martes, 1 de abril de 2014

Salinger-Alberdi

LAS MÁSCARAS DE SALINGER

Cuando apareció, en septiembre del año pasado, en los Estados Unidos, el Salinger de David Shields y Shane Salerno, ya había cosechado tantas expectativas como reticencias. Se anunciaba como el libro del documental del guionista Salerno, que provocara críticas por su metodología de recurrir más al testimonio de actores famosos que de escritores. Pero tratar de descifrar el affaire Salinger y, sobre todo, el enigma de su ocultamiento, es algo siempre irresistible para fans y aspirantes a biógrafos. La publicación en castellano de Salinger permite acceder tanto al material inédito como a los motivos de una controversia que no parece haber concluido con la muerte del autor. Y más todavía cuando para el período 2015-2020 se anuncia la publicación de una andanada de libros inéditos que continuarían y complementarían la meteórica y fulgurante vida de El cazador oculto.

Por Alan Pauls
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El Salinger de Shane Salerno y David Shields resucita el fenómeno de reticencia pública más exasperante de la industria cultural norteamericana: el affaire Jerome David Salinger (1919-2010), autor de una ópera prima prodigio, El cazador oculto, un best seller contemporáneo admirablemente longevo que desde su aparición, en 1951, inició en la imaginación literaria a generaciones enteras de generaciones y lleva vendidos 65 millones de ejemplares, y tres pequeños libros de culto masivo (Nueve cuentos, Franny y Zoey y Levantad, carpinteros, la viga del tejado–Seymour: una introducción), que a principios de los años ’60, tapa de Time, codiciado por Elia Kazan y Billy Wilder, se autoconfinó en una tosca dacha de Cornish, New Hampshire –un pabellón frío e inhóspito para su familia, un bunker frío e inhóspito para él, al que ni su mujer ni sus hijos tenían derecho de acercarse “a menos que la casa estuviera ardiendo”– y no volvió a publicar libros ni a dar entrevistas ni a intervenir en la vida social hasta que murió, salvo para comprar el pan, retirar su correo en el centro de Cornish, espantar paparazzi carabina en mano o litigar vía abogados contra cuanto periodista o biógrafo o simpatizante académico osara perturbar su voto de castidad mundana.
Nadie con dos dedos de frente perdería un segundo de su tiempo indignándose por un escritor que abraza el ostracismo como modo de vida. Nadie con una pizca de sentido común, o de imaginación, o de familiaridad con las tasas de demanda de exposición de la industria cultural americana perdería el tiempo improvisando respuestas alambicadas para una pregunta (“¿Por qué usted, que hasta ayer era todo expresión, manifestación, sentido, se llama ahora a silencio?”) que Marcel Duchamp, recluso igualmente célebre aunque más intermitente, ya había contestado con un laconismo ejemplar: “Me quedé sin ideas”. Saber si Salerno y Shields satisfacen esos requisitos de longitud frontal es tan difícil como saber por qué Salinger hizo todo lo que hizo en sus ochenta y un años de vida, una vida que lo embarcó en una guerra cruenta, en relaciones sentimentales enigmáticas, desdichadas o imposibles, en sociedades editoriales complejas, en disciplinas orientales, dietas espartanas y obstinados amours fous con ninfas de inspiración nabokoviana, pero cuya única singularidad evidente es eso mismo que el tándem Salerno-Shields (SS) se obstina en ignorar en su libro: una obra literaria, esa obra frugal, a la vez compacta y abierta, pulida y enigmática, inconclusa siempre, desde el minuto uno, que hoy llamamos Salinger. Lo que sabemos, porque el libro lo suda en cada página, es que el motor de Salinger no es la curiosidad, ni la identificación mimética, ni la admiración, ni siquiera el morbo (que son las altas y bajas pasiones que informan a la biografía): es el escándalo. El escándalo provocado por el deseo de desaparecer, por supuesto, pero sobre todo los escándalos suplementarios, supremos –casi provocaciones criminales– que derivan: 1) del hecho de que Salinger se borró del mundo en pleno éxito (y sabemos hasta qué punto el régimen capitalista del triunfo impone como condición estar ahí, para experimentarlo y gozarlo, naturalmente, pero sobre todo para padecerlo y sucumbir a él), y 2) del hecho de que Salinger desertó y enmudeció pero siguió escribiendo encarnizadamente (y sabemos el tipo de asocialidad, el gasto perverso, la provocación que representa ese encarnizamiento cuando los que lo justifican no son sus destinatarios “naturales” (lectores, crítica, academia, mercado).
Más que leerse, el Salinger de Salerno y Shields se ve, se ve con avidez, con impaciencia, con la atención irascible que solían merecer los episodios, siempre distintos pero siempre idénticos, de The E! True Hollywood Stories o de su primo hermano amarillo, Mysteries and scandals, suerte de Hollywood Babylon de pacotilla, con el inolvidable A. J. Benza en el papel de un Kenneth Anger quemado por años de pujante cable latino. No es casual que en septiembre del año pasado, cuando se lanzó en Estados Unidos, el libro de SS saliera al ruedo en simultáneo con un documental, también titulado Salinger pero firmado sólo por Salerno (de los dos, al parecer, Shields es el letrado, mientras que Salerno acusa sabrosas entradas –guionista de Armaggedon y Aliens vs. Predator: Requiem, entre otras– en el penal de Hollywood). No me negaría a ver el documental si me lo mandaran a casa con una mensajería, pero estoy seguro de que no necesito verlo para haberlo visto. Basta chequear el trailer en YouTube y enterarse de quiénes son las talking heads que Salerno se pasó una década reclutando para su película para entender hasta qué punto lo que tenía en la mira cuando se entusiasmó con el personaje de Salinger no era la vida y mucho menos la obra del escritor sino la creación del formato “Puñado de actores famosos hablan del escritor de culto más vendido del siglo XX”, en el que el escritor de culto más vendido del siglo XX importa menos, mucho menos, que el ‘consenso cultural’ fraguado por una pandilla de muñecos que hablan con pasmosa autoridad de alguien con quien tienen una relación como mínimo totalmente inconsistente, la misma que admitirían tener con entre seis y siete mil ítem que participan de sus vidas cotidianas”. Puede que el pobre Philip Seymour Hoffman, que Edward Norton, John Cusak o Martin Sheen (actores entre los que figuran dos objetos de mi suave devoción y el plan de ortodoncia más inexplicable de la historia americana) tengan mucho que decir sobre J. D. Salinger. Cómo les pegó la primera vez que lo leyeron, cómo todos ellos fueron Holden Caulfield, cómo les encantaría seguir siéndolo, cómo de algún modo lo siguen siendo, etc. Nada demasiado estimulante, como era de prever. Pero, por desalentadora que sea, la falta de interés de lo que digan sobre Salinger es mucho menos invalidante que la función publicitaria que Salerno los obliga a cumplir, que por supuesto no tiene por objetivo promover al escritor del que se declaran simpatizantes sino a sí mismos, a la peculiar fórmula de frivolidad cool que encarnan, al concepto de accesibilidad cultural que representan, etc.
EL PRIMERO DESDE LA IZQUIERDA ES SALINGER, LUEGO DE LA INVASIÓN A NORMANDIA, CON SUS COMPAÑEROS. EL GRUPO SE HABÍA BAUTIZADO COMO LOS CUATRO MOSQUETEROS.
Entre las novedades de las que el Salinger de Salerno (suena un tanto sobrevaluado, como “el Hamlet de Laurence Olivier”) se decía portador en septiembre del año pasado, cuando lo lanzaron al mercado, figuran cartas desconocidas e inéditas (las más conspicuas, a Hemingway, las menos, a Paul Fitzgerald, un camarada de la 4ª división del ejército norteamericano que fue su amigo de toda la vida), fotos nunca vistas (Salinger durante el desembarco de Normandía: flaco y lungo, una mezcla de Borat y de Humphrey Bogart; más tarde, trajeado de oscuro y fumando muy suelto, como un Don Draper judío), testimonios de gente que nunca había hablado (ex conquistas, ex mujeres, empleadas domésticas, amigos, etc.). Muchas de esas voces aportan cosas carnosas, anécdotas, detalles que valen la pena, pero a menudo las desmerecen y relativizan –aunque más no sea por contagio– ciertas compañías: los propios SS, que se intercalan en el coro para opinar, sólo para opinar (cuando lo que deberían hacer es escribir, o hacer del cortar-y-pegar algo equivalente a escribir, y en lo posible hacerlo bien), libros o entrevistas ya publicados (que SS presentan sin comentar, como si fueran hallazgos de su propia cosecha) o Holden Caulfield, Seymour Glass, Esmé y otros personajes de ficción de Salinger, a los que SS dan la palabra como si fueran informantes de carne y hueso. No me acuerdo si Jean Stein y George Plimpton se insertan a sí mismos en la familia de testigos que hacen hablar en Edie: American Girl, la gran biografía oral que reconstruye el vía crucis de Edie Sedgwick, la libélula más triste de la factoría de Warhol. Creo que no; la idea probablemente les hubiera parecido vulgar, de mal gusto. Pero Stein y Plimpton no se veían a sí mismos como informantes, y tampoco veían a sus testigos como portavoces potenciales de la verdad ínfima, mezquina, esquiva, cuyas huellas rastrea sin descanso este Salinger. No compartían el populismo cínico que campea aquí (y presumo que en la película) y que consiste en confiar en que cualquiera, hasta el más insignificante de los mortales con los que Salinger cruzó una palabra alguna vez, tendrá algo que decir sobre él, sabrá algo de él, habrá estado en contacto con algo recóndito y decisivo de él y, sobre todo, aportará la evidencia que lo crucificará. Porque la matriz investigativa de Salinger es mucho más judicial que periodística. Los testigos que declaran ante SS no están allí para recordar, contar o describir, sino para amenazar: zanjar la discusión, disipar la ambigüedad, develar el enigma, dar un veredicto. Amenazar al famoso: he aquí la consigna del libro de Salerno y Shields.
Pero en septiembre del año pasado, Salinger no sólo alardeaba de novedades; también prometía promesas. (Eso, que no es tan común en un libro que se presenta como la biografía de un muerto, tal vez sea menos anómalo en un libro que va al grano y miente desde la tapa de la edición original cuando dice: El libro oficial del aclamado documental. A menos que en el mundo SS “aclamado” no signifique lo mismo que en el nuestro, nadie diría que “aclamar” es lo que hizo con Salinger la crítica del The New York Times Michiko Kakutami el 25 de agosto del año pasado. Por supuesto que los juicios de madame Kakutami y el The New York Times no tienen más peso y valor que los que les da la ley que encarnan ni más autoridad que la que les confiere la autoridad que se les reconoce. Lo que impacienta del asunto no es tanto que SS mientan, como que mientan cuando ya no necesitan mentir.) Siempre es tentador anunciar novedades sobre la vida de un muerto. Pero ¿anunciar su futuro, su próximo capítulo, su continuará? La serie otra vez; otra vez la tele dándole forma al libro, lo que, además de triste, parece más bien pasado de moda, en la medida en que las fuerzas que dan forma hoy a los libros ya no vienen de la tele sino de regiones incluso más brutalmente democráticas que la tele. Y en el rubro promesas, el Salinger de SS es a la vez excitante y desmoralizador, porque todos los hallazgos que anuncia con bombos y platillos pertenecen a la literatura, la misma cultura letrada ridícula, lenta y compleja en la que SS no se detienen ni una sola vez en las 700 páginas que tiene el original. Dicen que Salinger, antes de morir, habría dejado instrucciones para publicar en un lapso de cinco años (entre 2015 y 2020) todo lo que escribió en secreto en su exilio de Cornish, mientras los precursores de Salerno velaban en las inmediaciones de la granja camuflados de arbustos: cinco relatos nuevos sobre la familia Glass, una novela inspirada en su relación con su primera mujer, Sylvia Welter –la alemana con la que Salinger se casa poco después del fin de la guerra–, una novela de guerra con forma de diario de un oficial de contrainteligencia (lo que Salinger fue en Europa durante la Segunda Guerra), un manual de filosofía vedanta (con amenos inserts narrativos), unas cuantas secuelas del personaje de Holden Caulfield, mítico punk avant la lettre.
LA FAMOSA FOTO EN LA QUE UN SALINGER ANCIANO, CELOSO DE SU PRIVACIDAD, SE ENFRENTA CON UN FOTÓGRAFO QUE LOGRA FINALMENTE TOMARLE UN RETRATO
¿Existirán esas reliquias? El tiempo y la sucesión del eremita muerto y las abstrusas leyes de la posteridad literaria lo dirán. Lo extraño es que, publicitadas en el libro de Salerno y Shields, esas trouvailles resultan menos deseables de lo que deberían, quizá porque la euforia un poco maníaca con que se proclaman da la impresión de que el día que estén disponibles será a ellos, a Shields y Salerno, a quien habremos de pagarles el peaje para poder leerlas; a ellos, que se adjudicaron el papel de albaceas por el simple hecho de haber anunciado que existían. ¿Tienen derecho Salerno y Shields a esa arrogancia? Probablemente sí. Es un efecto intrínseco, no necesariamente ruin, de la equívoca tarea de hurgar en la vida de otro para escribirla. No son pocas las cosas nuevas que hay en este Salinger, y Salerno y Shields tienen todo el derecho del mundo de enarbolar en estado de trance las cartas autógrafas, los memos, las instantáneas borrosas, los testigos que fueron los primeros en encontrar. La paradoja (herida congénita de toda biografía) es que nosotros, por nuestro lado, tenemos también todo el derecho del mundo de contemplar esos fósiles laboriosamente excavados y darnos cuenta –encogiéndonos de hombros– de que son el colmo de la banalidad, de que nos dicen poco y nada, tan poco y tan nada como lo que dicen de la singularidad del muerto. De ahí que la arrogancia de SS suene espuria, o no todo lo legítima que podría sonar, y que, envueltos en ella, los presuntos inéditos de Salinger aparezcan menos como tesoros que reclaman ser leídos que como una suerte de botín de guerra, el pago que satisface un anhelo voraz, levemente resentido, la libra de carne que SS querían a toda costa que el anacoreta de Salinger les diera para no sentir que su escándalo había sido en vano, y ni hablar su investigación.
¿Hay una tesis en el Salinger de SS? La habría si el libro fuera una biografía oral y no la mutación grafoaudiovisual que es, y si las tesis –en el mundo eminentemente biópico de Salerno– no hubiesen sido reemplazadas ya por su ersatz más grotesco, los concepts, esos slogans secos y sexies que todo cineasta primerizo deberá aprenderse de memoria y recitar cuando pitchee su proyecto ante un jurado de productores mal dormidos: “La guerra lo destruyó y lo convirtió en un gran artista. La religión le ofreció consuelo espiritual y liquidó su arte”. Y hay además algo mejor, más eficaz, mucho más reproducible que una tesis (que, por escuálida que sea, siempre exigirá un mínimo de argumentación): hay “conclusiones”. Los autores prefieren llamarlas “condiciones”, lo que muestra la fe que tienen en su poder explicativo y quizá sólo las vuelva más risibles. Están al final del libro, al alcance de la mano, como un grato cotillón, y van sin escalas del insight anatomopatológico (una de las causas de la vocación prófuga de Salinger habría sido un testículo remiso a bajar, desperfecto que lo habría abochornado toda su vida) a la prístina obviedad (la experiencia de la Segunda Guerra –el desembarco, la batalla de Hurtgen Forest, la entrada en Dachau– habría dejado en el escritor un trauma imborrable), pasando por el determinismo erótico (Salinger, ninfófago célebre, habría contraído el virus nabokovianus de joven, cuando la súper teen Oona O’Neill aprovechó que se iba a la guerra y lo plantó por Charlie Chaplin), el bovarismo salvaje (Salinger se extraditó del mundo real para vivir en el que había inventado, el mundo de la familia Glass, disfuncional y suicida pero infinitamente más glamoroso) o la vulgata sociopsicoliteraria (karma muy norteamericano, la vida de Salinger no tuvo segundo acto: conoció el éxtasis del éxito y se agotó).
El Salinger de Salerno y Shields no es serio, ni inspirado, ni elegante, ni siquiera especialmente asombroso para los standards biográficos americanos, tan exigentes, siempre, a la hora de tasar exhaustividades, primicias y esos coups de théâtre únicos que dan vuelta las vidas como guantes y nos deparan el alivio de saber que vivimos equivocados. Pero si es interesante, si es incluso irresistible –para hablar la jerga de las toxicofilias, el verdadero género que el libro de SS debería reivindicar–, es porque es un objeto básicamente malsano, que actúa con una especie de indolencia psicopática los problemas que debería plantearse y que todas las grandes biografías contemporáneas –del Henry James de Leon Edel al Philip K. Dick de Emmanuel Carrère, pasando por el Wittgenstein de Ray Monk y el Kafka de Reiner Stach– debieron articular de algún modo para ser lo que son. Esos problemas son básicamente dos: cómo leer a la vez una vida y una obra y cómo leer a la vez esa vida y esa obra y la relación que el biógrafo establece con ellas. Si el Salinger de SS los actúa es porque no puede pensarlos, y no puede pensarlos simplemente porque no sabe, no puede, no quiere leerlos. Híbrido de letra, voz e imagen, mosaico de versiones montadas según la lógica del infomercial, el libro de SS es un objeto más para ver que para leer porque es un libro que no lee, que no cree en leer, que no cree que para hacer la biografía de un escritor, aun de un escritor ultra pop como Salinger –icono literario, gurú, excéntrico, freak–, y aun una biografía oral, sigue siendo necesario leer. En ese sentido, el Salinger de SS no es un libro de biógrafos sino de groupies, y ni el más sorprendente de sus hallazgos brilla más que la gema más triste de una vitrina memorabílica. Y es en ese sentido, también, que todo lo que el libro exhuma del caso Salinger suena menos a descubrimiento que a satisfacción y a revancha, como si SS susurraran entre líneas que lo que encontraron husmeando no es más ni menos que lo que Salinger –en tanto que ídolo– les debía –a ellos, en tanto que fans, pero también consumidores, compradores, clientes, usuarios, etc.–. Tal vez ése sea el mérito más singular de este libro, y también el más incómodo: poner en escena a qué se parecerá una existencia artística cuando los encargados de contarla no sean los biógrafos, lectores devotos de signos de vida, sino los fans, raza desinteresada y militante, parcial y exhaustiva, insensible y vengativa, talibanes de la experiencia vicaria que lo saben todo de sus ídolos, que sueñan con dar su vida por ellos, pero nunca gozan tanto –véase Mark Chapman, fan de Lennon pero también de El cazador oculto– como cuando los ajustician.

TRABAJANDO EN “EL CAZADOR OCULTO, DURANTE LA SEGUNDA GUERRA.


SUBNOTAS




En los dominios de la formidable Biblioteca Furt, en la       estancia Los Talas, de Luján, se encuentra el Archivo Alberdi. A partir de su enorme fondo documental de borradores se ha originado el estudio genético de sus obras. Fruto de ese trabajo es la edición crítico-genética de Peregrinación de Luz del Día, de 1874, donde Alberdi no hizo más que continuar su perpetua polémica con Sarmiento, presentado en esta obra como un Tartufo portador de la mentira frente al viaje de la Verdad a América. La edición especial revela las vacilaciones y constantes en la obra de un Alberdi que se sabía destinado a una lectura crítica e implacable en la Argentina.

Por Mariano Dorr
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En la estancia Los Talas (Luján, provincia de Buenos Aires) se encuentra la impresionante Biblioteca Furt. Entre los 40.000 ejemplares que allí se conservan –incluidos algunos códices medievales del siglo XIII, entre otras piezas de valor incalculable– se destaca el Archivo Alberdi: 119 libretas y hojas sueltas con apuntes, borradores y originales, más 7190 cartas cuyo destinatario fue Alberdi. Se trata de un enorme fondo documental que comienza a ser estudiado en cada uno de sus detalles. A partir del análisis de los borradores “se están preparando ediciones genéticas y ediciones crítico-genéticas anotadas”, explica Elida Lois, autora del estudio preliminar y directora de esta edición crítico- genética de Peregrinación de Luz del Día, de Juan Bautista Alberdi. ¿En qué consiste la edición crítico-genética? Junto al texto, editado en 1874, se presentan las anotaciones y tachaduras del autor, permitiendo que el lector pueda introducirse en el “taller de escritura” de la obra. Pruebas, rectificaciones, vacilaciones y supresiones (tomadas de los manuscritos) aparecen explicitadas al margen del texto editado. El lector se enfrenta al proceso de génesis escritural, al trabajo fino del escritor. Cada borrón, cada equivocación (como escribir “cosa” en lugar de “casi”). El resultado no es sólo la obra acabada sino la exhibición de cada uno de los procedimientos que la edificaron.
Una de las vacilaciones de Alberdi fue precisamente sobre el destino de sus manuscritos. En julio de 1869, en la novena cláusula de un testamento, escribió: “Ruego a mi Albacea que todos mis papeles que no sean meramente documentales se destruyan y quemen absolutamente, a su vista si fuese posible, sin permitir la publicación de ningún autógrafo o manuscrito inédito mío, porque nada dejo escrito para ver la luz después de mis días”. Cinco años más tarde, cambiaba de opinión: “La historia y la prueba de mi vida pasada lejos de mi país están consignadas en mis escritos publicados y en mis escritos inéditos, que un día conocerá mi país”. Más adelante retomó la idea de destruirlo todo, para luego volver a dejar abierta la posibilidad de publicar sus inéditos.
¿Por qué tantas idas y venidas? Alberdi sabía que su producción literaria no era un mero esteticismo; al contrario, su impronta fue siempre la más severa crítica acerca de los procesos y protagonistas de la política argentina. La prosa del autor de las Bases era esperada en “El Plata” con tanto entusiasmo y fervor como odio. En este sentido, la edición crítico- genética pone de manifiesto los distintos ensayos de escritura de un autor que es consciente de que será leído en un contexto de abierta hostilidad.
En algunos casos, la elección de una palabra equivale a la instalación de una pieza de relojería. Esto puede observarse en la búsqueda del título mismo de la obra. Elida Lois consigna una lista de “Títulos perdidos”: Tartufo en América, Tartufo y la Verdad, Emigración de la Verdad en Sud América, Emigración de las almas, Otro Mundo en este Mundo, Dos muertos y un solo hombre, La Europa de ayer en la América de hoy, De tal Europa tal América, Peregrinación de la Verdad en América. A los títulos perdidos, Lois (en realidad, Alberdi) agrega una lista –aún más extensa– de “Títulos en proyecto”: La transmigración de los Mundos, La emigración de los Mundos, La emigración de las almas, La resurrección de la difunta Europa en la viviente América, El otro mundo de la vieja Europa (con anotaciones al margen, es decir, reescrituras: El otro mundo de la Europa muerta y El otro mundo de la vieja Europa muerta, donde “muerta” se encuentra tachada), Metempsicosis de la vieja Europa en la moderna América, La resurrección de los Mundos, La Europa en el otro mundo, La otra vida de la Europa muerta, La vieja Europa en la moderna América, Europa en América, La segunda vida de un mundo muerto, La filiación de los Mundos, Los emigrados de un mundo al otro, La vida futura de la Europa pasada.
Al mismo tiempo, hay un título que acompaña todo el proceso de textualización registrado en las libretas: La Gata Parda o La metamorfosis de la vieja Europa en la moderna América. En un momento, Alberdi sustituye “metamorfosis” por “metempsicosis”, hasta que finalmente publica el texto como Peregrinación de Luz del Día o Viaje y aventuras de la Verdad en el Nuevo Mundo. La escritura es siempre reescritura. La función de la edición crítico-genética es precisamente mostrar ese rodeo, esa búsqueda propia de toda reelaboración de lo escrito: “una edición genética se postula como la transcripción de ese proceso significativo fracturado y multidimensional que rompe con la ilusión de linealidad a la que nos tiene acostumbrados la letra impresa”, señala Elida Lois en la Presentación.

EL OSO Y EL ESGRIMISTA

La inmigración es uno de los tópicos del programa alberdiano; el progreso, el desarrollo de la cultura y la organización política de la Argentina llegaría con el trasplante de las costumbres del buen extranjero (especialmente, el sajón, hombre de trabajo). Al mismo tiempo, el propio Alberdi se vio obligado a vivir –entre exilios y misiones diplomáticas, dependiendo de los distintos acontecimientos políticos– durante 44 años fuera del país. Sarmiento, en la “Dedicatoria” de su Campaña en el Ejército Grande, se refiere a Alberdi como “el primer desertor argentino”, recordándole su huida a Europa durante el sitio de Montevideo, en 1843. Las ofensas del sanjuanino dieron lugar a una extensa polémica epistolar: Las ciento y una, de Sarmiento, y las Cartas quillotanas, de Alberdi, constituyen un testimonio de la más brillante producción literaria local. Oscar Terán señala en su Historia de las ideas en la Argentina que fue Leopoldo Lugones quien observó que estas dos grandes voces político-intelectuales del siglo XIX habían nacido para no comprenderse. Terán agrega que la escritura corporal de Sarmiento se contrapone al razonamiento delicado “aunque no menos violento” de Alberdi, escenificando la extraña lucha entre un oso y un esgrimista.
Desde el punto de vista de Alberdi, Sarmiento es un escritor formado en la prensa combativa que ejerció desde el exilio contra la tiranía de Rosas. Una vez caído el tirano, en lugar de pacificar su espíritu, “el soldado de la prensa” sigue haciendo lo único que sabe hacer, la guerra: “En sus manos la pluma fue una espada, no una antorcha. La luz de su pluma era la luz del acero que brilla desnudo en la batalla. Las doctrinas eran armas, instrumentos, medios de combate, no fines. No le hago de esto un reproche: establezco un hecho que cede en honor suyo, y que hoy explica otros hechos. Comercio, inmigración, instrucción, navegación de los ríos, abolición de las aduanas, sólo eran proyectiles de combate en sus manos; cosas que debían presentarle un interés secundario después del triunfo sobre el enemigo de ese comercio, de esa navegación de los ríos, de esa inmigración de la Europa que Ud. defendía porque el otro atacaba”, le escribe Alberdi en la primera de sus Cartas quillotanas, de enero de 1853. Veinte años más tarde, desde el exilio posterior a la batalla de Pavón, acusado de “traición a la patria” por su rechazo tajante frente a la Guerra de la Triple Alianza, Alberdi prepara la publicación de Peregrinación de Luz del Día: “Es casi una historia por lo verosímil, es casi un libro de filosofía moral por lo conceptuoso, es casi un libro de política y de mundo por sus máximas y observaciones. Pero seguramente no es más que un cuento fantástico, aunque menos fantástico que los de Hoffmann”, escribe Alberdi en el primer parágrafo de la Parte Primera.
La Verdad viaja a América vestida de mujer, cambiando su nombre por el de Luz del Día, para pasar inadvertida. Llega a un país sudamericano y es amarga su sorpresa cuando encuentra a Tartufo, la personificación de la Mentira (de quien intentaba alejarse cuando partió de la vieja Europa) entre los hombres más encumbrados de la administración pública. Tartufo es nada menos que el encargado de la educación popular: “Sarmiento-Tartufo”, escribe Elida Lois. Las acusaciones de Alberdi contra Sarmiento en la polémica epistolar se ajustan al carácter de Tartufo punto por punto. En las Palabras preliminares, Natalio R. Botana menciona el estado de corrupción de la forma republicana de gobierno con que se encuentra la Verdad de Alberdi: el Plata no es más que “el depósito de unas costumbres ancladas en el entusiasmo de la prensa facciosa, en la pasión militar, en el cinismo” sin límites, hasta llegar al robo y al asesinato. En esas condiciones, tras largas décadas de guerra civil –escenario ideal para el accionar de un Tartufo– la vida pública “no era más que el rutinario desenvolvimiento de la mentira”, escribe Botana.

TARTUFO EN AMERICA

En 1869, durante la presidencia de Sarmiento, Alberdi proyecta su regreso al Plata pero desiste nuevamente. Elida Lois cita un fragmento de una carta escrita por Alberdi ese mismo año a Gregorio Benites: “La Nación critica a Sarmiento por haber dicho, según ella, al hablarse de mi llegada rumoreada a Buenos Aires, que me haría fusilar por traidor. No sé si lo ha dicho, pero muy capaz sería de hacerlo, si pudiese, pues hace diez años que trató de hacerme matar en Chile, no por traidor, sino porque critiqué sus libros. Así respeta la libertad de examen ese liberal”. Estos rasgos de exaltada pasión asesina supo resumirlos Alberdi cuando se refirió a Sarmiento como “Facundo II”.
El viaje de regreso que no hace Alberdi es la partida al exilio de su alter ego, Luz del Día, voz de la verdad. El encuentro con Tartufo es tanto un desenmascaramiento y una burla como un amargo lamento; puesto en evidencia como amo de la Mentira, Tartufo, sin embargo, no deja de ejercer su poder. Duerme hasta tarde, es holgazán; cuando se decide a recibir su visita coloca “su pistola debajo de la almohada”. En lugar de sotana, viste una “blusa garibaldina”, el uniforme “del sacerdote armado de la libertad republicana”, dice, asumiendo el disfraz: “La libertad, el progreso, la educación, la civilización, como yo los tomo y practico, son mi fusil de aguja, mi cañón de acero, mi Chassepot, mis balas explosivas”. Tartufo se presenta casi en los mismos términos que usara Alberdi para referirse a Sarmiento veinte años atrás en las Cartas quillotanas.
Peregrinación de Luz del Día. o Viaje y aventuras de la Verdad en el Nuevo Mundo Juan Bautista Alberdi Unsam 548 páginas
Abanderado y responsable de la educación popular, no duda en confesarle sus verdaderos propósitos a Luz del Día; de todas maneras, ¿qué peligro puede haber en decir la verdad a la Verdad? La escuela, el colegio y los niños no son otra cosa que el más eficaz sistema de espionaje: el niño “es un espejo en que el observador sagaz ve hasta los secretos más insondables de una casa. Todo está en saberlo colocar e interrogar. Su testimonio es veraz y exacto como el de un espejo, porque tiene toda la inocencia del espejo, a cuya refracción no se escapan ni los defectos físicos de su madre y de sus hermanos. Es un suplente del confesionario”, dice Tartufo. Un poco más adelante, agrega: “Uno puede atraer y tener entre sus manos al niño en nombre de un santo objeto: la educación, la instrucción (...). Yo me ocupo de hablar y de escribir de educación, pero no de educar yo mismo; de enseñar a educar sin educar. De dirigir, de administrar, de gobernar la educación; pero no de darla, porque esto es oficio humilde, subalterno, y sobre todo, para darla es preciso haberla recibido. En una palabra: yo predico y hago sermones y conferencias sobre la educación, y esto me basta para ganar la confianza de los padres de familia y pasar por amigo del progreso, que es todo lo que yo quiero”.
Tartufo no es la única sorpresa que encuentra Luz del Día en su viaje al nuevo mundo. También están Basilio, Gil Blas, Loyola, el Cid, Pelayo, Fígaro, Don Quijote y Sancho. A pesar del oscuro panorama, la Verdad es invitada a dar una conferencia sobre el camino a seguir para la organización política en los países de Sudamérica. El diagnóstico alberdiano y su programa (ya presentes en las Bases) se repite una vez más. Como respuesta no consigue más que bufidos, injurias, bostezos y finalmente ronquidos.

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lunes, 30 de diciembre de 2013

Leonardo Padura: “No hay historia cubana sin Fidel”

Periodismo y literatura. El escritor cubano vuelve sobre sus textos de no ficción escritos en los 80. Allí se leen los trazos invisibles de la identidad nacional.


Desde la isla llega la voz de un hombre que es ícono de la cubanidad, y en particular, de la literatura y el periodismo de su país. Leonardo Padura acaba de publicar en la Argentina El viaje más largo (Capital intelectual y Futuro anterior) donde compila sus crónicas publicadas en el periódico Juventud Rebelde. Durante los años 80 el periódico dio lugar al vuelo poético de retratos y relatos que componían una serie de notas distintas para esos tiempos. Hoy Padura es un reconocido escritor que también tiene espacio para filmar. Acaba de finalizar el rodaje de una película que tiene como títuloRegreso a Itaka , una interpretación del exilio. Y en poco tiempo retomará el camino de la ficción escrita. Aquí habla el Padura periodista.
–¿Qué distancia existe entre el Padura de ficción y el que escribió estas crónicas en el diario Juventud Rebelde?
–Creo que el haber hecho este tipo de periodismo donde utilizo elementos, recursos, estrategias de la ficción para contar historias reales fue fundamental en mi desarrollo como escritor, en el uso de un lenguaje de experimentación, y el enriquecimiento del lenguaje literario. Tanto que entre mi primera novela, –que escribí antes de ingresar al periódico–Fiebre de caballos , y otra que escribí al salir del periódico, Pasado perfecto , se ve el salto de un escritor aprendiz a otro con recursos profesionales. Y eso se lo debo a esa etapa.
–¿Cómo fueron recibidos en los años 80 esos artículos? ¿Qué decían los lectores de Juventud Rebelde?
–Fue increíble. Tuvieron tanta repercusión que todavía hoy se me acercan y me dicen “Padura, cómo me gustaban aquellos trabajos que tú escribías en el periódico” y hace de eso más de 25 años en algunos casos. Fui conocido primero en Cuba como periodista antes que como escritor y durante muchos años seguí siendo el periodista que escribía estos largos reportajes para Juventud Rebelde. Fue una relación muy cercana con los lectores porque la gente estaba aburrida de un periodismo muy didáctico, político, ideológico y yo les estaba ofreciendo historias en las cuales se hablaba de personajes, lugares, la historia que todo el mundo conocía, pero desconocían cómo se habían desarrollado. Y fue una relación muy estrecha la que se estableció con los lectores.
–Finalizado ese ciclo, ese tipo de artículos ¿abrió el camino para que otros periodistas retomaran ese género?
–Lamentablemente no. Yo termino en el periódico a fines de los 80, cuando empieza la crisis económica en Cuba y prácticamente desaparecen los periódicos en el país. Juventud Rebelde pasó a ser un periódico semanal y no había espacio para estos reportajes. Además el ánimo de las cubanos no estaba para estos textos, fue una época en la que se luchaba por la supervivencia, por no morirte de hambre. Fue realmente terrible. Y después que pasó esa época tan dura, nunca el periodismo cubano volvió a ese camino y ha seguido siendo un periodismo más propagandístico y utilitario que literario y educativo.
–¿Cuándo fue la primera vez que oíste hablar de Rodolfo Walsh?
–Estando en la universidad leí Operación Masacre , se había hecho una o dos ediciones en Cuba, pero una de ellas fue muy masiva, era una colección de libros muy económicos que se llamaba Ediciones Huracán. Lamentablemente el papel con el que se hizo era tan barato que los libros de esa edición son ilegibles, pero deben haber circulado fácilmente 50, 60 mil ejemplares. Fue un libro que me marcó, porque pensé en algún momento que si alguna vez escribía periodismo iba a escribir un periodismo como el de Walsh; y que si alguna vez escribía novela también me hubiera gustado escribir algo como Operación... que parecía una novela.
–En tus textos hay fondo y figura, los protagonistas y los lugares donde desarrollan las historias lo cual le da una tensión y un interés que en otros textos no encontramos. ¿Cómo ves el panorama periodístico en ese sentido?
–Ese periodismo que yo pude hacer en los años 80 y que tres o cuatro periodistas cubanos practicaron en aquellos años de manera más notable, es un periodismo que es prácticamente imposible de hacer hoy. Recuerda que estamos hablando de una época en la que todavía los periódicos se hacían con recursos que venían desde el siglo XIX, la forma de componer los textos, los linotipos, las líneas de plomo, y ha habido una revolución tecnológica con la era digital, Internet, que cambió por completo la forma de hacer periodismo, de entender el periodismo, de concebir la noticia. Cada vez hay menos revistas, o son cada vez más superficiales, ya no hay esas grandes revistas periodísticas o quedan muy pocas de esas que existieron hasta los años 80 o 90. Los periódicos cada vez tienen menos páginas y luchan contra la rapidez de otros medios. Cuando escribo mis columnas para la agencia de prensa IPS en Roma no puedo excederme de las 50 líneas. Eso impide que el contexto esté presente en el texto periodístico, tanto que muchas veces tengo que buscar alternativas para poder explicar situaciones que fuera de Cuba no se entienden y que sin ese entendimiento lo que yo estoy explicando no tiene sentido. Yo añoro ese periodismo con historias contadas en la plenitud de sus posibilidades. Pero son cada vez menos los espacios y cada vez menos los lectores que tiene ese periodismo.
–¿Qué pasa con los lectores?
–Hay un lector nacido en la era digital, que ya es un lector importante, la generación que tiene entre 20 y 25 años, que se acostumbró a ese texto breve y estamos los lectores nostálgicos de mi generación, los que tenemos más de 40, 50 años, que crecimos con un periodismo mucho más analítico, más de fondo y añoramos esa lectura. Sin embargo, curiosamente ocurre esos lectores que quieren un periodismo muy sintético leen con mucha tranquilidad una novela de Harry Potter de 600 páginas y no resisten leer un reportaje largo. Sin embargo, en mi época, El Extranjero de Camus, que tenía apenas 100 páginas, era una novela de la cual creamos un culto literario; y al mismo tiempo también disfrutábamos de un reportaje de 15, 20 páginas en una revista...
–En el libro hay un texto sobre el ron Bacardi... ¿hablar de Bacardí es hablar de Cuba?
–En estos momentos la situación es completamente diferente. Bacardí ya no se fabrica en Cuba. Con esa tecnología se hacen rones que tienen otro nombre, el ron Santiago o una de las producciones de la línea Habana Club que se fabrica en Santiago de Cuba donde estaba la antigua fábrica Bacardí. Es difícil identificar hoy a Bacardí con Cuba pero durante casi un siglo fue una relación muy elemental el ron cubano por excelencia era el Bacardí, tanto que se creó una bebida internacional que todavía hoy se toma que es la mezcla del ron con el refresco de cola que se llama Cuba Libre, que se ha mitificado su origen y que identifica un poco lo que es Cuba. El Bacardi que hoy se bebe en el mundo no es de la misma calidad que el que se hacía en Cuba. Cuando en gastronomía elevas mucho la producción pues pierdes calidad.
–Teniendo en cuenta el subtítulo de tu libro: “Buscando una cubanía extraviada”, ¿qué imágenes constituyen la identidad cubana hoy?
–Cuba es un país que tuvo la fortuna de crear señas de identidad que muy pronto fueron reconocidas como símbolos de lo que era Cuba. La más importante es la música cubana, creo que es un elemento que desde el siglo XIX comenzó a recorrer el mundo y todavía hoy tiene esa presencia tremenda en el mundo, algo parecido al tango. Hablas de tango y estás hablando del Río de la Plata, hablas de son, de rumba y estás hablando de Cuba. La geografía cubana, el habano, el tabaco cubano, y el propio ron cubano siguen siendo marcas de identidad. Por supuesto indiscutiblemente se suma la Revolución Cubana. En América Latina tiene una presencia muy importante y el pensamiento y la iconografía guevarista, aunque tiene su origen en la Argentina, tiene su expresión en lo que significó el Che para Cuba, donde hizo su obra, la obra que lo convirtió en el Che. Tener una bailarina y una compañía como la de Alicia Alonso es un lujo; el Canon Occidental de Harold Bloom incluye entre 30 escritores de lengua española a cinco cubanos. Siempre digo que Cuba es un país más grande que la isla. La isla siempre nos ha quedado chiquita y por eso nos acusan de ser “los argentinos del Caribe”.
–¿Y a qué viene esa expresión?
–Nosotros tenemos la tendencia a magnificar, no sólo a creernos que somos diferentes, sino a tratar de demostrarlo filosóficamente y entonces en ese sentido un poco egocéntrico, creo que argentinos y cubanos nos damos la mano. Somos más pretenciosos que nuestros vecinos.
–Y en la lista de los íconos, ¿también está Fidel Castro?
–Fidel es una persona política que llena un espacio importante en el siglo XX, especialmente en América Latina, marcó la vida cubana durante 50 años y no se puede escribir la historia de América Latina y de Cuba sin la figura de Fidel; para bien o para mal. Desde el punto de vista que tú lo quieras analizar, tu perspectiva ideológica, tienes que contar con la figura de Fidel.
–Y a pesar de estar hoy en un segundo plano...
–Creo que la importancia política de Fidel se ha ido apagando y sobre todo en la medida en que se han ido introduciendo cambios en la sociedad cubana, esa importancia de Fidel ha ido disminuyendo, incluso el gobierno del propio Raúl Castro ha ido desmontando muchas de las estructuras que durante años Fidel creó para gobernar. Cuba no ha cambiado todo lo que debería haber cambiado en estos últimos seis años, pero ha cambiado muchísimo. Creo que estos cambios aunque lentos y fundamentalmente económicos y no políticos, han sido para bien y van a traer otros cambios, porque cuando empiezas a mover la estructura económica inmediatamente mueves la estructura social; y cuando mueves la estructura social al final mueves la estructura política.
–Obama y Raúl Castro se saludaron en el funeral de Mandela. ¿Qué te pareció esa actitud, cómo se vio en Cuba?
–Lo considero simplemente un gesto de cortesía entre dos personas, que actuaron como deben actuar los seres civilizados en un contexto tan especial como era el homenaje final que se le rendía a un hombre que había sido el gran maestro de la tolerancia y de las vías pacíficas, para conseguir objetivos políticos. Ojalá pudiera ser el principio de muchas cosas que se han especulado, de posibles acercamientos entre Cuba y EE.UU. Pienso que una de las pesadillas más terribles que hemos vivido en Cuba en estos años ha sido el diferendo con los EE.UU., la existencia del bloqueo, que es real y cómo ese embargo, ha servido a los intereses políticos de uno y el otro lado del estrecho de la Florida y cómo ha perjudicado sobre todo a los cubanos normales que vivimos del lado de acá o del lado de allá del estrecho.
–¿Qué continuidad hay entre el joven Padura y el actual desde los ideales políticos y culturales?
–Hoy soy muchísimo más escéptico, que tengo mucha menos fe en determinados proyectos colectivos, porque es lo que me ha enseñado la experiencia de estos años. Sigo pensando que muchas veces el objetivo de los políticos no es hacer el servicio público, sino tener una cuota de poder y todas esas experiencias me hacen ser bastante pesimista. De todos modos trato de buscar los lados buenos de los proyectos sociales, políticos, que existen. Con la muerte de Mandela creo que todos hemos pensado un poco en lo que puede ser un político realmente entregado a una causa, alguien que cumplió su misión y después salió de la escena política activa de una manera absolutamente en claro. Un ejemplo para muchos otros políticos sobre todo aquí en América Latina donde los políticos son tan adictos al poder.

CÓMO FESTEJA EL AÑO NUEVO CADA SIGNO

ARIES
Llega primero a la cena de año nuevo, termina de poner
la mesa y corta el pan para los chorizos. Se va a las
12 y un minuto porque lo esperan en una fiesta en Ramos
un sub grupo de un grupo de amigos de un amigo.

TAURO
Come pionono con ananá que le dá alergia. Se brota pero
 finge que no pasa nada, al igual que el resto de la familia.
Consulta la hora en el 113.

GÉMINIS
Le gusta la cena con la familia pero en realidad quisiera
estar con sus amigos que están San Bernardo y encima
alquilaron una carpa. Se va a dormir temprano porque al
otro día sale a correr a las 8 am.

CÁNCER
Cena con sus padres y hermanos aunque ellos no lo
invitaron. Propone juegos de mesa y conversaciones
sobre el nacimiento del hermano menor o un sobrino.
Se queda a dormir en lo de sus padres.

LEO
Leo llega tarde y hace comentarios sobre su vestuario y
su estado de ánimo. Hace un balance en voz alta de todo
lo que le pasó en este 2013. Cuando termina con el balance,
son las 12.

VIRGO
Se queda hasta las 2 am limpiando todos los tuppers
de comida. Quiere todo el tiempo contar cosas que le
pasaron, del orden de los emocional, pero nadie lo llega
escuchar.

LIBRA
Sonríe a todo el grupo familiar, media entre la relación tirante
de la nona y la tía con frases como "más contento que puto
con dos culos" o "sabés lo que es un asco? un sorete en
un frasco".

ESCORPIO
Es el hijo de puta que mete púa. Le recuerda a todos quién
le debe plata a quién. Critica la vajilla sin ironía.

SAGITARIO
A los gritos cuenta chistes de gallegos, se vuelca la fresita y
revolea al bebé por el aire muy cerca del ventilador. Es de
los que te explota el chasquibún en la espalda.

CAPRICORNIO
Llega solo y les cuenta a todos que tiene un pez gordo entre
las manos para el 2014, un proyecto que les va a dar a todos
de comer: quiere hacer tinturas para perros.

ACUARIO
Propone hacer un amigo invisible para Reyes y la foto grupal
tipo equipo de fútbol con los abuelos en los extremos. Nadie
acepta, se ofende y no habla más con nadie durante toda la
noche.

PISCIS
Llega solo y se va solo. Propone una oración para los espíritus
de año nuevo que dice que existen porque lo vió en un programa
en Infinito. Les cuenta a todos de su nueva religión y explica el
sentido de la vida en la tierra.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Nabokov

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Contratapa|Viernes, 6 de diciembre de 2013


El secreto del mundo

Por Juan Forn
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El acápite de novela más extraordinario que leí en mi vida dice: “El roble es un árbol. La rosa es una flor. El ciervo es un animal. La golondrina es un pájaro. Rusia es nuestra patria. La muerte es inevitable”. Son palabras de un tal Piotr Smirnovsky y, si le creemos a Nabokov, vienen de un manual de gramática rusa que se usaba para educar a los niños en Berlín durante la primera gran oleada de la emigración, después de la revolución bolchevique. Había muchos rusos que tomaban estas palabras como un dogma de fe en aquellos tiempos. Bajaban a caminar por la calle en Berlín y esperaban encontrarse con el otoño en San Petersburgo. Si se subían a un tranvía y se les caía un guante por la ventanilla, tiraban el otro para que quien lo encontrara tuviera el par, aunque no les quedara en los bolsillos ni una moneda para tabaco, carbón o té. Todos eran escritores, todos creían tener algo que decir porque les dolía Rusia. Leían los periódicos de la emigración como si leyeran a Tolstoi y los escribían como si fueran Pushkin. No sólo no entendían la revolución que los había expulsado de su mundo idílico; tampoco les entraba en la cabeza que la edad de oro de la literatura rusa (ese medio siglo de Pushkin a Tolstoi) hubiera dejado su lugar a la edad de plata (Ajmátova, Maiacovski, Blok). Para ellos no había terminado todavía: continuaba en ellos. Habían tenido delante de sus narices a los acmeístas y a los futuristas y a los imaginistas, antes de abandonar la patria, pero seguían pensando que la literatura rusa la hacían ellos, en salones prestados en Berlín.
Había un muchacho que iba a esos salones, uno de “esos jóvenes rusos en Berlín que vendían pobremente las sobras de su educación aristocrática dando lecciones particulares de inglés, boxeo y tenis”. El también llevaba a Rusia en el corazón. De hecho, se creía con más derecho que todos esos vejestorios de salón a sentir que Pushkin y Tolstoi corrían por su sangre, porque en su caso el parentesco no sólo era metafórico, sino sanguíneo: el joven Nabokov se creía el príncipe heredero de la literatura rusa, y un poco así lo trataban esos vejestorios (a fin de cuentas, su padre había muerto por la patria poco antes, poniéndole el pecho a las balas que pretendían asesinar a Kerensky a la salida de un mitín político en Berlín). El joven Nabokov asistía a aquellas veladas con el cuello de la camisa abierto y zapatillas de tenis sin medias, el rostro y las manos y los tobillos siempre bronceados y una inalterable indiferencia en su expresión helénica, pero por dentro se sentía “como una casa a la que han privado de su piano de cola”. En sus prolongados ratos libres entre clase y clase, leía a Pushkin como si lo inhalara (“El lector de Pushkin siente que su capacidad pulmonar crece”). Lo hacía como entrenamiento, pero no para escribir poemas: sabía ya que sus poemas podían engañar a otros pero a él no; necesitaba encontrar otro envase para la voz que tenía adentro. Y, así como descubrió temprano frente a un tablero de ajedrez que no tenía pasta de gran maestro pero sí tenía un talento tan endiablado como elegante para inventar problemas que vendía después a la revista 8x8, supo en aquellos tiempos en Berlín (cuando una muchacha hermosa que se convertiría en la mujer de su vida le dijo: “Me gustan tus poemas pero las palabras parecen un talle más pequeño de lo que deberían ser”) que la única manera que tenía de ser poeta era disfrazándose de novelista.
Años después, cuando ya había escrito todas sus fabulosas novelas en inglés, dijo que sólo se había limitado a aplicar la idea que se le ocurrió en ruso, en aquellos tiempos en Berlín: la de enmascarar la poesía en la prosa, la idea de que la gran narrativa es “poesía inadvertida”, opera sin hacerse evidente. Todos esos años de indolencia en Berlín, Nabokov estuvo en realidad entrenando el instrumento, escribió primero siete novelitas una tras otra para ir familiarizándose con el formato, y después puso sobre la mesa el libro que quería escribir desde un principio: la biografía de la mente de un escritor. Puso todo ahí: el Berlín opaco, la añoranza permanente de Rusia, las enfermas rivalidades literarias, las mujeres, las estrecheces económicas y también los delirios de grandeza de ese joven escritor, la manera en que va escribiendo su vida en la cabeza mientras tanto. Fue la última novela que escribió en ruso; después se pasó al inglés y, si se fijan un poco, repitió la táctica: un puñado de novelitas para ir tomándole el punto al idioma y entonces los grandes libros, Lolita, Pálido fuego, Habla memoria, Mira los arlequines.
Nina Berberova, que tenía la misma edad que Nabokov, dijo que cuando leyó La dádiva en París en 1939 sintió “que toda mi generación había sido justificada, estábamos salvados, teníamos sentido”. Pero el resto de la emigración detestó el libro y se sintió ultrajada. Nadie quiso pagarle la publicación, Nabokov terminó encontrando un editor alemán de poca monta que dejó morir al libro, y después, cuando logró cruzar a salvo hasta Estados Unidos huyendo de los nazis, no confiaba en nadie para que la tradujera, y él mismo no se decidía a hacerlo porque le resultaba demasiado doloroso tener que enfrentar en inglés los dilemas estilísticos que tan bien había sabido resolver en ruso, de manera que La dádiva (que en su lengua original se llama Dar, un título que habría sido perfecto para su traducción al castellano) durmió el sueño de los justos durante años y años, y todavía hoy es un libro semiolvidado: las editoriales que publican con pingües ganancias a Nabokov lo tienen fuera de catálogo, es una hazaña conseguir un ejemplar, sea en castellano o en inglés, para no hablar del ruso.
Había tanto que ofendía en La dádiva a los emigrados rusos en Berlín (y a los de Praga y a los de París, que participaban a la distancia), fue tal la catarata de cartas quejándose a los diarios sobre distintos momentos del libro, que nadie se sintió escarnecido por una escena en que el joven protagonista compara la vida de los rusos en Berlín con un cuento de los muchos que le hizo su padre (muerto, como el de Nabokov, e idealizado como el de Nabokov): en los confines de Chang, durante un incendio, un viejo chino tira agua sin cansarse al reflejo de las llamas en las ventanas de su casa, convencido de que la está salvando. Otro de los personajes de La dádiva dice en cierto momento: “La vida como viaje es una ilusión estúpida. No hay viaje, no vamos a ninguna parte, estamos sentados en casa y el otro mundo nos rodea, siempre”. Los rusos de Berlín evitaban en lo posible el trato con los “aborígenes” (ajj, krautz), desconfiaban y evitaban a los nuevos rusos que llegaban (espías, todos espías) y seguían tirando agua contra el reflejo de un fuego en el vidrio. No había mundo más pequeño. Y sin embargo, en el centro mismo de La dádiva una voz dice estas fabulosas palabras: “No es fácil de entender pero si lo entiendes lo entenderás todo y saldrás de la prisión de la lógica: el todo es igual a la más pequeña parte del todo, la suma de las partes es igual a una de las partes de la suma. Ese es el secreto del mundo”.

Tratado sobre las manos-Miguel Vitagliano

Domingo, 1 de diciembre de 2013
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ESCRITO EN EL MARGEN

El legado de un profesor de literatura está en sus manos: los subrayados que hizo en los márgenes de los libros que leyó, anotó, estudió y amó a lo largo de su vida. A partir de esta premisa, Miguel Vitagliano reconstruye en Tratado sobre las manos un camino emocional e íntimo en el que la reflexión sobre la literatura y su posible sentido encuentra un cauce afectivo que deposita en el corazón de los lectores.

Por Mara Laporte
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Algunos escritores tienen una historia para contar; otros prefieren salir a su encuentro. Miguel Vitagliano se encuentra, sin duda, entre estos últimos. Tratado sobre las manos, su última novela, probablemente sea menos una historia que una búsqueda, un recorrido que parecen transitar a la par el propio autor, cada uno de los personajes y, en consecuencia, el lector, que a lo largo del trayecto no puede sino agradecer el haber sido invitado a la aventura. Hacia dónde va esta historia lo iremos vislumbrando de la mano de Lidia, su protagonista, una maestra retirada que, a los 62 años, sufre la muerte de su marido, Víctor, un profesor de literatura latinoamericana a quien dedicó toda su existencia. En medio del duelo, Lidia comienza a recorrer la biblioteca de Víctor, y es allí donde empieza a mitigar su dolor, reencontrándose con su marido en los subrayados y comentarios al margen dejados por él en los miles de libros que ha leído a lo largo de su vida. Entonces, la idea que se le ocurre a Lidia alcanza la dimensión de su pena: transformar esas escrituras marginales en el último y verdadero libro de Víctor, el que él mismo fue escribiendo en los márgenes de otros, casi sin advertirlo, durante toda su vida. Porque “la muerte era estar quieta y ella estaba viva, y Víctor también, mientras mantuviera sus palabras en movimiento”. Y este proyecto, tan descomunal como maravilloso, acaba reencontrándola no sólo con Víctor, sino también con su propia familia, con quien comienza a reconstruir los lazos de un vínculo que parecía hasta entonces deshecho.
“Nada sucede de la nada: todo lo que es, antes dejó su huella”, se anima Lidia envuelta en las palabras de La eternidad de los astros, aquel fantástico ejemplar de Auguste Blanqui en cuyos márgenes Víctor había apuntado algunas de sus cavilaciones. Y aquí, como si se tratara de un juego de muñecas rusas, es probable que quienes tenemos la costumbre de leer “lápiz en mano” volvamos a agradecer al autor –por Blanqui y por la aventura– y nos encontremos de pronto, también, subrayando lo subrayado por Víctor en un libro que fue de otro pero que de algún modo es de todos. Porque si de algo trata este Tratado sobre las manos es precisamente del diálogo, de esa conversación absolutamente íntima que se establece entre el lector y aquello que lee, de la multitud de voces que dialogan o confrontan con otras voces a partir de un texto. Y de cómo, en una sucesión dialógica que nunca acaba del todo –qué otra cosa, si no, es la Literatura– cada texto viene a cuestionar o continuar a otros, abriendo a su vez siempre una pregunta que algún texto futuro tal vez se atreva a responder. Así, Lidia, en su papel de escriba del libro último de Víctor, no hace más que inscribirse en esta cadena de diálogos y conversaciones. Como ejemplo de este espíritu dialógico (en el sentido más bajtiniano del término) que atraviesa toda la novela, valga uno de sus primeros pasajes, en el que la protagonista se encuentra con un ejemplar de Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, en el cual Víctor había subrayado una serie de palabras dispersas. Lidia las une y las transcribe en forma de versos, y de ese modo acaba escribiendo un poema: “... hace unas páginas/este fantasma femenino/forma la página escrita/yo me dejo encontrar/alejarme/desaparecer/tú querías unos pocos elementos/queda escondido qué hay que no sea”. ¿No representa este poema escrito con palabras ajenas la más profunda dimensión del diálogo literario? Es Calvino prestándole sus palabras a Víctor; es Víctor hablándole a Lidia, es Lidia respondiendo con la construcción de un nuevo texto.
De esta manera, de Blanqui a Calvino, pasando por Borges, Gombrowicz, Fogwill, Márai, William H. Hudson, o Novalis, entre las múltiples lecturas de Víctor cuyos márgenes va recorriendo Lidia, se va abriendo paso, paralelamente, otra historia. Una historia que comienza cuando la protagonista, empujada por una situación fortuita, acaba teniendo que pasar una temporada en la casa de su familia política. Allí, en el que supo ser el hogar familiar de Víctor y con el tiempo se convirtió tanto en un club de squash venido a menos como en la casa de su hermano Joaquín, su esposa y sus tres hijos, continúa Lidia con su colosal proyecto. Y así, mientras lee y transcribe acunada por el golpeteo anacrónico de las pelotas de squash, reconstruye los vínculos con su familia. Una familia en la que cada uno esconde un misterio o una herida: Joaquín, su cuñado; Elena, la esposa de Joaquín y, principalmente, sus sobrinos: Miranda, que todo lo mira; Joaco, que retoma como puede su vida tras un accidente y, especialmente, Vicky, que se siente segura en el dolor de los demás, y que acaba desempeñando un papel fundamental en la vida de Lidia y en la historia.
Y si Tratado sobre las manos es una novela dialógica, el tratamiento que Vitagliano hace de los personajes la vuelven una obra polifónica. Porque el autor, lejos de imponer su voz, permite que las conciencias y mundos de sus personajes se entrecrucen a través de sus propias voces, presentándose a sí mismos en sus actos y palabras. Es ésta una de las particularidades de esta novela: el lugar desde el que elige hacer oír su voz quien la escribe, jugando a esconderse por momentos, a reaparecer en alguna Nota de Autor, pero nunca por encima de sus personajes sino a su mismo nivel, en igualdad de condiciones.
Tratado sobre las manos. 
Miguel Vitagliano 
Eterna Cadencia Editora 
288 páginas

Cuenta Vitagliano una anécdota que, aun siendo un elemento extratextual, mucho tiene que ver con la génesis de su libro. Refiere el autor que un amigo le regaló una vez un libro de teoría literaria marcado en los márgenes por David Viñas, a quien había pertenecido el ejemplar. El amigo, al entregárselo, le comentó además que en su interior había un recorte de una publicación cuyo contenido ignoraba, ya que no había llegado a leerla. Cuando Vitagliano la abrió vio que se trataba, casualmente, de un artículo sobre Bajtin. Al terminar de leerlo, descubrió que quien firmaba el artículo era él mismo, Miguel Vitagliano. El episodio, que podría tener que ver con “la insolencia de lo aleatorio”, surca este Tratado sobre las manos en varias de sus coordenadas, y profundiza en una de las grandes preguntas que viene a plantear el libro: ¿existe realmente el azar, o las casualidades no son más que “invenciones fútiles o revelaciones que se cuelan desde alguna zona misteriosa”?
Tratado sobre las manos es un libro que viene a recordar de qué manera “cada uno de nosotros debe decidir cuál es el encuentro que define nuestras vidas”, qué parte de la vida merece ser subrayada y en cuál de sus márgenes tal vez tengamos algo por agregar. Y quizá la mejor definición posible de esta novela la haya proporcionado Lidia, al intentar explicar esa maravillosa hazaña suya que es el libro final de Víctor: “Es un libro complejo y amigable, como son las relaciones íntimas verdaderas”. Eso es Tratado sobre las manos: una novela que habla sobre Literatura, pero que no olvida que la Literatura –y ahí su lado íntimo y emocional– también puede ser acariciada con las manos.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Jack Kerouac

Tapa libros

Escenas de Nueva York

En 1960, Jack Kerouac publicó un libro donde se recopilaba una serie de artículos que daban cuenta de su pasión nómade y de alguna manera concluía una suerte de balance de los beatniks, de lo que había sido de ellos, incluyendo a Gregory Corso y Allen Ginsberg, entre otros. Viajero solitario se publica ahora en la Argentina (Caja Negra) después de una edición de Losada en los años ’60. Aquí se presentan fragmentos de uno de los textos en el que Kerouac hace una vital semblanza de una Nueva York plagada de jukeboxes y hot dogs, donde acaba de morir Lester Young, pero todavía se puede escuchar a John Coltrane, aburrirse con programas de Doris Day, comer comida étnica y vivir la vida nocturna en todo su esplendor extravagante.


 Por Jack Kerouac

Mi madre vivía sola en un departamentito en Jamaica, Long Island; trabajaba en una fábrica de zapatos y esperaba que yo volviera a casa para hacerle compañía e ir con ella al Radio City una vez al mes. Siempre tenía listo para mí un minúsculo dormitorio: ropa limpia en el armario, sábanas limpias en la cama. Era un alivio después de tantas bolsas de dormir, literas y tierras del ferrocarril. Y era también una oportunidad de quedarme en casa y escribir.
Yo siempre le daba a mi madre el dinero que me sobraba del sueldo. Entonces me instalaba, dormía mucho, meditaba todo el día en casa, escribía y daba largas caminatas por la amada Manhattan, que estaba a media hora de subte. Vagaba por las calles, los puentes, Time Square, las cafeterías, el puerto... Me juntaba con mis amigos, los poetas beatniks, y caminábamos juntos. Tenía romances con chicas que conocía en el Village. Todo lo hacía con esa alegría loca, algo delirante, que uno siente cuando vuelve a Nueva York.
En Nueva York, mis amigos y yo teníamos una estrategia especial para pasarla bien sin gastar mucho y, lo más importante, sin que nos molestaran algunos personajes con sus tediosos compromisos como, digamos, un baile en la casa del alcalde. No nos hace falta andar dando la mano como diplomáticos, no necesitamos citas de ningún tipo y nos sentimos muy bien. Damos vueltas por las calles como chicos. Vamos a las fiestas, contamos lo que hicimos y la gente cree que es pura jactancia. Dicen: “¡Los beatniks, los beatniks...!”.
Pensemos, por ejemplo, en una noche típica. Al salir del subte de la Séptima Avenida en la Calle 42, se pasa delante del baño de hombres, el baño más castigado de Nueva York –nunca se sabe si está abierto o no; por lo general hay una gruesa cadena con un cartel que dice “Clausurado”; otras veces se ve salir algún monstruo decadente de cabello blanco; es un baño por el que pasaron los 7 millones de habitantes de Nueva York–, se deja atrás el local nuevo de hamburguesas al carbón, los vendedores de Biblias, los jukeboxes, un puesto de revistas y libros usados pegado al negocio de maníes que les da su olor característico a las galerías del subterráneo –ahí se puede encontrar algún ejemplar usado de Plotino contrabandeado entre libros de textos de colegios secundarios alemanes–, se venden también hot dogs de aspecto dudoso (no, mentira, en realidad son excelentes, sobre todo si no se tienen los quince centavos que cuestan y se consigue alguien que los preste en la cafetería de Bickford).
En la tabaquería, con cantidad de teléfonos públicos, de la 42 y la Séptima, pueden hacerse innumerables llamadas mientras se mira el movimiento de la calle y uno se siente protegido ahí dentro cuando llueve y entonces la conversación se prolonga. ¿Y qué se ve? ¿Equipos de básquet? ¿Entrenadores de básquet? ¿Toda esa gente que anda en patines? ¿Muchachos del Bronx que buscan acción, un romance? ¿Extrañas parejas de chicas que salen de los cines porno? ¿Las viste? O más bien hombres de negocios un poco borrachos, con el sombrero ladeado en la cabeza encanecida, que miran las carteleras en el edificio del Times, frases sobre Khrushchev, el crecimiento demográfico en Asia, y siempre quinientos puntos después de cada oración. Hasta que aparece un policía patológicamente preocupado y les ordena a todos que se vayan. Este es el centro de la ciudad más grande que el mundo ha conocido jamás y esto es lo que los beatniks hacen aquí. “Quedarse parado en una esquina sin esperar a nadie, eso es el Poder”, dijo el poeta Gregory Corso.
Crucemos la calle para ir a lo de Grant, nuestro restaurante preferido. Por sesenta y cinco centavos ofrecen un enorme plato de almejas, papas fritas, una porción de ensalada de coliflor, salsa tártara, salsa para el pescado, una rodaja de limón, dos rebanadas de pan de centeno fresco, manteca y, por otros diez centavos, un vaso de rara cerveza de abedul. ¡Qué fiesta es comer ahí! Españoles que mastican hot dogs, de pie, un poco inclinados hacia los tarros de mostaza. Diez mostradores diferentes con diez especialidades distintas. Sandwiches de queso de diez centavos, dos bares apocalípticos de licores y mozos indiferentes. Y policías que comen gratis en la trastienda, saxofonistas borrachos, linyeras solitarios de la Calle Hudson que toman la sopa sin hablar con nadie. Veinte mil clientes diarios, cincuenta mil los días de lluvia, cien mil cuando nieva. Abierto las veinticuatro horas. Privacidad suprema al amparo de la luz roja que alumbra la conversación. Toulouse-Lautrec, deforme y con bastón, dibuja en un rincón. Uno puede engullir la comida en cinco minutos o demorarse cuatro horas en delirantes conversaciones filosóficas con los amigos. ¡Comamos un hot dog antes de ir al cine! Pero estamos fumados y no nos movemos de ahí porque es más divertido que un programa de televisión sobre Doris Day y sus vacaciones en el Caribe.
Hay en Times Square una considerable población flotante que convirtió a Bickford en su cuartel general, de día y de noche. En los viejos tiempos de la beat generation, algunos poetas se reunían ahí para encontrarse con Hunkey, personaje famoso que iba y venía con impermeable negro y boquilla a la caza de alguien que le diera un recibo de empeño –máquina de escribir Remington, radio portátil, impermeable negro– a cambio de una tostada (o dinero) para ir a los suburbios a enredarse en una pelea con la policía. También iban gangsters tarados de la Octava Avenida –y acaso vayan todavía–, aunque casi todos los de la primera época deben estar en la cárcel o muertos. Ahora los poetas van a fumar una pipa de la paz, persiguen el fantasma de Hunkey y sueñan delante de una taza de té.
Los beatniks aseguran que si uno va ahí noche tras noche, todas las noches, se puede empezar una temporada dostoievskiana en Times Square y se puede hablar con los canillitas sobre el trabajo, las familias y las penas, fanáticos religiosos que podrían llevarte a sus casas y, en la mesa de la cocina, darte un larguísimo sermón acerca del “nuevo Apocalipsis” e ideas semejantes: “Mi pastor bautista de Winston-Salem me dijo que la razón por la que Dios inventó la televisión fue porque cuando Cristo vuelva a la Tierra lo crucificarán aquí, en las calles de Babilonia, y tendrá las cámaras apuntándole a Él y todos verán la sangre que correrá por las calles”.
Si uno se quedó con hambre, puede ir a la Cafetería Oriental, también “lugar de elección para la cena” con vida nocturna –barato– en el sótano que hay enfrente de la terminal de ómnibus de la Calle 40, y comer por noventa centavos cabezas de cordero con arroz a la griega. Y escuchar melodías orientales en el jukebox.
Todo depende de lo fumado que uno esté, suponiendo que se haya optado por alguna de las esquinas, por ejemplo, la de la Calle 42 y la Octava, cerca de la gran farmacia de Whelan: hay allí otro lugar solitario apropiado para observar gente, prostitutas negras, damas que se quiebran por la psicosis de la benzedrina. Enfrente se puede ver el principio de las ruinas de Nueva York –el Hotel Globe ya demolido, un agujero en la Calle 44– y el edificio verde de McGraw-Hill que se eleva hacia el cielo, mucho más alto de lo que podría siquiera imaginarse, solitario, en las inmediaciones del río Hudson, donde los cargueros esperan bajo la lluvia la piedra caliza que llega de Montevideo.
Mejor volverse a casa. Se está haciendo tarde. O: “Vayamos al Village o a Lower East Side y escuchemos en la radio a Symphony Sid –o pongamos nuestros discos indios– y comamos bifes puertorriqueños –o bofe–, o veamos si Bruno anduvo rompiendo coches en Brooklyn; aunque Bruno se volvió afable, así que por ahí escribió algún poema nuevo”.
O miremos televisión. Programa de la noche: Oscar Levant habla sobre su melancolía en el show de Jack Paar.
El Five Spot, en la Calle 5 y Bowery, tiene al pianista Thelonious Monk y hay que ir. Si uno conoce al dueño, puede sentarse gratis en una mesa y tomar una cerveza; si no, no queda más remedio que colarse, quedarse parado al lado del ventilador y escuchar. El lugar está repleto los fines de semana. Monk medita en una fulminante abstracción, clonc, el pie gigantesco marca delicadamente el tempo en el suelo, la cabeza gira hacia un lado para escuchar y parece meterse en el piano.
Lester Young tocó ahí antes de morir, entre entrada y entrada; le gustaba sentarse en la cocina. Mi amigo el poeta Allen Ginsberg fue una vez a verlo, se arrodilló delante de él y le preguntó qué haría si cayera una bomba atómica en Nueva York. Lester le dijo que iría corriendo a romper la vidriera de Tiffany’s para llevarse algunas joyas. También preguntó: “¿Qué hace de rodillas?”. No se daba cuenta de que era el gran héroe de la generación beat y que conservamos ahora su memoria como una reliquia. El Five Spot está mal iluminado, tiene mozos extravagantes, siempre buena música; a veces John “Train” Coltrane inunda el recinto con el sonido erizado de su saxo tenor. Los fines de semana, la gente del suburbio organiza fiestas; no le importan a nadie.
O, durante un par de horas, en los Jardines Egipcios del West Side Chelsea, el distrito de los restaurantes griegos. Vasos de ouzo, licor griego y mujeres hermosas que bailan la danza del vientre con trajes de lentejuelas; Zara, la incomparable, sigue con su cuerpo en la pista los misterios de la flauta y el ritmo griego: cuando no baila, se sienta entre los músicos de la orquesta y toca el tambor contra su vientre; ojos soñadores. Multitudes de parejas de los suburbios aplauden sentados a sus mesas al ritmo oriental. Si uno llega tarde, tiene que quedarse de pie, cerca de la pared.
¿Ganas de bailar? El Garden Bar en la Tercera Avenida. Se arman ahí fantásticos bailes a la media luz del salón del jukebox, en el fondo; es barato y los mozos no molestan.
¿Ganas de conversar? El Cedar Bar de University Place, punto de encuentro de todos los pintores y el lugar en el que un muchacho de dieciséis años estuvo toda una tarde tratando de que un chorro de vino tinto saliera de una bota española y cayera en las bocas de sus amigos, y no lo logró...
Los boliches de Greenwich Village, el Half Note, el Village Vanguard, el Café Bohemia y el Village Gate también programan jazz (Lee Konitz, J. J. Johnson, Miles Davis), pero son muy caros, aunque lo peor no es que haya que pagar mucho sino que la atmósfera comercial está matando al jazz y el jazz se está matando a sí mismo, porque el jazz pertenece a locales alegres donde la cerveza vale diez centavos, como era al principio.
Hay una gran fiesta en el departamento de cierto pintor; el flamenco suena fortísimo en el fonógrafo; de pronto, las chicas son puras caderas y puros talones y el resto trata de bailar entre el revoleo de las cabelleras. Los hombres se enloquecen y empieza la pelea: vuelan objetos de una punta a otra de la habitación, algunos agarran a otros de las pantorrillas y los levantan un metro del suelo, pero nadie sale lastimado. Las chicas se sientan en las rodillas de los hombres, se les levantan las polleras y quedan a la vista los encajes sobre el muslo. Por fin todos se visten y se vuelven a casa y el anfitrión dice, perplejo: “Parecen todos tan respetables”.
O alguien tiene un estreno de algo, o hay una lectura de poesía en el Living Theater, o en el Gaslight Coffee, o en la Seven Arts Coffee Gallery, a la vuelta de Times Square (un lugar increíble, en la Novena Avenida y la Calle 43) (empieza los viernes a la medianoche), desde donde todos van después a algún barcito. O puede ser también una fiesta en la casa de Leroi Jones. Leroi tiene un nuevo número de la Yugen Magazine, que imprime él mismo en una máquina con manijas y palancas y que publica poemas de todo el mundo, de San Francisco a Gloucester, Mass, y cuesta nada más que cincuenta centavos. Editor histórico y hipster secreto del comercio, a Leroi lo cansan un poco las fiestas; muchos se sacan la camisa y bailan; tres chicas sentimentales canturrean algo encima del poeta Raymond Bremser; Gregory Corso, mi amigo, discute con un periodista del New York Post y le dice: “¡Usted no entiende el llanto del canguro! ¡Cambie de rubro! ¡Váyase a las islas Enchenedias!”.
Salgamos de ahí; es demasiado literario. Vamos a emborracharnos al Bowery o a comer esos fideos larguísimos y tomar té en vaso de vidrio en el Hong at de Chinatown. ¿Por qué estamos siempre comiendo? Caminemos por el Puente de Brooklyn para abrir el apetito. ¿Y qué te parece en Sands Street?
Sombras de Hart Crane.
Viajero solitario. Jack Kerouac Caja Negra 186 páginas
Pero volvamos al Village y quedémonos en la esquina de la Calle Ocho y la Sexta Avenida y miremos pasar a los intelectuales. Periodistas de AP que vuelven agitados a sus casas de los sótanos de Washington Square; las editorialistas que pasean con enormes perros de policía atados con cadena; anónimos expertos en Sherlock Holmes de uñas azuladas corren a sus habitaciones a tomar escopolamina; un joven musculoso en un traje gris barato de corte alemán le explica algo intrincado a la gordita que lo acompaña; importantes periodistas se inclinan educadamente para retirar la edición matutina del Times que acaban de comprar; robustos operarios de empresas de mudanza salidos de una película de Charlie Chaplin de 1910 vuelven a sus casas con bolsas llenas de chop suey (para alimentar a toda la familia); el arlequín melancólico de Picasso, que es ahora dueño de una imprenta y un taller de marcos, piensa en su esposa y en su hijo recién nacido mientras para un taxi; rollizos ingenieros de grabación circulan con sombreros de piel; artistas mujeres de Columbia con problemas típicos de D.H. Lawrence buscan algún viejo de cincuenta años; otros viejos metidos en otros problemas; y en el espectro melancólico de la cárcel de mujeres de Nueva York, que resplandece en la altura y se pliega al silencio de la noche –las ventanas parecen naranjas en el ocaso–, el poeta e.e. cummings compra pastillas para la tos a la sombra de esa monstruosidad. Si llueve, uno puede quedarse debajo del toldo del Howard Johnson y contemplar la calle desde la vereda de enfrente.
En el supermercado, que está cinco puertas más allá, el ángel beatnik Peter Orlovsky compra bizcochos Uneeda (el viernes pasado a la noche), helado, caviar, jamón, pretzels, gaseosas, TV Guide, vaselina, tres cepillos de dientes, leche chocolatada (sueños de un lechón asado), papas de Idaho, pan de pasas, repollo –aunque por error– y tomates frescos y estampillas violetas. Después se vuelve a casa sin un peso, pone todo sobre la mesa, saca un libro muy grueso con los poemas de Mayakovski, pone una película de terror en el televisor de 1949 y se va a dormir.
Y ésta es la vida nocturna beat en Nueva York.

Mi deber en la Tierra

Tuve una infancia hermosa: mi padre era imprentero en Lowell; vagué día y noche por los campos y las orillas del río; escribí novelitas en mi cuarto, la primera a los once años; llevé también un diario e inventé un “periódico” que cubría mis mundos imaginarios de carreras de caballos, béisbol y fútbol. En el Colegio Parroquial de San José recibí tempranamente una excelente educación de los jesuitas, que me permitió después saltar sin escalas al sexto grado de la escuela pública; cuando era chico, viajé con mi familia a Montreal, Quebec; el alcalde de Lawrence (Massachusetts), Billy White, me dio a los once años un caballo en el que pasearon todos los demás niños del vecindario; el caballo se escapó. Acompañado por mi madre y mi tía, hice largas caminatas nocturnas bajo los árboles añejos de Nueva Inglaterra. Escuchaba con atención los chismes que ellas contaban. A los diecisiete años y bajo el influjo de Sebastian Sampas, un joven poeta local que murió luego en la playa de Anzio, decidí ser escritor. A los dieciocho años leí la vida de Jack London y resolví ser también un aventurero, un viajero solitario. Las primeras influencias literarias fueron Saroyan y Hemingway; más tarde, Wolfe (después de romperme una pierna jugando al fútbol con los estudiantes del primer año de Columbia leí a Tom Wolfe y recorrí su Nueva York en muletas). Influido por mi hermano mayor, Gerald Kerouac, que murió a los nueve años en 1926, cuando yo tenía cuatro, durante la infancia pretendí ser un gran pintor y dibujante (él lo era) (y también un santo, según dijeron las monjas) (esto aparece en la próxima novela, Visions of Gerard). Mi padre era moralmente recto, muy alegre; en sus últimos años, lo amargaron Roosevelt y la Segunda Guerra; murió de cáncer de bazo. Mi madre todavía vive. Y yo vivo con ella en una especie de vida monástica que me permitió escribir todo lo que escribí. Pero también escribí en el camino, como vagabundo, ferroviario, exiliado mexicano y peregrino por Europa (como se lee en Viajero solitario). Mi hermana Caroline, casada con Paul E. Blake Jr., de Henderson, N.C, técnico del gobierno en protección antimisilística, tiene un hijo, Paul Jr., mi sobrino, que me llama tío Jack y me quiere mucho. Mi madre se llama Gabrielle; sus largos relatos acerca de Montreal y New Hampshire me enseñaron naturalmente el arte de contar historias. La genealogía de mi familia se remonta a Bretaña, Francia, y a mi primer ancestro norteamericano, el barón Alexandre Louis Lebris de Kérouac de Cornwall, Bretaña; alrededor de 1750 le cedieron tierras a lo largo de la Rivière du Loup después de la victoria de Wolfe sobre Montcalm; sus descendientes se casaron con indias (mohawacks y caughnawagas) y cultivaron papas. El primer descendiente en los Estados Unidos fue mi abuelo Jean-Baptiste Kerouac, carpintero de Nashua, N. H. La madre de mi padre era una Bernier de la familia del explotador Bernier. Todos bretones por el lado de mi padre. Mi madre tiene un nombre normando, L`Evesque.
Mi primera novela en sentido estricto fue The town and the city, escrita, en la tradición del trabajo minucioso y la corrección, en tres años, entre 1946 y 1948, y publicada en 1950 en Harcour Brace. Luego descubrí la prosa “espontánea” y escribí Los subterráneos en tres noches y En el camino en tres semanas.
Leí y estudié solo durante toda mi vida. En Columbia batí el record de inasistencia a las clases para quedarme en mi cuarto. Escribía una pieza teatral diaria y leía a, digamos, Louis-Ferdinand Céline en lugar de los “clásicos” del curso.
Tenía mis propias ideas. Se me conoce como “loco, vago y ángel” de “prosa perpetua y desnuda”. Soy también poeta en verso: Mexico City blues. Siempre entendí que la literatura era mi deber en la Tierra. También la prédica de la bondad universal, que los críticos histéricos no supieron advertir bajo la frenética actividad de mis novelas sobre la generación “beat”. No soy realmente un “beat” sino un solitario, lunático y extraño místico católico...
Planes últimos: eremita en los bosques, serena escritura de madurez, dulce insinuación del Paraíso (que nos llega a todos...)
Este texto, “Por favor, haga un breve resumen de su vida”, fue escrito por Jack Kerouac como introducción a los artículos de Viajero solitario, que Caja Negra distribuye esta semana.