viernes, 18 de julio de 2008

Educación El aprendizaje y sus caminos
Cita con el maestro
Ante el virtual agotamiento del esquema pedagógico tradicional, en libros recientes varios autores proponen una suerte de revolución educativa. Una transformación que replantee la figura del profesor, guía o docente


Por Luis Gruss
Para LA NACION

"El niño no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender".
Montaigne

Aprendemos acontecimientos básicos de la existencia -nacer, hablar, enamorarnos, respirar o morir- sin el auxilio de maestros. ¿Significa eso que toda enseñanza formal o informal es inútil? Responder a esta pregunta con algún grado de seriedad obsesiona últimamente a pedagogos y especialistas de varios países. Esa preocupación, que a la vez es un enigma a dilucidar, se refleja ampliamente en libros recién aparecidos como Una cita con los maestros (Miño y Dávila) , de Laura Duschatzky, y El maestro ignorante (Del Zorzal), del filósofo francés Jacques Rancière, así como en Lecciones de los maestros (Fondo de Cultura Económica), un ensayo previo de George Steiner, y en Pedagogía del aburrido (Paidós) de los argentinos Ignacio Lewkowicz y Cristina Corea, dos especialistas inclasificables cuya desaparición temprana y accidental nos dejó huérfanos de una producción incesante de reflexiones que, en estos días de casi infinita confusión, necesitaríamos más que nunca.

Nacer, hablar, enamorarnos, respirar, morir. La enumeración es de todos modos parcial. Pregúntese el lector de estas líneas quiénes han sido hasta hoy sus maestros de vida (o imagine una lista azarosa de las cosas que aprendió por sí mismo) y comprenderá mejor la materia de este debate. Lo más probable es que descubra la figura del maestro en personas dotadas de un don que, curiosamente, no siempre va acompañado de un título habilitante o de una institución señera.
Un auténtico maestro invade, irrumpe, despeja, reconstruye, estimula. No existe nada peor, en cambio, que una enseñanza deficiente. En tal caso lo que se observa es una operación "literalmente asesina y metafóricamente pecaminosa". Steiner la califica así, sin rodeos, en sus Lecciones . Y dice más: "La mala educación disminuye al alumno, reduce a la gris inanidad el motivo que se presenta, instala en la sensibilidad del niño o el adulto el más corrosivo de los ácidos, el aburrimiento, el gas metano del hastío; millones de personas han matado las matemáticas, la poesía, el pensamiento lógico, con una enseñanza muerta y la vengativa mediocridad, acaso inconsciente, de unos pedagogos definitivamente frustrados".

¿Cuál sería, por el contrario, una formación adecuada y entrañable? Ésa es la pregunta disparadora del ensayo de Laura Duschatzky. En Una cita con los maestros , la pedagoga renuncia deliberadamente a las respuestas anticipadas y les da la palabra a jóvenes y adultos para que sean ellos (mediante entrevistas bien llevadas) los que digan quiénes son o han sido sus maestros de vida. Luego de advertir que en toda educación genuina se produce, o debería producirse, una confluencia feliz entre dos (como en el amor), Duschatzky declara que un encuentro de ese tipo "implica tropezarse con experiencias y recorridos subjetivos, con ideas, movimientos, pensares y, a partir de ahí, inaugurar otro recorrido, una historia, una transformación que altere el estado de cosas y desde donde ya nada sea lo mismo". La autora nos coloca frente a un desafío clave: hablar de encuentros y educación en estos tiempos donde paradójicamente imperan los desencuentros y donde las instituciones educativas han perdido buena parte de su efectividad para pasar a convertirse en un espacio de sometimiento y sujeción.

De tanto en tanto (ya se sabe), nos vemos obligados a abandonar la educación para ir a la escuela. Lo que habitualmente retenemos de lo escuchado en el aula suele ser una entrecortada y fragmentaria sucesión de frases y cifras que recuerdan en parte a "El mal estudiante", un célebre y encantador poema de Jacques Prévert:

Dice que no con la cabeza
pero dice que sí con el corazón
dice que sí a lo que le gusta
y dice que no al profesor
está de pie
le hacen preguntas
y le plantean todos los problemas
de pronto se echa a reír
y borra todo
cifras y palabras
fechas y nombres
frases y trampas
y a pesar de las amenazas del maestro
entre el tole tole de los niños prodigio
con tizas de todos los colores
en el negro pizarrón de la desgracia
dibuja el rostro de la felicidad.

Ese mal estudiante imaginado por el poeta es quien se rebela con razón frente a los malos maestros que explican todo sin dar lugar al pensamiento propio. Son los que intentan llenar cabezas que presuponen huecas, los que en vez de acompañar empujan al alumno hacia el abismo de un saber que ellos, presuntos privilegiados, dicen poseer. Ante esta figura tan poco incitante se alza el maestro ignorante defendido por Rancière en su libro del mismo nombre.

El revulsivo autor galo (entrevistado por adn CULTURA en mayo último) subraya que "quien enseña sin emancipar embrutece". Y postula que el papel del docente debería limitarse a orientar o mantener la atención del alumno para que éste pueda desarrollar su capacidad de instruirse solo, sin un guía que funcione casi como un par de muletas. Rancière opina que se puede enseñar lo que se ignora si se emancipa al alumno. Es decir, si se lo obliga a usar su propia inteligencia, que de ningún modo vale menos que la del profesor, quien, a su vez, debería estar también emancipado. Desde esta perspectiva, el maestro ignorante (figura que el autor opone drásticamente a la del "maestro explicador") da a sus alumnos la orden de atravesar un bosque cuya salida él mismo ignora. Sobre esta base los alumnos avanzan con linternas de todos los colores, a ciegas, simplemente adivinando la salida. No hace falta añadir que también el maestro forma parte de la arriesgada expedición.

Así como Descartes probaba el movimiento caminando, esta nueva figura del educador considera que los hechos de la mente actúan y toman conciencia por sí mismos; en la práctica son más ciertos que cualquier cosa material. De este modo los alumnos aprenden de las nubes aquello que el viento no se anima a decirles. Y saben de sobra que las aguas del pasado no mueven molinos. El atiborrado presente, sin embargo, es un hueso duro de asimilar aun para los individuos más capaces y absorbentes. Un hombre del siglo XVIII llegaba a conocer en toda su vida unas veinte noticias de escala universal; nosotros, en cambio, recibimos esa catarata de informaciones con el desayuno de cada mañana.

Ahí aparece un problema clave de la educación en la actualidad. ¿Qué hago con lo que aprendo? ¿Con qué criterio lo valoro? ¿Qué punto de vista adopto para encarar cualquier tema que se cruza en el camino? ¿En qué casillero meto los dos millones de documentos que brinda Internet en los todopoderosos buscadores? Y más aún: la vida así, sobreestimulada, ¿marca un sendero determinado o es una trama caótica y desprovista de sentido? Sería bueno saber, al menos, que la pregunta por el sentido no conduce a puerto alguno. El sentido es una construcción del sujeto completamente desprovista de dogmas y conceptos previos.

Para Corea y Lewkowicz las escuelas argentinas (colmadas de problemas y carencias) se han convertido en virtuales galpones donde las condiciones de un encuentro fructífero han sido abolidas. En Pedagogía del aburrido los autores esbozan el panorama que se presenta hoy en las aulas. "Los docentes dicen que los estudiantes no saben ni leer ni escribir, que son indisciplinados, que no participan en clase, que son impertinentes y maleducados, que no tienen nivel. En definitiva, que carecen de las operaciones lógicas y subjetivas para habitar la situación aula. Así caracterizados los alumnos no cuentan con las habilidades con que, según la suposición docente, deberían contar." Lo más grave quizás es que, salvo tal o cual excepción, tampoco los docentes leen o se interesan por algo. "El aburrimiento, la falta de curiosidad, la sensación de quedar por fuera de un texto opaco, es doble: se da tanto en los chicos como en los maestros. Tal vez lo que falla no es la estrategia sino el modo de considerar el problema. Quizás la lectura y la escritura tienen otro estatuto en la era de la información y la fluidez."

¿No nos estarán ahogando las definiciones, los conceptos, las ideas cómodas y preconcebidas? "El concepto de perro no ladra", dice Spinoza citado por Lewkowicz. Tampoco el concepto de alumno es un alumno ni la palabra fuego quema o la palabra agua moja. ¿Habrá llegado el momento de buscar en el maestro a un compañero de camino que ha olvidado ya todos los conceptos? Es un poco lo que señala Duschatzky en su flamante libro. Para la investigadora, un verdadero maestro es aquel que "confía en que podemos pensar más allá de la voz de los otros". Deseos acoplados, sonidos armonizados, mágicas teclas tocadas en el momento justo, ¿acaso no pasa por ahí la única educación valedera y perdurable? En el prólogo a este trabajo, Horacio González rescata justamente al "maestro aprendiz, al maestro discípulo, al maestro ignorante, al maestro encubierto, al que enseña sin dar lugar nada más que a una invitación a extraer nuestro conocimiento enteramente de nuestra experiencia".

Así procedía también el Heidegger celebrado por su eximia alumna y amante Hannah Arendt cuando el autor de Caminos de bosque cumplió ochenta años. En el discurso de amoroso homenaje al filósofo, Arendt sostuvo que hay un nuevo maestro (un rey oculto) que ya no piensa "sobre algo" sino que, simplemente, "piensa algo".

Los senderos del bosque acaban en lo inesperado y son incomparablemente más idóneos que las lecciones brindadas con gesto de cemento armado. Ante esta opción inconducente se rebelan quienes alumbran la figura de un maestro diferente que se lanza con audacia por las picadas que él mismo abre, depositando los pies en un suelo sin forma ni nombre que (recordaría Machado) se hace camino al andar.

No hay comentarios: