Domingo, 13 de enero de 2013
Rescates > El diario de la guerra civil de Walt Whitman
Hojas de guerra
A los 42 años, cuando ya había publicado la primera edición de Hojas de hierba, Walt Whitman se enfrentó al hecho que cambiaría la historia de su tiempo y que terminaría de forjar el imaginario que lo volvería el gran padre de la poesía norteamericana: la Guerra de Secesión. La noticia de un hermano herido lo llevó rumbo al sur y el panorama de la matanza, a servir como voluntario en los hospitales del ejército del Norte. Esa experiencia bélica fue publicada parcialmente en un diario neoyorquino en 1863, pero sólo doce años después, mientras seguía ampliando su gran poema épico y democrático, reunió el material completo de aquellos cuadernos de la guerra en Diario de la guerra civil, cuya edición en castellano circula por las librerías porteñas y permite asomarse a un magma atrapante de horror, lirismo y ética en el que –al igual que Tolstoi en Guerra y paz– un poeta enfrenta al mundo de manera absoluta.
Por Guillermo Saccomanno
Whitman retratado en su época de enfermero de guerra.
Esa noche es la del 13 de abril de 1861. La noticia, el ataque del Ejército Confederado al fuerte Sumter en el puerto de Charleston, Carolina del Sur. Es decir, el inicio de la Guerra de Secesión. Y la anotación corresponde al diario del poeta Walt Whitman, en esa noche de sus cuarenta y dos años.
El presidente de la Unión, Abraham Lincoln, no era, como lo sugiere el mito yanqui, tan abolicionista. Casado con una sureña obviamente esclavista, hasta último momento, temeroso de una derrota, no liberó a la negritud sino para integrar las Coloured Troupes: cerca de 200.000 negros. Su paga era siete dólares inferior a la de los blancos y sus armas, anticuadas. Poco sabido es que Lincoln supo dejar en claro que ningún negro ocuparía cargo público alguno, siendo esto una prerrogativa blanca que indicaba la superioridad racial. Los veintitrés estados del Norte pretendían imponer el avance del industrialismo sobre la sureña vida agraria y esclavista. El Norte disponía, además de mayor número de efectivos, armamento moderno: además de los novedosos cañones Parrott, empleaban las ametralladoras Gatling. Los siete estados del Sur, con una moral más alta y mejor entrenados, debieron apelar a tácticas guerrilleras. En verdad el enfrentamiento era entre dos economías, una industrial-abolicionista y otra agraria-esclavista. Tampoco es cierto que los confederados peleaban sólo por la esclavitud. La mayoría de los soldados sureños eran demasiado pobres como para tener esclavos. Tuvieron la ventaja de pelear en su propio territorio, pero las fuerzas de la Unión los superaban. Para financiar la guerra, el Sur exportaba algodón hacia Europa. Una guerra, así sea civil, es sabido, tiene que ver con la economía. Y nada tiene que ver con los ideales de la tierra en que se ha nacido. Los dos bandos limitaron las libertades civiles, imprimieron carradas de papel moneda y reclutaron masas por la fuerza. La sangría, al concluir, dejaría como saldo más de un millón de muertos.
4 Antes de consagrarse a la descripción y el análisis de la guerra, Whitman dedica un tramo autobiográfico de su diario a sus antecesores, sus orígenes en Long Island, la genealogía paterna, los Whitman, y la materna, los Van Velsor, describe el asentamiento materno, los interiores domésticos, el cementerio familiar, su juventud y su pasión: caminar. “Siempre fui un buen caminante, absorbiendo los campos, las playas, los incidentes marinos, los hombres de las bahías, los granjeros, los pilotos de los remolcadores, los pescadores. Todos los veranos navegaba a vela. Siempre gocé de las playas desiertas y algunas de mis horas más felices las pasé allí.” Whitman dedica un espacio a su fervor por la escuela pública, su formación en un taller de imprenta en el viejo Brooklyn, su temple de lector omnívoro de novelas, apasionado de Victor Hugo. Conoció a James Fenimore Cooper y a Edgar Allan Poe. Y como no podía ser de otro modo, el teatro de Shakespeare. Le gustaba la ópera: recuerda Guillermo Tell y La gazza ladra de Rossini. ¿A qué vienen estas referencias de autorretrato intelectual? Sin duda, a explicar que es desde esta cultura, un cierto refinamiento que hasta entonces era patrimonio sureño, que se abocará a la narración del “suceso más notable” de su vida: la guerra. Lo que justifica también, desde sus lecturas, que en medio de la matanza, pueda detenerse en el paisaje, sus cambios imperceptibles, y prestarle atención a la captura de imágenes impresionistas. “Quiero describir en especial la situación al caer la tarde del sábado y luego a lo largo de la noche y durante la mañana del domingo. Tuvo lugar principalmente en el bosque y la lucha fue muy extensa. Era la noche muy agradable y de vez en cuando la luna brillaba llena y clara –la naturaleza entera tan llena de calma, la tierna hierba del verano tan frondoso–. Pero la batalla rugía y muchos buenos hombres yacían indefensos, y cada vez caían más, y en todo momento el tableteo de los fusiles y el estallido de los cañones, la roja sangre de la vida brotaba de las cabezas o los pechos o los brazos y piernas, se derramaba en el pasto verde y húmedo de rocío.” En un alto de la descripción, Whitman recapacita: “Mil hechos que merecen nuevos y grandiosos poemas”. Pero se cuestiona: “¿Es esto en verdad la humanidad? ¿Esta carnicería?”. Whitman cuenta barbas chamuscadas, heridas horrendas, mutilaciones asquerosas, cuencas vacías y subraya: “Los caídos son apenas niños”. Muchos de los rebeldes esperan su turno entre los demás para ser atendidos por los cirujanos. “Un fragmento, un reflejo distante del sangriento cuadro que a la luz de la luna ilumina de vez en cuando brillando suave, calladamente. En el bosque, las almas y los cuerpos huidizos –entre los estallidos estruendosos aullidos–, el perfume impalpable del bosque –el humo acre y sofocante–, la luna radiante que intermitente mira desde los cielos tan plácida –ese cielo tan celestial–-, esa clara oscuridad allá arriba, esos océanos boyantes –unas cuantas estrellas tranquilas aparecen silentes y lánguidas, y luego se ocultan–, los tapices melancólicos de la noche derramada en los cielos y en la tierra.” No cabe duda: la guerra fascina y espeluzna a un tiempo y Whitman no puede rehuir su magnetismo. Tampoco se le escapa que la causa guerrera no es sólo pasión telúrica y que, en la contienda, como siempre, lo que se juega está lejos de los ideales de los contrincantes.
En términos literarios, lo esencial de esta prosa de Whitman es que, además de componer un conmovedor fresco bélico, el diario es un prodigio de observación en su contrapunto entre lo humano y la naturaleza impasible. En este sentido, Whitman está a la altura del Tolstoi de Guerra y paz y es, a la vez, antecedente insoslayable de La roja insignia del coraje, que Stephen Crane escribió a los veinticuatro años: “Había una ausencia sorprendente de actitudes heroicas”, opinó Crane en su fiction non fiction. Un dato a tener en cuenta: según señala el historiador John Keegan en su ensayo Sangre patriótica, de los dos escritores que mejor reflejaron la guerra, Whitman y Crane, ninguno participó en combates. La Guerra de Secesión fue un ineludible detonador de escrituras. En su sincronía, la guerra afectó al unionista Herman Melville, quien supo componer sus Piezas de batalla y aspectos de la guerra inspiradas a partir de la caída de Richmond: “Las pisadas morían lejanas, hasta no quedar ninguna”, escribía Melville por entonces, aunque consideraba que “la batalla de las batallas es escribir”. A su vez, en lo poético, la influencia confederada puede notarse ya en el siglo XX en la poesía de John Orley Allen Tate (1899-1979). Ahí está su “Oda a los confederados muertos”: “El otoño es la desolación en el terreno/ de mil acres donde crecen estos recuerdos/ de los cuerpos inagotables que no están muertos, / sino que nutren la hierba, fila tras fértil fila”. Y más acá, la influencia de la guerra comprende, lógicamente, las dinastías protagonistas de la literatura de William Faulkner (1897-1962). Su influjo también se sintió más acá en La Gran Marcha de E. L. Doctorow (1931) y en el farrogoso Lincoln de Gore Vidal (1925-2012). La enumeración de autores y obras puede ser abrumadora. No, ningún escritor del Sur pudo ni puede esquivar su tema y, tarde o temprano, se encuentra imantado por la guerra.
Según Paul Auster, en su novela Fantasmas, integrante de la Trilogía de Nueva York, Whitman había creído toda su vida en la frenología, el estudio de las dimensiones del cráneo, tan de moda en su tiempo. Antes de morir dejó sentado que donaba su cuerpo para una autopsia. Al día siguiente a su muerte, un médico le extrajo el cerebro. Y lo mandó a la Sociedad Antropométrica Americana. El cerebro, según cuentan, tenía el tamaño de una coliflor. Cuando el cerebro llegó al laboratorio y los estudiantes se disponían a estudiarlo, a uno se le cayó de las manos y fue a dar al piso. Al desparramarse, era imposible trabajar en él. “El cerebro del poeta más grande de América –cuenta Auster– fue barrido y arrojado a la basura.”
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