miércoles, 25 de agosto de 2010

Chesterton/Piglia

Sed divina

En La taberna errante, quizá su novela menos difundida, G. K. Chesterton anticipó la línea experimental del absurdo del siglo XX e hizo pasar sus mayores inquietudes religiosas y filosóficas por el tamiz del humor y la sátira. Amor, amistad y aventuras en una oportuna y excelente traducción al castellano de esta novela, publicada originalmente en 1914, que jalonó la eterna búsqueda de Dios por parte de su autor.

Por Alicia Plante
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La taberna errante.
G. K. Chesterton
Acuarela & A. Machado Libros
362 páginas

Quien más quien menos, de Chesterton –el príncipe de las paradojas– todo el mundo oyó hablar. Sin embargo, a pesar de que el autor siempre consideró que elaborarlas era apenas un pasatiempo, lo más leído de sus obras en cualquier idioma son las exquisitas aventuras del Padre Brown, un rubicundo curita católico de apariencia ingenua, cuya sagacidad y conocimiento de la psicología humana lo convierten en un formidable detective. Y a pesar de la escasa estima que le merecían, fueron más de cincuenta los relatos del Padre Brown y su eterno paraguas los que escribió y publicó entre 1911 y 1935.

Pero Gilbert Keith Chesterton fue un prolífico y trascendental escritor inglés, un pensador notable que produjo numerosos ensayos, cuatro novelas (El hombre que fue Jueves, El Napoleón de Notting Hill, La esfera y la cruz, y la que hoy reaparece en excelente traducción, La taberna errante, originalmente publicada en inglés en 1914). También publicó biografías –la suya entre otras–, así como más de 200 poemas y relatos de viajes, además de haber comenzado su carrera de escritor desde el periodismo, que ejerció largamente en diarios británicos –uno de ellos, de su propiedad– donde se convirtió en una figura popular, de famoso y esperado sentido del humor. Como afirma Santiago Alba Rico en un sustancioso prólogo, Chesterton “tenía tanto talento y tanta capacidad para disfrutar de él, que no podía comunicar una idea sin hacer disfrutar también al lector, es decir, sin incurrir en la literatura”. Resulta interesante y hasta revelador que se desempeñase asimismo como editor de literatura espiritista y teosófica, un terreno que lo absorbió en la época en que comenzaba su búsqueda de Dios y de un camino para acceder a El que no pasara por los altares.

Chesterton provenía de una numerosa familia de clase media en cuyas tradiciones las prácticas indicadas por la religión anglicana no ocupaban un lugar de relevancia. Contra el telón de fondo de esa cultura familiar librepensadora, el joven Chesterton se convirtió en un agnóstico militante. Sin embargo, esa postura tan firmemente defendida se fue resquebrajando con el tiempo y a través del pensamiento inquisitivo de un hombre que no quedaba satisfecho con ninguna conclusión facilista ni construida a partir del mero rechazo de otra. En esa época de interés por el ocultismo –posiblemente una manera de encarar su búsqueda a través de un terreno no sometido ni regulado por institución alguna– afirmó creer en el demonio. Bastante tiempo después, en un ensayo llamado “Por qué creo en el Cristianismo”, mediante el cual tomaba posición frente a Nietzsche y su teoría del advenimiento del Superhombre, escribió: “Si un hombre se nos acerca para decir `Yo soy una nueva especie de hombre, soy el superhombre y he abandonado la piedad y la justicia’, debemos contestar: `Serás nuevo pero no eres perfecto porque él ya ha estado en la mente de Dios’. Hemos caído con Adán y ascenderemos con Cristo, pero preferimos caer con Satán que ascender con el Superhombre”.

Su rechazo a la idea del Superhombre nietzscheano, que dio pie a famosas discusiones con su amigo George Bernard Shaw, está claramente presente en la trama de La taberna errante, por ejemplo a través del perfil de Lord Ivywood, el “que pudre los árboles”, en alusión al significado de su nombre si se lo toma literalmente: “bosque de hiedra”, y a que se describe a sí mismo, sin humildad alguna, como quien llegará a ser “el más grande de los hombres”.

La novela es un dechado de buen humor y delicioso hedonismo, una historia de amor, de amistad y de aventuras, pero bajo la superficie aparece una crítica sarcástica a la estupidez y la omnipotencia, claramente asociadas. Este autor que prefiere “ver a las ideas forcejear desnudas y no disfrazadas de hombres y mujeres”, los usa, a los personajes, casi simbólicamente (en términos de Borges, en parábolas que lo acercan a Kafka): Patrick Dalroy, el enorme marino irlandés que encarna los ideales del escritor; lady Joan, su amada, la bella mujer que de golpe comprende qué acecha detrás del aburrimiento final; Dorian Wimpole, el aristócrata demasiado lúcido para aceptar a ciegas lo que dictan los de su clase. Todos ellos son arquetipos que celebran sus rituales de amor, rebelión, patriotismo e inteligencia a fin de resistir algo que Chesterton, sin embargo, tiene la generosidad de evaluar sinceramente y ponderar en la medida en que le parece justo a un buscador de verdades trascendentes: la validez del islamismo, que lord Ivywood pretende instaurar por la fuerza en Inglaterra. Esto tiene tres consecuencias principales: la ley seca para el pueblo –que por supuesto no incluye a los poderosos–, el vegetarianismo y la implantación de la poligamia. Es precisamente en torno de la arbitraria imposición de estos cambios y prohibiciones y la consiguiente resistencia de las clases populares que gira la hilarante acción de la novela.

Resulta evidente que es la búsqueda de Chesterton del marco más adecuado para contener su sed de divinidad lo que lo lleva a indagar en los pro y contra de cada religión. Esa honesta disposición, central incluso en una obra que, como La taberna errante, prenuncia los principios del teatro del absurdo, responde a una auténtica inquietud filosófica que se sirve de la obra para comparar sin disimulos el cristianismo y la fe de Mahoma. Será finalmente en 1922, tras años de masajear sus vacilaciones y conflictos entre la fe anglocristiana y la Iglesia Católica Romana por medio de constante correspondencia con cuatro amigos, todos ellos católicos conversos, que Chesterton ingresará a la Iglesia Católica de Roma. Decía no querer una Iglesia que se adaptase a los tiempos, ya que el Hombre “es siempre el mismo y necesita que lo guíen”. En las reflexiones de su ensayo “La Iglesia Católica y la conversión” afirma: “No necesitamos una religión que tenga razón cuando tenemos razón, sino una religión que tenga razón cuando estamos equivocados”. Este papel omnisciente que le otorga y demanda de la Iglesia Católica de Roma debería haber aplacado su angustia de buscador, ya que delegó en ella la responsabilidad de señalarle, desde una experiencia de 2000 años, los caminos del mal. Sin embargo sus escritos revelan –La taberna errante inclusive– que su lucha interna, su búsqueda de la verdad última y primera acerca de nada menos que Dios no terminó jamás, sencillamente porque las palabras no sustituyen a las cosas.

Tampoco pudo dar por terminada en esta obra su definición del pueblo inglés, al que entre carcajadas deja expuesto con impudor pero también con ternura y al que arropa en los pañales de la tradición, entidad que sólo un inglés conoce desde adentro, pero que no le resulta suficiente para explicar ciertos rasgos de la idiosincrasia británica.

Según otra biógrafa del escritor, Maisie Ward, instantes antes de morir, en un estado cercano a la inconciencia, Chesterton murmuró como entre sueños: “El asunto está finalmente claro. Está entre la luz y las sombras. Cada uno debe elegir de qué lado está”.

El campo literario

Una nueva novela de Ricardo Piglia, sobre todo trece años después de la última, es un acontecimiento. Además, la aparición de Blanco nocturno (Anagrama) significa un giro en la obra de un autor que pretende no repetirse de libro a libro. Esta vez, Piglia recurre a los tonos y climas de un policial clásico y negro, ambientado en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Poblada de fantasmas de la historia y de personajes inolvidables, Blanco nocturno es una novela llamada a ocupar un lugar relevante en la literatura actual. El campo, sus secretos ocultos, el cruce entre el conflicto rural de 2008 y la novela, y hasta los efectos residuales del affaire Plata quemada, son algunos de los temas que se recorren en esta entrevista.

Por Claudio Zeiger
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Después de varios años, con perfil bajo y como de costado, desbordando por la punta, aparece Ricardo Piglia con nueva novela, sorprendiendo por su espesor de “gran novela”, con músculo épico y unas trescientas páginas. El mito se hizo realidad. Ya famosa por su título y la explicación de ese título –los soldados ingleses en Malvinas estaban provistos de anteojos infrarrojos que les permitían ver en la oscuridad y disparar sobre un blanco nocturno– que viene repicando desde el affaire Plata quemada, nada tiene que ver en forma explícita con la guerra de Malvinas. Quedó la resonancia del título. Blanco nocturno es un policial clásico, bastante riguroso como tal, una novela negra a la Ross MacDonald que empieza por el tópico del forastero que llega a un pueblo; luego se convierte en una intrincada y perturbadora trama familiar que hunde sus raíces en el pasado y termina por confrontar el campo y la máquina, la verdad y la justicia. Novela que se hace muy atrapante en la lectura pero no se agota ahí: deja residuo.

Novela de personajes alucinados a los que el destino les corta abruptamente el mambo delirante para ponerlos cara a cara frente a una gran decisión existencial, un abismo, el abismo de lo real. Vuelve Emilio Renzi, periodista y escritor de la eterna novela, comodín de autor, quien viaja de la capital a la ciudad chica de la provincia de Buenos Aires y descubre, como en una revelación lenta y distorsiva, que en el campo nada es lo que parece. Y todo circula y sucede como entre espejos deformantes, sinuosos y ondulados.

“En ese pueblo, como en todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires, había más novedades en un día que en cualquier gran ciudad en una semana, y las diferencias entre las noticias de la región y las informaciones nacionales eran tan abismales que los habitantes podían tener la ilusión de vivir una vida interesante”, se lee en Blanco nocturno. Y también:

“La gente del campo vivía en dos realidades, con dos morales, en dos mundos, por un lado se vestían con ropa inglesa y andaban por el campo en la pick-up saludando a la peonada como si fueran señores feudales, y por otro lado se mezclaban en todos los chanchullos sucios y hacían negociados con los rematadores y los exportadores de ganado”.

Claro que no se trata de revelaciones definitivas, ni mucho menos. Sí permite descubrir que el campo es un lugar de la experiencia tanto como la ciudad. Permite el aprendizaje de los novatos, aunque parezca que no tiene nada nuevo, nada moderno para ofrecer.

Piglia vuelve con una novela de campo y pueblo chico, chismes y verdades ocultas, con Faulkner, Onetti, Puig y Walsh en la mochila.

Blanco nocturno es una novela de los ‘70 pero antes del vendaval desatado. Capta ese momento en que el huracán empieza a desplazarse pero todavía está en quietud (“tensa calma”, escribiría Emilio Renzi en El Mundo). Todavía no vuelve Perón, todavía no muere Perón pero se viene del Cordobazo y los militares son casi excluyentes en el tinglado político. Blanco nocturno transcurre en un tiempo no marcado por los grandes hechos pero, así y todo, la trama de ficción se coloca en el centro de una trama política, económica y hasta financiera. Surgida de un hecho real, erige a una fábrica desmantelada en medio del desierto en la gran metáfora del relato. Una Utopía que participa en varios frentes a la vez pero se va corriendo vertiginosamente, imparable, de lo positivo a lo negativo. Del sueño a la pesadilla.

PAMPA BARBARA

Cuando se empieza con la lectura de Blanco nocturno, en las primeras veinte, treinta páginas parece que la gran construcción mitológica del relato va a ser la azarosa y fortuita vida de Tony Durán, mulato, quizá gigoló, seductor y carismático, nacido en Puerto Rico, criado y crecido en los Estados Unidos, quien desemboca en un pueblo del sur de la provincia de Buenos Aires, a 340 kilómetros de la Capital Federal, a instancias de las mellizas Belladona, hijas de la familia más connotada de la ciudad, descendientes de la familia fundadora del pueblo. Se conocieron en el ambiente de los casinos de Atlantic City. Y sin embargo Tony Durán va a salir pronto de escena, esfumándose su fina estampa. Como si un personaje de la literatura norteamericana, un negro blanco, por ejemplo, experto en sobrevivir en el gótico sureño o en la jungla de cemento de Nueva York, sin embargo al entrar en contacto con la literatura de la llanura pampeana, se quedara empantanado, atrapado en las redes de nuestra tradición. Fagocitado, pobre hombre, comido por la literatura argentina.

Si bien su asesinato es la clave del asunto, lo es por varias razones que desplazan el interés hacia el otro personaje mítico del libro: Luca Belladona, el que alcanza alturas épicas pero adolece de pies de barro. Para completar la tragedia pueblerina, además de Emilio Renzi, están las mellizas y el muy querible comisario Croce, figura que puede desandar un recorrido desde Fray Mocho a Payró, pero que en sus afanes de Sherlock Holmes de pueblo también va a ser desafiado por las “fuerzas vivas”, las que tejen y destejen a placer.

“Empecé Blanco nocturno, un poco a partir de un primo, un primo de la familia de mi padre al que yo quería muchísimo. Mi intención era hacer una historia con él y su decisión de sostener una fábrica en medio del campo, los conflictos que había enfrentado con parte de la familia. Ellos vieron que la situación venía mal y decidieron hacer una sociedad anónima. No le avisaron, llegó de improviso a una reunión donde se estaba decidiendo el futuro de la fábrica y tuvo un brote. Hizo un gran esfuerzo y finalmente se quedó con la planta de la fábrica”, empieza Piglia. “Quise contarla primero como una historia familiar. Una segunda versión era una historia en la que Renzi estaba parando en una casa prestada, entraba en relación con una vecina que le contaba la historia de su hermano y la fábrica en el campo. Después, en el desarrollo de versiones ese lugar se fue poblando de otras historias y personajes. Pero el nudo central fue real.”

Blanco nocturno.
Ricardo Piglia
Anagrama
299 páginas

Piglia habla del viejo anhelo –podría decirse ahora concretado en Blanco nocturno– de escribir una novela policial clásica. Y salen las referencias de Chandler y sobre todo Ross MacDonald.

“Yo tenía la ilusión de escribir una historia policial con un detective que estuviera loco, y aquí encontré el hilo conductor con el comisario Croce. No sé si es que está loco, pero toma decisiones que lo alejan de la lógica del policial y lo hacen aparecer como una especie de manosanta. A Ross MacDonald, sí, lo tuve muy presente, porque en sus novelas siempre va para atrás, las claves están en el pasado. El le pone al género esa idea de reconstruir la verdad hacia atrás. Para mí lo policial en la novela es Croce, porque yo la pensé como una novela de personajes, que tuviese una especie de parada épica, algo que me parece escasea en la literatura argentina. Algo que escape un poco al sentido más autobiográfico que tienen ahora las historias. El gesto vanguardista que siempre me acompaña en este caso es haber escrito una novela tradicional. Ahora hay mucha novela que empieza y se diluye, con una marca muy autobiográfica. Siempre me acuerdo de una frase de Néstor Sánchez, un tipo tan querido. Cuando dejó de escribir, buscándole una explicación dijo: Y, se me acabó la épica. Me pareció eso. Me dije: vamos a tratar de escribir algo que exceda la experiencia directa de los personajes.

En Blanco nocturno tienen mucho peso las locaciones, como si estuvieran cuidadosamente elegidas, como en una película. El campo, el pueblo de provincia, la fábrica desmantelada.

–Yo tenía los recuerdos de los veranos en el campo, en mi infancia, en Bolívar. Siempre localizo las historias en lugares en los que viví. Pero descubrí escribiéndola que el pueblo como locación tiene una virtud: a los personajes los podés manejar en un ambiente sin que haya interrupciones, como puede suceder en la ciudad. En la ciudad te perdés. En el pueblo, después te encuentro comiendo en el hotel, o en el club o en los dos o tres lugares que se frecuentan. Eso es interesante como mecanismo narrativo, porque los personajes logran tener una concentración y una unidad sólidas. Cuando nosotros empezamos, me refiero a Briante, Di Paola, Saer, en los primeros años de los ’60, la cuestión que se planteaba mucho, aunque ahora parezca increíble, era que había que escribir novelas de la ciudad, porque las novelas del campo pertenecían a una tradición dominante. Escribir sobre la ciudad era lo moderno, lo nuevo.

Curiosamente casi todos los que mencionás venían de afuera.

–Sí. Miguel lo resolvió rápidamente en sus cuentos, Saer inventó ese lugar intermedio, la zona, entre el interior y la ciudad, y yo lo hice pero tarde. Puse toda esa tradición que siempre me interesó mucho en esta novela. Igualmente nos gustaban mucho Wernicke, Benito Lynch. Estaban cerca. Yo me tomé en serio lo de la ambientación en el campo. Me informé y recordé mi propia experiencia de esos veranos de los doce, trece, catorce años. Por ejemplo, la noche en el campo que es muy especial, el mundo social del club náutico, el hotel. Yo pasaba el verano entero en una casa en Bolívar que era de una hermana de mi padre, hablo de los años ’50, era un campo mucho menos homogéneo que el actual.

El conflicto del campo sucedió en 2008, así que supongo que entonces estabas en pleno proceso de escribir Blanco nocturno. ¿Se cruzaron ahí campo y novela, cómo lo viviste?

–Me dio un impulso complementario porque vi aparecer otra vez el mito. Me dio la sensación de que el mito de los gauchos sabios, de las apariencias de inocencia del campo argentino contra la ciudad, volvían a cobrar vigencia. Lo que hay en la novela son algunos elementos que luego, con el conflicto del campo, se actualizaron. Y en verdad es un tema permanente. Tiene que ver con la propiedad de la tierra, negocios con la tierra. Yo no intenté ser anacrónico, pero digo un poco en broma que esta es mi novela sobre el campo, mi intervención en el debate del conflicto del campo.

EL INCENDIO Y LAS VISPERAS

La novela anterior a Blanco nocturno fue publicada en 1997: Plata quemada significó un éxito enorme por las ventas de la novela ganadora del premio Planeta y luego la película de Marcelo Piñeyro inspirada en la novela, pero también fue la fuente de muchos disgustos para Piglia. Sin ánimo de volver sobre el asunto, como es de público conocimiento se entretejieron varios juicios a su alrededor, de parte de algunos familiares de personajes de la novela (inspirada en hechos reales) y de personas que se sintieron damnificadas por el premio recibido por Piglia. Como si el título de la novela prefigurara algo de lo que pasó alrededor del dinero, el dinero y la literatura.

Piglia reconoce haberse sentido muy afectado, muy tocado por lo que sucedió, aunque no le atribuye la tardanza en terminar de escribir Blanco nocturno, al menos no en forma directa.

–Me afectó. A partir de esa circunstancia fue que yo acepté el trabajo de profesor de Literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton, cuando vi cómo estaba todo. Se cuestionaba en primer lugar que yo había ganado ese dinero, entonces se cuestionaba el derecho de un escritor a presentarse a un concurso para ganar un dinero ligado al premio. Estoy en Princeton desde 1997. Eso me llevó a no escribir de inmediato otra novela. Aprendí mucho sobre la literatura argentina. La conocía, había leído y estudiado sobre cómo funciona la relación éxito-dinero-visibilidad. Flotaba en el aire que ese concurso estaba arreglado. Es probable, ni siquiera discuto eso. Pero si estaba arreglado, hay que hablar con los jurados. Y nadie puso a los jurados en el juego, me metieron a mí.

¿Sacaste alguna conclusión “literaria” sobre lo sucedido?

–A mí me sacó cualquier ilusión acerca de ese objeto de tanto interés como había sido siempre para mí la literatura argentina, la cultura argentina. Me pareció que me encontraba con otras situaciones que les habían pasado a otros escritores de la literatura argentina. Apareció en el terreno de la cultura algo que yo veo como la clave de la política actual: el escándalo define la política de los medios, que inventan escándalos todo el tiempo, como esas falsas peleas del programa de Tinelli. Esa lógica, en ese momento, entró en la cultura. Y también, ya pasó. Ya pasó precisamente porque todo seguía la lógica del escándalo, que siempre va en busca de uno nuevo.

Más allá de tu actividad como crítico, profesor, etcétera. ¿Qué lugar ocupa la ficción en tu vida?

–Estoy siempre interesado en la circulación de las ficciones. No porque yo crea que la realidad es una ficción, o porque crea que no hay punto de verdad o de realidad, para nada. Si tuviera que plantearlo en primera persona, diría que es la idea de la vida posible. En el hecho mismo de escribir el diario que escribo desde hace años, es lo mismo: la ilusión de que uno es otro. Es pensar el como si. ¿Qué hubiera pasado si me bajaba una estación antes del tren? Es imaginarnos en el terreno de lo posible. Ese creo que es el campo personal de la ficción que todos tenemos, no sólo los escritores.

¿Cómo ves la colocación actual de Respiración artificial, una novela que te sigue marcando y singularizando como escritor? Apunto una conjetura: no nació con espíritu de clásico, y casi treinta años después resulta difícil asimilarla a un clásico. No se clasicizó, si existe la palabra.

–En general en la literatura argentina todos los libros se parecen, y es difícil distinguir a un escritor de otro. Cuando apareció Respiración artificial se armó un poco de lío porque la novela sonaba muy rara. Ojalá mantenga ese desajuste que llamás no clásico. Me gustaría que fuera así. En cuanto a Blanco nocturno, es una novela que intenta estar narrada en un estilo épico, como te decía, con héroes, una intriga social y un tono narrativo irónico y estable. Eso por supuesto no quiere decir que sea buena, pero me interesó experimentar en esa línea.

Es notable cierta invisibilidad tuya. Más allá de tus estadías en Princeton, ¿es una postura deliberada no intervenir mucho en los espacios públicos, en los medios, no opinar?

–No creo que para existir haya que estar en los medios, en cierto momento me pareció que era mejor estar afuera de ese circuito. Ahora que volví a aparecer me sorprende que la literatura argentina sigue más o menos igual. Eso quiere decir, si no me equivoco, que el tiempo de la literatura no es el mismo que el de los medios. En cuanto a mis intervenciones en la vida pública, no me gustan los opinadores profesionales, prefiero intervenir con mis libros. Esta por ejemplo –ya lo dije en broma pero también lo digo de verdad– es mi novela sobre el campo.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Calderón o la metáfora del mundo

Considerada una de las piezas más perfectas del teatro universal, "La vida es sueño", de Calderón de la Barca, está siendo revisitada en el San Martín por el director Calixto Bieito. Aquí, una aproximación a la obra del único comediógrafo en lengua castellana comparable con William Shakespeare.

Por: SUSANA VILLALBA

LAS OBRAS de Calderón alcanzaron masividad en su época y duraban varias horas.

Cómo hablar de La vida es sueño sin reducir su complejidad, que concentra las preguntas de la época y el arte barrocos volviéndolas universales: ¿confiar en ciencias esotéricas o en la comprobación empírica?; ¿en el destino o en la propia acción?; ¿tenemos libre albedrío?; ¿se es malo por nacimiento o por entorno y educación?; ¿una imagen tiene su correlato en el cielo o es la máscara del vacío? Epoca en que Copérnico y luego Galileo cuestionan la verdad de lo que percibimos con los sentidos. El sol no gira a nuestro alrededor, como parece, ¿es apariencia engañosa todo aquello en lo que se creía? Por su parte, Descartes pone el origen de lo humano (y su diferencia con la bestia) en el pensamiento. Lutero niega la relación entre el obrar y la salvación divina y rechaza hacer imagen de lo divino en la tierra. Se conocen nuevos continentes, creencias y razas, otras formas de ver el mundo, otros mundos.

En lo político, es el comienzo del fin de un sistema medieval. ¿Se es príncipe sólo por herencia o se sustenta el poder en el pueblo y en obrar con prudencia? Aunque Pedro Calderón de la Barca es monárquico y dramaturgo de la Corte, una interpretación posible es que el príncipe Segismundo se vuelve justo cuando lo corona el pueblo. Cada uno representa su personaje en el teatro del mundo, pero debe asumirlo con responsabilidad. Y eso no es todo, se trata del barroco, el arte de los caminos intrincados, la elipsis, la perspectiva, la metáfora que refleja que todo es imagen de otra cosa, el retruécano ingenioso del hombre que es pensamiento por sobre la emoción. Es el arte de las contraposiciones pero no en equilibrio sino en choque: alma-cuerpo, tierra-cielo, real-ideal, justicia-razón de Estado; cada luz tiene su sombra, cada persona su antagonista, cada cosa su opuesto (el poder es también una prisión, no sólo una gracia). Y todo es remedo de lo verdadero que es (según el enfoque católico de Calderón) lo divino. No hay uno de estos elementos que no encontremos en La vida es sueño.

Más aún: el enfrentamiento entre generaciones, el trato que merece la mujer, el dominio de las pasiones. Y el tema por excelencia del barroco: la fugacidad de la vida y de todo aquello que parecía estable, como el poder. Pero Calderón no promueve el "goza ahora que mañana no se sabe" , tan extendido en aquella España, ante su profunda crisis económica y la caída de lo que había sido un imperio tan extenso que no se ponía el sol en sus dominios; en sus obras discute moralmente con esa opción, hay algo que sí es eterno; y además discute a Lutero: se lo alcanza obrando bien.

En cuanto a la estética de sus puestas, no las conocermos bien como sí sus textos que aún perduran, pero se sabe que Calderón es uno de los precursores de la escenografía moderna y la puesta en escena. La época misma es su metáfora de que el mundo, la pompa, la ganancia ("sueña el rico su riqueza"...) son pura representación. Porque el teatro alcanza una masividad que hasta lo convierte en un buen negocio; ricos, pobres y reyes esperan con ansiedad los momentos más intensos de sus vidas: las representaciones teatrales. Que duraban horas, con entremeses y danzas entre un acto y otro. Ya Lope de Vega había fijado la estructura de tres jornadas (actos), había roto la unidad de tiempo y lugar y hecho numerosos aportes a la dramaturgia, aunque prefería la austeridad en la puesta y un enfoque que se considera más realista. Calderón, en cambio, agrega el barroco mismo: el artilugio y la apariencia en escena.

Una versión artificiosa

La puesta que Calixto Bieito acaba de estrenar, en el Complejo Teatral San Martín, se centra en un gran espejo en el cielo contra la desnudez de la tierra, con algunos pocos elementos claramente artificiosos (un caballito de madera, un tapado de piel en medio de la nada). Y pone el acento en uno de los rasgos principales del barroco y de Calderón: lo tragicómico. La vida es sueño es una tragedia en sentido clásico: dos justicias que se enfrentan, la razón del padre contra la del hijo, la legitimidad de heredar la corona frente al peligro de no saber gobernar. Pero el "goza ahora" epocal está en lo cómico. Por eso Bieito hace del criado Clarín un personaje principal, no es Astolfo el doble de Segismundo en esta versión, y hasta el mismo Segismundo queda apayasado con la nariz y la boca pintadas. Bieito recupera al actor de entonces, que apelaba directamente al espectador y que no era stanislavskiano .

Además, la primera versión que realizó de esta obra fue en inglés, en Edimburgo; la cercanía con la tradición isabelina se habrá sumado a sus investigaciones para concluir que aquel teatro entretenía, el público se divertía e intervenía, sus dramaturgos escribían para la actuación y sin solemnidad, como el mismo Shakespeare señala a través de Hamlet . No es el San Martín una taberna donde el público podría estar tomando cerveza ni un corral (y además Calderón montaba primero sus obras en la Corte), pero en la sala Martín Coronado el público es invitado a relajarse e involucrarse, no sólo porque es reflejado en el gran espejo, también porque se interactúa con él, para lo cual se deja levemente iluminada la sala a través de bombitas que recuerdan al circo. Hoy en día, el mundo más que un teatro es "un circo". La polisemia es otra de las características del barroco y de Calderón.


El otro Fénix

La vida es sueño fue celebrada por el teatro alemán de los románticos, al punto que Hugo von Hofmannsthal escribió una versión. En Latinoamérica, ya se lo interpretaba en México casi paralelamente a haber estrenado el propio autor en su país. Las más recientes visitas a sus textos entre nosotros: Suárez Marzal montó en 1999 La vida es sueño , con Víctor Laplace encabezando el elenco; también el grupo de títeres Libertablas, dirigido por Sergio Rower, realizó una puesta con la voz en off de Luis Rivera López. En 2004, Jorge Lavelli puso en el San Martín La hija del aire y, en 2003, Rubén Szuchmacher montó Casa con dos puertas mala es de guardar , como parte de su espectáculo en dos capítulos, El siglo de oro del peronismo . En España, sin embargo, según cuenta Bieito, no hay tradición de revisitarlo. En la época franquista, seguramente por la costumbre absolutista de que nadie se destaque en particular. Y en el posfranquismo, se habrá visto en Calderón el catolicismo y monarquismo que habían abusado. Lo cierto es que España no había sabido hasta ahora vender a Calderón a la altura de Shakespeare, aunque lo está.

Pedro Calderón de la Barca fue tan prolífico como Lope de Vega: escribió más de 120 comedias, más de setenta autos sacramentales y numerosas zarzuelas y obras menores. Nació en Madrid el 17 de enero de 1600, como inaugurando el Siglo de Oro de España, siglo de su mediodía cultural y su ocaso político. Siglo del Quijote, de poetas como Góngora y Quevedo, narradores como Gracián, dramaturgos como Tirso de Molina, pintores como Velázquez y Zurbarán. Recibió mayor educación que sus hermanos, fue al que se apostó como intelectual, una figura que nacía también con el siglo. Se crió en el ambiente de la Corte de Felipe III, en la que su padre era funcionario; estudió en el Colegio Imperial Jesuita, en la Universidad de Alcalá y en Salamanca. Con apenas 23 años estrenó su primera obra de teatro, Amor, honor y poder , y a los 35 escribió La vida es sueño , considerada una de las más perfectas del teatro universal. En ese año, además, estrenaba El mayor encanto, Amor . Fue cuando Felipe IV lo puso a cargo del Teatro de Palacio y sus hermanos comenzaron una tarea que afortunadamente completaron: la recopilación y publicación de sus obras.

Fue época de guerras entre esa España aún medieval, hundiéndose por el peso de su propio oro que sí sabían aprovechar los incipientes bancos de otros países, iniciando la era capitalista. Calderón eligió participar en las batallas contra países limítrofes, algunos de los cuales eran entonces provincias españolas, a pesar de que el mismo rey prefería excusarlo para preservar su talento. De todos modos, se desilusionó rápidamente del ambiente militarista. Como más tarde se desilusionó de la decadencia de la Corte. A los 50 años renunció a su puesto en el Palacio y tomó el hábito de la Orden Tercera de San Francisco, aunque años después no pudo evitar ser nombrado capellán de la Corte. Si bien se ha dicho que ordenarse sacerdote era un refugio habitual de escritores, a veces económico, otras político o social, en el caso de Calderón su convicción puede leerse en sus obras. También su imperativo moral: La vida es sueño no concluye con el final feliz sino con el final correcto: sobreponerse a sus pasiones es el mayor triunfo de Segismundo, por lo cual no se casa con la mujer que ama e incluso castiga a un soldado que le fue leal por haber sido desleal al rey; el cómico paga por su despreocupación y labilidad moral como por suponer que puede burlar a la muerte, o sea, a los designios de Dios.
Calderón murió en 1681, sin descendencia; el único hijo que tuvo en su juventud y sin casarse, murió siendo niño.




Una "Matrix" neobarroca

Calixto Bieito dirige el Teatre Romea de Barcelona, director y coproductor (con Iberescena y el CCEBA) de la versión en cartel de "La vida es sueño". Actualmente es uno de los más reconocidos directores internacionales, tanto por sus puestas de óperas ("Don Giovanni", "Carmen"), como de clásicos ("Macbeth").¿Su puesta dialoga con otras de sus contemporáneos? ¿Hay en España una tradición de revisitar a Calderón, como en Inglaterra a Shakespeare?

O como a Schiller en Alemania, Ibsen en Escandinavia, no, no hay esa frecuentación. Quién sabe si se había repensado "La vida es sueño" desde Calderón, tampoco Lope. Lorca comenzó un camino con una versión proletaria de "Fuenteovejuna", con mamelucos de trabajo, un camino que fue interrumpido por Franco. Luego, cuando he dicho que "La vida es sueño" me parece más acabada que Hamlet, me criticaron, no en Inglaterra sino en España

-De hecho, esta puesta la hizo primero en inglés...

Sí, en Edimburgo, en 1998, y luego la llevé a Londres, Nueva York, luego la hicimos en castellano en España y ahora aquí. No es que yo fuera prejuicioso antes, pero me abrió aún más la mente tener actores con distintos acentos, Basilio era el actor negro del "Mahabarata", Segismundo era un blanco con fuerte acento escocés. Mi próximo Calderón es en Alemania.

¿Qué estética eligió para su puesta?

Para que fuera naturalista hoy, habría que hacer una dramaturgia. Tampoco le cuadra una puesta romántica. La obra tiene suspenso, rabia, poesía; pensé en términos neobarrocos y también abrevé en un expresionismo español que me interesa mucho, que creo que va desde Goya a Valle Inclán y luego a Buñuel. Sobre todo, descubrí que Calderón escribía para los actores, para que seduzcan al público y que el público disfrute. Los párrafos filosóficos no tienen por qué ser lentos porque sean reflexivos, es una obra de aventuras filosófica. Así la encaré y es otra de las cosas en que me ayudó comenzar en Edimburgo, los actores ingleses hablan muy rápido.

¿Qué sería barroco hoy? ¿qué pone vigente la obra?

La fragilidad de la existencia es universal. Además, "Matrix" podría ser una versión de "La vida es sueño", ese viaje hasta descubrir que el mundo es una gran ficción.

¿Hizo cortes al texto?

No, mezclé a la versión madrileña, que Calderón escribió para la imprenta, la de Zaragoza, bastante desconocida, más irreverente, existencial, nihilista. Y no se asusten que, como es tan ágil, no llega a durar ni siquiera dos horas.

jueves, 29 de julio de 2010

Una lectura de las definiciones de modernidad y posmodernidad.

Categorías para pensar una época

Periodizar la historia cultural de una sociedad implica trabajar con convenciones establecidas, discutidas y reescritas.

Por: Marcelo Pisarro


CUESTION DE ESTILO. Modernismo y posmodernismo son, para el autor, conceptos que dependen de una cuestión de estilo.

La discusión se extendió durante años, y mientras duró, hubo un momento en que pareció que nunca acabaría, que todos los días emergería una nueva voz ofreciendo su opinión o sus obras o sólo material para que otros tomaran partido, para que dictaran sus posiciones, para que adoctrinaran sus berrinches, para que ganaran dinero y prestigio apuntalando aquello a lo que decían oponerse. Y durante todo ese tiempo se escribieron libros, publicaron artículos, organizaron seminarios, concedieron entrevistas.

Se desconoce cuál fue el resultado de esta rencilla intelectual (en el caso de que las rencillas intelectuales tengan resultados), disputada en todo el planeta y en innumerables ámbitos socio-profesionales, aunque puede suponerse que simplemente se agotó: los espectadores se aburrieron y cambiaron de canal en busca de mejores debates.

El interrogante que articulaba la disputa era: ¿Existe la posmodernidad? Para algunos estaba clarísimo, otros albergaban sus dudas, unos cuantos retrataban el debate desde una hipotética posición externa y muchos más retrataban a quienes estaban retratando el debate desde una hipotética posición externa. Cuatro sólidas décadas o casi de producción cultural explícita sobre el tema dejaron una bibliografía en principio extensa. Enumerarla didácticamente es prescindible; para eso están disponibles los varios trabajos que documentan las documentaciones sobre los documentos del debate.

La mejor manera de establecer una posición en la agotada polémica es ofreciendo un pasaje de Cuidado, un cuento de Raymond Carver: "Vio a la anciana tumbada de espaldas en la alfombra. Parecía dormida. Entonces se le ocurrió que podía estar muerta. Pero la televisión estaba puesta y prefirió pensar que estaba dormida".

Y si no quedara del todo claro, seguir con otro pasaje de Trainspotting, la novela de 1993 de Irvine Welsh: "Spud ­si en realidad es él el capullo­ sigue sin decir nada. Podría estar muerto, pero probablemente no, porque creo que tiene los ojos abiertos. Pero eso no significa una puta mierda".

Discutir si existe o no la posmodernidad, si la modernidad está muerta o sólo dormida, no es ­por emplear una expresión del historiador Eric Hobsbawm en Industria e imperio­ otra cosa que dar vueltas sobre el modo de volver el pájaro a la jaula. El pájaro ya ha volado bien lejos. Cuando se levanta la vista del discurso público donde otros han trazado sus conjeturas aisladas, donde han entablado sus conexiones y ratificado sus berrinches, es fácil encontrarse con que ni siquiera hay pájaro.

El pájaro, digámoslo así, es una propiedad de los enunciados.

Modernidad, posmodernidad, modernismo, posmodernismo.

Por tradición, el error más craso de muchas corrientes teóricas marxistas ha sido considerar que sus conceptos-comodines son entidades sustanciales, materiales, realidades hasta cierto punto palpables (la expresión es de Pierre Bourdieu). Aunque se ha repetido hasta el hartazgo que "las clases no existen como entidades separadas, que miran en derredor, encuentran una clase enemiga y empiezan luego a luchar", como bien explicó el historiador E. P.

Thompson en Tradición, revuelta y conciencia de clase, todavía persiste una inclinación a imaginarse que las clases (el proletariado, la burguesía, los capitalistas) surgen por combustión espontánea del sistema fabril, que existe "una fuerza externa ­la 'Revolución industrial'­ que opera sobre alguna materia prima de la humanidad, indeterminada y uniforme, y la transforma" (siguiendo con Thompson, ahora en La formación histórica de la clase obrera inglesa). Muchos teóricos marxistas, al menos los peores entre ellos, salen a la calle y ven clases sociales de la misma manera en que el resto observa nubes, edificios y árboles.


Categoría comodín

Esta operación cognoscitiva ­convertir las categorías conceptuales en realidades hasta cierto punto palpables­ no es exclusiva del marxismo. Los conceptos de modernidad y posmodernidad, más que como construcciones analíticas que sistematizan una amplia gama de artefactos, procesos y relaciones, parecen ser considerados con recurrente frecuencia como fuerzas externas que operan sobre la materia prima humana tras surgir por combustión espontánea, encontrarse y comenzar a luchar por el sentido de la vida.

Los enterados, que a esta altura son legión, dan por sentado que existe un arte posmoderno, un mercado posmoderno, ciudades posmodernas, modas posmodernas, actitudes posmodernas, relaciones sociales posmodernas.

Está en la televisión y en las revistas; los alumnos universitarios la mencionan en sus monografías y los funcionarios públicos la citan como variable a tener en cuenta en las condiciones de vida actuales.

Al igual que las nubes, los árboles y los edificios para el grueso de las personas, o que las clases sociales para los marxistas menos lúcidos, la posmodernidad se convirtió en una realidad hasta cierto punto palpable para cualquiera que haya estado atento al noticiero del mediodía. Si un automóvil costosísimo está pintado como si hubiese sido hecho a pedido de un circo, es a causa de la posmodernidad; si en un vagón de tren la mitad de los pasajeros van conversando, ninguno entre
sí, todos mediante teléfonos celulares, ya saben a quién culpar. La posmodernidad está en el aire. No se puede mirar hacia ningún lado sin respirar posmodernidad.

De cualquier manera, parafraseando al antropólogo Claude Lévi-Strauss, siguen siendo buenas categorías para pensar. En tanto conceptos periodizadores, "modernidad" y "posmodernidad" otorgan una plantilla sistemática a un número de fenómenos que tienen lugar en determinado espacio y tiempo, en determinado momento histórico, y que responden a determinadas condiciones de producción y de reconocimiento.

Estos fenómenos ­las relaciones que guardan entre sí, y con la totalidad de la que constituyen sus fragmentos­ admiten cierta unidad lógica, cierta coherencia que nuestra historia cultural ha legitimado; que vuelve, a estos fenómenos, inteligibles como conjunto, y es justamente este marco de inteligibilidad lo que "modernidad" y "posmodernidad" vienen a expresar. En tanto conceptos periodizadores, pues, su misma pertinencia está edificada sobre un efecto de correlación y oposición: cada uno se define y redefine en contraposición con el otro.

"Modernismo" y "posmodernismo" son conceptos de distinta índole; más que periodizadores, que no dejan de serlo, son conceptos estilísticos, modos de hacer.

Atraviesan la producción cultural de época como rasgo más o menos percibido, como marca restrictiva que genera discursos discernibles entre sí, discursos que pueden pertenecer a diferentes géneros o soportes, pero plausibles de ser agrupados en conjuntos diacrónicos estilísticamente coherentes a causa de una unidad de producción en común ("surrealistas" son las pinturas de Max Ernst, los manifiestos de André Breton, los poemas de Tristan Tzara, las películas de Luis Buñuel, la etnografía de Michel Leiris o Victor Segalen; el surrealismo no es un género, es un estilo, un "modo de hacer", y por eso puede encontrárselo en objetos culturales de diferentes géneros y soportes).

Estas clasificaciones conceptuales son acuerdos aceptados de época, convenciones menos o más estables que posibilitan un lenguaje en común para todos los participantes de la conversación y que establecen reglas para cualquier posible comunicación. No son categorías rígidas donde los fenómenos se amontonan como cachivaches a la espera de una interpretación, donde los compartimientos están tajantemente separados unos de otros.

El método de recortar-y-pegar que sigue asociándose al dadaísmo, por ejemplo, es una técnica característica del estilo posmodernista (puede encontrársela en fanzines punk, en publicidad, panfletos políticos, en el concepto mismo de un canal de televisión como MTV), y sin embargo, el dadaísmo es un movimiento modernista por excelencia. Las contradicciones temporales y estéticas saltan a la vista, o podrían hacerlo, si no se tuviesen en cuenta las propiedades mismas de los conceptos periodizadores que engloban, y presuponen ante los ojos del analista, estas prácticas.

Es ridículo sostener seriamente, o considerarlo más que una ironía o un juicio de valor, que la posmodernidad comenzó el 15 de julio de 1972 a las 15:32 horas, como señaló el arquitecto Charles Jencks, a propósito de la demolición final del Pruitt-Igoe, un complejo habitacional que encarnaba lo peor de la arquitectura moderna. Tomar esa afirmación de modo literal implicaría creer que la historia es "una línea de autobuses en la que el vehículo cambia a todos los pasajeros y al conductor cuando llega a la última parada", como escribió Hobsbawm en La era del imperio; o que sí, que experimentamos una "aceleración de la historia", como subrayó el antropólogo Marc Augé y otro medio millón de observadores, y que "cada mes, casi cada día vivimos acontecimientos 'históricos' de suerte que la frontera entre historia y actualidad se hace cada día más imprecisa".

Aún así, es inevitable marcar ­como convención, tan arbitraria como cualquier otra convención­ una disociación entre dos patrones de inteligibilidad a priori incompatibles, o por lo menos semánticamente diferentes; entre dos segmentos cuyos puntos pertenecen a semirrectas opuestas con un extremo en común.

Es en esos millares y millares de libros y artículos (como éste: señalar el juego no lo coloca fuera del mismo) que se han escrito al respecto donde la convención metodológica quedó establecida, aunque más no haya sido por reiteración y recurrencia conceptual, que es el procedimiento que tiene el género para condicionar y fijar el corpus subsiguiente.


Genealogía cultural

Modernidad y posmodernidad, entonces, más que como conceptos periodizadores históricos, deben tratarse y emplearse como conceptos de periodización cultural. Es probable que las fechas no coincidan con la categoría, o que la categoría deba adaptarse a cada nuevo fenómeno que se pretenda abarcar. No sería un inconveniente. La hipótesis es que lo que una categoría de periodización cultural organiza no es un hecho histórico sino un cronotopo, aunque se lo trate como si fuese palimpsesto o sinécdoque. Organiza discursos, configuraciones espaciotemporales de sentido.

Expresa una afinidad, correspondencia o conexión entre eventos culturales separados en el tiempo y en el espacio. Está dando a entender, inicialmente, una relación que nuestra tradición cultural ha legitimado. Un modelo explicativo, una categoría de periodización cultural, funciona de esa manera: estrechando relaciones entre fragmentos y encontrando una manera para que estos fragmentos, y estas relaciones, sean capaces de contar una historia en común, sean capaces de decirnos algo sobre alguna cosa.

Dibujar un árbol genealógico de la cultura tiene siempre algo de ilegítimo. Estrechar relaciones y oír su historia no es sólo proyectar una nueva convención; es más bien moverse entre viejas convenciones, desarmarlas y reacomodarlas en base a nuevas reglas de juego. Periodizar la historia cultural de un pueblo, una sociedad, una nación, una familia, un individuo o una civilización entera supone el intento de hacer malabarismos con trozos de convenciones establecidas y discutidas, atacadas y defendidas, con la manera en que esas convenciones han sido reescritas con cada nueva manifestación cultural.

Un poco a la manera del bricoleur de Lévi-Strauss, que cons- truye nuevas estructuras con los vestigios de viejos acontecimientos; o como la "arqueología del presente" que Paul Auster le endilgó a alguna desquiciada en alguna de sus novelas: "Un intento de reconstruir la esencia de algo partiendo únicamente de mínimos fragmentos: un trozo de un billete, una media rasgada, una mancha de sangre en el cuello de una camisa".

A propósito de los conceptos de denotación y connotación, el filósofo Jean Baudrillard observó a comienzos de la década de 1970 que esa dicotomía siempre había sido una quimera, un desastre epistemológico. "La denotación ­escribió Baudrillard­ no es nunca otra cosa que la más bella de las connotaciones".

También los conceptos de modernidad, posmodernidad, modernismo y posmodernismo están hechos de connotaciones.

Es trabajo del analista elegir la más bella entre ellas. Pues siguen siendo todavía, a falta de otras más precisas, buenas categorías para pensar.

Diana Bellessi, poeta

Dice que le gustaría que sus poemas fueran completamente claros, pero que lo que de verdad anhela es llegar al corazón de sus lectores. De sus propios recuerdos, gustos y sentimientos, habla a fondo aquí la escritora santafesina, muchas veces premiada y dueña de una obra tan interesante como fecunda.

Diana Bellessi, poeta

Por Rodolfo Braceli
Para LA NACION - Buenos Aires, 2010

Nuevamente, ¿qué es poesía? O, para decirlo urgente: ¿qué es poesía? ¡Pánica pregunta! Más fácil sería averiguar el dedondevenimos y adondevamos. Pero atrevámonos: ¿poesía es la sed hasta las últimas primeras consecuencias? ¿Es el verbo sin retorno, arrojándose sin red? ¿Es el marinero que quiebra adrede el eje de la brújula? ¿O, en una de ésas, es el perro que muerde la mano del amo -llorando el perro-? Por favor, ¿qué es, qués poesía? ¿Será la desesperación entusiasmada? ¿O tal vez el pensamiento menos pensado? Con estos interrogantes en la mollera llego a la casa de Diana Bellessi. Sembrado llego por la lectura de su reciente Tener lo que se tiene (Adriana Hidalgo). Y con el propósito, paradójico, de averiguar en qué consiste "ser Bellessi" sin incurrir en estas preguntas.

Ella me abre la puerta. Un largo pasillo, se adelanta. A ver, ¿cómo camina Bellessi?, ¿como una poeta temeraria capaz de tejer catorce sonetos endecasílabos sin rima? Tiene el andar de alguien que sabe de intemperies. Singular, gracioso, porque mueve sus hombros, anticipándolos a sus pasos. Caminar de compadrita, ¿acentuado por la timidez del encuentro? Su nuca está escuchando mi mirada, ¿por eso la timidez?

Sanguchitos, masas, yerba y agua a punto, habrá mate enseguida. Entre las naderías después del saludo nuevo ella ríe, tres, siete veces. En adelante indicaré su risa con un simple jaaaa, para no tropezarle de paréntesis el camino al lector. ¿Cómo definir esa risa-tos? Es un cordial revoltijo bronquial. Pero téngase presente: le marcará el compás a su sintaxis. Esa risa y el incesante cigarrillo.

Me miran desde un retrato una mujer y un hombre mayores: ella inclina su cabeza sobre el hombro de él.

-Mi mamá y mi papá, siempre tan enamorados...

-¿Tenían que ver con la literatura?

-Nada. Me crié en una familia ampliada con tíos, abuelos y trabajadores golondrina en una chacra de la pampa húmeda santafesina; ahora es pura soja. Familia de italianos, inquilinos, no dueños de la tierra. Por el hambre emigraron. Aquí tuvieron hijos, pero nunca una tierrita propia.

-¿Y tu relación con los libros?

-Nada. Pedro, el tío menor, el único que sabía leer, leía las cartas que venían de Italia. Mi papá, apenas tercer grado y mi mamá, la primaria sin terminar.

-Si te vieras la cara, te salió el sol.

-Es que estoy recordando una cosa bonita, con orgullo... cuando yo era chiquitita mi vieja fue a Santa Fe a rendir para terminar la primaria, y me llevó, y mi papá la acompañó. Tengo fotitos con palomas en una plaza, y mi mamá orgullosa con su diploma. Una vez por semana caía el diario en mi casa, y El Tony y D´Artagnan , mis primeros tesoros. Ellos me impulsaron a leer, a salir de la clase a la que pertenecía? bah, nunca salí de todo. Pero fui la primera en mi familia en ir a la secundaria. Cuando subió el onganiato quitó la protección del peronismo para los inquilinos. Toda mi familia se quedó con el culo al aire. Mi viejo salió a ganarse la vida como podía. Poquito después yo entré a la universidad, estatal. A mi mamá modista la recuerdo en largas noches cosiendo a la luz de la velita... la Singer... Mis viejos hasta me mandaron a estudiar piano como una niñita de clase pudiente. La pasé mal con las chicas ricas, me hacían el vacío.

-Ahora se te nubló la cara.

-Ahí adquirí un resentimiento de clase, fuerte. Me acompaña hasta hoy... y me hace acordar de dónde vengo... A propósito, fui a la Universidad del Litoral y estudié filosofía; fijate, sentí que letras lo podía hacer solita.

-¿En qué momento empezás a deletrear el mundo?

-Tempranito yo escribía versos. Me gustaba la hora de composición, con esas maestras rurales increíbles que iban con vos de segundo grado a sexto. Honro a doña Claribel Mastroberardino. Ella me enseñó el camino a la pequeña biblioteca. Pero ¿me habías preguntado?

-Tu nacimiento de poeta.

-A los 13. Me decía: ¡yo soy poeta! ¿Entendés? Ah, la mami a los 12 me dijo: "¿Qué querés ser?" "Escritora y actriz." Yo tengo como el recuerdo de un momento de intemperie cuando ella me dijo: "Pero hija, eso no es pa´ nosotros". Pero fue a contarle a Claribel; ella le preguntó a un profesor de literatura y le respondió: "Lo que tiene que hacer Diana es la secundaria".

-¿Te recordás en el acto de aprender a leer?

-No, me acuerdo de otro flash... todavía no iba a la escuela, en la chacra atardecía, pasaba un tren allá lejos, y yo sentí algo... como decía el maestro Juanele: la intemperie sin fin del mundo. Estaba al lado de una chata de maíz, ¿viste los parantes?, tenía unas pinturitas y dibujé un trencito naranja. Ése es el primer verso que escribí...

-Estás recordando "el día cuando" empezaste "a recordar los días".

-Lo que sentí dibujando aquel trencito era lo que he sentido toda la vida, que es que me quiero quedar me quiero ir me quiero quedar me... Me quiero ir en el sentido de conocer, de andar por ahí. Pero ahora ya sólo me quiero quedar.

-¿Quedarte significa cansancio, falta de sed?

-Quedarse es tan hondo como irse. Cuando me quería ir vivía en un mundo donde irse era algo remoto...

-Como ser escritor o poeta.

-Igual, igual... El papá, con su mansedumbre melancólica, y la mamá, con su gesto apasionado, también querían ampliar el mundo y me empujaron a que lo hiciera.

-Ignorantes, y tan sabios.

-Sí, es que ignorancia, nanai. Más rememoro mi infancia y más sabiduría encuentro. Si en la adolescencia me sentí desligada de mi clase, fue consecuencia de esa migración mía. Pero pronto hice un retorno interior. Sentí que las cosas fundamentales ¡ya estaban ahí! En la secundaria era una rara no sólo porque escribía versitos. Para no ser la tímida me convertí en la mala, peleaba con los profesores... pero ahí encontré gente que también me acompañó, ¿no? Desde mi querido hermano, el pintor Oscar Gabriel Martínez, hasta profesores que me pasaban libros. Y justito, me acuerdo: en segundo año, haciendo cola para el comedorcito, un profesor me toca el hombro: "¿Así que vo ecribí?" "Sí." "¿Y leíste los románticos alemanes?" "No." "Bueno, leélos eh." Y salí disparada y me topé con los románticos ingleses, y alemanes... Él profesor era uno de los poetas que más quiero, admiro, Aldo Oliva, de Rosario. Un maestro de café para mí.

-Claribel, Aldo... te fuiste buscando, te fuiste encontrando.

-Es más lo que te viene por donación que lo que vos buscás.

-Pero estabas a disposición de los milagros.

-Divino, precioso eso. Sí, sí.

-¿Fecha de tu primer nacimiento?

-En 1946, el 11 de febrero. No quiero hacer historieta pero soy hija del peronismo emergente... Nací con comadrona: pleno mediodía, atareadamente mi papá calentaba el agua. Fui la primera hija, deseada, querida.

-Otra vez sol en tu cara.

-Algo que ahora recuerdo... yo me crié con velas y faroles de querosén... Un día volvía de la escuela a la tardecita y mi mamá me esperaba en la puerta: "¡Mirá!" Hizo clic ¡y luz eléctrica por primera vez! Jaaaa... Por supuesto que los techos de nuestro ranchito eran un colador... En invierno nos bañábamos en un fuentón, con una regadera colgando con agua tibia.

-¿Algún olor sella esos recuerdos?

-Divina pregunta... ¡es el olor de las sandías! Mi abuelo tenía una huerta y mi mamá, limpiada la cocina, decía: "¡A buscar una buena sandía y a comerla!" Las rompíamos contra una piedra y le comíamos el corazón, así, ensuciándonos la cara... ahhh, ese olooor maravilloso.

-Un olor con color.

-¿Te hablo mucho? Es que me preguntás cosas que... Y sigo con otro recuerdo sagrado: un día mi madre me alzó de la cama y me sacó al patio de tierra: "Te voy a mostrar, esto es la primavera... Mirá qué lindo el olor de las flores de paraíso..." Creo que ahí nació la poesía.

-Tu segundo nacimiento.

-¡Nacimiento sin dolor de parto!

-¿Y el color de aquellos años?

-Ah, sí... a veces me dan vergüenza mis versitos, aparece mucho la palabra oro. Nada que ver con el oro de Lugones, ¿eh? Es como la reverberación de la luz en el campo, entre las hojitas, entre las nubes, oro y plata, el color como luz...

-...espumita del aire...

-...donde se hacen nítidas las cosas...

-Hablemos de las comidas.

-Disfruto comer. Me gusta hacer de comer. Las pastas me salen. Como buena tana.

-A ver, un tuco de los tuyos.

-Según lo que haiga en la cocina. Pasé por varias escuelas, la de la infancia es la más exigente; mi mamá, Elda Paván, gran cocinera. Ese tuco es con un buen estofado. Fijate que la cebollita esté a punto de dorarse, ponele la carnecita, agregale pimiento rojo, rallale un poquito de zanahoria que equilibra los gustos. El tomate, que sea natural, pimentear bien, especias, un poquito de ají molido... Bueno, después de este básico aprendí a hacer salsitas de los lugares por donde vagabundeé. Día por medio me hago una pastita yo, con tomate y ajo por ejemplo. Pero las hago incluso con repollo saltado, brócoli... Y siempre me queda rica. Dicen. Para el arroz tengo la escuela latinoamericana. Ah, y sé hacer buenos asados. Me enseñó un grande, mi papá.

-Vamos al secreto de tu asado.

-Paciencia y obsesión... Como escribir versos, jaaaa... ¡y disfrute!

-Arrimándole brasitas a la famosa página en blanco... Contame de tu condición de caminante.

-Yo era mochilera, me subía a los camiones, seguía en trenes, en autos. Así hice un viaje como de seis años, tenía 24. Llegué a Chile, me encontré con la campaña de alfabetización de Salvador Allende, me quedé un tiempo ahí y seguí, agarré los Andes por el Pacífico y no paré. Hice todo tipo de trabajos: obrera metalúrgica, ayudante de pintor, hasta contrabandear jaaaa...

-Qué bonito.

-... pilas Eveready, calzoncillos, el pequeño contrabando del "¿querés pasar con nosotros? Te forramos y pasás". Fui lavacopas, tiré la manga. En Ecuador conocí unos amigos geniales en eso. Pero nunca pude sola. La clave según ellos era ir a los profesionales con el cuento de "somos estudiantes argentinos". Los más generosos eran los arquitectos, seguían los abogados y los peores eran los contadores jaaaa... Cambiaba versitos por un sándwich. En Bogotá estuve una semana a café con leche. Ya vomitaba cuando sentía el olor, hasta que me dieron sopa de frijoles, ¡un banquete!... Ya en Perú, fui freelancera de El Expreso expropiado por los milicos progresistas del 70 y en México laburé para muchas publicaciones.

-Cerca del hambre estuviste.

-¡Uy sí! Cuando te duele el estómago de hambre es horrible. Pero hay una diferencia: estaba segura de que al día siguiente iba a comer. Que no es lo mismo que el hambre del que no sabe si al día siguiente va a comer. Además, ¡siempre se podía volver!... Recuerdo en Nueva York, yo paraba en el departamento de Jerome Badanes, novelista de culto, activista. No tenían plata para la celebración del pavo y me fui al supermercado y agarré una bandeja con el más grande y salí derechita, nadie me paró. ¡Y comimos pavo! ¡Y me convertí en una leyenda!

-De tiradora de manga a audaz afanadora.

-Ah no, pero eso es otra cosa: es expropiar, es más como los bandoleros anarquistas, viste.

("Che, ¿no te cansé, Rodolfo?", me dice, mientras hilvana un cigarrillo con otro. Su perra, Talita, nos mira muy quieta, economizando pulsaciones. Diana me pesca mironeando unos patines de aquéllos...)

-Entre las cosas a que me impulsaba mi mamá están esos patines, me los compró y me mandó con las chicas con plata a la Sociedad Italiana... Los tengo ahí para recordarme algunas cosas.

-¿Cómo es tu relación con tus pies?

-Me gusta muchísimo caminar. Le tengo cariño a esta casa, pero mi verdadera casa es mi ranchito del Delta. Allí pasé los años de la dictadura, allí paso los veranos enteros... Me gusta andar en pata, y siempre voy con la perra.

-Estábamos hablando de Diana vagabunda.

-Para mí viajar es afrontar ciertos momentos, mientras más salvajes las carreteras, más intensos... Un camión para, subís y avanzás con el sol golpeando en contra, ¡eso es para mí viajar! A dónde, no importa. Cuándo llego, tampoco. A qué voy, no sé.

-Viajar es como vivir.

-Como vivir. Y cuando tengo nostalgia es de eso, no de los viajes que hago ahora, uno los disfruta pero son con invitación y pasaje. Ahora estoy vieja y quiero más cuidado.

-Tus miedos, según pasan los años, ¿cuáles son?

-Mmm... seguramente que le tengo miedo a lo desconocido, y a la muerte, lo gran desconocido. A la partida de los seres que amo...

-¿Tenés a tu papá y a tu mamá vivos?

-Se murieron los dos.... Los tenía muy cerca del corazón, iba con frecuencia a visitarlos... Sí, le tengo miedo a la muerte, bueno, no sé, porque mucho no me la creo que me vaya a pasar. Pero ¿y si me pasara? Miedo tengo a no despertarme con alegría una mañana porque hay un día más pa´ vivir, viste.

-Diana, en un poema decís "si dejo la poesía agarro una escopeta"...

-Jaaa, es que de joven sentía que la vida estaba en otra parte. Ahora creo que la vida está en las rutinas más invisibles, abrir la ventana, preparar el mate, la perra que viene. La grandeza está ahí. Aunque a veces también siento que lo que vale es salir a la calle y cambiar el mundo ¡ya!... O veo una pareja besándose arriba de una moto y digo ¡ahí, ahí está la vida! Pero yo también he tenido esos momentos ¡qué me ando quejando!

-¿El pensamiento de la muerte te saca del vivir?

-El tema me viene asociado con el del sentido de la vida. ¿Por qué existe lo que existe? En esta escuelita maravillosa de la vida soy una hormiga invisible, yo y las grandes estrellas, todo, percibo, debe de tener un sentido. El miedo o la pena (más pena que miedo) es que nos salimos del concierto a cada rato... ¿Viste que lo viviente es como un concierto? Cuando miro fijo, me parece que todos están dentro del concierto, pero nosotros nos salimos. Estamos preocupados por si hay vida después de la muerte, por lo que pensará el otro, por el miedo a vivir abajo del puente... Constantemente nos salimos del concierto, de la belleza de la vida.

-Salirse, una manera de no vivir.

-Como cuando hay un día de sol maravilloso y vos decís "estuve metida entre cuatro paredes", ¡mirá, mirá los yuyos y los pajaritos y las plantas! En esos momentos siento no ser digna de la vida. Y me gustaría decirle: sí, ya está bien.

-Ese "está bien", ¿algo que ver con el suicidio?

-Me resulta completamente ajeno el suicidio. No tengo el dedo moral ahí y creo que todo el mundo tiene ese derecho.

-En algún poema aludís al "estrago de la distancia y de los días". La vejez, la humillación de los días, hacia adelante, ¿te preocupa?

-No la siento, todavía no. Siento el agradecimiento sin fin por estar viva... Mirá, yo la vi a mi mamá hasta el final en su camita de hospital, con sus 81. Antes de eso, ella se levantaba con gestos de dolor físico y salía pa´ afuera... "A ver hija -me decía- vamo a tomar un matecito y a mirar el jardincito. Yo ya no quiero más nada, sólo un poco más de esta belleza..."

(Silencio quieto. Diana sonríe desde sus ojos. Al mate lo rodea con las manos, como un cáliz...)

-...Tuvo un aneurisma en la aorta, con mi hermana le hablamos de hacer una cirugía. Hizo un silencio y nos dijo: "¿No hay otra opción? Bueno, hagamos la cirugía". Me quedé con ella hasta que la empezaron a preparar, y de pronto, mirando sus manitos, dijo: "¿De qué tengo miedo? De qué, si tuve una vida larga y hermosa". Así nos despedimos.

-Irse así es confortante. Pero muchas veces sucede que la última línea del último párrafo de la última página está atravesada por la humillación de la vejez y del dolor. Sin alejarnos de esas sombras, veamos un poco tu religiosidad.

-Tuve una niñez con una especie de cristianismo heterodoxo, con padres que te llevaban una o dos veces al año a la misa, a la comunión...

-Como para cumplir.

-Claro, bien, cumplían... sin demasiada devoción, pero con una cosa cariñosa, como si entendieran la Navidad y la Pascua. Pero mirá, acá, todos los años cuando se acerca el Día de la Virgen, voy por mis figuritas de yeso, prendo una velita... siempre me dio una ternurita eso del nacimiento. Eso hago, aunque he tenido mi pelea con la Iglesia y con todo lo que significa. Lo que nunca entendí fue la Pascua, la Pasión digamos. Me emocionaba pero la rechazaba. La muerte de mi viejo me hizo entender el largo calvario que está al final, para todos... Creí entender. Te lo digo y ya no sé si entiendo, porque viste que comprender es un sentimiento que cuando lo enunciás...

-Un relámpago.

-Y se te va y chau, ¿no? Pero ahí con el final de mi papá, sentí y dije: "Ah, era esto, al final hay esto, el calvario, el Gólgota de la enfermedad, el denigramiento, la intemperie... y te vas tan solo, papá".

-Así amasaste tu religiosidad.

-Sí, un día voy a la sinagoga, otro a la mezquita y otro hago meditación budista y otro voy a la iglesia... jaaaa, soy una excursionista. Hay mitos que tienen algo hermoso y algo atroz también. Suelo ir para la misa de resurrección: la iglesia cubierta de cortinas, luces apagadas, entra el cirio pascual y prendemos nuestra velita y la iglesia entera se ilumina y hay chispas, muchas. Y yo lloro. Por el cuerpo presente, como diría Ernesto Cardenal, de los seres que estamos ahí y que por un instante nos abrazamos. Como en las manifestaciones políticas, de pronto, como hermanitos, ¿no?

-Me quedó zumbando, qué sentido le damos a esa humillación sin retorno.

-Hay que ser un cordero... Yo creo que ha de venir algo... Pero no tengo certeza y fe en la vida después de la vida.

-Pero algo suponés.

-Supongo que hay un momento en que el dolor cesa, la hermana muerte llega y te lleva en sus brazos como tu mamá cuando naciste. Tiene que haber algo que lave el dolor, los errores, todo. Me gusta pensar que es así. Aunque es muy probable que no me toque ésa, ¿me entendés? Porque por lo general no te toca lo que más deseás. El resto... velatorios, la carne que se corrompe. Nosotros metemos los cuerpos en cofres; en cambio, la naturaleza los deja caer, los asimila al suelo para que alimente y transforme. En ella no hay suciedad, no hay asco. Pero te cuento: igual yo...

-¿Igual vos?...?

-...vestí a mi mamá y a mi papá cuando se murieron. Y lo hice porque me daba ¡tanto miedo! Y dije: un rito antiguo debe ser el correcto, y si yo atravieso este miedo, algo bueno va a haber detrás. Sí, cambiarles la ropita para el velatorio de pueblo, el cajón abierto, tocarlos... Una manera de acompañarlos hasta el fin, ¿no?

-¿Tu padre tuvo un final tan luminoso como tu mamá?

-Pobre, no le dieron la oportunidad, murió entubado, en esa máquina picadora que es la institución hospitalaria. Que hace todo tipo de cosas cuando te tienen que decir "llévenlo a casa, basta".

-Te propongo desquite, recordá alguna frase viva de tu papá.

-¡Uy, muchas! Pero te digo una: cuando aparecía una luciérnaga, la primera que veía, él decía: "¡Lucelle, ya viene el trigo!". Era muy bonito mi papá, sabía mucho de pájaros y de caballos y de plantas. Era precioso hablar con él. Cuando rompía el silencio, porque también era dueño de grandes silencios.

-Como la hija, Diana, en su poesía.

-¡Pero vos me estás haciendo hablar como una cotorrita!

-En tu habla y en tus poemas te animás a la ternura y a los diminutivos, que no tienen prestigio literario.

-Ah, sin duda, uno siempre está acusado de ser un sentimental al borde del abismo. Los diminutivos son como la dulzura andina que va bajando y llega hasta el Atlántico.

-Mirás mi bolso, curiosa... Traigo tu Tener lo que se tiene. ¿Qué sentiste al alzar tus 1200 páginas?

-Asombro, sí, y pudor también. Los poetas no estamos acostumbrados a la reedición, y menos a ver publicados todos nuestros libros al mismo tiempo. Fue como meter el pie en el zapatito de cristal. De inmediato me replegué a trabajar en el nuevo libro, como sortilegio frente a esa sensación de "obra completa" que les publican a los muertos.

-Para escribir, ¿te imponés una implacable rutina?

-Yo querría. Sentarme, esperar, me encantaría. Pero trabajo, tengo diecisiete alumnos que recibo de a uno. Los períodos en que más escribo son cuando me voy al ranchito, por eso la naturaleza está tan omnipresente.

-¿La poesía cómo te viene?

-¿Ahorita? Porque no ha sido igual siempre... A mí el poema me viene entero. Muchas veces estoy caminando a la tardecita, buena hora de resonancia, buena caja de guitarra, digamos, y viene el verso, portando algo, qué sé yo qué... Y yo lo escucho y me lo repito, anoto en papelitos. Es la materialidad del verso; el primero, el segundo, el tercero ¡signan todo el poema! Y por supuesto empiezan a irradiarse los sentidos, ¿no? Yo no trabajo tanto con una imagen, trabajo con la frase.

-¿Frase que marca la melodía?

-La melodía, la melodía. Viene el tono, algo que de entrada uno sabe que va a sostener el poema entero. Y lo sigo. Y empieza y termina. A posteriori mucho lo miro fijo al poema y puedo tocar detalles. Melodía y estructura me vienen de entrada y después un trabajo finito, así, donde un "allí" se transforma en una "y". No escribo a lo largo del tiempo yo, agregando. Ésa es una experiencia por la que no he pasado. Me viene el poema enterito, de un saque.

-Eso que se califica de poesía hermética se suele dar en tus libros. Hay momentos en los que uno se queda ahí, en el umbral, vislumbrando algo, sin apresarlo. Cuando te vienen poemas que podrían pescarlos unos pocos, ¿cuál es tu sentimiento?

-Que me gustaría que fueran completamente claros. Pero el ideal es el ideal y lo que uno puede es lo que uno puede. Girri decía una cosa bonita: un poema puede ser hermético pero siempre tiene llave y cerradura. Los poemas que no las tienen no son herméticos, son confusos, decía. En verdad a mí lo que me preocupa, ¡lo único que anhelo es el corazón del otro! Mi mayor alegría es cuando un lector común me dice: "Tal cosa me emocionó tanto, me hizo pensar en...". Ahí está: el momento de comunión es lo que me importa. Y por eso admiro hasta la devoción a un tipo como Atahualpa Yupanqui. Amor tengo por la copla. Escrita por muchos, es como un canto rodado que se va convirtiendo en un diamante.

-Inesperada tu alusión a Yupanqui.

-¿Por qué te sorprende? Tengo grandes pasiones por poetas que no están a la moda. Por ejemplo, Gabriela Mistral, manoseada por la escuela, grande entre las grandes, y aquí y allá, eh. En ella hay una parte de la poética de José Martí, al que amé enormemente.

-¿Y con la poesía de un Neruda?

-Una relación paradójica. Extravagario me parece maravilloso. Canto general , extraordinario sólo como proyecto. Pero me quedo con los Poemas andinos de Mistral. En Neruda, la ambición del proyecto hace que fracase en alto grado. La no ambición mistraleana, con sus poemas más breves, llega mucho más lejos.

-¿Sintonizás con Jorge Enrique Ramponi?

-Gran poeta. Anoche hablábamos de él, mirá, con Jorge Monteleone. El que me parece otro poeta descomunal es Ricardo Molinari, aquí y allá. Tengo la fortuna de tener un ejemplar de Las sombras del pájaro tostado , edición que después la dictadura arrasó. Y sin duda siento que nunca terminé de leer bien a César Vallejo. Adoro el Vallejo de Poemas humanos .

-El destripador de palabras... ¿Y por qué Poemas humanos?

-Porque ahí da la vuelta a casa. En Trilce hace lo que tiene que hacer para después poder escribir Poemas humanos . Es la plenitud, la impudicia de sus poderes, porque la poesía reclama eso, ¿no?, reclama impudicia lírica.

-A propósito, vos destripás los silencios. En tus poemas son como abismos... ¿Un abismo puede ser un puente?

-El lenguaje está hecho de palabras y de silencios. Es como la anotación musical: vale tanto la nota como el silencio. El sentido se organiza con el juego de ambos. Pero hay libros más astillados en la página en blanco. Me parece que en mis poemas de los últimos libros todo va más solito y natural, y quizás, lo que se sigue notando es el encabalgamiento que a mí me convoca, y que quiebra la sintaxis funcional de la lengua con un pequeño silencio y lo recompone a posteriori. ¿Por qué? ¡No tengo la menor idea!

-Todo sea por la impudicia lírica.

-Es mejor, ¿no? Porque uno lidia con el misterio.

-Entonces, la virginidad de la palabra.

-¿Te acordás de esa copla flamenca que dice: "Fui piedra, perdí mi centro y me tiraron al mar,/ pero al cabo de algún tiempo mi centro volví a encontrar"? Pienso que eso le pasa a uno en la vida, en la escritura: hay que perderse pa´ encontrarse... El fracaso es parte del movimiento de la creación y de la vida.

-El combustible.

-Exacto. Por eso creo que es necesario perderse pa´ encontrarse, aunque, claro, a veces no te encontrás, ni te perdés. Creo que pertenecemos a una cultura que delimita demasiado los opuestos, que componen el movimiento, el espiral. No como una concepción dialéctica, más como una concepción misteriosa, paradójica. ¿Viste que uno dice: "A menudo descubro en mi cara la cara del enemigo"? En ese sentido hablo. Perderse pa´ encontrarse, o para encontrar los seres con los que uno arma el concierto.

-Sin perderse, la vida no tiene sentido, otra paradoja.

-Por ejemplo, mis poemas voluntaristas son los de menos logro. Mientras más consigo perderme, sin saber adónde voy, avanzo mejor... Uno tiene ideología, conciencia, biografía y por supuesto que esto estalla en el poema ¡y está bien! Pero también está el accidente y está lo que descubrís. Y ésos son siempre momentos muy dichosos, cuando decís ¡qué bien, qué estoy diciendo!

-Arrojarse sin red, si no el salto qué gracia tiene.

-Es verdad, de chica me encantaba el circo. Una vez fui con mi abuelita a un circo, hacía tanto frío, nos tapábamos con frazada, y los trapecistas ¡qué cosa extraordinaria, Dios mío! Pero lo hacen solitos o de a dos. Entonces la historia no es la red, la historia es el otro. Ser preciso y rrriiiip. Ahí está el lector, sin el cual el poema no existiría.

-¿Tu relación con don Borges?

-Le tengo gran respeto. Pero no es mi patrono. No siento hacia él la admiración que siento hacia Francisco Madariaga, por nombrar uno de los muy caros a mi vida. O por momentos con Juanele, un poeta del que todavía me falta una lectura intensa, siendo, como dicen y como digo, próximo en muchos sentidos a mí.

-Parientes.

-Extraño, porque yo, si te tengo que citar un pariente o la poeta que yo hubiera querido ser, diría Madariaga. Ese criollo universal de los esteros correntinos como una sola naturaleza, una sola leyenda y relámpago.

-¿Y Cernuda? y Pablo de Rokha?

-De Rokha me cansó. Pero dijiste alguien más...

-Cernuda.

-Ah, tremendo respeto por Cernuda. Y por algunos poemas de Miguel Hernández también. Pero en cuanto a mi corazón, García Lorca, por su Romancero gitano ... Leyéndolo a veces digo: "¡Guacho de mierda, sos maravilloso!"

-¿Y qué te pasa con Teresa Cepeda?

-Nada. Es que nunca la leí.

-Saludable escuchar a alguien que declara a tal no lo leí.

-¡Pero ahora esa lectura me queda como un regalo ahí adelante!

(Con esa hospitalidad de quien se crió en el campo, Bellessi se inquieta porque apenas probé los sanguchitos. "¿Querés café, té, cerveza?" "Sigamos con el mate". Entonces se levanta para "arreglar el mate." Dos pasos y se vuelve y me dice: "¿Te puedo dar un beso?" Me agradece por haberla vuelto a colores y olores de su niñez. Mientras viene el mate, hojeo, ojeo, su obra completa, el azar me elige algunas hebras:

... "quedarse todo el día con la cabeza fuera de la ventana viendo reventar las flores de cerezo es un buen oficio Uli. Particularmente cuando se tienen tantas ganas de vivir que uno cree que va a morirse dentro de ellas..."

..."Pezón/ lengua/ diente apenas/ sensible succión que mueve/ la materia" ... "labios sobre el hueco// aquí fundo mi estirpe/ a favor del eterno// tramado del amor" ...

..." hay luz alrededor de los cuerpos..."

El mate otra vez es con nosotros:)

-Diana, en tu poesía atravesada por una metafísica de médula, de pronto la palabra "revolución". ¿En qué consiste esa revolución?

-En la distribución de la riqueza y de las responsabilidades; en la celebración de la diversidad; en el reconocimiento de la belleza de lo útil y de lo aparentemente inútil como alimento del alma humana; de darnos cuenta de que sólo en la relación nos expresamos, y que el cerrojo del sentido es el amor... La felicidad nos vuelve generosos; si tuviéramos vidas dignas y fuéramos educados en mecanismos de autorregulación donde halle su lugar el exceso liberador y la conciencia del cuidado, sería posible que ese mundo diferente adonde la continua revolución nos lleve se manifieste para volver a cambiar, una y otra vez.

-A esa revolución, ¿la creés posible o es una expresión, una desesperación de deseo?

-La creo realmente posible; más aún, diría que la sola existencia del anhelo le otorga ya su virtualidad posible.

-A la sangría de los años 70 se la suele archivar como fracaso sin retorno.

-Fracasar también significa aprender, mejorar los sueños y los caminos para acercárseles. Engorda la tierra, que siempre vuelve a brotar y nos asombra con sus creaciones, sus accidentes, como la historia.

-¿Soñás con un mundo mejor o con un mundo diferente?

-Sería fácil decir "diferente". Pero si "mejor" significa mejorar las vidas humanas y no empeorarlas de otra manera, si generaciones de niños no fueran sacrificadas día a día, le daría la bienvenida a un mundo mejor y guardaría en un escapulario, cerquita al pecho, el sueño de un mundo diferente, para que no se me olvide. A veces nos acercamos al sueño, y otras, las más, sólo a su pesadilla.

-Hijos no tenés. A propósito: ¿qué pensás del concepto según el cual la mujer alcanza la plenitud siendo madre?

-No creo en esa cualidad del instinto maternal. Pero sí creo que varones y mujeres tenemos a veces ese impulso tierno hacia lo necesitado, lo frágil. Como decía Lévinas, el ser quiere ser, pero lo que nos hace humanos es deponer un poco nuestra necesidad de ser frente al rostro recortado del otro. Todos somos madre de vez en cuando.

-Estamos hablando de amor. ¿Y el sexo sin amor qué?

-Puede disfrutarse, aunque lo prefiero con amor. No soy quién para alzar la vara sobre los misteriosos regímenes del deseo.

-¿A qué poetas te gustaría hacerles de comer?

-Seguro arruinaría la comida, sólo cocino bien en estado de total confianza... Puedo sí imaginar que Emily Dickinson me invitara a tomar el té, y que Tu Fu, de la dinastía Tang, cocinara para mí mientras ayudo en las tareas menores, en una larga noche de conversación y de silencio.

-Ahora hamacate, la pregunta más difícil: ¿sabés andar en bicicleta?

-Ah, sí. Nada más hermoso que andar en bicicleta por el campo, en mañana de primavera o tardecita de otoño. Mi amiga de toda la vida, la poeta cordobesa Niní Bernardello, solía decir que seguro la bicicleta la habían inventado los griegos. Yo creo que fueron los chinos, y puedo verme, ligera en el aire, rumbo a la casita de Tu Fu tras un predio de bambúes, para cenar con él.

-No irás con las manos vacías.

-Nooo, voy con unas botellas de buen vino.

-Ya que estamos jugando a suponer, después de la muerte, ¿qué?

-No pienso en después, pienso, sí, en el momento de su llegada. Me gustaría dejarme ir dulcemente hacia sus brazos, la hermanita muerte, la otra cara de la vida... No pienso en epitafios, me repelen; pienso en la tierra y en los yuyitos... en una bandada de pájaros, allá arriba, fuera de todo discurso, puro silencio, pura voz.

(Al despedirnos me dice: "Pero vamos, ¡dame un abrazo!". Ya en la vereda, me apoyo en el primer árbol. Acabo de estar con una poeta de corazón absoluto, poeta porque cuando mira se desmantela, poeta porque hasta escucha con la mirada. Apoyado en el árbol siento, como pocas veces, una demasiada vergüenza por haber incurrido en una sarta de preguntas. Quisiera volver y decirle: querida nueva amiga, disculpe tanto interrogatorio intruso, tanta jodienda. Y hondas gracias por recordarnos que "es bella la amenaza de la noche", y por hacernos saber que "abrir los ojos es dejar el aliento/ en amor de lo mirado", y que la "muerte preñada" busca "formas nuevas, de luz que no se cansa". Gracias por arrojarse de cuajo, en una frase desnuda de literatura: "Yo lo único que anhelo es el corazón del otro".)

© LA NACION

Argentina 2003

Qué mirás le digo
a la aparición esta
cruzando la esquina
mientras anochece

el torso ahí parado
rapada cabeza
y la cara intacta
mirándome fija

como niña o como
una enana esperando
no sé qué cosa
y cigarrillo en mano

le hablo yo si fuera
persona pero es
un pedazo nomás
de maniquí en la calle

del desamparo
vestida en harapos
se me hace un nudo
de lo no hablado

caricia o cobijo
en serio nunca dados
al que espera algo
ahí en la calle y

más vale no le hablo
por miedo a que conteste
pero con vos soy
cobarde y pregunto

quién sos total fantasma
vas a responderme
sólo si yo quiero
para armar mi frase

nada por aquí
ni por allá sálvenos
la campana último
round que ya anochece

No. Es el corazón

¿Qué es esta ola de amor
que me cierra a vos y me abre
a ese dolor de la muerte
como río en su boca
yéndose de madre al mar?

¿Qué, bellecita del alma
pequeña y perfecta, arqueo
de plumas, ala en veloz
movimiento inestable
en pos del rocío, el pan

de la vida, néctar y gracia?
¿Vos me escuchás?, ¿mi saludo
te roza como el tuyo a mí?
Mi bebé, madrecita qué
en tus formas recuerda

lo distinto, lo enemigo
que ante vos estaría
como flecha en deseo
tensada. La gatita,
sí, a ella traés a casa

Por qué efecto del amor
la más loca conexión
de esta dulzura siento,
soy en vos y soy en Humo
convocada. ¿Es la atención,

la presencia de una entrega
desbocada y sin tregua?
No. Es mi corazón, boca
de un infinito río
que el instante hermana,

celebración de las formas
donde el alma parece
madre. O soledad de Dios

Corazón absoluto

Por Jorge Fernández Díaz
Director de adncultura

A su cita puntual, el periodista Rodolfo Braceli llevaba una sola pregunta para hacer. Era una pregunta elemental y a la vez filosófica: ¿qué es la poesía? Lo demás sería fruto del difícil oficio de escuchar, del juego del pensamiento, del azar de la conversación y del arte de vivir. Diana Bellessi es una de las poetas más importantes de la Argentina. Publicó más de veinte poemarios; recibió las becas Guggenheim y Antorchas; los premios Konex, Fondo Nacional de las Artes y Fundación del Libro, y fue nombrada ciudadana ilustre de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La entrevista no pretendía hablar de teoría literaria. Mutó en charla y en confesión, y también en poesía oral improvisada.

Bellessi reveló allí el lago interior de su talento y admitió haber sido caminante continental, mochilera, lavacopas, "expropiadora" de supermercados y contrabandista, y también excursionista de una religión inarticulada que alterna catolicismo con budismo, mezquita y sinagoga. Al cabo de esa suerte de sesión de psicoterapia a la que fue sometida, la paciente trazó con ternura y entrega su autorretrato, la presencia de sus padres, el resentimiento de clase, la relación entre preparar un asado y escribir un poema y su vinculación con la muerte. Habló de lo que lleva verdaderamente en la mochila esta poeta de corazón absoluto. Tener lo que se tiene , la antología publicada por Adriana Hidalgo, es el resultado de lo que llevan esas retinas, esa memoria y esa mochila existencial. Y es además uno de los más grandes libros de poesía que haya escrito jamás un escritor argentino.

De regreso de aquel diálogo extenso, Braceli me recordó: "Sabés que me pasaron muchas cosas haciendo reportajes. García Márquez se volvió loco por saber qué llevaba en mi bolso, Borges me confesó que jamás había comido nueces, Fangio me juró que su animal predilecto era la tortuga, Lanza del Vasto se puso furioso porque le pregunté sobre Fidel Castro, Minguito Altavista se durmió y roncó mientras yo le preguntaba". "¿Qué te pasó con Bellessi?", quise saber. "De pronto me pidió permiso para darme un beso." Nos reímos. Estábamos hablando por teléfono pero sé que Rodolfo se ha puesto colorado. Hay algo en su manera de generar intimidad que da pudor. Pero sólo desde ese territorio es concebible conseguir verdades: "A mí el poema me viene entero -le dice Bellessi en voz baja-. Muchas veces estoy caminado a la tardecita, buena hora de resonancia, buena caja de guitarra, digamos, y viene el verso, portando algo, qué, qué, qué... Yo lo escucho y me lo repito, anoto en papelitos. Es la materialidad del verso, el primero el segundo, el tercero... ¡signan todo el poema! Yo no trabajo tanto con la imagen, trabajo con la frase. Viene el tono, algo que de entrada uno sabe que va a sostener el poema entero. Y empieza y termina. A posteriori mucho lo miro fijo al poema y puedo tocar detalles. Melodía y estructura vienen de entrada y después un trabajo finito, así, donde un ´allí´ se transforma en una ´y´. No escribo a lo largo del tiempo yo, agregando. Ésa es una experiencia por la que no he pasado. Me viene el poema enterito, de un saque".