas aisladas que me parecían una ficción acerca de todo lo que había pasado Mira junto a su marido Edek Erlich y sus hijos Teo y Alice antes de llegar a la Argentina. Un día Ary me llamó para pedirme que escribiera la historia de su familia", cuenta Parisi.
 Con la muerte de su marido, prosigue el autor, "Mira juzgó que ya era tiempo de revelar un secreto guardado por cincuenta años: su hijo Teo era en realidad hijo biológico de su hermana Edwarda, desaparecida durante la guerra y ese fue el disparador del libro", recién publicado por Sudamericana.
"Si bien él sabía quién era, el secreto perduró en un principio para preservarlo y después terminó siendo un hijo verdadero", subraya Parisi, cuya única condición para escribir fue poder recrear ese relato oral de Mira desde la literatura.

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MOMENTO DE EMPATIA

 Meterse en esta historia, escribirla, fue un reto. "Tuve mucha responsabilidad moral -recalca-. Lo escribí como una novela porque no sé hacerlo de otro modo pero respeté la realidad. Yo di forma a las situaciones, al decorado, le agregue los diálogos pero ella era la dueña de su memoria: "esto pasó así".
 "Estuve tres meses hablando con Mira y me costó lograr la línea del tiempo, ella se iba acordando cosas y las tiraba, no fue fácil organizar la información. Era volver sobre lo mismo hasta entender, sobre todo los años que se escapan del gueto, parece una road movie. Y no llevó ningún diario, tenía una memoria extraordinaria, era una mujer capaz, muy inteligente", describe.
 Perteneciente a una familia acomodada de Lodz, Mira es testigo del suicidio de su padre, un comerciante que se dedicaba al rubro de los perfumes y decide matarse por las deudas, en plena crisis económica de la preguerra. Con una situación que cambiaba para peor Mira se traslada con su madre y Edwarda a Varsovia.
Son años vertiginosos en los que la protagonista termina la escuela comienza a trabajar, su hermana se casa con Boris Lewin -ocasión en que Mira conoce a Edek-, y en febrero de 1939 nace su hijo Teo. Al poco tiempo llega la noticia de que habían expulsado a todos los judíos de Alemania.
"Mira nace en 1922 y a los diecinueve años se produce la invasión a Polonia. A partir de allí sus recuerdos se entrelazan con la descripción de lo que fueron esos días para lo judíos de Varsovia empujados al gueto: de una población de trescientas cincuenta mil personas llegaron a cuatrocientas mil al año siguiente, cuando empezaron a ser deportados a los campos de concentración", apunta Parisi.


EL HIJO PERDIDO


En ese marco, Edwarda y Boris entregan a Teo para que pase un tiempo con una familia polaca de origen católico. Aunque lo ven de lejos en una oportunidad y la madre logra reencontrarse con su hijo una última vez, no volverán a vivir juntos.
"Fue una época terrible para Mira y Edek, se casan en el gueto y cuando tienen que escapar los esconden en una caja de madera -desgrana el autor-. Es el comienzo de una huida durante la cual le pierden el rastro a Edwarda y a Boris para siempre".
En ese entonces Mira tiene veintitrés años y Edek veinticinco y logran recuperar a Teo, que entonces tenía seis años. Poco después se produce la capitulación de Alemania y los Erlich dan inicio a un largo peregrinaje que los lleva primera a una Berlín en ruinas, donde Mira da a luz a su hija Alice.
De allí marcharon a París, donde se instalaron en 1948 y un año después Teo comenzó a ir a la escuela. Ya hablaba un perfecto francés.
"En silencio, pensaba que Edwarda hubiera sido dichosa al saber que su hijo se había convertido en un niño responsable e inteligente (...) a veces yo la nombraba, pero Teo se ponía nervioso y rápidamente cambiaba de tema", evoca Mira.
 "Poco a poco, como un barco encallado en las profundidades del mar, la historia de Boris y Edwarda dejó de ser el pasado para convertirse en nuestro secreto", escribe Parisi sobre esta decisión que se extendería por tanto tiempo.


REFLEJO DE VIDA

"El libro para Mira tiene mucho sentido, porque cuando muere Edek ella quiere hablar de su hermana, porque para mantener el secreto de Teo no la mencionaba. El sabía quiénes fueron sus padres, pero nunca había preguntado nada", resalta el escritor.
"Me parece que la segunda parte de la novela toma mucha velocidad -considera- y pone el acento en recuperar lo perdido y no olvidar. Ellos viven grandes acontecimientos y el terror por una nueva situación de guerra los trae a la Argentina, apenas tres días de la muerte de Evita".
"Siempre decía: "llegamos acá y no tuvimos que mentirle más a nadie. Soy judía y a nadie le importa. Puedo hablar mal y nadie me va a discriminar. Algo que me sorprendió", observa.
Cuando Mira leyó la versión final del libro, antes de su muerte que fue bastante repentina, recuerda el escritor, "lo veía como un legado a sus nietos, que pudieran leer por lo que habían pasado sus abuelos".

http://aleparisi.blogspot.com.ar/2015/08/el-ghetto-de-las-ocho-puertas-resena.html