jueves, 14 de abril de 2011

David Viñas por Ismael Viñas

Consideraciones en torno a una fotografía

Por Eduardo Montes-Bradley

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Anduve de paso por el trópico. No por placer. Conforme pasan los años, la fruición se desplaza al Polo Norte. Sin embargo quedan asignaturas pendientes, afectos relegados a la sobra de alguna palmera. Entonces uno regresa, se acerca. Silbo: “Voy, por la vereda tropical”. Pienso Carlos Barocela. Mejor no. Siento arena hasta en el pensamiento, me duelen los hombros, no soporto a los insectos, la gente atontada, el miserable sol de primavera. Como dije, no vuelvo por la geografía, ni por el afiche.

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Los afectos, en eso estaba pensando

Anduve de paso por el trópico y me sumé a la mesa de los miércoles en la que mi viejo e Ismael Viñas se sumergen en tsunami de cafés. Uno tras otro: espresso (English). Mi padre está igual, Ismael igual menos un hermano. En realidad los dos están igual si se tiene en cuenta que un año antes del encuentro al que aludo había pasado a mejor vida el tío Horacio. Ahora estaban los dos solos, conmigo, pero sin hermanos, ni padres. Ismael habla siempre de sus padres, el mío de los suyos. Ambos referían con frecuencia a sus hermanos. Sus hermanos también hablaban de ellos. Un día, en La Paz, David que sobrevivió a sus padres y a sus hijos me increpó como si fuera culpa mía (el exilio, no así la muerte): “¿Acaso Ismael piensa morirse sólo en la Florida?” La muerte se piensa, en eso tenía razón. El miércoles Ismael me dijo que lamentaba que David se hubiera quedado tan solo en Buenos Aires. “Lo encontraron cagado y deshidratado en su departamento. Para cuando lo llevaron al hospital ya era demasiado tarde”, dijo. Para Ismael, David murió en el exilio. Se me ocurre que algo de razón hay en esos miedos: uno siempre esta solo, y no es aconsejable vivir tanto. No recuerdo si Borges me dijo o si simplemente dijo y yo lo hice propio: “La Biblia aconseja vivir hasta los setenta”. Setenta es un buen número siempre y cuando uno no se acuerde del consejo la víspera de cumplir los sesenta y nueve.

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El Exilio

Hasta la muerte de David, yo entendía que el exilio estaba marcado por un factor casi exclusivamente geográfico. Hoy pienso que el tiempo puede determinar circunstancias análogas. Con el tiempo, todo tiempo pasado fue mejor si no se toman las precauciones del caso. Sabemos, sé, que se trata de un embuste. Todos los tiempos son tan buenos como cualquier otro, y casi siempre los últimos son irremediablemente mejores aunque la memoria se empeñe en demostrar lo contrario. Creo que Ismael se diferencia de muchos de sus antiguos compañeros de Contorno al pensar el presente en términos de conformidad mientras que Rozitchner se resiste. David tampoco parecía muy convencido de que vamos bien encaminados. Sin embargo, me siento cómodo escuchando a Ismael hablar de un futuro venturoso, donde las circunstancias permiten que la carga se acomode, donde hay más lugar para pensar, donde se encuentran soluciones parciales porque las otras ya sabemos que no existen. Ismael lleva treinta años en el exilio y acabará muriendo en su casa, en un barrio de negros, en el trópico. David parece haber resistido todo lo que pudo en una isla inhóspita, o habitada por engendros de un futuro que siempre le reservó una mesa en el bar de la esquina. El hermano de mi padre también murió en el exilio, a veinte cuadras de la casa donde había nacido a orillas del Paraná. Lima Quintana decía que solo en la tierra donde se nace se pisa el pasto, en cualquier otra comarca se levita. O algo así, dijo alguna vez. Yo creo que Hamlet se equivocaba en eso también.

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Durante muchos años busqué un lugar donde vivir sin demasiado éxito. Fueron catorce mudanzas, seis países, once estados, cuatro esposas. Un día dije: “Qué buen lugar para morir” y había dado con éste a dónde hoy regreso de un viaje al trópico. Welcome Home. Creo que uno nace buscando ese lugar donde morir, y que David supo que no podía morirse en Madrid cuando vio a los parroquianos de un bar levantar el brazo y cantar “De cara al sol” como lo hacían Rodolfo Walsh y Piri Lugones. Lo que no sabré es si David pudo imaginar que no habría lugar para sus huesos en el panteón familiar de Monte, porque un buen día el intendente decidió demoler la bóveda y tirar los restos viñosos a la laguna. Quizá por eso David eligió un departamento del centro, tal vez no tuvo alternativa. Quizá ni siquiera fue una consideración suya, y lo es mía. Pienso: en Buenos Aires tenés que ser argentino si querés inaugurar la Feria del Libro. Saberlo es también saberse en el exilio. Lo demás son fotos. Fotos de Ismael charlando con mi viejo, tomando café, jugando con tazas de porcelana. Digo: acá es primavera, y acabo de desensillar.

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La muerte

Mi última escapada a Buenos Aires tuvo por residencia el estudio de León Rozitcher. La ventana del cuarto que da al golf, el golf que da a los lagos, los lagos y más allá Lugones. ¡Qué familia la Lugones! Después, como se sabe, el río. León parecía preocupado. Me dijo: “La cremación es el último recurso del capitalismo frente al cuerpo”. Creo que eso fue lo que dijo. Cito de memoria. Me llamó la atención el comentario, después de todo el discurso marxista en el que abrevé desde muy temprano tenía la cremación como paradigma de la liberación del hombre sobre la especulación inmobiliaria. Así se pensaba entonces, cuando los marxistas no eran conservadores. Pero ahora León me decía que no, que había que replantearse el tema, que el entierro era la solución humana: la tierra, la madre, el cuerpo. Esas son palabras que en boca de Rozitchner suenan distinto, tienen otra dimensión. También habló de su madre. No fue la primera vez. León siempre habló de su madre, también suele recordarme que la mía existe. No porque me haya olvidado, sino porque sabe de qué habla. Yo tengo un retrato de la madre de los Viñas que me mira mientras escribo estas líneas. Es guapa la rusa: un pastel. De hecho es un pastel pintado por Emilia Bertolé, la santafecina que fue amante de Quiroga, no el patilludo, sino el de la selva. Argentina es un pañuelo: todo lleno de mocos. Dijo León: “la tierra” y yo me estremecí. Hay algo que une a estas personas de las que hablo, y no es una revista de contornos sino la capacidad de seguir cuestionándoselo todo. No todo: casi todo. De aquel último encuentro en la calle Pampa también conservo algunas fotografías, y otras en el parque que llaman bosques. No hay bosques en Palermo, solo parques. También conservo una filmación breve. León no quiere que lo filme porque prefiere que lo registre alguien de confianza. León hace bien. León es del 24. En el 2024 se me vence la tarjeta de compras Visa, y León va a cumplir 100 años. La última vez que León fue a ver al médico antes de operarse volvió y me dijo por teléfono que el tordo le había dicho que estaba hecho un toro. Yo aproveché parta introducir un chiste fácil y le pregunté si se lo decía por los cuernos, y León se echó a reír como un condenado. Yo no pienso en León como un toro sino como un león joven como el del Génesis (49:9). En esos términos habló Jacobo de su hijo Judas. Judas era un león, también hay un león en la bandera de Etiopía, pero ese es otro animal. Rozitchner no desciende de la reina de Saba sino de Ite Mirkin. Me acordé: mejor así. La madre del león es Ite Mirkin, casada con Shulem Motje Rozitchner. Es bueno tenerlo en cuenta. Alguien, alguna vez va a querer saber y no va a tener a quién preguntarle. Y León tenía un abuelo agricultor que se llamaba Naum Mirkin, al que le decían rabino, y que había introducido el girasol en la Argentina. Yo conservo una foto que me dio León de ese mismo rabino con una flor de girasol entre las manos. Mis fotografías son mejores que esa, pero esa es única. Digo: el exilio no es un lugar geográfico, es una fotografía.

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Danza mas cabra

Pienso en David Viñas que nunca terminó de tragarme. David toleraba a pocos, y si de tragar se trataba prefería que fuesen del sexo opuesto. No así con los hombres de a pie. Sarlo dijo que David era un barra brava intelectual o algo por el estilo. Sarlo no entiende. Sarlo sale de lo común, pero no entiende. Yo tuve un cenicero de porcelana en el que podía leerse una inscripción que decía: “señores, yo soy el sargo, y si por algo valgo es porque salgo de lo común”. No sé porqué me acordé de ese cenicero si Beatriz no fuma. Vaya uno a saber. David no fue un barra brava: pero tenía poca paciencia y está bien que así fuera. Ismael, en cambio es un hombre de una paciencia casi oriental. Digamos que David fue más como su madre, la rusa; mientras que Ismael es más como… el Dalai Lama pero vestido con guayabera. Blanca, la guayabera. Aunque no siempre fue así. Alguna vez ambos trompearon. David se murió en el exilio, Ismael empuja un andador en un lugar muy lejos de Monte. Tengo entendido que León aún resiste en un hospital porteño. Nota al margen: creo que ya va siendo hora de que me haga de amigos nuevos porque estos que tengo no duran.

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Quizá conozca alguien nuevo en el concierto de esta noche. El programa supone un público curioso. Primer plato: Debussy, Takemitsu, y Poulenc; de segundo: Schnittke, Brahms, y de Sarasate. Es el ultimo “Concierto de los Martes” en el campus de la Universidad de Virginia. Augustin Hadelich, violin; Robert Kulek, piano. Takemitsu nació cuando Justo daba el golpe: Ismael brindó sobre su tumba (la de Justo, no en la de Takemitsu). Paulenc nació cuatro años después de la llegada de los antepasados de León a Entre Ríos. Para cuando se estrena la Sonata No. 1 para violín y piano de Schnittke, Ismael ya había roto con Frondizi, a quien David tenía por pusilánime. David tenía un sexto sentido que le permitió darse cuenta de cosas como esa: también del embuste de la gesta cubana. El público se pone de pie, aplauden. Hadelich es un éxito, el pianista queda en un segundo plano, desdibujado. Sin embargo uno es imposible sin el otro. Sin Kulek no hay prima donna. Pienso en el hijo de puta que mandó destruir el mausoleo de los Viñas en Monte.

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Coda

Leo Clarín en Internet: Murió Benedit a los setenta y tres. Ya recuerdo: no fue que Borges me lo hubiera dicho, sino que lo dijo en “Harto The Borges”: “La Biblia aconseja vivir hasta los setenta”. Leo: “Cristina Kirchner, de reposo por un cuadro de hipotensión arterial”. Pienso: no todo está perdido. Tal vez tenga razón Osvaldo Bayer al afirmar que le salvé la vida con una cámara de morondanga. No era gran cosa, pero se suponía que fueran las últimas. Bayer se moría en un hospital en la Selva Negra, pero resucitó de entre los muertos. Esto fue hace quince años. Ismael y León también posaron para mí, David se negó. Ahí tienen la prueba. En ciertas culturas primitivas, como la rosarina por ejemplo, yo sería Jodak, el médico brujo. El próximo paso sería el autorretrato. Aunque habría que ver: dicen que la magia no funciona cuando se practica en uno mismo. Qué pierdo con probar, total, ya encontré un buen lugar donde morirme, lejos de Buenos Aires, cerca del Polo Norte. También podría vender mis fotografías si consigo convencer a los demás de sus extraordinarios resultados. De ahora en más voy a sacarle fotos a todas las personas que aprecio, a los generosos, a los que cuestionan todo y se toman un café tras otro sin importar que el tordo lo tenga a uno por toro. En ese plan pienso salvar primero a los que me abrazan, aunque inevitablemente terminen por dejarme solo.

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