viernes, 2 de marzo de 2012

EN TORNO A MARCEL PROUST












"Mis inquietudes sobre mi muerte cesaron en el momento en que reconocí inconscientemente el sabor de la pequeña magdalena. Porque en aquel momento el ser que yo había sido era un ser extratemporal, despreocupado por lo tanto de las vicisitudes del futuro".




André Gide declaraba que si es preciso convalecer de tuberculosis para leer los cuarenta y tres volúmenes de Saint-Simon, los siete tomos de “En busca del tiempo perdido” requerirían de, al menos, un tifus. ¡¡Más de tres mil páginas componen la novela!! ¿Se deberá a esto que Proust sea autor muy citado, pero poco frecuentado...? A continuación, un vistazo de la portentosa novela.




“Por el camino de Swann” He aquí un verdadero tratado sobre los celos. Primero de los tomos. Vemos perder la cabeza al aristócrata señor Swaan por el amor de la “cocotte” Odette de Crécy “: Sin embargo, le habría gustado vivir la época en que ya no la quisiera, cuando Odette ya no tuviera necesidad de decirle mentiras, cuando lograra por fin interesarse de si aquella tarde que fue a visitarla estaba o no acostada con Forcheville. A veces, llegaban unos cuantos días en que la sospecha de que Odette quería a otro hombre le quitaba de la cabeza aquella pregunta referente a Forcheville, la despojaba de todo interés, como esas formas nuevas de un mismo estado morboso que se nos figura que nos libran de las precedentes”.




“A la sombra de las muchachas en flor” Aquí el autor se verá deslumbrado por la hermosura de cuatro muchachas, enamorándose de una de ellas con verdadera pasión: Giselia, Rosamunda, Andrea y Albertina: “Durante la vuelta, la imagen de Albertina, bañada en la luz que emanaba de las otras muchachas, no fue la única que para mí había. Pero al igual que la Luna, que de día no es más que una nubecilla blanca de forma más caracterizada y fija que las demás, y que recobra toda su potencia en cuanto la luz diurna se extingue, así cuando volví al hotel, la imagen única de Albertina surgió de mi corazón y empezó a brillar”




“El mundo de Guermantes” El mundo de los salones, la frivolidad y el cotilleo de la más rancia aristocracia parisiense permitirá al escritor analizar sicológicamente a gran parte de la sociedad de su tiempo. En una de sus tantas visitas a esos salones, el escritor comparará la palidez de la princesa de Parma con la de la Princesa Sagan. O se dará cuenta del antisemitismo del señor Narpois. O de cómo el “caso Dreyfus” tenía dividida a la sociedad francesa. Así expresaría su sorpresa al conocer a la duquesa de Guermantes, musa de sus sueños: “ Nunca se me ocurrió que pudiera tener una cara encarnada y una chalina malva, como la señora de Sazerat, y el óvalo de su rostro me recordó a tantas personas visitas de casa, que me rozo la sospecha, enseguida disipada, de que aquella dama, en su principio generador y en todas sus moléculas, quizá no era substancialmente la duquesa de Guermantes, sino que su cuerpo, ignorante del nombre que le daban, pertenecía a cierto tipo femenino que abarcaba igualmente a mujeres de médico y de tendero. “Y esa, nada más que esa es la duquesa de Guermantes”, me decía al contemplar aquel rostro que tantas veces se me había aparecido en mis sueños”.




“Sodoma y Gomorra” La homosexualidad reprimida del escritor es vertida en el barón de Charlus como único medio de expresión y análisis: “Cuando monsieur de Charlus no hablaba de su admiración por la belleza del violinista Morel como si no tuviera ninguna relación con un gusto llamado vicio, se refería a este vicio, pero como si no fuera en absoluto su vicio. A veces ni siquiera dudaba llamarlo por su nombre”.




“La prisionera” De nuevo aparecerán los celos. Esta vez hacia la amada, Albertina Simonet. Idea entonces llevarla a París y hacer encierro con ésta. Allí, el escritor estropeará su vida por unos celos ya verdaderos, ya infundados: “ Pues la posesión de lo que se ama es un goce más grande aún que el amor. Muy frecuentemente los que ocultan a todos esta posesión solo lo hacen por miedo a que les quiten el objeto amado. Y esta prudencia de callarse amengua su felicidad”.




“La fugitiva” El celoso es abandonado, acrecentando su neurastenia y destruyendo unos nervios ya de por si maltrechos: “Me daba cuenta de que mi vida con Albertina no era más que, por una parte, cuando no tenía celos, aburrimiento; por otra parte, cuando los tenía, sufrimiento”.




El tiempo recobrado” Después de encontrarse en las alturas purificantes del estar solo. El escritor habrá de sentirse reconfortado. Él, que sabe que escribir es pensar, con una sonrisa enigmática recordará a Heidegger cuando dijo que el pensamiento es siempre algo de soledad. Un Proust asmático y abatido se encerrará en habitación acolchada, y cual princesa enclaustrada, decidirá recordarlo todo, y expresarlo todo: “ Por el día, lo más que podía hacer era intentar dormir. Si trabajaba, sería sólo de noche. Pero necesitaría muchas noches, quizá cien, acaso mil. Y viviría con la ansiedad de no saber si el Arbitro de mi destino, menos indulgente que el sultán Sheriar, por la mañana, cuando interrumpiera mi relato, se dignaría aplazar la ejecución de mi sentencia de muerte y permitirme continuarlo la próxima noche. Seguramente mis libros, como mi ser de carne, acabarían un día también por morir. Aceptamos la idea de que dentro de diez años nosotros mismos, dentro de cien años nuestros libros, ya no existirán. Ni a los hombres ni a los libros se les promete ya la duración eterna”







PROUST POR PROUST




El cuestionario Proust, quizá es uno de los más publicitados test que existe en el mundo a la hora de descubrir la personalidad de un individuo. Artistas, escritores y políticos lo han respondido una y otra vez. Pero, ¿cuáles fueron las respuestas de Marcel Proust cuando le formularon las preguntas del cuestionario que lleva su nombre? Aquí se presentan algunas de ellas:




· ¿Cúal es, para usted, el colmo de la desdicha?




Estar separado de mamá.




· ¿Su idea de la felicidad completa?




Vivir cerca de todos aquellos que amo, con los encantos de la naturaleza, una cantidad de libros y partituras y, no lejos, un teatro francés.




· ¿Cuál es su personaje histórico favorito?




Un término medio entre Sócrates, Pericles, Mahoma, Musset, Plinio el joven, y Agustín Thierry.




· ¿Sus heroínas favoritas en la vida real?




Una mujer genial que lleve la existencia de una mujer corriente.




· ¿Su músico favorito?




Mozart.




· ¿La cualidad que prefiere en un hombre?




La inteligencia, el sentido moral.




· ¿Quién le habría gustado ser?




Puesto que no tengo que plantearme la cuestión, prefiero no resolverla. Sin embargo, me habría gustado mucho ser Plinio el joven.




· ¿El rasgo principal de su carácter?




La necesidad de que me amen y, para precisar, la necesidad de que me acaricien y consientan mucho más que la necesidad de que me admiren.




· ¿La cualidad que desearía en un hombre?




Los encantos femeninos.




· ¿Su ocupación preferida?




Amar.




· ¿El color que prefiere?




La belleza no está en los colores, sino en su armonía.




· ¿Sus poetas favoritos?




Baudelaire y Alfred de Vigny.




· ¿Cómo le gustaría morir?




Mejor y amado.







MÁS DE MARCEL PROUST




Nació en París, en 1871.




Era considerado un frívolo y esnob de la sociedad francesa.




La novela fue rechazada por André Gide, cuando se desempeñaba como lector de la famosa editorial “Nouvelle Revue de France”.




A pesar de que “En busca del tiempo perdido” está considerada una de las novelas más completa e innovadora, Proust nunca ganó el Nóbel.




Asmático crónico, vivió la mayor parte del tiempo encerrado y rodeado de la asepsia más notoria.




Escribió también “Jean Santeuil” y “Los placeres y los días. Parodias y misceláneas”.




En 1919 sale a la luz el primer tomo, “Por el camino de Swann”




Su vida y obra han sido desentrañada en una magistral biografía escrita por George D. Painter




Murió de neumonía, en París, en 1922




“Proust es un sistema completo de lectura del mundo. Si se admite ese sistema aunque sólo fuera un poco, no habría en nuestra vida cotidiana incidente, encuentro, rasgo o situación que no tuviera ya su referente en Proust”.


-Roland Barthes




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