Perlas en la Red
Una voz al oído
Por Carlos Guyot
De la Redacción de LA NACION
Algunos lectores se convierten en oyentes. Para ellos, escuchar un audiolibro es volver a vivir la experiencia de dejarse llevar por una voz que cuenta una historia al oído. Mientras que Harold Bloom los detesta y Stephen King los adora, los audiolibros generan unos 900 millones de dólares anuales en los Estados Unidos. Allí nacieron los primeros hacia 1935, dentro de un programa de lectura para ciegos, pero fue a fines de la década del 60 cuando se popularizaron con la llegada del cassette. A mediados de los años 80, los cd les sumaron calidad y comodidad, pero desde hace tres años, el segmento de audiolibros que más crece es el de descargas por Internet.
Audible es el sitio comercial más importante del rubro y, entre sus 40.000 grabaciones, incluye unos 500 libros en español: El Quijote, por supuesto, pero también Pablo Neruda lee a Pablo Neruda, a 10 dólares, con una hora en que el poeta chileno lee Veinte poemas de amor y una canción desesperada y Los versos del capitán. En la Argentina hace tres años nació Ediciones Sonoras, cuyo breve catálogo en cd incluye Cuentos de escritoras argentinas, leídos por Magdalena Ruiz Guiñazú, y Clásicos de suspenso y de terror, narrados por Ana Padovani.
Sin embargo, la novedad está en aquellos sitios 2.0 en los que los usuarios pueden subir sus propias grabaciones. El catálogo potencial es infinito: todos aquellas obras con derechos de autor de dominio público (es decir, cuyo autor haya fallecido hace más de 70 años). Leer escuchando es un proyecto mexicano pionero en español -de catálogo breve y voces, obviamente, mexicanas-; Librivox y Dublit son los referentes en inglés. El primero incluye unos 1500 libros leídos para bajar gratuitamente y crece a un ritmo de cuatro nuevos libros por día, mientras que el segundo congrega una activa comunidad especializada en textos breves: cuentos, poemas y audioshorts, una suerte de relatos de microficción.
El Proyecto Gutenberg, que ofrece más de un millón de libros online de dominio público para bajar gratuitamente, en su sección audiolibros incluye algunos leídos por un software de computadora. La voz aparatosa, metálica e impersonal tal vez funcione para escuchar algún relato de Isaac Asimov, pero, dentro del universo de los audiolibros, se convierte en la perfecta antítesis de aquella experiencia de abandonarse a una voz que cuenta una historia al oído.
www.audible.com
www.sonoras.com.ar
www.librivox.org
www.dublit.com
www.leerescuchando.com
www.gutenberg.org
viernes, 25 de julio de 2008
Radar/Domingo 20 de julio de 2008
Nosotros versus ellos
Este año se celebró el 40º aniversario del Mayo Francés, se conmemoran los 40 años de la masacre de Tlatelolco y se recuerda la Primavera de Praga. Pero en agosto de aquel año tuvo lugar también otra revuelta que no fue sólo encabezada por estudiantes, sino también hippies, parias, militantes de los derechos civiles, desertores del servicio militar y freaks. Aquellas jornadas, que empezaron como un recital y terminaron en un enfrentamiento campal con la policía, cruzaron la frontera entre arte y política, aterraron a los medios de comunicación, culminaron en un juicio histórico a los “conspiradores” y dejaron efectos imborrables en la cultura norteamericana por venir: marcaron el comienzo del fin de Vietnam, la apertura del mundo académico a la comunidad negra, el cambio en la relación de la sociedad con la idea de pareja y la abolición del servicio militar obligatorio. Con cronistas de lujo como Norman Mailer y Jean Genet y participantes como William Burroughs, Allen Ginsberg y Timothy Leary, la llamada Conspiración de Chicago es la revuelta más harapienta, anárquica y olvidada de aquel memorable 1968.
Por Osvaldo Baigorria

En sus memorias ilustradas, Robert Crumb evoca el espíritu de aquella época: de un lado, militantes por los derechos civiles, pacifistas, hippies y yippies; del otro, la policía, los bastones y los políticos de traje y gomina.
No crezcas.” “No le creas a nadie mayor de 30 años.” Con nuevas consignas y gestos sobreescritos a los grafitis del Mayo francés, una revuelta menos difundida pero con efectos en las costumbres sacudió la ciudad de Chicago en 1968. No fueron sólo estudiantes sino también drop-outs, freaks, desertores del hogar, de la escuela y del servicio militar. Descalzos. Las uñas sucias, los pelos en desorden, las flores en la vincha, los colores de la guerra y de la paz escritos en el cuerpo. Los universitarios franceses a esa altura ya serían caretas del pasado ante estas otras multitudes desprolijas de batik y mostacillas. Que cantaban: “Vender marihuana es un acto criminal. La hierba tiene que ser gratis”. Así marcharon contra la policía de Washington en diciembre del ’67 y lo harían de nuevo contra la de Chicago ocho meses más tarde. Decenas, quizá cientos de miles. Mientras otros morían en Vietnam. “Seamos insensatos.” “Crecer significa abandonar tus sueños.”
La Conspiración de Chicago fue el nombre que los medios le dieron a esa marcha carnavalesca que uniría arte, política y contrapublicidad para enfrentar la convención nacional del Partido Demócrata en agosto del ’68. Este era el partido gobernante, pero con más de medio millón de soldados peleando contra el Vietcong y una creciente oposición interna a la guerra, el presidente Lyndon Johnson había retirado su postulación en las elecciones primarias y el vicepresidente Hubert Humphrey anunciaba su candidatura ese mismo año para enfrentar al republicano Richard Nixon. Estaba claro: ninguno de los candidatos le daría “una oportunidad a la paz”. En abril mataban a Martin Luther King en Memphis, y en junio a Robert Kennedy en California, momentos después de que éste se declarara triunfador en las primarias de ese estado.
De inmediato, los organizadores de la Movilización Nacional contra la Guerra (MOBE), una amplia coalición de grupos políticos y estudiantiles, se reunieron con nuevos actores de la protesta que habían llevado más de treinta mil personas a la marcha sobre el Pentágono en octubre de 1967. Chicos de clase media pero también negros de los ghettos, con el Black Panther Party acosado por el FBI y organizando milicias para defender los barrios pobres con las armas en la mano. Paz, amor y autodefensa: una mezcla impensada.
BOLCHEVIQUES PSICODELICOS
El movimiento había empezado a germinar en 1966, o quizás antes. El Summer of Love de San Francisco y las primeras protestas en la Universidad de Columbia prepararon el terreno para el ‘68 de la contracultura, la revuelta estético-política representada por el Living Theatre en su performance multimedia Paraíso ahora. Donde cantaba Jim Morrison: “We want the world and we want it... now!”. Un estado de ánimo capturado por el Youth International Party (YIP), el Partido Internacional de la Juventud fundado en diciembre del ‘67 en una reunión en la que participaron el poeta Allen Ginsberg y el psicólogo lisérgico Timothy Leary. Allí, Party no se traducía sólo como “partido” sino como fiesta, celebración, orgía. Y también como parodia a la idea de “construcción del partido” de la izquierda tradicional, reformista o extrema.
Los yippies eran filoanarquistas que tomaban iconos y etiquetas de la cultura de izquierda para provocar a la derecha: a veces se presentaban como maoístas, otras como guevaristas y otras como marxistas ácidos o bolcheviques psicodélicos. ¿Qué se proponen?, preguntaba el periodismo de la época. Respuesta: “Nuestra declaración de principios es una hoja de papel en blanco”. Era la parodia como expresión de deseos de otra modalidad de entrar a la acción política. El arte performativo y el lenguaje de la droga. El encuentro de la cultura lisérgica con la militancia antiguerra. “Fumar un porro es un acto sagrado.” En las manifestaciones ya circulaba gratis la maría y también las pepas de ácido. Se apropiaba el espacio público para happenings de masas, con un body art puesto en escena para las cámaras, con cuerpos desnudos, pintados, adornados de fiesta callejera, de murga contracultural. “No hagas nada que no sea para divertirte”. Y también: “Nuestra idea de la diversión es derrocar al gobierno”. ¿Era un chiste, un delirio, una boutade? Lo cierto es que el centro del imperio crujió por un momento, en el subsuelo se abrieron grietas y nadie quedó sin su fisura.
Los yippies eran filoanarquistas que tomaban iconos y etiquetas de la cultura de izquierda para provocar a la derecha: a veces se presentaban como maoístas, otras como guevaristas y otras como marxistas ácidos o bolcheviques psicodélicos. ¿Qué se proponen?, preguntaba el periodismo de la época. Respuesta: “Nuestra declaración de principios es una hoja de papel en blanco”. Era la parodia como expresión de deseos de otra modalidad de entrar a la acción política. El arte performativo y el lenguaje de la droga. El encuentro de la cultura lisérgica con la militancia antiguerra. “Fumar un porro es un acto sagrado.” En las manifestaciones ya circulaba gratis la maría y también las pepas de ácido. Se apropiaba el espacio público para happenings de masas, con un body art puesto en escena para las cámaras, con cuerpos desnudos, pintados, adornados de fiesta callejera, de murga contracultural. “No hagas nada que no sea para divertirte”. Y también: “Nuestra idea de la diversión es derrocar al gobierno”. ¿Era un chiste, un delirio, una boutade? Lo cierto es que el centro del imperio crujió por un momento, en el subsuelo se abrieron grietas y nadie quedó sin su fisura.

Los últimos siete días de agosto de 1968 fueron una larga batalla campal entre la Guardia Nacional y los acampantes en el Parque Lincoln. Resultado: más de mil heridos y setecientos detenidos.
DROGADOS POR LA REVOLUCION
“Pondremos LSD en la red de agua potable de Chicago.” Más que consignas, eran guiños para entendidos que podían suscitar risas o críticas pero que varios periodistas de la prensa amarilla tomaron en serio: “¡Hippies drogados avanzan sobre Chicago!”. “¡Amenazan con poner ácido en las tomas de agua de la ciudad!”.
Las textos más delirantes provenían de los cofundadores del YIP, Abbie Hoffman (1936-1989) y Jerry Rubin (1938-1994). Ambos se conocieron en la intervención sobre la Bolsa de Comercio de Nueva York, en la que arrojaron billetes de dos dólares desde un balcón sobre los ansiosos agentes bursátiles, y en la marcha sobre el Pentágono del ’67, que Rubin pagó con treinta días de cárcel. Para la convención demócrata de Chicago, ambos planearon un megarrecital en el Parque Lincoln de esa ciudad que se llamaría simplemente The Life Festival.
El 23 de agosto de 1968, entre tres y cinco mil personas ya habían llegado con sus carpas y bolsas de dormir para el acampe cuando se enteraron que el alcalde de Chicago había ordenado que nadie podría quedarse en el parque después de las once de la noche. Y que seis mil agentes de la Guardia Nacional los esperaban para el combate. De todas formas, acamparon. Era la primera vez que aparecía tanta marihuana junta en manifestaciones antiguerra, con porros fumados en público en un reclamo tácito de despenalización y una afirmación del derecho al consumo sin pedir permiso a ningún Estado. Una hierba que se repartía gratis, que se cultivaba en casa, que era pura flor. Por eso: los niños de la flor. Y con ella, la estética de la alucinación: disfraces, tatuajes, pétalos contra los fusiles. Pero del otro lado no fueron tan amables.
La batalla duró siete días. Mientras los activistas más experimentados coordinaban las manifestaciones en torno del edificio donde se reunían los delegados demócratas, los yippies fogoneaban la terca estadía en el parque contra la policía que atacaba con gases y bastonazos a los que se resistían al desalojo. Finalmente, sólo Phil Ochs, The Fugs, Country Joe, los MC-5 y algunas bandas menores de la escena local pudieron tocar en el escenario improvisado en el parque sitiado. Una pancarta decía: “Vote a Nadie: Nadie legalizará la marihuana - Nadie combatirá la desocupación - Nadie retirará todas las tropas de Vietnam”.
Las textos más delirantes provenían de los cofundadores del YIP, Abbie Hoffman (1936-1989) y Jerry Rubin (1938-1994). Ambos se conocieron en la intervención sobre la Bolsa de Comercio de Nueva York, en la que arrojaron billetes de dos dólares desde un balcón sobre los ansiosos agentes bursátiles, y en la marcha sobre el Pentágono del ’67, que Rubin pagó con treinta días de cárcel. Para la convención demócrata de Chicago, ambos planearon un megarrecital en el Parque Lincoln de esa ciudad que se llamaría simplemente The Life Festival.
El 23 de agosto de 1968, entre tres y cinco mil personas ya habían llegado con sus carpas y bolsas de dormir para el acampe cuando se enteraron que el alcalde de Chicago había ordenado que nadie podría quedarse en el parque después de las once de la noche. Y que seis mil agentes de la Guardia Nacional los esperaban para el combate. De todas formas, acamparon. Era la primera vez que aparecía tanta marihuana junta en manifestaciones antiguerra, con porros fumados en público en un reclamo tácito de despenalización y una afirmación del derecho al consumo sin pedir permiso a ningún Estado. Una hierba que se repartía gratis, que se cultivaba en casa, que era pura flor. Por eso: los niños de la flor. Y con ella, la estética de la alucinación: disfraces, tatuajes, pétalos contra los fusiles. Pero del otro lado no fueron tan amables.
La batalla duró siete días. Mientras los activistas más experimentados coordinaban las manifestaciones en torno del edificio donde se reunían los delegados demócratas, los yippies fogoneaban la terca estadía en el parque contra la policía que atacaba con gases y bastonazos a los que se resistían al desalojo. Finalmente, sólo Phil Ochs, The Fugs, Country Joe, los MC-5 y algunas bandas menores de la escena local pudieron tocar en el escenario improvisado en el parque sitiado. Una pancarta decía: “Vote a Nadie: Nadie legalizará la marihuana - Nadie combatirá la desocupación - Nadie retirará todas las tropas de Vietnam”.

Los conspiradores: Lee Weimer, John Froines, Abbie Hoffman, Rennie Davis, Jerry Rubin, Tom Hayden y David Dellinger: en marzo de 1969, fueron acusados por conspirar en la Convención Nacional Demócrata con la intención de asesinar a algunos de sus participantes. Bobbie Seale, el Pantera Negra y octavo “conspirador”, ya había sido separado del juicio cuando Richard Avedon fotografió a los desde entonces Chicago 7.
STREET ART, POLITICA Y RESTAURACION
La marcha sobre Chicago dejó como saldo inmediato más de mil heridos y cerca de setecientos detenidos. A mediano plazo, fue el principio del final de la guerra de Vietnam, que se arrastró cuesta abajo siete años más, hasta 1975. También fue el golpe decisivo al servicio militar obligatorio, que sería suprimido por Nixon en el ’69. Sí, el mismo Nixon que finalmente ganó las elecciones apoyándose en la “mayoría silenciosa” que reaccionó contra la contracultura y votó republicano. Después de la fiesta libertaria, la restauración conservadora. Una reacción no calculada por la dinámica de la provocación, por esa ansiedad en diseñar actos para “asustar al burgués”. Porque a veces el burgués se asusta y exige más ley y más orden.
El ’68 norteamericano mostró un nuevo rostro de la revuelta, un ataque simultáneo sobre el aparato militar-industrial y sobre las estructuras de control mental, un cruce de límites entre la utopía de una sociedad no autoritaria y las visiones de una existencia vivida en éxtasis, en grado cero de intensidad. Como una performance masiva y espontánea, ese experimento pareció afectar a sus participantes mucho más que al resto de la sociedad. En ese improvisado laboratorio de street art y cambio existencial los resultados serían inferiores a las expectativas. Tal vez porque no todas las sustancias que alteran la percepción se acoplan fácilmente a la acción política, una obra que implica medición de fuerzas, alianzas, avances, retrocesos, golpes y negociación.
A largo plazo, la lista de cambios culturales atribuibles a ese año mítico incluiría la desjerarquización en la pareja y la familia, la incorporación de negros y otras minorías en el mundo académico, político, laboral y la (lenta) despenalización de sustancias hoy tan integradas a un vasto mercado mundial que a nadie se le ocurriría que puedan provocar una revolución. Y por cierto, el famoso “síndrome de Vietnam”, ese conjunto de signos antimilitaristas que hoy, aunque arrasado por el derrumbe del 11 de septiembre, permite a muchos activistas contra la invasión a Irak extraer inspiración de aquellas jornadas de hace cuarenta años. Acaso aquel espíritu de cruce de fronteras entre el arte y la política pueda ser leído como documento de época pero también como género literario, un texto escrito sobre cuerpos soñadores de una utopía de comunas libertarias donde todo el mundo pudiese vivir haciendo el amor y no la guerra.
¿Era demasiado inocente? ¿Era pedir lo imposible? Bueno, es lo que se puso en escena en Chicago en el ’68.
El ’68 norteamericano mostró un nuevo rostro de la revuelta, un ataque simultáneo sobre el aparato militar-industrial y sobre las estructuras de control mental, un cruce de límites entre la utopía de una sociedad no autoritaria y las visiones de una existencia vivida en éxtasis, en grado cero de intensidad. Como una performance masiva y espontánea, ese experimento pareció afectar a sus participantes mucho más que al resto de la sociedad. En ese improvisado laboratorio de street art y cambio existencial los resultados serían inferiores a las expectativas. Tal vez porque no todas las sustancias que alteran la percepción se acoplan fácilmente a la acción política, una obra que implica medición de fuerzas, alianzas, avances, retrocesos, golpes y negociación.
A largo plazo, la lista de cambios culturales atribuibles a ese año mítico incluiría la desjerarquización en la pareja y la familia, la incorporación de negros y otras minorías en el mundo académico, político, laboral y la (lenta) despenalización de sustancias hoy tan integradas a un vasto mercado mundial que a nadie se le ocurriría que puedan provocar una revolución. Y por cierto, el famoso “síndrome de Vietnam”, ese conjunto de signos antimilitaristas que hoy, aunque arrasado por el derrumbe del 11 de septiembre, permite a muchos activistas contra la invasión a Irak extraer inspiración de aquellas jornadas de hace cuarenta años. Acaso aquel espíritu de cruce de fronteras entre el arte y la política pueda ser leído como documento de época pero también como género literario, un texto escrito sobre cuerpos soñadores de una utopía de comunas libertarias donde todo el mundo pudiese vivir haciendo el amor y no la guerra.
¿Era demasiado inocente? ¿Era pedir lo imposible? Bueno, es lo que se puso en escena en Chicago en el ’68.
Timothy Leary: la alucinación al poder
Los flower children contra la guerra de Vietnam.
Fue el más apolítico de los referentes de la contracultura que marcharon contra la guerra de Vietnam. Expulsado de Harvard en 1963 por sus investigaciones con ácido lisérgico y otras drogas, Timothy Leary fundó la Liga por el Descubrimiento Espiritual (LSD, sus siglas en inglés), organizó un centro de rescate para adictos en Nueva York y ayudó a coordinar un love-in en San Francisco en el ’67 con más de treinta mil personas. Junto a los activistas Jerry Rubin y Abbie Hoffman preparó el Festival de la Vida de Chicago del ‘68, pero nunca llegó a participar en las manifestaciones, en desacuerdo con la posibilidad de invitar a la violencia. Leary creía menos en la protesta callejera que en la percepción instantánea del ácido para disolver los males de la guerra, el racismo y la explotación. Rubio, ojos claros, sonrisa contagiosa, mangas anchas en sus camisas de la India y pantalones blancos, daba la impresión de que podría persuadir a cualquiera de que no había ningún peligro en llevarse ese pedacito de cartón a la boca.
Durante el proceso a los ocho Conspiradores de Chicago, Leary disertó ante el tribunal en detalle y con autoridad profesoral sobre las sustancias con las cuales su grupo experimentaba para producir una transformación cultural y espiritual: “Las drogas psicodélicas son aquellas que aceleran el pensamiento, amplían la conciencia y producen experiencias religiosas o creativas o filosóficas en la persona que las toma”. Y se puso a enumerar: LSD, mescalina, peyote, marihuana... hasta que el fiscal lo interrumpió con un “suficiente”.
Un año más tarde, el mismo Leary tendría que enfrentar cargos por posesión de drogas que lo llevarían a la cárcel, de la que en los años ’70 se fugaría asistido por guerrilleros del grupo Weather Underground para exiliarse con los Panteras Negras en Argelia. Tres años después fue detenido por el FBI en Afganistán para volver a la prisión por otros tres años. “El hombre más peligroso de los Estados Unidos” (en palabras de Richard Nixon) terminó muriendo en libertad en 1996 de un cáncer de próstata. Su ración diaria de drogas para calmar sus últimos meses de vida ya no incluiría al LSD aunque sí medicamentos más clásicos junto a recetas alternativas: cafeína, tabaco, óxido nítrico, un vaso de vino blanco, un vaso de whisky, una línea de cocaína y cuatro “galletitas Leary” de queso fundido con marihuana sobre crackers.
Durante el proceso a los ocho Conspiradores de Chicago, Leary disertó ante el tribunal en detalle y con autoridad profesoral sobre las sustancias con las cuales su grupo experimentaba para producir una transformación cultural y espiritual: “Las drogas psicodélicas son aquellas que aceleran el pensamiento, amplían la conciencia y producen experiencias religiosas o creativas o filosóficas en la persona que las toma”. Y se puso a enumerar: LSD, mescalina, peyote, marihuana... hasta que el fiscal lo interrumpió con un “suficiente”.
Un año más tarde, el mismo Leary tendría que enfrentar cargos por posesión de drogas que lo llevarían a la cárcel, de la que en los años ’70 se fugaría asistido por guerrilleros del grupo Weather Underground para exiliarse con los Panteras Negras en Argelia. Tres años después fue detenido por el FBI en Afganistán para volver a la prisión por otros tres años. “El hombre más peligroso de los Estados Unidos” (en palabras de Richard Nixon) terminó muriendo en libertad en 1996 de un cáncer de próstata. Su ración diaria de drogas para calmar sus últimos meses de vida ya no incluiría al LSD aunque sí medicamentos más clásicos junto a recetas alternativas: cafeína, tabaco, óxido nítrico, un vaso de vino blanco, un vaso de whisky, una línea de cocaína y cuatro “galletitas Leary” de queso fundido con marihuana sobre crackers.
Allen Ginsberg: recital en la Corte
La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad: Allen Ginsberg dio un recital en la Corte para explicarle al juez su participación en el parque. Su Señoría lo echó de la sala al grito de “¡Estoy harto de sus cantos!”.
Cuando Allen Ginsberg tuvo que testificar durante el juicio a los ocho acusados de la Conspiración de Chicago, el juez se encontró con un interlocutor difícil de traducir, además de un incómodo testigo para la defensa. Según el cronista Anthony Lukas del New York Times, Ginsberg saludó como un hinduista, con inclinación de cabeza y manos unidas sobre los labios y respondió preguntas sobre sus antecedentes profesionales con una lista de libros publicados y una enumeración de estudios con swamis en la India y maestros zen en Japón e intervenciones con cantos “para aquietar el cuerpo y la mente”. La lista de gurúes y maestros sonó como un mantra: “Trungpa Vajracharya, Sakyong Mipham, Satchinanda Swami, Shivananda, Suzuki Roshi, Lama Tarchin...”.
Todo su testimonio sería una larga performance. Al preguntársele sobre una conferencia de prensa en Nueva York que anunciaba la organización de la marcha sobre Chicago, Ginsberg respondió que su discurso había sido muy breve y había finalizado con un recitado de “Hare Krishna”. Para ejemplificar, se puso a cantar: “Hare Krishna, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare”. Logró que hasta el fiscal se riera, pero cuando éste adujo que el mantra “no aportaba materialidad al caso”, Ginsberg replicó: “Pero aporta espiritualidad”. Luego recitó el fragmento de un poema de William Blake para describir su participación en las protestas y declaró que había leído “La voz del anciano bardo” a jóvenes manifestantes, lo mismo que había hecho durante un be-in anterior en San Francisco. El juez quiso saber qué era un be-in. Ginsberg aprovechó para ofrecer un extenso discurso, explicando que se trataba de “un encuentro masivo de jóvenes conscientes de nuestro destino como planeta, una manifestación de un estilo de vida planetario que celebraba la vida en vez de la acaparación, la competencia y la guerra”.
Por último, la mejor oportunidad se le presentó cuando el abogado defensor le acercó una caja roja con una armónica que según la policía Ginsberg portaba durante los disturbios y le pidió que la identificara. Ginsberg dijo: “Es la armónica que uso para acompañar mis mantras”. Dicho y hecho, la tomó con sus propias manos y se la llevó a la boca para tocar algunas notas. Exasperado, el juez decidió dar por terminado el coloquio: “Estoy harto de escuchar sus canciones”.
Todo su testimonio sería una larga performance. Al preguntársele sobre una conferencia de prensa en Nueva York que anunciaba la organización de la marcha sobre Chicago, Ginsberg respondió que su discurso había sido muy breve y había finalizado con un recitado de “Hare Krishna”. Para ejemplificar, se puso a cantar: “Hare Krishna, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare”. Logró que hasta el fiscal se riera, pero cuando éste adujo que el mantra “no aportaba materialidad al caso”, Ginsberg replicó: “Pero aporta espiritualidad”. Luego recitó el fragmento de un poema de William Blake para describir su participación en las protestas y declaró que había leído “La voz del anciano bardo” a jóvenes manifestantes, lo mismo que había hecho durante un be-in anterior en San Francisco. El juez quiso saber qué era un be-in. Ginsberg aprovechó para ofrecer un extenso discurso, explicando que se trataba de “un encuentro masivo de jóvenes conscientes de nuestro destino como planeta, una manifestación de un estilo de vida planetario que celebraba la vida en vez de la acaparación, la competencia y la guerra”.
Por último, la mejor oportunidad se le presentó cuando el abogado defensor le acercó una caja roja con una armónica que según la policía Ginsberg portaba durante los disturbios y le pidió que la identificara. Ginsberg dijo: “Es la armónica que uso para acompañar mis mantras”. Dicho y hecho, la tomó con sus propias manos y se la llevó a la boca para tocar algunas notas. Exasperado, el juez decidió dar por terminado el coloquio: “Estoy harto de escuchar sus canciones”.
Jean-Luc Godard: Mao en Chicago

La imagen más recordada del famoso juicio: Bobby Seale, uno de los acusados por conspiración, atado y amordazado en una sala federal por pedido del juez, debido a sus constantes exabruptos. Acá, el dibujo de la ilustradora oficial de la Justicia.
El espíritu de la revuelta de Chicago sería discutido dos años más tarde en Vladimir et Rosa, de Godard. La película satiriza los procedimientos de la corte federal que juzgó en 1969 a ocho organizadores de la movilización, un grupo que se reduciría a siete luego de que el Pantera Negra Bobby Seale fuese removido del caso y sentenciado a cuatro años de cárcel por desacato e insultos a la corte (“cerdo racista” y “perro fascista” fue lo mínimo que el acusado le dijo al juez Julius Hoffman antes de ser esposado y amordazado en público). La escena es representada por Godard a través del personaje llamado “Bobby X”, en clara alusión a los militantes Bobby Seale y Malcom X. En el film, el único acusado que aparece con su nombre y apellido auténtico es David Dellinger, director de la revista anarcopacifista Liberation y organizador de las nutridas movilizaciones contra la guerra en Nueva York y Washington durante el ’67. En cuanto al juez, en Vladimir et Rosa se llama Ernest Adolf Himmler y tiene la costumbre de quedarse semidormido durante los extensos discursos políticos de la defensa o de ponerse a garabatear sobre una revista con fotos de desnudos. Godard, interesado en representar cómo trata la “Justicia burguesa” a los militantes revolucionarios, discute desde una perspectiva maoísta los problemas que emergieron en el ’68 norteamericano, sobre todo la articulación entre la lucha antiimperialista, los negros, las mujeres feministas y los jóvenes obreros. Pero no recrea las escenas más espectaculares de ese juicio histórico en el que los acusados Jerry Rubin y Abbie Hoffman aparecieron un día vestidos con togas de jueces y otro disfrazados de Papá Noel. En sus últimas declaraciones, Hoffman llegó a aconsejar al juez que curiosamente tenía su mismo apellido que probara LSD para sacar sus propias conclusiones. A sabiendas de que el magistrado se iría de vacaciones a Florida después del juicio, le dijo: “Yo conozco un buen dealer en Miami, puedo hacerle el contacto”. El proceso terminó con diversas condenas a prisión que abarcaron incluso a los dos abogados defensores, por insultos y agravios al tribunal.
Tanguito: El circo argentino
La politización de los flower children por aquí recibió un corte de raíz. Según John King, en su insuperable investigación El Di Tella y el desarrollo cultural argentino en la década del ’60, la dictadura de Onganía temía “el crecimiento de una contracultura en Argentina”. De modo que se dedicó a combatir con saña a la “cultura juvenil apolítica” por considerar peligrosas esas formas de disidencia existencial expresadas en ropas, adornos y pelo largo, signos ofensivos para la distinción tradicional de lo masculino y lo femenino. En 1968, la revista Primera Plana –que había contado, no se sabe en base a qué encuesta, “unos 200 hippies argentinos”– reunió en su redacción a un grupo de “representantes” del circo local, entre ellos José Alberto Iglesias, alias “Tanguito”, junto a miembros de la Federación Argentina de Entidades Democráticas Anticomunistas (Faeda), que en aquellos años denunciaba a los hippies como “engranajes de un plan mundial diabólico orquestado por el comunismo” y alertaba “a los padres de familia acerca de los problemas que está viviendo la juventud, arrastrada a lo que nosotros llamamos La Carrera del Vicio”. En la reunión se habló de las acusaciones de “estupro” de chicas menores de edad (hasta de doce años) con que se señalaba al grupo en torno de Tanguito. Este se defendió así: “Y de repente vos estás en una plaza, con una guitarrita, como he estado yo. Y hay 20 personas, agrupadas o no, pero están ahí. Yo nunca dije que el grupo es mío; recién ahora me entero de eso”.
Mientras tanto, las razzias y detenciones en bares, plazas y a la salida de recitales en cines y teatros por portación de cara, pelo y atavíos se hacían cada vez más frecuentes. Las incipientes organizaciones armadas reclutarían algunas de esas víctimas de la campaña antihippie en los años por venir, pero eso ya es otra historia.
Mientras tanto, las razzias y detenciones en bares, plazas y a la salida de recitales en cines y teatros por portación de cara, pelo y atavíos se hacían cada vez más frecuentes. Las incipientes organizaciones armadas reclutarían algunas de esas víctimas de la campaña antihippie en los años por venir, pero eso ya es otra historia.
Genet, Burroughs, Mailer: La crónica beat

En LBJ no confiamos nada: dólares burlescos contra Lyndon Johnson que se repartían entonces. Pocas veces arte y política funcionaron de manera tan aceitada en Estados Unidos como en aquellos días.
Un trío de cronistas-participantes cubrió de modo atípico para la prensa los eventos de Chicago. Jean Genet había sido invitado a escribir para la revista Esquire y, aunque nunca pudo conseguir la visa, se las arregló para entrar ilegalmente a Estados Unidos luego de volar de París a Montreal y viajar en auto haciéndose pasar por un canadiense de habla francesa, a través de fronteras mucho menos vigiladas que las actuales. Fue recibido por Allen Ginsberg y conducido al campamento hippie del Parque Lincoln junto a William Burroughs y Terry Southern, otro de los cronistas de Esquire. Allí, mientras el conspicuo Ginsberg de barba larga y túnica oriental era reconocido y saludado por todo el mundo, Genet fue generoso con los chicos que le pedían dinero: distribuyó dólares a mansalva, recibió amor y un anillo de regalo. “Son como ángeles”, dijo a periodistas de Newsweek que lo entrevistaron in situ.
Antes de que la policía desalojara a los acampantes del parque, Ginsberg insistió en mantenerse sentado con las piernas cruzadas durante horas en una meditación guiada por su canto del OM que reunió a cientos de participantes, incluyendo a un escéptico Burroughs que dejó un ojo abierto para detectar la llegada de los uniformados a tiempo. Al grito de “ahí vienen”, la dispersión fue en varias direcciones pero de todas partes llovieron gases y palos. En su artículo para Esquire, Southern afirmó haber visto a Genet acorralado en un callejón, a punto de ser golpeado, levantando los brazos con una sonrisa “de santo”. El gesto detuvo el bastonazo. Genet luego dijo que ese oficial blanco le dio la impresión de que sostenía su bastón del mismo modo que él “se aferraría al pene de un negro”.
Por su parte, Burroughs intervino en genio y figura, tratando de influir sobre los delegados demócratas con un mix de fragmentos grabados de discursos políticos a todo volumen que provocara “la confusión y la ruptura del pensamiento lógico”. Finalmente escribió una sátira sobre la postulación de un mono a la presidencia: “El Senador Homero Mandril”.
En cuanto a Mailer, ya un veterano de la cobertura de convenciones demócratas y republicanas, estuvo en Chicago como periodista de Harper’s luego del éxito de su libro Los ejércitos de la noche sobre la marcha al Pentágono de diciembre del ‘67, durante la que él mismo había terminado preso. Mailer esta vez tuvo una actitud más distante. En un acto en el Parque Grant, le dijo a Newsweek que estaba cansado y bastante irritado por la guerra y la represión pero “tengo una fecha de cierre para escribir sobre todo esto y no voy a dejar que me arresten de nuevo”. Luego, cuando le tocó hablar en público, se disculpó por su trabajo de cronista, saludó y dijo a los participantes que le parecían “más bellos que en marchas anteriores”. En Miami y el sitio de Chicago describiría a esos miles de manifestantes tirados sobre el pasto festejando la aparición de un cerdo auténtico postulado como candidato a presidente, a una Miss América con tetas de plástico o al candidato del Partido Nudista con su consigna “No tengo nada que ocultar”. Y remataría su descripción de los minutos anteriores al inicio de la represión policial con la pregunta: “¿Eran estos chicos desprolijos la clase de tropas con las que uno deseaba entrar en combate ?”
viernes, 18 de julio de 2008
Educación El aprendizaje y sus caminos
Cita con el maestro
Ante el virtual agotamiento del esquema pedagógico tradicional, en libros recientes varios autores proponen una suerte de revolución educativa. Una transformación que replantee la figura del profesor, guía o docente
Por Luis Gruss
Para LA NACION
"El niño no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender".
Montaigne
Aprendemos acontecimientos básicos de la existencia -nacer, hablar, enamorarnos, respirar o morir- sin el auxilio de maestros. ¿Significa eso que toda enseñanza formal o informal es inútil? Responder a esta pregunta con algún grado de seriedad obsesiona últimamente a pedagogos y especialistas de varios países. Esa preocupación, que a la vez es un enigma a dilucidar, se refleja ampliamente en libros recién aparecidos como Una cita con los maestros (Miño y Dávila) , de Laura Duschatzky, y El maestro ignorante (Del Zorzal), del filósofo francés Jacques Rancière, así como en Lecciones de los maestros (Fondo de Cultura Económica), un ensayo previo de George Steiner, y en Pedagogía del aburrido (Paidós) de los argentinos Ignacio Lewkowicz y Cristina Corea, dos especialistas inclasificables cuya desaparición temprana y accidental nos dejó huérfanos de una producción incesante de reflexiones que, en estos días de casi infinita confusión, necesitaríamos más que nunca.
Nacer, hablar, enamorarnos, respirar, morir. La enumeración es de todos modos parcial. Pregúntese el lector de estas líneas quiénes han sido hasta hoy sus maestros de vida (o imagine una lista azarosa de las cosas que aprendió por sí mismo) y comprenderá mejor la materia de este debate. Lo más probable es que descubra la figura del maestro en personas dotadas de un don que, curiosamente, no siempre va acompañado de un título habilitante o de una institución señera.
Un auténtico maestro invade, irrumpe, despeja, reconstruye, estimula. No existe nada peor, en cambio, que una enseñanza deficiente. En tal caso lo que se observa es una operación "literalmente asesina y metafóricamente pecaminosa". Steiner la califica así, sin rodeos, en sus Lecciones . Y dice más: "La mala educación disminuye al alumno, reduce a la gris inanidad el motivo que se presenta, instala en la sensibilidad del niño o el adulto el más corrosivo de los ácidos, el aburrimiento, el gas metano del hastío; millones de personas han matado las matemáticas, la poesía, el pensamiento lógico, con una enseñanza muerta y la vengativa mediocridad, acaso inconsciente, de unos pedagogos definitivamente frustrados".
¿Cuál sería, por el contrario, una formación adecuada y entrañable? Ésa es la pregunta disparadora del ensayo de Laura Duschatzky. En Una cita con los maestros , la pedagoga renuncia deliberadamente a las respuestas anticipadas y les da la palabra a jóvenes y adultos para que sean ellos (mediante entrevistas bien llevadas) los que digan quiénes son o han sido sus maestros de vida. Luego de advertir que en toda educación genuina se produce, o debería producirse, una confluencia feliz entre dos (como en el amor), Duschatzky declara que un encuentro de ese tipo "implica tropezarse con experiencias y recorridos subjetivos, con ideas, movimientos, pensares y, a partir de ahí, inaugurar otro recorrido, una historia, una transformación que altere el estado de cosas y desde donde ya nada sea lo mismo". La autora nos coloca frente a un desafío clave: hablar de encuentros y educación en estos tiempos donde paradójicamente imperan los desencuentros y donde las instituciones educativas han perdido buena parte de su efectividad para pasar a convertirse en un espacio de sometimiento y sujeción.
De tanto en tanto (ya se sabe), nos vemos obligados a abandonar la educación para ir a la escuela. Lo que habitualmente retenemos de lo escuchado en el aula suele ser una entrecortada y fragmentaria sucesión de frases y cifras que recuerdan en parte a "El mal estudiante", un célebre y encantador poema de Jacques Prévert:
Dice que no con la cabeza
pero dice que sí con el corazón
dice que sí a lo que le gusta
y dice que no al profesor
está de pie
le hacen preguntas
y le plantean todos los problemas
de pronto se echa a reír
y borra todo
cifras y palabras
fechas y nombres
frases y trampas
y a pesar de las amenazas del maestro
entre el tole tole de los niños prodigio
con tizas de todos los colores
en el negro pizarrón de la desgracia
dibuja el rostro de la felicidad.
Ese mal estudiante imaginado por el poeta es quien se rebela con razón frente a los malos maestros que explican todo sin dar lugar al pensamiento propio. Son los que intentan llenar cabezas que presuponen huecas, los que en vez de acompañar empujan al alumno hacia el abismo de un saber que ellos, presuntos privilegiados, dicen poseer. Ante esta figura tan poco incitante se alza el maestro ignorante defendido por Rancière en su libro del mismo nombre.
El revulsivo autor galo (entrevistado por adn CULTURA en mayo último) subraya que "quien enseña sin emancipar embrutece". Y postula que el papel del docente debería limitarse a orientar o mantener la atención del alumno para que éste pueda desarrollar su capacidad de instruirse solo, sin un guía que funcione casi como un par de muletas. Rancière opina que se puede enseñar lo que se ignora si se emancipa al alumno. Es decir, si se lo obliga a usar su propia inteligencia, que de ningún modo vale menos que la del profesor, quien, a su vez, debería estar también emancipado. Desde esta perspectiva, el maestro ignorante (figura que el autor opone drásticamente a la del "maestro explicador") da a sus alumnos la orden de atravesar un bosque cuya salida él mismo ignora. Sobre esta base los alumnos avanzan con linternas de todos los colores, a ciegas, simplemente adivinando la salida. No hace falta añadir que también el maestro forma parte de la arriesgada expedición.
Así como Descartes probaba el movimiento caminando, esta nueva figura del educador considera que los hechos de la mente actúan y toman conciencia por sí mismos; en la práctica son más ciertos que cualquier cosa material. De este modo los alumnos aprenden de las nubes aquello que el viento no se anima a decirles. Y saben de sobra que las aguas del pasado no mueven molinos. El atiborrado presente, sin embargo, es un hueso duro de asimilar aun para los individuos más capaces y absorbentes. Un hombre del siglo XVIII llegaba a conocer en toda su vida unas veinte noticias de escala universal; nosotros, en cambio, recibimos esa catarata de informaciones con el desayuno de cada mañana.
Ahí aparece un problema clave de la educación en la actualidad. ¿Qué hago con lo que aprendo? ¿Con qué criterio lo valoro? ¿Qué punto de vista adopto para encarar cualquier tema que se cruza en el camino? ¿En qué casillero meto los dos millones de documentos que brinda Internet en los todopoderosos buscadores? Y más aún: la vida así, sobreestimulada, ¿marca un sendero determinado o es una trama caótica y desprovista de sentido? Sería bueno saber, al menos, que la pregunta por el sentido no conduce a puerto alguno. El sentido es una construcción del sujeto completamente desprovista de dogmas y conceptos previos.
Para Corea y Lewkowicz las escuelas argentinas (colmadas de problemas y carencias) se han convertido en virtuales galpones donde las condiciones de un encuentro fructífero han sido abolidas. En Pedagogía del aburrido los autores esbozan el panorama que se presenta hoy en las aulas. "Los docentes dicen que los estudiantes no saben ni leer ni escribir, que son indisciplinados, que no participan en clase, que son impertinentes y maleducados, que no tienen nivel. En definitiva, que carecen de las operaciones lógicas y subjetivas para habitar la situación aula. Así caracterizados los alumnos no cuentan con las habilidades con que, según la suposición docente, deberían contar." Lo más grave quizás es que, salvo tal o cual excepción, tampoco los docentes leen o se interesan por algo. "El aburrimiento, la falta de curiosidad, la sensación de quedar por fuera de un texto opaco, es doble: se da tanto en los chicos como en los maestros. Tal vez lo que falla no es la estrategia sino el modo de considerar el problema. Quizás la lectura y la escritura tienen otro estatuto en la era de la información y la fluidez."
¿No nos estarán ahogando las definiciones, los conceptos, las ideas cómodas y preconcebidas? "El concepto de perro no ladra", dice Spinoza citado por Lewkowicz. Tampoco el concepto de alumno es un alumno ni la palabra fuego quema o la palabra agua moja. ¿Habrá llegado el momento de buscar en el maestro a un compañero de camino que ha olvidado ya todos los conceptos? Es un poco lo que señala Duschatzky en su flamante libro. Para la investigadora, un verdadero maestro es aquel que "confía en que podemos pensar más allá de la voz de los otros". Deseos acoplados, sonidos armonizados, mágicas teclas tocadas en el momento justo, ¿acaso no pasa por ahí la única educación valedera y perdurable? En el prólogo a este trabajo, Horacio González rescata justamente al "maestro aprendiz, al maestro discípulo, al maestro ignorante, al maestro encubierto, al que enseña sin dar lugar nada más que a una invitación a extraer nuestro conocimiento enteramente de nuestra experiencia".
Así procedía también el Heidegger celebrado por su eximia alumna y amante Hannah Arendt cuando el autor de Caminos de bosque cumplió ochenta años. En el discurso de amoroso homenaje al filósofo, Arendt sostuvo que hay un nuevo maestro (un rey oculto) que ya no piensa "sobre algo" sino que, simplemente, "piensa algo".
Los senderos del bosque acaban en lo inesperado y son incomparablemente más idóneos que las lecciones brindadas con gesto de cemento armado. Ante esta opción inconducente se rebelan quienes alumbran la figura de un maestro diferente que se lanza con audacia por las picadas que él mismo abre, depositando los pies en un suelo sin forma ni nombre que (recordaría Machado) se hace camino al andar.
Cita con el maestro
Ante el virtual agotamiento del esquema pedagógico tradicional, en libros recientes varios autores proponen una suerte de revolución educativa. Una transformación que replantee la figura del profesor, guía o docente
Por Luis Gruss
Para LA NACION
"El niño no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender".
Montaigne
Aprendemos acontecimientos básicos de la existencia -nacer, hablar, enamorarnos, respirar o morir- sin el auxilio de maestros. ¿Significa eso que toda enseñanza formal o informal es inútil? Responder a esta pregunta con algún grado de seriedad obsesiona últimamente a pedagogos y especialistas de varios países. Esa preocupación, que a la vez es un enigma a dilucidar, se refleja ampliamente en libros recién aparecidos como Una cita con los maestros (Miño y Dávila) , de Laura Duschatzky, y El maestro ignorante (Del Zorzal), del filósofo francés Jacques Rancière, así como en Lecciones de los maestros (Fondo de Cultura Económica), un ensayo previo de George Steiner, y en Pedagogía del aburrido (Paidós) de los argentinos Ignacio Lewkowicz y Cristina Corea, dos especialistas inclasificables cuya desaparición temprana y accidental nos dejó huérfanos de una producción incesante de reflexiones que, en estos días de casi infinita confusión, necesitaríamos más que nunca.
Nacer, hablar, enamorarnos, respirar, morir. La enumeración es de todos modos parcial. Pregúntese el lector de estas líneas quiénes han sido hasta hoy sus maestros de vida (o imagine una lista azarosa de las cosas que aprendió por sí mismo) y comprenderá mejor la materia de este debate. Lo más probable es que descubra la figura del maestro en personas dotadas de un don que, curiosamente, no siempre va acompañado de un título habilitante o de una institución señera.
Un auténtico maestro invade, irrumpe, despeja, reconstruye, estimula. No existe nada peor, en cambio, que una enseñanza deficiente. En tal caso lo que se observa es una operación "literalmente asesina y metafóricamente pecaminosa". Steiner la califica así, sin rodeos, en sus Lecciones . Y dice más: "La mala educación disminuye al alumno, reduce a la gris inanidad el motivo que se presenta, instala en la sensibilidad del niño o el adulto el más corrosivo de los ácidos, el aburrimiento, el gas metano del hastío; millones de personas han matado las matemáticas, la poesía, el pensamiento lógico, con una enseñanza muerta y la vengativa mediocridad, acaso inconsciente, de unos pedagogos definitivamente frustrados".
¿Cuál sería, por el contrario, una formación adecuada y entrañable? Ésa es la pregunta disparadora del ensayo de Laura Duschatzky. En Una cita con los maestros , la pedagoga renuncia deliberadamente a las respuestas anticipadas y les da la palabra a jóvenes y adultos para que sean ellos (mediante entrevistas bien llevadas) los que digan quiénes son o han sido sus maestros de vida. Luego de advertir que en toda educación genuina se produce, o debería producirse, una confluencia feliz entre dos (como en el amor), Duschatzky declara que un encuentro de ese tipo "implica tropezarse con experiencias y recorridos subjetivos, con ideas, movimientos, pensares y, a partir de ahí, inaugurar otro recorrido, una historia, una transformación que altere el estado de cosas y desde donde ya nada sea lo mismo". La autora nos coloca frente a un desafío clave: hablar de encuentros y educación en estos tiempos donde paradójicamente imperan los desencuentros y donde las instituciones educativas han perdido buena parte de su efectividad para pasar a convertirse en un espacio de sometimiento y sujeción.
De tanto en tanto (ya se sabe), nos vemos obligados a abandonar la educación para ir a la escuela. Lo que habitualmente retenemos de lo escuchado en el aula suele ser una entrecortada y fragmentaria sucesión de frases y cifras que recuerdan en parte a "El mal estudiante", un célebre y encantador poema de Jacques Prévert:
Dice que no con la cabeza
pero dice que sí con el corazón
dice que sí a lo que le gusta
y dice que no al profesor
está de pie
le hacen preguntas
y le plantean todos los problemas
de pronto se echa a reír
y borra todo
cifras y palabras
fechas y nombres
frases y trampas
y a pesar de las amenazas del maestro
entre el tole tole de los niños prodigio
con tizas de todos los colores
en el negro pizarrón de la desgracia
dibuja el rostro de la felicidad.
Ese mal estudiante imaginado por el poeta es quien se rebela con razón frente a los malos maestros que explican todo sin dar lugar al pensamiento propio. Son los que intentan llenar cabezas que presuponen huecas, los que en vez de acompañar empujan al alumno hacia el abismo de un saber que ellos, presuntos privilegiados, dicen poseer. Ante esta figura tan poco incitante se alza el maestro ignorante defendido por Rancière en su libro del mismo nombre.
El revulsivo autor galo (entrevistado por adn CULTURA en mayo último) subraya que "quien enseña sin emancipar embrutece". Y postula que el papel del docente debería limitarse a orientar o mantener la atención del alumno para que éste pueda desarrollar su capacidad de instruirse solo, sin un guía que funcione casi como un par de muletas. Rancière opina que se puede enseñar lo que se ignora si se emancipa al alumno. Es decir, si se lo obliga a usar su propia inteligencia, que de ningún modo vale menos que la del profesor, quien, a su vez, debería estar también emancipado. Desde esta perspectiva, el maestro ignorante (figura que el autor opone drásticamente a la del "maestro explicador") da a sus alumnos la orden de atravesar un bosque cuya salida él mismo ignora. Sobre esta base los alumnos avanzan con linternas de todos los colores, a ciegas, simplemente adivinando la salida. No hace falta añadir que también el maestro forma parte de la arriesgada expedición.
Así como Descartes probaba el movimiento caminando, esta nueva figura del educador considera que los hechos de la mente actúan y toman conciencia por sí mismos; en la práctica son más ciertos que cualquier cosa material. De este modo los alumnos aprenden de las nubes aquello que el viento no se anima a decirles. Y saben de sobra que las aguas del pasado no mueven molinos. El atiborrado presente, sin embargo, es un hueso duro de asimilar aun para los individuos más capaces y absorbentes. Un hombre del siglo XVIII llegaba a conocer en toda su vida unas veinte noticias de escala universal; nosotros, en cambio, recibimos esa catarata de informaciones con el desayuno de cada mañana.
Ahí aparece un problema clave de la educación en la actualidad. ¿Qué hago con lo que aprendo? ¿Con qué criterio lo valoro? ¿Qué punto de vista adopto para encarar cualquier tema que se cruza en el camino? ¿En qué casillero meto los dos millones de documentos que brinda Internet en los todopoderosos buscadores? Y más aún: la vida así, sobreestimulada, ¿marca un sendero determinado o es una trama caótica y desprovista de sentido? Sería bueno saber, al menos, que la pregunta por el sentido no conduce a puerto alguno. El sentido es una construcción del sujeto completamente desprovista de dogmas y conceptos previos.
Para Corea y Lewkowicz las escuelas argentinas (colmadas de problemas y carencias) se han convertido en virtuales galpones donde las condiciones de un encuentro fructífero han sido abolidas. En Pedagogía del aburrido los autores esbozan el panorama que se presenta hoy en las aulas. "Los docentes dicen que los estudiantes no saben ni leer ni escribir, que son indisciplinados, que no participan en clase, que son impertinentes y maleducados, que no tienen nivel. En definitiva, que carecen de las operaciones lógicas y subjetivas para habitar la situación aula. Así caracterizados los alumnos no cuentan con las habilidades con que, según la suposición docente, deberían contar." Lo más grave quizás es que, salvo tal o cual excepción, tampoco los docentes leen o se interesan por algo. "El aburrimiento, la falta de curiosidad, la sensación de quedar por fuera de un texto opaco, es doble: se da tanto en los chicos como en los maestros. Tal vez lo que falla no es la estrategia sino el modo de considerar el problema. Quizás la lectura y la escritura tienen otro estatuto en la era de la información y la fluidez."
¿No nos estarán ahogando las definiciones, los conceptos, las ideas cómodas y preconcebidas? "El concepto de perro no ladra", dice Spinoza citado por Lewkowicz. Tampoco el concepto de alumno es un alumno ni la palabra fuego quema o la palabra agua moja. ¿Habrá llegado el momento de buscar en el maestro a un compañero de camino que ha olvidado ya todos los conceptos? Es un poco lo que señala Duschatzky en su flamante libro. Para la investigadora, un verdadero maestro es aquel que "confía en que podemos pensar más allá de la voz de los otros". Deseos acoplados, sonidos armonizados, mágicas teclas tocadas en el momento justo, ¿acaso no pasa por ahí la única educación valedera y perdurable? En el prólogo a este trabajo, Horacio González rescata justamente al "maestro aprendiz, al maestro discípulo, al maestro ignorante, al maestro encubierto, al que enseña sin dar lugar nada más que a una invitación a extraer nuestro conocimiento enteramente de nuestra experiencia".
Así procedía también el Heidegger celebrado por su eximia alumna y amante Hannah Arendt cuando el autor de Caminos de bosque cumplió ochenta años. En el discurso de amoroso homenaje al filósofo, Arendt sostuvo que hay un nuevo maestro (un rey oculto) que ya no piensa "sobre algo" sino que, simplemente, "piensa algo".
Los senderos del bosque acaban en lo inesperado y son incomparablemente más idóneos que las lecciones brindadas con gesto de cemento armado. Ante esta opción inconducente se rebelan quienes alumbran la figura de un maestro diferente que se lanza con audacia por las picadas que él mismo abre, depositando los pies en un suelo sin forma ni nombre que (recordaría Machado) se hace camino al andar.
Pensamiento Religión y situaciones límite
Escribir para honrar la vida
En este anticipo de su libro póstumo, Vivo hasta la muerte (Fondo de Cultura Económica), el filósofo y antropólogo francés reflexiona con crudeza sobre la fe en la que fue educado, en la reafirmación de esa fe y en el fin de la existencia
Escribir para honrar la vida
En este anticipo de su libro póstumo, Vivo hasta la muerte (Fondo de Cultura Económica), el filósofo y antropólogo francés reflexiona con crudeza sobre la fe en la que fue educado, en la reafirmación de esa fe y en el fin de la existencia
Por Paul Ricoeur
"Un azar transformado en destino por una elección continua": mi cristianismo. [...] Un azar: de nacimiento y, en términos más amplios, de herencia cultural. Me sucedió replicar esto a la objeción: "Si usted fuese chino, habría pocas posibilidades de que sería ( sic ) cristiano". Es cierto, pero usted habla de otro y no de mí. Yo no puedo elegir ni a mis antepasados ni a mis contemporáneos. Hay, en mis orígenes, una parte del albur, si observo las cosas desde afuera, y si las considero desde adentro, un hecho situacional irreductible. Así soy, por nacimiento y herencia. Y lo asumo. Nací y crecí en la fe cristiana de tradición reformada. ...sa es la herencia, indefinidamente confrontada, en el plano del estudio, con todas las tradiciones contrarias o compatibles, que califico de transformada en destino por una elección continua. Y se me prescribe que, a lo largo de mi vida, rinda cuentas de esa elección por medio de argumentos plausibles, es decir, dignos de ser expuestos en una discusión con protagonistas de buena fe que están en la misma situación que yo, incapaces de dar razón de las raíces de sus convicciones. El título de mis entrevistas con Azouvi y De Launay refleja con claridad esa paradoja: Crítica y convicción . También me tocó proponer la distinción entre argumento y motivación: en el primero, hay una promesa de rendir cuentas de la parte transparente de mis convicciones; con el nombre de motivación; hago lugar a la parte opaca de éstas; esa parte no se limita a los afectos, las emociones y las pasiones, en suma, al aspecto irracional de mis convicciones, opuesto al aspecto racional de mis argumentos; incluye todo lo que pongo bajo el título de herencia, de nacimiento y de cultura. A esa elección continua responde la virtud de honestidad intelectual, de Redlichkeit , que Nietzsche niega a los cristianos. No oculto que toda la historia argumentativa, que coloco bajo el encabezado de "elección continua", comporta arbitrajes que, además del carácter plausible de cualquier argumento de buena fe, no superan, en el plano epistemológico, un grado variable de probabilidad, el que Platón, si no me equivoco, introducía en la expresión "recta opinión" (orte doxa). Mediante esa elección continua, un azar transformado en destino. Con esta palabra, destino, no designo ninguna coacción, ninguna carga insoportable, ninguna desdicha sino el estatus mismo de una convicción, de la que puedo decir: así me tengo, a esto adhiero [...] El término adhesión es, por añadidura, apropiado en el caso del cristianismo al que... adhiero, y que conlleva el apego a una figura personal bajo la cual el Infinito, el Altísimo, se da a amar. Procuro ahora expresar el estatus hermenéutico de ese destino. Me arriesgo a caracterizar el "aquí me tengo" -otra fórmula del destino en el que se ha transformado el azar- por la paradoja de un absoluto relativo. Relativo, desde el punto de vista "objetivo" de la sociología de las religiones. La clase de cristianismo a la que adhiero se deja distinguir como una religión entre otras en el mapa de la "dispersión" y "confusión" después de Babel; después de Babel no designa ninguna catástrofe, sino la mera constatación de la pluralidad característica de todos los fenómenos humanos. Relativismo, si se quiere. Asumo ese juicio del afuera. Pero, para mí, vivida desde adentro, mi adhesión es absoluta, en cuanto incomparable, no radicalmente elegida, no arbitrariamente planteada. Si me empeño en insertar el predicado "relativo" en el sintagma "absoluto relativo", es para inscribir en la confesión de la adhesión la marca del albur originario, elevado al rango de destino por la elección continua. ¿Aceptaría hablar de preferencia? Sí, en una situación de discusión y confrontación, en la que el carácter plausible y probabilista de la argumentación se hace manifiesto debido a la incapacidad de ganar la adhesión de mi contradictor. Confesión de debilidad pública, de una adhesión fuerte en mi corazón. Adhesión a Jesús No soy un filósofo cristiano, como pretende el rumor circulante, en un sentido voluntariamente peyorativo y hasta discriminatorio. Soy, por un lado, un filósofo a secas, y aun un filósofo sin absoluto preocupado por, consagrado a, versado en la antropología filosófica, cuya temática general puede ponerse bajo el encabezado de la antropología fundamental (de acuerdo con la expresión del filósofo suizo Pierre Thévenaz, por lo demás protestante como yo). Y, por otro, un cristiano de expresión filosófica, así como Rembrand es un pintor a secas y un cristiano de expresión pictórica, y Bach, un músico a secas y un cristiano de expresión musical. Decir "filósofo cristiano" es enunciar un sintagma, un bloque conceptual; en cambio, distinguir al filósofo profesional del cristiano filosofante es asumir una situación esquizoide que tiene su dinámica, sus padecimientos y sus pequeñas venturas. Un cristiano: alguien que profesa una adhesión primordial a la vida, las palabras, la muerte de Jesús. Para el filósofo de oficio y cultura, el pensador de cultura filosófica, esta adhesión suscita el discernimiento, la inquietud de dar razón, de proponer el mejor argumento en las situaciones de confrontación y de lo que llamo más adelante controversia. Pero esta puesta en juego de la competencia filosófica no hace mella en la libertad de pensamiento y en la autonomía -y yo hablaría incluso de la autarquía, la autosuficiencia- propias de la investigación filosófica y de la estructuración de su discurso. Los sobrevivientes Hay ante todo el encuentro de la muerte de otro ser querido, de los otros desconocidos. Alguien ha desaparecido. Una pregunta surge y resurge obstinadamente: ¿existe aún? ¿Y dónde? ¿En qué otro lugar? ¿Bajo qué forma invisible a nuestros ojos? ¿Visible de otra manera? Es una pregunta de vivos, tal vez de gente saludable, diré más adelante. La pregunta: ¿qué clase de seres son los muertos? es tan insistente que aun en nuestras sociedades secularizadas no sabemos qué hacer con los muertos, es decir, con los cadáveres. No los arrojamos a la basura como desechos domésticos, cosa que, sin embargo, son físicamente. Lo imaginario procede por deslizamiento y generalización: mi muerto, nuestros muertos, los muertos. [...] El lugar de la sepultura, entre los criterios de humanidad, junto a la herramienta, el lenguaje, la norma moral y social, da testimonio de este hecho cierto : no nos desembarazamos de los muertos, jamás terminamos con ellos. Y sin embargo, es ese interrogante sobre la suerte de los muertos lo que quiero exorcizar, y cuyo duelo quiero hacer para mí mismo. ¿Por qué? ¿Por qué? Porque mi relación con la muerte aún no cumplida está oscurecida, obliterada, alterada por la anticipación y la interiorización de la cuestión de la suerte de los muertos ya muertos. Lo que imagino es el muerto de mañana, como si lo hiciera, en cierto modo, en antefuturo. Y esa imagen del muerto que seré para los otros quiere ocupar todo el lugar con su carga de preguntas: ¿qué son, dónde están, cómo son los muertos? Mi batalla es con y contra esta imagen del muerto de mañana, de ese muerto que yo seré para los sobrevivientes. Con y contra ese imaginario en el que la muerte es, de algún modo, aspirada por el muerto y los muertos. [...] Otros vivos sobreviven a la muerte de los suyos. De la misma manera, otros me sobrevivirán. Así la cuestión de la supervivencia es, ante todo, una cuestión de sobrevivientes que se preguntan si también los muertos siguen existiendo, en el mismo tiempo cronológico o, al menos en un registro temporal paralelo, aun cuando esta modalidad temporal sea tenida por imperceptible.

Paul Ricoeur. Su última obra, hecha de fragmentos y borradores, es un ejemplo de fidelidad al compromiso de toda su vida.
La lucha contra la angustia
El libro póstumo de Ricoeur, que parecerá en estos días en Buenos Aires, se ocupa de la muerte con una crudeza y una hondura de pensamiento que resulta perturbadora. La edición respeta el texto manuscrito de Ricoeur, que fue confiado por el filósofo a su amiga y discípula Catherine Goldenstein. Esta cuenta en el epílogo que la primera parte, "Hasta la muerte: del duelo y la alegría", unas veinticinco páginas, estaba contenida en una carpeta de cartón. Goldstein supone que esa meditación fue concebida después del verano de 1995,y que su redacción comenzó a principios de 1996. Cuando Ricoeur escribió esas páginas su esposa, Simone, agonizaba. Era una prueba demasiado difícil. Para superarla, al mismo tiempo, trataba de combatir la angustia con la escritura, pero también con viajes, encuentros y trabajo. La tarea de traducir en un texto la experiencia atroz por la que pasaba se le hizo insoportable y dejó el texto, incompleto, en 1997. Simone murió el 7 de enero de 1998. A su lado, estaban Paul y Marc, el hijo de ambos. Pasaron ocho años en los que Ricoeur completó varios libros. En ese período, le comentó a Goldstein que seguía explorando tomaba notas y escribía sobre el duro tema de la muerte. En el verano de 2003, empezó a tener serios problemas de salud, que le provocaron una depresión. Afortunadamente ya había terminado de redactar Caminos del reconocimiento, pero ese hecho que significaba un logro, lo ponía ante un futuro sin proyectos y sin plazos de entrega a las editoriales. Entonces se dedicó a escribir lo que, desde el primer momento, llamó "fragmentos". Esos "fragmentos" integran la segunda parte del libro que ahora se lanza en la Argentina y del que en estas páginas ofrecemos un anticipo. Hasta poco antes de morir, siguió interesado en el mundo, recibiendo amigos y escuchando música. Dejó de escribir cuando ya no tuvo fuerzas.
miércoles, 16 de julio de 2008
Con una inversión multimillonaria, el arte islámico llega al Louvre

FINALIDAD. "(Los visitantes del Louvre podrán)ver que el Islam es el progreso, la ciencia, la finura y la modernidad, señaló un sonriente Sarkozy junto al príncipe saudita, Alwalid bin talal bin Abdulaziz al Saud.
El príncipe donó 17 millones de euros para el proyecto, cuyo costo total asciende a unos 86 millones. De esa cifra Francia aportará 20 millones, Omán y Kuwait cinco millones cada uno, y las empresas Total y Lafarge inyectarán 8,5 millones de euros por su cuenta.Las nuevas salas, con una superficie de exhibición de 3.000 metros cuadrados, abrirán en diciembre de 2010 y serán un escaparate para más de 3.000 de las 10.000 obras de las que consta la colección de artes islámicas del Louvre, entre cerámicas, tapices, manuscritos, cristales, marfiles, miniaturas o metales.Permitirán a los visitantes del Louvre "ver que el Islam es el progreso, la ciencia, la finura y la modernidad", y que el fanatismo en nombre del Islam es "descarriar" esa religión, afirmó Sarkozy.Francia, que es "amiga" de los países árabes, quiere la paz y no el choque de civilizaciones entre Oriente y Occidente, que sería "una catástrofe para el mundo", sentenció el presidente más mediático de la historia francesa.
Fuente: EFE
La colocación de la primera piedra de las futuras salas de Arte Islámico del museo parisino del Louvre tuvo lugar este miércoles en un acto presidido por el jefe de Estado francés, Nicolas Sarkozy, y el príncipe saudita. La inversión total será de 136 millones de dólares.

FINALIDAD. "(Los visitantes del Louvre podrán)ver que el Islam es el progreso, la ciencia, la finura y la modernidad, señaló un sonriente Sarkozy junto al príncipe saudita, Alwalid bin talal bin Abdulaziz al Saud.
El príncipe donó 17 millones de euros para el proyecto, cuyo costo total asciende a unos 86 millones. De esa cifra Francia aportará 20 millones, Omán y Kuwait cinco millones cada uno, y las empresas Total y Lafarge inyectarán 8,5 millones de euros por su cuenta.Las nuevas salas, con una superficie de exhibición de 3.000 metros cuadrados, abrirán en diciembre de 2010 y serán un escaparate para más de 3.000 de las 10.000 obras de las que consta la colección de artes islámicas del Louvre, entre cerámicas, tapices, manuscritos, cristales, marfiles, miniaturas o metales.Permitirán a los visitantes del Louvre "ver que el Islam es el progreso, la ciencia, la finura y la modernidad", y que el fanatismo en nombre del Islam es "descarriar" esa religión, afirmó Sarkozy.Francia, que es "amiga" de los países árabes, quiere la paz y no el choque de civilizaciones entre Oriente y Occidente, que sería "una catástrofe para el mundo", sentenció el presidente más mediático de la historia francesa.
Fuente: EFE
lunes, 14 de julio de 2008
La mujer postergada
Por Claudio Zeiger
Quizá ningún escritor planteó la relación entre la literatura argentina y el dinero de una manera tan obsesiva y persistente como Silvina Bullrich. Por reconocer la diferencia entre tenerlo y no tenerlo, por entender que el dinero marcaba un linaje literario destinado a cerrar filas: Enrique Larreta, Ricardo Güiraldes, Victoria Ocampo, Mujica Lainez, entre otros, no muchos más. “Supongo que para escribir en Argentina habrá que volver a la más rancia tradición de nuestra literatura, que es la de ser rico”, dijo Bullrich no sin amargura. Pero también, el dinero sería una instancia de filoso reconocimiento, y una trampa de insatisfacción.
A partir de 1952, con Bodas de cristal, su primer éxito importante, dinero y literatura empezaron a cruzarse en la vida de Silvina Bullrich.
“Me atrevo a decir que Bodas de cristal fue quizás el primer best seller argentino, el que me hizo conocer por el gran público”, contó. Después de Los burgueses (1964), sin dudas su título más famoso, empezaría a ceder a las presiones del público y los editores, produciendo una obra por año (a veces dos) que se solían publicar para las fiestas de fin de año, con vistas a ser leídas en la playa durante los meses del verano. El conjunto de sus obras rondó el millón de ejemplares vendidos; las sucesivas tiradas de sus libros iban de cincuenta mil a cien mil o ciento veinte mil ejemplares. Este éxito creciente y el dinero que le significó (básicamente en concepto de adelantos editoriales, algunas traducciones y actividades paralelas como las conferencias, que ella cobraba) la fueron alejando del reconocimiento de colegas y críticos, que a lo sumo rescataron algún título interesante, algún destello en el río caudaloso de su inagotable tinta. Esta actitud del campo literario la fue llenando de resentimiento y colocando a la defensiva. Pero no la llevó a ser triunfalista. Por el contrario, se justificaba diciendo que necesitaba ganar plata con la literatura para vivir. Adjudicaba la dura batalla por el reconocimiento más al hecho de ser mujer que a otras causas, estéticas o literarias.
“Ser mujer no fue un handicap cuando comencé a escribir, lo es ahora en que los hombres nos tachan sistemáticamente de un plumazo. No nos nombran aun cuando saben que deberían nombrarnos; dan por inexistentes los cincuenta libros que escribí”, apuntó en el prólogo a sus Novelas escogidas. Pero aun así confiaba en los lectores del futuro.
“La obra está allí inamovible, la taparán durante años, pero nunca faltará una o un adolescente ávido que la saque del anaquel de una biblioteca.”
Uno de los nuestros
Si de literatura se trata, nunca alcanzó ni alcanzará con el dinero. Literatura y dinero se cruzan pero no se funden, no son lo mismo. Y viven en una relación de desajuste. La literatura puede ser un medio para hacer dinero pero no deja de ser un fin en sí, algo que tiende a su propia autonomía. Los escritores lo saben. Y el dinero puede ser un medio para la literatura (Silvina Bullrich lo entendió perfectamente, casi desde el comienzo) pero no un fin. El dinero, paradójicamente, se paga. El dinero también tiene su precio.
El dinero había sido esgrimido como una coartada para tener o no tener estilo. Sin mencionar en forma explícita la palabra dinero pero muy cerca de su resonancia, Roberto Arlt, mentando a Flaubert (¿pensando en Güiraldes?), había dicho que “para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada... Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela que, como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados”.
Bordados ¿de mujer? Pero justamente las novelas de Silvina Bullrich fueron ajenas a la noción de un estilo bello hecho de panorámicos lienzos a fuerza de tranquilidad adquirida, comprada, de la serenidad de quien vive de rentas o no tiene problemas de plata. No. Al contrario: la estrategia parece ser ostentar problemas de plata. Se trataba precisamente de escribir para hacer plata, y de tener plata para reivindicar –justificar– una manera de escribir que casi desde el comienzo se mostraría ajena a los devaneos del estilo, los panorámicos lienzos, los bordados (una literatura ajena a los bordados de mujer pero no a una “problemática” femenina).
Podría pensarse la carrera de escritora de Silvina Bullrich como una suma de pasos azarosos o de contradicciones resueltas siempre de un modo radical, como quien, ante la duda, elige ofrecer su peor cara, tomar el camino menos razonable. Si repite el gesto “sur” de aprender a leer y escribir en francés antes que en castellano, terminará siendo, y a mucha honra, sinónimo de best seller nacional.
Silvina Bullrich producto argentino, pura industria nacional.
Si su condición de mujer la destinaba a menesteres menos glamorosos y más íntimos que ser escritora, terminará abrazando la causa de la literatura femenina. Quiso ser la Simone de Beauvoir argentina y terminó siendo Silvina Bullrich. No era poco, pero sabía, intuía, olfateaba, que ser la escritora Silvina Bullrich tenía un precio bastante alto y que (en parte para que no pudiera defenderse) no se lo iban a cobrar en vida. En primera instancia porque en vida, por más alto que fuera ese precio, lo hubiese podido pagar. Habría podido comprarlo. O negociarlo como a un anticipo editorial. Y aunque ella no hubiera dejado de quejarse por el alto precio, porque le cobraban de más por ser mujer, lo habría pagado. Entonces siguió, con una autoconciencia demasiado alta de que iba en declive, en descenso hacia el olvido.
El olvido de Silvina Bullrich podría pensarse como un sobreprecio, la alta tarifa de un pacto fáustico. Pero pagó algo más, como un plus constante de malhumor e insatisfacción. Algo le impedía parar y algo le impedía afirmar, como Arlt, el orgullo de escribir un libro tras otro y “que los eunucos bufen”.
Quizá no pudo salir del círculo estrecho que le proponía el sinuoso linaje del dinero. O no quiso hacerlo. Abjuró de la burguesía (por ramplona, por materialista) mientras la representaba en la literatura y en gran parte escribía para ella, no pudiendo imaginar otro mundo, otra clase de lector que no fuera el burgués o el pequeño burgués consumista.
Quizá Silvina Bullrich no supo ser del todo sincera y romper definitivamente con aquello que le provocaba malestar. No supo o no quiso. O no pudo.
“Yo tengo una noción muy clara de mi situación social, pecuniaria, de mi edad, sé a la perfección quiénes fueron mis padres, mis cuatro abuelos, mis ocho bisabuelos, mis dieciséis tatarabuelos; en la bóveda de familia está nuestro nombre y una fecha muy lejana; tenemos una de las primeras bóvedas de la Recoleta. Ni muertos nos dejan en paz. La gente que pasa por delante del mármol cubierto de placas recordatorias el 1 o el 2 de noviembre comenta si tenemos flores o si somos muertos olvidados, dejados de la mano de Dios, aunque acaso alguno de los nuestros esté en el Paraíso”, escribió en Mañana digo basta, en la voz de una evidente alter ego, desmintiendo en parte lo que luego escribiría en sus memorias.
Pero la falta de reconocimiento y el olvido, por más que la carne se extinga y se guarde en la Recoleta y “uno de los nuestros” esté en el paraíso, siempre es un precio muy alto de pagar para un escritor.
Ser pobre
Las memorias se escriben contra el olvido. Las memorias son un subrayado, un exceso que busca anticipar, desmentir o anular las versiones de los otros. Las memorias publicadas en vida son el gesto de un escritor ansioso, alguien que no puede esperar para justificarse.
Mis memorias, de Silvina Bullrich, aparecieron en el mes de marzo de 1980, cuando la escritora contaba 65 años. Suena más a puesta al día, resumen o síntesis, que a balance final. No hay grandes revelaciones de las que se suelen esperar en las memorias o autobiografías de alguien que ya ocupa un lugar: historias amorosas, una confesión, secretos del pasado. Nada de eso, o muy poco. Las memorias de Bullrich avanzan en el trazo fuerte, la opinión tajante, el latigazo de que esto es así o asá. Desde el vamos, desde las dedicatorias. Dedica el libro a sus nietos “para que sepan cómo se forja una mujer”; a los que la quieren y aprecian y admiran pero también a quienes la odian sin motivo “y creen que un ángel escribe mis libros y un ejército de servidores se dedica a atenderme”. Y también a “las escritoras argentinas negadas, como yo, sistemáticamente, por sus colegas masculinos en una incomprensible y casi infantil rivalidad”. O sea, en gran medida se dedica las memorias a ella misma, recuerda para sí pero siempre a corazón abierto, recreando una vez más el espectáculo de la exhibición pública, de quien no tiene nada o casi nada que ocultar.
Las memorias de Silvina Bullrich parecen orientadas a convencernos de algo bastante insólito: que es pobre. Que lo fue siempre, y que en cierta medida lo sigue siendo. Y es que para Silvina Bullrich alguien que debe trabajar para ganarse el sustento o mantener el tren de vida, es pobre aunque sea rico, o aunque esté rodeado de familiares ricos, posesiones, cuadros, tierras.
Apenas comenzar, advierte que en su familia el dinero ha sido una maldición y que ella no lo posee: “Como en mi familia el dinero siempre fue el preludio de una tragedia y la marca de una maldición, no lamento que las diversas circunstancias me hayan privado de él. Gracias a no poseerlo estoy aquí, en mi madurez, escribiendo mis memorias”.
Más adelante aparece la superstición ligada a esta maldición:
“La muerte y el dinero van de la mano en mi familia. Hay una maldición que llega hasta la cuarta generación según la Biblia. ¿Soy yo la cuarta? No lo sé pero seguramente no soy la quinta y me aterra el dinero que no gano con el sudor de mi frente”.
Educación francesa y desastres económicos son agigantados en las memorias, por la memoria. Así creció Silvina. Como corresponde a una chica aristocrática educada en los años veinte, apenas sabía que vivía en la Argentina (“y me adelanto a decir que la primera vez que leí el Quijote ¡lo leí en francés!”), pero a pesar de estas marcas típicas de la alta burguesía argentina de las primeras décadas del siglo XX, parece que la maldición del dinero temprano se hace notar. Malos movimientos financieros llevaron a la venta de grandes extensiones de tierra en Luján. Años atrás, el bisabuelo de la familia materna, los Meyrelles, el primer poblador de Mar del Plata, la pierde a manos del juego, pasando Mar del Plata a los Luro y los Peralta Ramos. A pesar de todo, “los parientes de mi padre harían de nuestro nombre un sinónimo de campos, estancias, ventas de ganado y de caballos de raza”.
Rama pobre, o más precisamente, retoño de rama venida a menos de familia rica, sinónimo de estancia y vacas. Las versiones dudosas empiezan a tramarse unas con otras en Mis memorias, al punto de obligarnos a plantear algunas preguntas básicas: ¿qué es ser rico entonces?, ¿qué es ser pobre? ¿Para qué sirve el dinero? Posesiones, campos o cuadros valiosos, se confrontan a la necesidad y ganas de poseer dinero líquido, para tenerlo disponible, como respaldo o para viajar.
“Ahora creo que nuestra pobreza de niñas con los pesos contados para gastos de bolsillo y para ropa en medio del lujo de nuestra casa, con las paredes tapizadas de valiosos cuadros, me hizo aborrecer la idea de poseer cuadros propios. Fue el mismo mecanismo que llevó a papá a detestar el campo: habían perdido espléndidas estancias, grandes extensiones de tierra rica y de hacienda. Su reacción era negarse a asumir la pérdida. (...) Si nosotras, cuando él murió, aceptamos con tanto entusiasmo el remate de cuadros fue porque ese dinero colgado de las paredes debía alguna vez darnos placeres personales. Cuando papá murió, mi hermana mayor estaba casada con un hombre inmensamente rico; mi hermana menor con un hombre rico; sólo yo, casada con un hombre sin fortuna y que debía luchar sin armas porque no me habían dado estudios serios, para vivir, y mi madre, podíamos haber necesitado esa venta.”
Silvina Bullrich bregó por el dinero líquido, plata en mano, como una forma de reclamar su parte y el derecho de hacer con ella lo que deseara, o sea, realizar su destino personal al margen de la familia (y su linaje), pero no parece compartir la versión burguesa materialista y consumista del dinero. O por lo menos declara su incomodidad con esas maneras de no ser pobre. Según su diagnóstico, “los males más graves de nuestro tiempo comenzaron el día en que el dinero comenzó a ganar terreno sobre los demás valores hasta colocarse en primer término”.
Algo en ella se resiste al consumismo, a la adquisición de objetos. En otro momento habla de una vergüenza de adquirir, de acumular. Uno puede interpretar que le gusta viajar, ir y venir pero con el equipaje ligero. Mujer en fuga. Alguien siempre lista para la partida. Pero, se sabe, tampoco rompe con el dinero y lo que conlleva, ni con sus cargas simbólicas.
“Tuvieron que pasar muchos años y tuve que conocer el miedo a carecer de lo indispensable para que me interesara el dinero. Aunque todo el mundo se vuelve más materialista al envejecer y aprecia más el ambiente que la rodea, todavía parezco una anacoreta comparada con la voracidad y la vanidad de los jóvenes de hoy. Mucha gente dice que no le interesa el dinero sino lo que puede comprar con él. Yo pienso lo contrario: me importa saber que cuento con dinero para no necesitar la ayuda de nadie y para darme mis gustos, pero el solo hecho de comprar me aburre, me resulta una tarea engorrosa y desde chica las tiendas me parecieron cámaras de tortura. (...) Quisiera la opinión de un psicoanalista. Yo supongo que es la vergüenza de poseer, o sea, la vergüenza de adquirir, de atesorar objetos superfluos.”
Las memorias producen, entre otros efectos, el de otorgarle un orden, un sentido a la propia vida. Se ha vivido para algo, y mientras se escribe, se busca atrapar ese algo, se da vueltas a su alrededor. Bullrich considera que si ha vivido lo vivido fue para prestar testimonio de la época que le tocó en suerte. En cierta forma, la búsqueda del sentido de la vida se muerde la cola. Si he vivido fue para llegar hasta aquí y retroceder, buscar el sentido en el origen, cerrar el círculo. Una vez más, como en la mayoría de los escritores de linaje (familiar y literario) se plantea la noción de poseer un destino preestablecido en contra de la contingencia y el azar. Será que el azar es lo que puede traer variables en la vida de los pobres o los menos favorecidos socialmente. Salvarse de pronto como por un golpe de dados. Milagro, lotería. Ellos pueden apostar, ya que tienen más para ganar que para perder. En cambio, la escritora rica que dice ser pobre (pero ganará dinero con la literatura) estará a favor del orden aunque coquetee con la aventura, los viajes y el desorden. Como los escritores del orden que se asoman al vértigo de la vida, Silvina Bullrich tenía horror al azar. Como los escritores que se fugan, quiere encontrar un sentido en el final, a la hora de las memorias, el ajuste de cuentas.
“El azar... eso me aterroriza”, casi piensa en voz alta en Mis memorias. “¿Transité por este mundo salvando escollos que parecían insalvables, viendo morir a tantas personas queridas sólo por casualidad? Resulta difícil consolarse. También me resulta difícil creerlo. (...) ¿Hay posibilidades de reencarnación? ¿Yo soy yo sola o soy yo que paga lo que otra cometió en una vida anterior?”
Y de la mano del azar, vuelve a aparecer la sombra de la duda:
“¿Me quedará aún mucho que pagar en una vida futura?”.
La pregunta repica y resuena, rebotando como en una habitación vacía. Es la pregunta que cuesta pronunciar acerca del precio: el precio que hay que pagar. Es la pregunta que no pudo seguir haciéndose y tampoco ella supo contestar.
Pero nosotros sí tenemos algunas pistas para obtener la respuesta.
Serás vos
Silvina Bullrich empezó a girar hacia su ocaso en los años del regreso de la democracia. Y no era para menos. Su obcecada y cerrada defensa de la dictadura por el hecho de haber encarnado el Orden, su exaltación de Martínez de Hoz, la negación de lo que hicieron los militares en campos de concentración, la negación de la existencia de los desaparecidos, son motivos válidos para que en aquellos años muchos escritores no tuvieran ni ganas de reconocerla. Pero el problema del reconocimiento arrancó para ella muchísimo antes de 1983, 1984 o 1985.
Hubo algo con ella casi desde el comienzo. Una no aceptación del gesto básico de escribir para vender; en definitiva, de la relación de su literatura con el dinero. La autoconciencia de ese dilema acentuado por el paso de los años y la acumulación de libros en un magma novelesco que bulle incesante fue expresada por Bullrich en sus memorias y en otros comentarios dispersos en ficciones y artículos periodísticos. Por eso se anticipó a todas las críticas y contestó a todos los argumentos y acusaciones en su contra, aun aquellas que no se le alcanzaron a formular en vida. Estaba a la defensiva, vivía a la defensiva, podía ser ríspida y desagradable aunque haya testimonios encontrados en cuanto a su verdadera, profunda personalidad. Algo casi seguro, rasgo de su humor o de su malhumor: no podía no ser hiriente.
Y también abusó de la plausible hipótesis de género: que no se la tomaba en cuenta por ser mujer. Argumento válido pero, en su caso, exasperado hasta la coartada.
Silvina Bullrich intentó finalmente redimirse mediante el dinero. Carecía de él cuando quería justificarse como escritora, pero lo arrojaba a la cara cuando debía recordarle a alguien su propio ser, su esencia o su linaje (al fin y al cabo, no cualquiera pertenece a la parte pobre de los ricos).
Si en el dinero residió el precio, entonces hay bastante sustancia dramática –más de lo que aparenta– encerrada en esa célebre anécdota que se le adjudica con Manucho, un cruce gracioso, deportivo.
–¿Verdad, Manucho, que vos y yo somos los dos únicos escritores argentinos que vivimos de nuestros libros? –preguntó Silvina.
Y Manucho, siempre rápido de reflejos, contestó:
–Yo no, che. Serás vos. Yo vivo mucho mejor.
Por Claudio Zeiger
Quizá ningún escritor planteó la relación entre la literatura argentina y el dinero de una manera tan obsesiva y persistente como Silvina Bullrich. Por reconocer la diferencia entre tenerlo y no tenerlo, por entender que el dinero marcaba un linaje literario destinado a cerrar filas: Enrique Larreta, Ricardo Güiraldes, Victoria Ocampo, Mujica Lainez, entre otros, no muchos más. “Supongo que para escribir en Argentina habrá que volver a la más rancia tradición de nuestra literatura, que es la de ser rico”, dijo Bullrich no sin amargura. Pero también, el dinero sería una instancia de filoso reconocimiento, y una trampa de insatisfacción.

A partir de 1952, con Bodas de cristal, su primer éxito importante, dinero y literatura empezaron a cruzarse en la vida de Silvina Bullrich.
“Me atrevo a decir que Bodas de cristal fue quizás el primer best seller argentino, el que me hizo conocer por el gran público”, contó. Después de Los burgueses (1964), sin dudas su título más famoso, empezaría a ceder a las presiones del público y los editores, produciendo una obra por año (a veces dos) que se solían publicar para las fiestas de fin de año, con vistas a ser leídas en la playa durante los meses del verano. El conjunto de sus obras rondó el millón de ejemplares vendidos; las sucesivas tiradas de sus libros iban de cincuenta mil a cien mil o ciento veinte mil ejemplares. Este éxito creciente y el dinero que le significó (básicamente en concepto de adelantos editoriales, algunas traducciones y actividades paralelas como las conferencias, que ella cobraba) la fueron alejando del reconocimiento de colegas y críticos, que a lo sumo rescataron algún título interesante, algún destello en el río caudaloso de su inagotable tinta. Esta actitud del campo literario la fue llenando de resentimiento y colocando a la defensiva. Pero no la llevó a ser triunfalista. Por el contrario, se justificaba diciendo que necesitaba ganar plata con la literatura para vivir. Adjudicaba la dura batalla por el reconocimiento más al hecho de ser mujer que a otras causas, estéticas o literarias.
“Ser mujer no fue un handicap cuando comencé a escribir, lo es ahora en que los hombres nos tachan sistemáticamente de un plumazo. No nos nombran aun cuando saben que deberían nombrarnos; dan por inexistentes los cincuenta libros que escribí”, apuntó en el prólogo a sus Novelas escogidas. Pero aun así confiaba en los lectores del futuro.
“La obra está allí inamovible, la taparán durante años, pero nunca faltará una o un adolescente ávido que la saque del anaquel de una biblioteca.”
Uno de los nuestros
Si de literatura se trata, nunca alcanzó ni alcanzará con el dinero. Literatura y dinero se cruzan pero no se funden, no son lo mismo. Y viven en una relación de desajuste. La literatura puede ser un medio para hacer dinero pero no deja de ser un fin en sí, algo que tiende a su propia autonomía. Los escritores lo saben. Y el dinero puede ser un medio para la literatura (Silvina Bullrich lo entendió perfectamente, casi desde el comienzo) pero no un fin. El dinero, paradójicamente, se paga. El dinero también tiene su precio.
El dinero había sido esgrimido como una coartada para tener o no tener estilo. Sin mencionar en forma explícita la palabra dinero pero muy cerca de su resonancia, Roberto Arlt, mentando a Flaubert (¿pensando en Güiraldes?), había dicho que “para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada... Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela que, como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados”.
Bordados ¿de mujer? Pero justamente las novelas de Silvina Bullrich fueron ajenas a la noción de un estilo bello hecho de panorámicos lienzos a fuerza de tranquilidad adquirida, comprada, de la serenidad de quien vive de rentas o no tiene problemas de plata. No. Al contrario: la estrategia parece ser ostentar problemas de plata. Se trataba precisamente de escribir para hacer plata, y de tener plata para reivindicar –justificar– una manera de escribir que casi desde el comienzo se mostraría ajena a los devaneos del estilo, los panorámicos lienzos, los bordados (una literatura ajena a los bordados de mujer pero no a una “problemática” femenina).
Podría pensarse la carrera de escritora de Silvina Bullrich como una suma de pasos azarosos o de contradicciones resueltas siempre de un modo radical, como quien, ante la duda, elige ofrecer su peor cara, tomar el camino menos razonable. Si repite el gesto “sur” de aprender a leer y escribir en francés antes que en castellano, terminará siendo, y a mucha honra, sinónimo de best seller nacional.
Silvina Bullrich producto argentino, pura industria nacional.
Si su condición de mujer la destinaba a menesteres menos glamorosos y más íntimos que ser escritora, terminará abrazando la causa de la literatura femenina. Quiso ser la Simone de Beauvoir argentina y terminó siendo Silvina Bullrich. No era poco, pero sabía, intuía, olfateaba, que ser la escritora Silvina Bullrich tenía un precio bastante alto y que (en parte para que no pudiera defenderse) no se lo iban a cobrar en vida. En primera instancia porque en vida, por más alto que fuera ese precio, lo hubiese podido pagar. Habría podido comprarlo. O negociarlo como a un anticipo editorial. Y aunque ella no hubiera dejado de quejarse por el alto precio, porque le cobraban de más por ser mujer, lo habría pagado. Entonces siguió, con una autoconciencia demasiado alta de que iba en declive, en descenso hacia el olvido.
El olvido de Silvina Bullrich podría pensarse como un sobreprecio, la alta tarifa de un pacto fáustico. Pero pagó algo más, como un plus constante de malhumor e insatisfacción. Algo le impedía parar y algo le impedía afirmar, como Arlt, el orgullo de escribir un libro tras otro y “que los eunucos bufen”.
Quizá no pudo salir del círculo estrecho que le proponía el sinuoso linaje del dinero. O no quiso hacerlo. Abjuró de la burguesía (por ramplona, por materialista) mientras la representaba en la literatura y en gran parte escribía para ella, no pudiendo imaginar otro mundo, otra clase de lector que no fuera el burgués o el pequeño burgués consumista.
Quizá Silvina Bullrich no supo ser del todo sincera y romper definitivamente con aquello que le provocaba malestar. No supo o no quiso. O no pudo.
“Yo tengo una noción muy clara de mi situación social, pecuniaria, de mi edad, sé a la perfección quiénes fueron mis padres, mis cuatro abuelos, mis ocho bisabuelos, mis dieciséis tatarabuelos; en la bóveda de familia está nuestro nombre y una fecha muy lejana; tenemos una de las primeras bóvedas de la Recoleta. Ni muertos nos dejan en paz. La gente que pasa por delante del mármol cubierto de placas recordatorias el 1 o el 2 de noviembre comenta si tenemos flores o si somos muertos olvidados, dejados de la mano de Dios, aunque acaso alguno de los nuestros esté en el Paraíso”, escribió en Mañana digo basta, en la voz de una evidente alter ego, desmintiendo en parte lo que luego escribiría en sus memorias.
Pero la falta de reconocimiento y el olvido, por más que la carne se extinga y se guarde en la Recoleta y “uno de los nuestros” esté en el paraíso, siempre es un precio muy alto de pagar para un escritor.
Ser pobre
Las memorias se escriben contra el olvido. Las memorias son un subrayado, un exceso que busca anticipar, desmentir o anular las versiones de los otros. Las memorias publicadas en vida son el gesto de un escritor ansioso, alguien que no puede esperar para justificarse.
Mis memorias, de Silvina Bullrich, aparecieron en el mes de marzo de 1980, cuando la escritora contaba 65 años. Suena más a puesta al día, resumen o síntesis, que a balance final. No hay grandes revelaciones de las que se suelen esperar en las memorias o autobiografías de alguien que ya ocupa un lugar: historias amorosas, una confesión, secretos del pasado. Nada de eso, o muy poco. Las memorias de Bullrich avanzan en el trazo fuerte, la opinión tajante, el latigazo de que esto es así o asá. Desde el vamos, desde las dedicatorias. Dedica el libro a sus nietos “para que sepan cómo se forja una mujer”; a los que la quieren y aprecian y admiran pero también a quienes la odian sin motivo “y creen que un ángel escribe mis libros y un ejército de servidores se dedica a atenderme”. Y también a “las escritoras argentinas negadas, como yo, sistemáticamente, por sus colegas masculinos en una incomprensible y casi infantil rivalidad”. O sea, en gran medida se dedica las memorias a ella misma, recuerda para sí pero siempre a corazón abierto, recreando una vez más el espectáculo de la exhibición pública, de quien no tiene nada o casi nada que ocultar.
Las memorias de Silvina Bullrich parecen orientadas a convencernos de algo bastante insólito: que es pobre. Que lo fue siempre, y que en cierta medida lo sigue siendo. Y es que para Silvina Bullrich alguien que debe trabajar para ganarse el sustento o mantener el tren de vida, es pobre aunque sea rico, o aunque esté rodeado de familiares ricos, posesiones, cuadros, tierras.
Apenas comenzar, advierte que en su familia el dinero ha sido una maldición y que ella no lo posee: “Como en mi familia el dinero siempre fue el preludio de una tragedia y la marca de una maldición, no lamento que las diversas circunstancias me hayan privado de él. Gracias a no poseerlo estoy aquí, en mi madurez, escribiendo mis memorias”.
Más adelante aparece la superstición ligada a esta maldición:
“La muerte y el dinero van de la mano en mi familia. Hay una maldición que llega hasta la cuarta generación según la Biblia. ¿Soy yo la cuarta? No lo sé pero seguramente no soy la quinta y me aterra el dinero que no gano con el sudor de mi frente”.
Educación francesa y desastres económicos son agigantados en las memorias, por la memoria. Así creció Silvina. Como corresponde a una chica aristocrática educada en los años veinte, apenas sabía que vivía en la Argentina (“y me adelanto a decir que la primera vez que leí el Quijote ¡lo leí en francés!”), pero a pesar de estas marcas típicas de la alta burguesía argentina de las primeras décadas del siglo XX, parece que la maldición del dinero temprano se hace notar. Malos movimientos financieros llevaron a la venta de grandes extensiones de tierra en Luján. Años atrás, el bisabuelo de la familia materna, los Meyrelles, el primer poblador de Mar del Plata, la pierde a manos del juego, pasando Mar del Plata a los Luro y los Peralta Ramos. A pesar de todo, “los parientes de mi padre harían de nuestro nombre un sinónimo de campos, estancias, ventas de ganado y de caballos de raza”.
Rama pobre, o más precisamente, retoño de rama venida a menos de familia rica, sinónimo de estancia y vacas. Las versiones dudosas empiezan a tramarse unas con otras en Mis memorias, al punto de obligarnos a plantear algunas preguntas básicas: ¿qué es ser rico entonces?, ¿qué es ser pobre? ¿Para qué sirve el dinero? Posesiones, campos o cuadros valiosos, se confrontan a la necesidad y ganas de poseer dinero líquido, para tenerlo disponible, como respaldo o para viajar.
“Ahora creo que nuestra pobreza de niñas con los pesos contados para gastos de bolsillo y para ropa en medio del lujo de nuestra casa, con las paredes tapizadas de valiosos cuadros, me hizo aborrecer la idea de poseer cuadros propios. Fue el mismo mecanismo que llevó a papá a detestar el campo: habían perdido espléndidas estancias, grandes extensiones de tierra rica y de hacienda. Su reacción era negarse a asumir la pérdida. (...) Si nosotras, cuando él murió, aceptamos con tanto entusiasmo el remate de cuadros fue porque ese dinero colgado de las paredes debía alguna vez darnos placeres personales. Cuando papá murió, mi hermana mayor estaba casada con un hombre inmensamente rico; mi hermana menor con un hombre rico; sólo yo, casada con un hombre sin fortuna y que debía luchar sin armas porque no me habían dado estudios serios, para vivir, y mi madre, podíamos haber necesitado esa venta.”
Silvina Bullrich bregó por el dinero líquido, plata en mano, como una forma de reclamar su parte y el derecho de hacer con ella lo que deseara, o sea, realizar su destino personal al margen de la familia (y su linaje), pero no parece compartir la versión burguesa materialista y consumista del dinero. O por lo menos declara su incomodidad con esas maneras de no ser pobre. Según su diagnóstico, “los males más graves de nuestro tiempo comenzaron el día en que el dinero comenzó a ganar terreno sobre los demás valores hasta colocarse en primer término”.
Algo en ella se resiste al consumismo, a la adquisición de objetos. En otro momento habla de una vergüenza de adquirir, de acumular. Uno puede interpretar que le gusta viajar, ir y venir pero con el equipaje ligero. Mujer en fuga. Alguien siempre lista para la partida. Pero, se sabe, tampoco rompe con el dinero y lo que conlleva, ni con sus cargas simbólicas.
“Tuvieron que pasar muchos años y tuve que conocer el miedo a carecer de lo indispensable para que me interesara el dinero. Aunque todo el mundo se vuelve más materialista al envejecer y aprecia más el ambiente que la rodea, todavía parezco una anacoreta comparada con la voracidad y la vanidad de los jóvenes de hoy. Mucha gente dice que no le interesa el dinero sino lo que puede comprar con él. Yo pienso lo contrario: me importa saber que cuento con dinero para no necesitar la ayuda de nadie y para darme mis gustos, pero el solo hecho de comprar me aburre, me resulta una tarea engorrosa y desde chica las tiendas me parecieron cámaras de tortura. (...) Quisiera la opinión de un psicoanalista. Yo supongo que es la vergüenza de poseer, o sea, la vergüenza de adquirir, de atesorar objetos superfluos.”
Las memorias producen, entre otros efectos, el de otorgarle un orden, un sentido a la propia vida. Se ha vivido para algo, y mientras se escribe, se busca atrapar ese algo, se da vueltas a su alrededor. Bullrich considera que si ha vivido lo vivido fue para prestar testimonio de la época que le tocó en suerte. En cierta forma, la búsqueda del sentido de la vida se muerde la cola. Si he vivido fue para llegar hasta aquí y retroceder, buscar el sentido en el origen, cerrar el círculo. Una vez más, como en la mayoría de los escritores de linaje (familiar y literario) se plantea la noción de poseer un destino preestablecido en contra de la contingencia y el azar. Será que el azar es lo que puede traer variables en la vida de los pobres o los menos favorecidos socialmente. Salvarse de pronto como por un golpe de dados. Milagro, lotería. Ellos pueden apostar, ya que tienen más para ganar que para perder. En cambio, la escritora rica que dice ser pobre (pero ganará dinero con la literatura) estará a favor del orden aunque coquetee con la aventura, los viajes y el desorden. Como los escritores del orden que se asoman al vértigo de la vida, Silvina Bullrich tenía horror al azar. Como los escritores que se fugan, quiere encontrar un sentido en el final, a la hora de las memorias, el ajuste de cuentas.
“El azar... eso me aterroriza”, casi piensa en voz alta en Mis memorias. “¿Transité por este mundo salvando escollos que parecían insalvables, viendo morir a tantas personas queridas sólo por casualidad? Resulta difícil consolarse. También me resulta difícil creerlo. (...) ¿Hay posibilidades de reencarnación? ¿Yo soy yo sola o soy yo que paga lo que otra cometió en una vida anterior?”
Y de la mano del azar, vuelve a aparecer la sombra de la duda:
“¿Me quedará aún mucho que pagar en una vida futura?”.
La pregunta repica y resuena, rebotando como en una habitación vacía. Es la pregunta que cuesta pronunciar acerca del precio: el precio que hay que pagar. Es la pregunta que no pudo seguir haciéndose y tampoco ella supo contestar.
Pero nosotros sí tenemos algunas pistas para obtener la respuesta.
Serás vos
Silvina Bullrich empezó a girar hacia su ocaso en los años del regreso de la democracia. Y no era para menos. Su obcecada y cerrada defensa de la dictadura por el hecho de haber encarnado el Orden, su exaltación de Martínez de Hoz, la negación de lo que hicieron los militares en campos de concentración, la negación de la existencia de los desaparecidos, son motivos válidos para que en aquellos años muchos escritores no tuvieran ni ganas de reconocerla. Pero el problema del reconocimiento arrancó para ella muchísimo antes de 1983, 1984 o 1985.
Hubo algo con ella casi desde el comienzo. Una no aceptación del gesto básico de escribir para vender; en definitiva, de la relación de su literatura con el dinero. La autoconciencia de ese dilema acentuado por el paso de los años y la acumulación de libros en un magma novelesco que bulle incesante fue expresada por Bullrich en sus memorias y en otros comentarios dispersos en ficciones y artículos periodísticos. Por eso se anticipó a todas las críticas y contestó a todos los argumentos y acusaciones en su contra, aun aquellas que no se le alcanzaron a formular en vida. Estaba a la defensiva, vivía a la defensiva, podía ser ríspida y desagradable aunque haya testimonios encontrados en cuanto a su verdadera, profunda personalidad. Algo casi seguro, rasgo de su humor o de su malhumor: no podía no ser hiriente.
Y también abusó de la plausible hipótesis de género: que no se la tomaba en cuenta por ser mujer. Argumento válido pero, en su caso, exasperado hasta la coartada.
Silvina Bullrich intentó finalmente redimirse mediante el dinero. Carecía de él cuando quería justificarse como escritora, pero lo arrojaba a la cara cuando debía recordarle a alguien su propio ser, su esencia o su linaje (al fin y al cabo, no cualquiera pertenece a la parte pobre de los ricos).
Si en el dinero residió el precio, entonces hay bastante sustancia dramática –más de lo que aparenta– encerrada en esa célebre anécdota que se le adjudica con Manucho, un cruce gracioso, deportivo.
–¿Verdad, Manucho, que vos y yo somos los dos únicos escritores argentinos que vivimos de nuestros libros? –preguntó Silvina.
Y Manucho, siempre rápido de reflejos, contestó:
–Yo no, che. Serás vos. Yo vivo mucho mejor.
Poesía
El poeta escondido
Abogado, sobrio, casi gris en su personaje, alejado tanto de la excentricidad del invisible como del estridente, Wallace Stevens (1879-1955) fue un renovador de la poesía norteamericana sin abandonar jamás su trabajo de oficina. Su credo: que la poesía es salud pero que no puede convertirse en un hospital.
Por Guillermo Saccomanno
A menudo el adjetivo “secreto” que se le pega a un autor es una artimaña marketinera. Se sabe: el lector de suplementos literarios no sólo busca estar al tanto del último “secreto” que todos consumen sino que, además, pretende vanidoso que su fruición sea exclusiva, privada. Evitando pisar esta trampa, Wallace Stevens (1879-1955) supo ser más un poeta escondido que un autor “secreto” y se las ingenió para proteger su poesía del parnaso de exhibicionismo intelectual. “Soy abogado y vivo en Hartford. Estos hechos no son ni divertidos ni relevantes”, fue la respuest
a escrita que despachó al director de una revista que buscaba reportearlo. Pionero en abstenerse del gallinero literario mediante la reclusión, deviene un antecedente de Salinger. Pero menos crispado. Ni timidez ni afán de hacerse el raro. Stevens pensaba: “Después de que se abandonó la creencia en dios, la poesía es esa esencia que ocupa su lugar como la redención de la vida”. Entonces Stevens cuidaba religiosamente tanto su escritura poética como las rosas del jardín de su casa. Al leerlo uno queda impregnado por la añoranza de bosques y nevadas, el sonido de un búho, vestigios de una naturaleza perdida, la invasión de una melancolía adánica. Pero estas impresiones se cortan enseguida con un relampagueo de mordacidad que nos retorna a lo más elemental de lo diario. La poesía de Stevens, consciente de su poder, mediante una vuelta de tuerca, un guiño, le avisa al lector que no debe tomarse muy en serio.
Si se observan sus retratos, todos sugieren un ejecutivo prolijo, pelo corto, siempre de traje y corbata. Sin excesos de alcohol ni de alcoba, nada de paraísos artificiales, la biografía de Stevens no presenta peripecias ni trasluce una tragedia íntima. Ni un rastro de esa clase de conductas desbordadas que el lector biempensante atribuye con una credulidad romántica a poetas más preocupados por construir la excentricidad del personaje antes que una manera de decir. Este cliché exige que el poeta sea loco o, al menos, vidente. Corriendo el riesgo de pasar por conservador, el innovador de la poesía norteamericana era capaz de ahondar una y otra vez un tema y sus variaciones: “Seis paisajes significativos” o bien “Trece formas de mirar un mirlo” son buenos ejemplos. Sus poemas más conocidos son “El Emperador de los Helados” (“Deja que ser rime con parecer / El único emperador es el Emperador de los Helados”) y “El hombre de la guitarra azul”, inspirado en un Picasso (“Que pueda yo reducir el monstruo / a mí mismo, y después ser yo mismo / frente al monstruo”). Wallace Stevens sostenía que “la poesía es salud”. Y redondeaba: “La poesía no puede convertirse en un hospital”.
Periodista al principio, se interesó por la poesía oriental y llegó a escribir dos piezas de teatro Noh. Se recibió más tarde de abogado, se especializó en seguros y éste fue su empleo de por vida. Empleo que, cabe acotar, mantuvo rechazando la posibilidad que se le ofrecía de vivir como poeta profesional. Tuvo un solo matrimonio, una hija. Publicó Harmonium, su primer libro de poemas, a los cuarenta. Con una tirada de apenas mil ejemplares llamó la atención de los pares de su época. Tras leer Harmonium, Hart Crane le escribió a un amigo: “Hay un tipo cuyo trabajo hace que todos los demás nos sintamos muy poca cosa”. No obstante, por su reserva y la distancia que fijaba entre su oficio y el mundo, se lo juzgó un diletante. Sin importarle el qué dirán, convencido de que “la lengua es un ojo” y “toda poesía es experimental”, siguió escribiendo sin renunciar a su empleo rutinario. Se divorció ya viejo y murió de cáncer. No hay mucho más que contar de su existencia. Indagar en su biografía es un esfuerzo que frustra toda expectativa, lo cual tiene su mérito porque, tal como quería, nos impulsa directamente a su obra. “Lo que pensamos no es nunca lo que vemos”, escribió.
Una anécdota muestra el celo con que preservaba su trabajo poético de toda feria de vanidades: sus compañeros de la empresa de seguros se enteraron de que Wallie era poeta cuando fue premiado y su notoriedad, inevitable. Entre los galardones que recibió Stevens se cuentan el Bollingen, el National Book Awards y el Pulitzer. “Mañana de domingo” parece sugerir su ideal: “El placer de ir en bata, ya muy entrado el día / El café y las naranjas, en una silla al sol, / La verde libertad del loro/ Sobre un tapiz se funden para disipar / El sagrado silencio de un sacrificio antiguo”. Porque para Stevens, la divinidad, si existe, debe residir en lo cotidiano.
Apartado por elección, Stevens se tomaba la poesía como un trabajo riguroso y paciente en el que “las palabras tratan de cosas que no existen sin las palabras”. En cierto aspecto, Stevens sigue a Wordsworth al elegir situaciones de la vida normal y probar el uso de un lenguaje corriente. “La sensación excede a las metáforas”, dijo en otro poema. Según Daniel Chirom, lo que diferencia a Stevens del británico Wordsworth está en el tono irónico que lo distancia del sufrimiento y en una sensibilidad moderna que lo vuelve extraño frente a la naturaleza. “Los paisajes, personas y objetos de Stevens no están ubicados en el espacio sino en el tiempo”, señaló Chirom. “Soy lo que está a mi alrededor”, opinaba Stevens. Y planteaba la tensión permanente entre imaginación y realidad, el desgarramiento entre la conciencia y el mundo. “Las palabras son pensamientos y no sólo nuestros pensamientos sino los pensamientos de hombres y mujeres que ignoran lo que ellos mismos están pensando”, anotó. Los pocos artículos que publicó fueron reunidos con el título The Necessary Angel. Pretenciosos, alambicados, estos ensayos parecen escritos por otro, un americano culto que se fascina con la pompa de la cultura occidental. Pero, entre líneas, asoma una idea que vale la pena recortar: “El entendimiento no ha agregado nada a la naturaleza humana. Es una violencia interior que nos protege de la violencia exterior. Es la imaginación que vuelve a presionar contra la presión de la realidad. Parece, en última instancia, tener algo que ver con nuestra preservación. Y ésta es la razón, sin duda, de que su expresión, el sonido de las palabras, nos ayude a vivir la vida.”
Contemporáneo de T. S. Eliot, Ezra Pound, Wiliam Carlos Williams y Marianne Moore, su poesía estuvo libre de influencias. Después de su muerte, su marca se rastreará en Frank Carmode y John Ashbery. Harold Bloom lo incorporará a su manual The Western Canon como heredero encubierto de Walt Whitman y Emily Dickinson. De su primera difusión en nuestro país fue responsable Alberto Girri. Menos secas y más afines al talento entre juguetón y visual de Stevens fueron las traducciones de Chirom y, más acá, las inéditas de Esteban Moore.
El libro donde Stevens desarrolla con más precisión su credo es Adagia, publicado en forma póstuma. Se trata de una compilación de aforismos subdivididos temáticamente: la poesía, el poema, el poeta, la imaginación, la filosofía, el lenguaje, el arte, la vida, el hombre y la mente. Como suele ocurrir con esta clase de escritura, cada idea formulada corre el peligro de disimular con el ingenio una ausencia de profundidad. Pero Stevens, a esta altura de su vida, si no es sabio, está cerca de serlo. Decantados, como flechas, con una síntesis y una agudeza destellante, cada uno de sus aforismos, además de constituirse en un complemento clave para comprender la poesía en general y la suya en particular, funciona como un arte poética de serenidad y transparencia inusuales en un contexto donde ya se escuchan, entre Corea y Vietnam, los aullidos de Allen Ginsberg. Casi todo lo que estaba por pasar después sería “sólo rock and roll”.
Es inhallable Poemas, la traducción de Alberto Girri para la editorial Omeba, de 1967. También el fascículo impecable de Cedal que antologizó Daniel Chirom. Adagia, también editada como Los adagios, en traducción de Moisés Ladrón de Guevara, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana y la Editorial Ponciano Arriega, de México, supo circular en mesas de ofertas. En algunas librerías está El angel necesario: ensayos sobre la realidad y la imaginación, traducido por A. J. Desmonts y publicado por Visor, Madrid. Más fácil es detectar Las auroras de otoño, versión de Jenaro Talens, también en edición de Visor. Por supuesto, más al alcance, se encuentra material de y sobre Stevens en Internet.
El poeta escondido
Abogado, sobrio, casi gris en su personaje, alejado tanto de la excentricidad del invisible como del estridente, Wallace Stevens (1879-1955) fue un renovador de la poesía norteamericana sin abandonar jamás su trabajo de oficina. Su credo: que la poesía es salud pero que no puede convertirse en un hospital.
Por Guillermo Saccomanno
A menudo el adjetivo “secreto” que se le pega a un autor es una artimaña marketinera. Se sabe: el lector de suplementos literarios no sólo busca estar al tanto del último “secreto” que todos consumen sino que, además, pretende vanidoso que su fruición sea exclusiva, privada. Evitando pisar esta trampa, Wallace Stevens (1879-1955) supo ser más un poeta escondido que un autor “secreto” y se las ingenió para proteger su poesía del parnaso de exhibicionismo intelectual. “Soy abogado y vivo en Hartford. Estos hechos no son ni divertidos ni relevantes”, fue la respuest
a escrita que despachó al director de una revista que buscaba reportearlo. Pionero en abstenerse del gallinero literario mediante la reclusión, deviene un antecedente de Salinger. Pero menos crispado. Ni timidez ni afán de hacerse el raro. Stevens pensaba: “Después de que se abandonó la creencia en dios, la poesía es esa esencia que ocupa su lugar como la redención de la vida”. Entonces Stevens cuidaba religiosamente tanto su escritura poética como las rosas del jardín de su casa. Al leerlo uno queda impregnado por la añoranza de bosques y nevadas, el sonido de un búho, vestigios de una naturaleza perdida, la invasión de una melancolía adánica. Pero estas impresiones se cortan enseguida con un relampagueo de mordacidad que nos retorna a lo más elemental de lo diario. La poesía de Stevens, consciente de su poder, mediante una vuelta de tuerca, un guiño, le avisa al lector que no debe tomarse muy en serio.Si se observan sus retratos, todos sugieren un ejecutivo prolijo, pelo corto, siempre de traje y corbata. Sin excesos de alcohol ni de alcoba, nada de paraísos artificiales, la biografía de Stevens no presenta peripecias ni trasluce una tragedia íntima. Ni un rastro de esa clase de conductas desbordadas que el lector biempensante atribuye con una credulidad romántica a poetas más preocupados por construir la excentricidad del personaje antes que una manera de decir. Este cliché exige que el poeta sea loco o, al menos, vidente. Corriendo el riesgo de pasar por conservador, el innovador de la poesía norteamericana era capaz de ahondar una y otra vez un tema y sus variaciones: “Seis paisajes significativos” o bien “Trece formas de mirar un mirlo” son buenos ejemplos. Sus poemas más conocidos son “El Emperador de los Helados” (“Deja que ser rime con parecer / El único emperador es el Emperador de los Helados”) y “El hombre de la guitarra azul”, inspirado en un Picasso (“Que pueda yo reducir el monstruo / a mí mismo, y después ser yo mismo / frente al monstruo”). Wallace Stevens sostenía que “la poesía es salud”. Y redondeaba: “La poesía no puede convertirse en un hospital”.
Periodista al principio, se interesó por la poesía oriental y llegó a escribir dos piezas de teatro Noh. Se recibió más tarde de abogado, se especializó en seguros y éste fue su empleo de por vida. Empleo que, cabe acotar, mantuvo rechazando la posibilidad que se le ofrecía de vivir como poeta profesional. Tuvo un solo matrimonio, una hija. Publicó Harmonium, su primer libro de poemas, a los cuarenta. Con una tirada de apenas mil ejemplares llamó la atención de los pares de su época. Tras leer Harmonium, Hart Crane le escribió a un amigo: “Hay un tipo cuyo trabajo hace que todos los demás nos sintamos muy poca cosa”. No obstante, por su reserva y la distancia que fijaba entre su oficio y el mundo, se lo juzgó un diletante. Sin importarle el qué dirán, convencido de que “la lengua es un ojo” y “toda poesía es experimental”, siguió escribiendo sin renunciar a su empleo rutinario. Se divorció ya viejo y murió de cáncer. No hay mucho más que contar de su existencia. Indagar en su biografía es un esfuerzo que frustra toda expectativa, lo cual tiene su mérito porque, tal como quería, nos impulsa directamente a su obra. “Lo que pensamos no es nunca lo que vemos”, escribió.
Una anécdota muestra el celo con que preservaba su trabajo poético de toda feria de vanidades: sus compañeros de la empresa de seguros se enteraron de que Wallie era poeta cuando fue premiado y su notoriedad, inevitable. Entre los galardones que recibió Stevens se cuentan el Bollingen, el National Book Awards y el Pulitzer. “Mañana de domingo” parece sugerir su ideal: “El placer de ir en bata, ya muy entrado el día / El café y las naranjas, en una silla al sol, / La verde libertad del loro/ Sobre un tapiz se funden para disipar / El sagrado silencio de un sacrificio antiguo”. Porque para Stevens, la divinidad, si existe, debe residir en lo cotidiano.
Apartado por elección, Stevens se tomaba la poesía como un trabajo riguroso y paciente en el que “las palabras tratan de cosas que no existen sin las palabras”. En cierto aspecto, Stevens sigue a Wordsworth al elegir situaciones de la vida normal y probar el uso de un lenguaje corriente. “La sensación excede a las metáforas”, dijo en otro poema. Según Daniel Chirom, lo que diferencia a Stevens del británico Wordsworth está en el tono irónico que lo distancia del sufrimiento y en una sensibilidad moderna que lo vuelve extraño frente a la naturaleza. “Los paisajes, personas y objetos de Stevens no están ubicados en el espacio sino en el tiempo”, señaló Chirom. “Soy lo que está a mi alrededor”, opinaba Stevens. Y planteaba la tensión permanente entre imaginación y realidad, el desgarramiento entre la conciencia y el mundo. “Las palabras son pensamientos y no sólo nuestros pensamientos sino los pensamientos de hombres y mujeres que ignoran lo que ellos mismos están pensando”, anotó. Los pocos artículos que publicó fueron reunidos con el título The Necessary Angel. Pretenciosos, alambicados, estos ensayos parecen escritos por otro, un americano culto que se fascina con la pompa de la cultura occidental. Pero, entre líneas, asoma una idea que vale la pena recortar: “El entendimiento no ha agregado nada a la naturaleza humana. Es una violencia interior que nos protege de la violencia exterior. Es la imaginación que vuelve a presionar contra la presión de la realidad. Parece, en última instancia, tener algo que ver con nuestra preservación. Y ésta es la razón, sin duda, de que su expresión, el sonido de las palabras, nos ayude a vivir la vida.”
Contemporáneo de T. S. Eliot, Ezra Pound, Wiliam Carlos Williams y Marianne Moore, su poesía estuvo libre de influencias. Después de su muerte, su marca se rastreará en Frank Carmode y John Ashbery. Harold Bloom lo incorporará a su manual The Western Canon como heredero encubierto de Walt Whitman y Emily Dickinson. De su primera difusión en nuestro país fue responsable Alberto Girri. Menos secas y más afines al talento entre juguetón y visual de Stevens fueron las traducciones de Chirom y, más acá, las inéditas de Esteban Moore.
El libro donde Stevens desarrolla con más precisión su credo es Adagia, publicado en forma póstuma. Se trata de una compilación de aforismos subdivididos temáticamente: la poesía, el poema, el poeta, la imaginación, la filosofía, el lenguaje, el arte, la vida, el hombre y la mente. Como suele ocurrir con esta clase de escritura, cada idea formulada corre el peligro de disimular con el ingenio una ausencia de profundidad. Pero Stevens, a esta altura de su vida, si no es sabio, está cerca de serlo. Decantados, como flechas, con una síntesis y una agudeza destellante, cada uno de sus aforismos, además de constituirse en un complemento clave para comprender la poesía en general y la suya en particular, funciona como un arte poética de serenidad y transparencia inusuales en un contexto donde ya se escuchan, entre Corea y Vietnam, los aullidos de Allen Ginsberg. Casi todo lo que estaba por pasar después sería “sólo rock and roll”.
Es inhallable Poemas, la traducción de Alberto Girri para la editorial Omeba, de 1967. También el fascículo impecable de Cedal que antologizó Daniel Chirom. Adagia, también editada como Los adagios, en traducción de Moisés Ladrón de Guevara, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana y la Editorial Ponciano Arriega, de México, supo circular en mesas de ofertas. En algunas librerías está El angel necesario: ensayos sobre la realidad y la imaginación, traducido por A. J. Desmonts y publicado por Visor, Madrid. Más fácil es detectar Las auroras de otoño, versión de Jenaro Talens, también en edición de Visor. Por supuesto, más al alcance, se encuentra material de y sobre Stevens en Internet.
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