jueves, 26 de mayo de 2011

Dejen las bibliotecas en paz. Ustedes no entienden lo que valen.

4 Febrero 2011


Discurso pronunciado por Philip Pullman durante un encuentro de apoyo a las bibliotecas públicas de Oxfordshire. El gobierno de esa región tiene previsto reducir a la mitad el número de bibliotecas en funcionamiento. Traducción libre. Originales íntegros publicados en FalseEconomy y OpenDemocracy.


Philip Pullman, OpenDemocracy.


No hace falta que yo les dé datos. Todos ustedes están al corriente de la situación. El gobierno, en la dickensiana persona del Sr. Eric Pickles [actual ministro de administraciones locales del Reino Unido], ha reducido la cantidad de dinero que entrega los gobiernos regionales y ha delegado en esas autoridades la responsabilidad de hacer las economías correspondientes. Algunas de esas autoridades han reaccionado con entusiasmo y otras no tanto; algunas han decidido proteger el servicio de bibliotecas y otras lo han mutilado como aquel fanático obispo Teófilo que, en el año 391, destruyó la biblioteca de Alejandría y sus cientos de miles de libros de texto e investigación.


Aquí, en Oxfordshire, se nos amenaza con clausurar 20 de las 43 bibliotecas públicas que tenemos.


El Sr. Keith Mitchell, líder del consejo regional, dijo la semana pasada en el Oxford Times que los cortes eran inevitables y nos pidió que propusiéramos alternativas. ¿Por dónde cortaríamos nosotros? ¿Sacrificaríamos los servicios a la tercera edad? ¿Daríamos el tijeretazo a los servicios para los jóvenes?


Yo creo que no debemos aceptar esa invitación. Recortar servicios no es nuestro trabajo. Pero su trabajo es proteger esos servicios.


También creo que no debemos reaccionar a la peregrina idea de que las bibliotecas pueden seguir funcionando si se les dota de personal voluntario. Vaya un despropósito paternalista. ¿Cree que el trabajo de librero es tan simple, tan vacío de contenido, que cualquiera puede entrar allí y hacerlo a cambio de una palmadita en la espalda y una taza de té? ¿Cree que un librero no hace otra cosa que ordenar los estantes? ¿Y quiénes son esos voluntarios? ¿Quiénes son esas personas con esas vidas tan ociosas, con una cantidad de tiempo libre tan vasta como las interminables estepas del Asia central, sin familias que atender, sin trabajos que hacer, sin responsabilidades de ningún tipo, y aun así tan ricos que todas las semanas pueden disponer de varias horas para trabajar a cambio de nada? ¿Quiénes son esos voluntarios? ¿Conocen a alguien que se presentaría voluntario para un puesto así? Si hay alguien con el tiempo y la energía necesarios para trabajar a cambio de nada por una buena causa, lo más probable es que ya esté ocupado en uno de los centros de día del sector voluntario, o administrando un equipo de fútbol de su pueblo, o ayudando a la liga de amigos de un hospital. ¿Cómo los van a persuadir de que dejen eso y se pongan a trabajar en una biblioteca?


Sobre todo porque el consejo tiene la esperanza de que el servicio de juventud, que también va a perder otros 20 centros, se dote de (¿adivinan qué?) voluntarios. ¿Son esos voluntarios los mismos, o un grupo distinto?


Esta es la gran sociedad. Tiene que ser grande para que haya tantos voluntarios.
Ante las narices de esos voluntarios imaginarios se agita un premio. Nos dicen que si alguien quiere salvar las bibliotecas, tendrá la oportunidad de presentar una oferta de servicios y optar a una cantidad de dinero del erario público. Tendremos que estar atentos y pedirlo, como perrillos, y menear la cola si conseguimos hincarle el diente.


La suma que se mencionó inicialmente era de 200.000 libras. Si la dividimos entre las 20 bibliotecas que está previsto cerrar, salen 10.000 libras para cada una, que no me parece gran
cosa. Pero, por supuesto, no se va a dividir en partes iguales. Unas ofertas serán aceptadas y otras rechazadas. Después llega la trampa: se anuncia un “generoso” incremento del monto al que se opta con las ofertas. No son 200.000, sino 600.000 libras. Gran victoria para los voluntarios.


¡Hemos “ganado” un poco más de dinero!


Un momento, vamos a ver. Esas 600.000 libras no son para las bibliotecas. Resulta que esa suma es para todo aquel que esté haciendo algo. Si todos los voluntarios se ponen a presentar ofertas como locos, las 600.000 libras se acabarán muy pronto. Un centro de día por aquí, un transporte especial por allá, un curso de alfabetización de adultos por acullá, todos ellos repletos de astutos voluntarios presentando ofertas como locos, y en menos que canta un gallo el monto disponible para las bibliotecas quedará reducido de repente. ¿Por qué habrían de quedarse las bibliotecas con nada menos que un tercio del dinero social?


Para simplificar, supongamos que la cosa va solo de bibliotecas. Imaginemos dos comunidades a las que se ha anunciado que su biblioteca va a cerrar. Una está poblada por gente con holgadas pensiones, gran cantidad de tiempo disponible, extensa experiencia en el uso de programas de planificación y ese tipo de cosas, conexiones de banda ancha en cada hogar, dos coches en cada garaje, sistemas de vigilancia vecinal en cada esquina, todos organizados y listos para poner manos a la obra. A mí me gusta la gente de ese tipo: son la espina dorsal de muchas comunidades.


Me parecen bien, tanto ellos como su deseo de hacer algo positivo por sus pueblos y sus barrios.


No les quiero hacer de menos.


El caso es que esta gente tiene ciertas ventajas que la otra comunidad, la segunda de las dos que decía, no tiene. Allí, la gente no tiene trabajo, hay muchísimos hogares en los que solo hay un adulto, hay madres jóvenes que batallan diariamente para cuidar a sus bebés. En cuanto a la banda ancha y los dos coches, puede que tengan un ordenador viejo y lento y, con un poco de suerte, una furgoneta antigua y desvencijada. Le tienen terror a la inspección técnica. Para estas personas, organizar un viaje al centro de Oxford supone mucho tiempo y enormes esfuerzos de negociación familiar, conseguir que los niños se abriguen, preparar el cochecito del bebé y la pañalera y demás. El autobús tampoco sale gratis, claro, ya se lo pueden imaginar. ¿Cuál de esas dos comunidades logrará organizar una oferta de servicios para financiar la biblioteca de su barrio?


Una de las pocas cosas que, en el momento actual, hacen más soportable la vida de la madre joven de la segunda comunidad es la sesión semanal de lectura en la biblioteca del barrio, que queda cerca de casa. Puede ir andando con los dos bebés y pasar un rato sentada en un lugar cálido, limpio, seguro y agradable, un lugar en el que tanto ella como sus niños son bienvenidos. Pero, ¿tiene esa mujer, o alguna de las madres o de los ancianos que usan la biblioteca, todo ese caudal de bienestar y confianza social y conexiones políticas y experiencia administrativa y tiempo libre y energía que les permitirían presentarse voluntarios en las mismas condiciones que la gente de la primera comunidad? ¿Y cuánta gente podría presentarse voluntaria para ese trabajo, cuando tienen ya tantísimas cosas que hacer?


Lo que personalmente considero odioso de esta cultura de las ofertas públicas es que pone a un grupo, o a una escuela, en contra de otro. Si uno gana, el otro pierde. Siempre me ha parecido odioso. Esto empezó cuando abandoné la docencia, hace 25 años. Ya entonces pude ver el derrotero por el que iban las cosas. En cierto modo es una forma de eludir la responsabilidad. Elegimos con nuestro voto a ciertas personas para que tomen decisiones, pero resulta que esas personas no quieren tomar decisiones e instituyen este despropósito de las ofertas de servicios con las que, a la postre, no se les puede responsabilizar del resultado: “bueno, si la comunidad tenía verdadero interés en esto, debería haber presentado una oferta mejor; no puedo hacer nada al respecto, tengo las manos atadas”.


El proceso siempre acaba con la victoria de un lado y la derrota del otro. Está diseñado así. Es una importación de los peores excesos del fundamentalismo de mercado al territorio que siempre había estado a salvo de ellos, a esa parte de nuestra vida pública y social que no se había visto sometida nunca a la presión comercial del tener que ganar o perder, sobrevivir o morir, que es la esencia misma de la religión del mercado. Como todos los fundamentalistas cuyas manos frías y húmedas manejan los resortes del poder político, los fanáticos del mercado van a acabar con todos los sectores humanos, revitalizadores, generosos, imaginativos y dignos de nuestra vida pública.


Yo creo que poco a poco nos vamos percatando de la verdad que subyace a esos fanáticos del mercado y a su credo. Vemos ahora que el viejo Carlos Marx ponía el dedo en la llaga cuando
señalaba que el mercado acabaría por destruir todo lo que conocemos, todo lo que consideramos sólido y seguro. Es el disolvente más potente que se conozca. “Todo lo que es sólido se diluye en el aire”, dijo, “todo lo que es sagrado se profana”.


El fundamentalismo del mercado, esta locura que ha infectado a la raza humana, es como un fantasma avariento que acecha en las salas de reuniones, los consejos y los comités desde los que se dirigen hoy día los destinos de este mundo.


En el mundo que yo conozco, el mundo de los libros, las editoriales y las librerías, era frecuente que un editor leyera un libro, le gustara y lo publicara. Justificaba su decisión en la
calidad del texto y en su previsión de si el autor sería capaz de escribir más libros. A veces el libro vendía montones de ejemplares y a veces no, pero no importaba mucho porque el editor sabía que los escritores necesitan publicar tres o cuatro libros para encontrar su voz narrativa y captar la atención del público. Ciertos editores de éxito sabían que determinados escritores jamás se venderían bien, pero los seguían publicando porque les gustaban. Era una labor humana administrada por seres humanos. El asunto eran los libros, y quienes trabajaban en editoriales y librerías consideraban que los libros eran reflejos del espíritu humano: cápsulas de deleite, de consolación o de conocimientos.


Eso se acabó cuando el fantasma avariento de la locura del mercado se hizo con el control del mundo editorial. Las editoriales las dirigen hombres de negocios, no hombres de letras. El
fantasma avariento les susurra al oído: ¿por qué publicas a ese hombre? No se vende lo suficiente. No lo publiques más. Mira la lista de ventas del año pasado: más de la mitad no llegó a best seller. Este año tienes que publicar solo best sellers. ¿Por qué publicas a esa mujer?


Solo le gusta a un grupo minoritario. Las minorías no nos van bien. Queremos duplicar los beneficios de cada uno de los libros que publiquemos.


Así, las decisiones se toman por motivos errados. La felicidad y el gozo no cuentan; los libros se publican no porque sean buenos, sino porque se parecen a los que están en las listas de best sellers, porque el único criterio es el beneficio.


El fantasma avariento está por todas partes. Ese edificio de oficinas no da suficiente dinero: derríbalo y construye pisos. Los pisos no dan suficiente dinero: échalos abajo y pon un hotel. El hotel no da suficiente dinero: desmantélalo y abre unos multicines. Los multicines no dan suficiente dinero: cárgatelo y construye un centro comercial.


El fantasma avariento entiende muy bien el concepto de beneficio, y eso es lo único que es capaz de entender. No comprende las iniciativas que no dan beneficio alguno porque no se han creado con esa finalidad, sino para otra. Es incapaz de entender, por ejemplo, las bibliotecas. A ver, esa sucursal: ¿cuánto dinero ganó el año pasado? ¿Por qué no suben las multas por retrasos? ¿Por qué no cobran las tarjetas de biblioteca? ¿Por qué no cobran las búsquedas por el catálogo? Las reservas, las reservas: tendrían que cobrarlas mucho más caras. Esos estantes de ahí, ¿qué tienen? ¿Filosofía? ¿Y cuánta gente los consultó la semana pasada? ¿Tres? Vacíen esos estantes y pongan biografías de famosos.


Para eso piensa el fantasma avariento que son las bibliotecas.


Por supuesto que no voy a culpar al consejo regional de Oxfordshire del colapso de la dignidad social que se está produciendo en todo el mundo occidental. El consejo tiene amplios poderes y gran autoridad, pero no tanta. El origen de la situación actual se remonta a un tiempo pasado y a una jerarquía superior, más allá de la flamante oficina que ocupa hoy el Sr. Keith Mitchell


[Director del consejo regional de Oxfordshire]. Es todavía más antigua y poderosa que la eminente, por no decir monumental, figura de Eric Pickles. Para encontrar el verdadero origen
habría que hacer un largo viaje al pasado, y no sería descabellado hacer una primera parada en


Chicago, cuna de la famosa Chicago School of Economics, que fomentó la libertad a ultranza del mercado y la reducción extrema del tamaño del gobierno.


Se podría ir un poco más atrás, hasta fines del siglo XIX, y echar una mirada al concepto de “organización científica del trabajo”, término con que se hacía referencia a la idea de Frederick Taylor de que uno podía conseguir que un empleado trabajara más si dividía la labor en partes mínimas, calculaba cuánto se tardaba en hacer cada cosa, y así sucesivamente. En otras palabras, la transformación de la confección humana en producción mecánica en masa.


Uno podría continuar viajando hacia el pasado hasta bien entrada la prehistoria. La fuente primigenia es, probablemente, la tendencia que tenemos algunos de nosotros, y que es parte de la herencia psicológica de nuestros ancestros más distantes, la tendencia, digo, a buscar soluciones radicales, verdades absolutas y respuestas abstractas. Todos los fanáticos y fundamentalistas comparten esa tendencia, que a los demás nos resulta tan extraña y desagradable. La teoría dice que deben hacer tal y cual cosa, y ellos la hacen sin tener en cuenta las consecuencias humanas, y mucho menos el costo social o el terrible daño que sufre el tejido de todo lo digno y lo humano.


Me temo que esos fundamentalistas van a estar siempre entre nosotros, de una forma o de otra. Lo que hay que hacer es mantenerlos lo más lejos posible de los resortes del poder.


Quiero terminar volviendo a las bibliotecas. Me gustaría decir algo sobre mi relación personal con las bibliotecas. Al parecer el Sr. Mitchell piensa que los escritores solo defendemos las bibliotecas porque somos parte interesada, es decir, que nos metemos en el asunto por dinero. Yo esperaba que, con arreglo a las normas del debate público, se presentaran argumentos sustantivos antes de llegar a la descalificación personal. El hecho de que el Sr. Mitchell haya utilizado tan pronto este recurso es un claro indicio de que no tiene mucha fe en el resto de sus planteamientos.


No, Sr. Mitchell, no es por dinero. Lo hago por amor.


Aún recuerdo mi primer comprobante de biblioteca. Debió de ser allá por 1957. Mi madre me llevó a la biblioteca pública que quedaba al final de Battersea Park Road y me inscribió. Yo estaba emocionado. ¡Tantísimos libros, y me dejaban llevarme los que quisiera! Me acuerdo de algunos de los primeros libros que saqué y que me cautivaron: los libros de los Mumin, de Tove Jansson; una novela infantil francesa titulada Cien millones de francos. ¿Por qué me gustaban? ¿Por qué los leía una y otra vez y los sacaba cada dos por tres? No lo sé, pero menudo regalo para un niño, la oportunidad de descubrir que se puede amar un libro, que se pueden amar los personajes que hay en él, que se puede hacer amigo de ellos y vivir sus aventuras con la imaginación.


¡Y el secreto! ¡La bendita intimidad! Nadie puede interponerse, nadie puede invadirte, nadie sabe siquiera lo que está pasando en ese maravilloso espacio que se abre entre el lector y el libro.


Ese espacio, abierto y democrático, lleno de vibraciones, lleno de euforia y de miedo, lleno de estupefacción, donde las propias emociones e ideas se te devuelven clarificadas, magnificadas, purificadas y con más valor. Eres ciudadano de ese gran espacio democrático que se abre entre el libro y tú. Y la institución que te dio el libro es la biblioteca pública. ¿Cómo podría yo transmitir la magnitud de ese regalo?


En algún lugar de Blackbird Leys, en algún lugar de Berinsfield, en algún lugar de Botley, en algún lugar de Benson o en Bampton, por mencionar solamente los nombres de las comunidades que empiezan por B y cuyas bibliotecas van a ser clausuradas, en algún lugar de cada una de esas comunidades hay ahora mismo un niño, muchos niños como yo, en mis años de Battersea, niños que solo necesitan hacer ese descubrimiento para darse cuenta de que ellos también son ciudadanos de
la república de la lectura. Solo la biblioteca pública les puede hacer ese regalo.


Un tiempo después vivíamos en el norte de Gales, donde había una biblioteca móvil que circulaba por los pueblos y venía a nuestra zona cada quince días. Supongo que yo tendría unos dieciséis.


Un día vi una novela cuya portada me intrigó, así que me la llevé, sin saber nada del autor. Se titulaba Balthazar y era de Lawrence Durrell. El Cuarteto de Alejandría (volvemos otra vez a
Alejandría) era muy famoso por aquel entonces; muy valorado, muy inflado por la crítica. Ahora no está tan bien considerado, pero no tengo por costumbre despreciar lo que me ha gustado en el pasado, y me enganché a este libro y a los otros (Justine, Mountolive y Clea), que me apresuré a leer a continuación. Adoraba aquellas historias de gente bohemia, rica y cosmopolita que tenía sus aventuras amorosas y hablaba de la vida y del arte y otras cosas en aquella hermosa ciudad.


Otro estupendo regalo de la biblioteca pública.


Después vine a Oxford para estudiar en la universidad y se abrieron ante mí, en teoría, todos los tesoros de la Biblioteca Bodleiana, una de las mejores del mundo. En la práctica, no me atreví a entrar. Me intimidaba aquella grandeza. No me acostumbré a moverme por la Bodleiana hasta mucho más tarde, cuando ya era adulto. La biblioteca que usé en mi época de estudiante fue la vieja biblioteca pública que está en la parte de atrás de este mismo edificio. Si hay alguien aquí que sea tan viejo como yo, supongo que la recordará. Un día vi un libro de un escritor al que no había oído mencionar nunca, Frances Yates. Se titulaba Giordano Bruno y la tradición hermética.


Lo leí, cautivado y asombrado. Me cambió la vida, o por lo menos modificó el rumbo de mi desarrollo intelectual. Cambió sin duda la novela con que andaba trasteando, la primera, en lugar de prepararme para los exámenes finales. Una vez más, un descubrimiento trascendental en mi vida, que se produjo únicamente gracias a que existía una enorme sala llena de libros en la que yo tenía permiso para entrar cuando quisiera y sacar cualquiera de ellos.


Un último recuerdo, en este caso de hace apenas un par de años: estaba tratando de averiguar por dónde discurren todos los ríos y arroyos de Oxford para un libro que estoy escribiendo, El libro del polvo. Fui a la Biblioteca Central y allí, con la ayuda de un avispado miembro del personal, me las arreglé para dar con varios mapas antiguos que me mostraron justo lo que quería saber. Los fotocopié y ahora están clavados en la pared de mi cuarto, donde puedo ver exactamente lo que necesito.


Otra vez la biblioteca pública. Sí, estoy escribiendo un libro, Sr. Mitchell, y sí, espero hacer algún dinero con él. Pero no alabo el servicio de las bibliotecas públicas por dinero. Les tengo cariño a las bibliotecas públicas por lo que me hicieron cuando era niño y estudiante y adulto.


Les tengo cariño porque su presencia en un pueblo o en una ciudad nos recuerda que ciertas cosas son ajenas al beneficio, cosas de las que el beneficio no entiende, cosas que tienen el poder de confundir al fantasma avariento del fundamentalismo de mercado, cosas que nutren la dignidad cívica y el respeto del público por la imaginación, el conocimiento y el valor de los placeres sencillos.


Por eso tengo cariño a las bibliotecas, y lo mismo les pasa a los habitantes de Summertown, Headington, Littlemore, Old Marston, Blackbird Leys, Neithrop, Adderbury, Bampton, Benson, Berinsfield, Botley, Charlbury, Chinnor, Deddington, Grove, Kennington, North Leigh, Sonning Common, Stonesfield, Woodcote.


Y de Battersea.


Y de Alejandría.


Y de Buenos Aires (a propósito, ¿qué opinaría Borges?).


Dejen en paz las bibliotecas. Ustedes no entienden el valor de lo que tienen a su cargo. Es demasiado precioso para destruirlo.


lunes, 16 de mayo de 2011

Ernesto Sabato (1911-2011)



radar

Domingo, 8 de mayo de 2011


Tapa radar
Apocalíptico e integrado


Durante más de cincuenta años, desde que abandonó la ciencia para dedicarse a la literatura, la figura de Ernesto Sabato fue tan pública como polémica. Antiperonista, se peleó sin embargo con la revista Sur por su mirada sobre la reacción popular tras el golpe del ’55 en El otro rostro del peronismo. Intelectual del frondizismo, némesis literaria de Borges, autor de la teoría de los dos demonios, presidente de la Conadep, apocalíptico e integrado, además de todo, Sabato publicó tres novelas y un puñado de ensayos bendecidos por el reconocimiento mundial, un notable éxito de público –Sobre héroes y tumbas es una de las novelas más leídas de la literatura argentina– y hasta el Premio Cervantes. A pesar de producirse a los 99 años, su muerte no dejó de reflotar por estos días las polémicas y los debates que lo acompañaron a lo largo de las décadas más agitadas de la política y la cultura argentinas. Por eso, a una semana de su muerte, Radar recorre los múltiples puntos de vista sobre él en el último medio siglo.


Por Claudio Zeiger

/fotos/radar/20110508/notas_r/sl04fo11.jpg

Cómo no acordarse en estos días, por lo fresco y por ciertos paralelismos quizás un poco forzados pero paralelos al fin, de la polémica visita de Mario Vargas Llosa con ocasión de la Feria del Libro. Salvando distancias, y adoptando el respeto que aun para sus detractores conlleva la muerte de un escritor casi centenario, algo común atravesó el affaire Vargas Llosa y el subrayado “polémico” que en casi todos los medios –televisión y gráfica– se le adosó a la tarea intelectual de Ernesto Sabato: la necesidad, por no decir la inevitabilidad, de escindir lo ideológico de lo artístico, la cosa pública del intelectual de los textos literarios, la obra. En líneas generales, y no sin bastante razón, se concluyó que a pesar de ser el autor de novelas formidables como La ciudad y los perros o Conversación en la Catedral, Mario es un patán político, un derechista cavernícola que sigue escribiendo textos anticolonialistas como El sueño del celta (repito lo que oí, no lo leí todavía) a sueldo precisamente de los colonialistas.


La muerte de Sabato reflotó a medias la estrategia que tenemos a mano para enfrentar la insatisfacción espiritual que suelen generarnos nuestros ídolos literarios (¡imaginen si hubiéramos estado despidiendo a Céline!): escribió Sobre héroes y tumbas pero fue a almorzar con Videla. O viceversa. La verdad es que al producirse esas brechas nos desencantamos de Vargas Llosa, de Sabato y en general de todos aquellos que sufrieron algún tipo de conversión ideológica a lo largo de su historia, como nos desencantamos de los padres o de los reyes magos (que son los padres). Y aunque nos cueste admitirlo, el desencanto ideológico influye sobre nuestras opiniones literarias, estéticas, porque altera nuestro sistema de valores en la lectura. Por ejemplo, es difícil releer Abbadón con calma después de esbozada la teoría de los dos demonios. Cabe, sí, agregar que más allá de que compartan esa brecha entre lo ideológico y lo artístico (de signos diferentes en ambos, queda claro), Sabato siempre demostró una genuina sensibilidad social hacia los más humildes y desprotegidos (incluyendo a los adolescentes y a los jóvenes militantes de los ’70), sensibilidad de la que evidentemente carece el liberalismo liso y abstracto del más reciente Premio Nobel. Frente a las objeciones, sólo resta defender Sobre héroes y tumbas y seguir mascullando insatisfacción.


La literatura argentina del siglo XX es rica, riquísima, en este tipo de situaciones y polémicas por ser directa heredera de la literatura política, beligerante, propagandística y militante del siglo XIX. Es probable que el ciclo que se inicia en el siglo XXI sea muy diferente y que se encuentre cada vez más lejos de esos sayos polémicos que escritores como Sabato, Borges, Cortázar, Mallea, Martínez Estrada, Victoria Ocampo, Marechal desde otra perspectiva, no sólo cargaron sobre sus espaldas sino que muchas veces ellos mismos utilizaron como estrategia para insertarse como escritores en el campo intelectual de su tiempo. La máscara de Sabato, en definitiva, fue una de las tantas del campo literario de los años ’50 en adelante. Esa seriedad de Sabato que –hay que decirlo– exacerbó hasta rozar la autoparodia a partir de Abbadón, cuando él mismo se convierte en el personaje del escritor atormentado, fue compartida con matices por muchos otros –de Sur y de Contorno– que creyeron que las ideas y las letras son y deben ser cosa seria. La seriedad sabatiana (antes de devenir en la Profundidad de un gesto ceñudo, aunque no hay que olvidar tampoco que era un hombre realmente depresivo), bien puede quedar en el museo de los antídotos contra la pavada insondable que aqueja a buena parte de la literatura de los últimos años.


Es obvio que a muchos nos ha sacudido por estos días caer en la cuenta de que, a pesar del tiempo transcurrido y lo avanzado de su edad, la muerte de Sabato vino a cerrar tardíamente un círculo, vino a confirmar la irremediable muerte física del corazón de la literatura argentina del siglo XX, que ya se presentía y se volvía visible entre 1979 (muerte de Victoria Ocampo) y 1984-1986 con la muerte de Borges, Cortázar y Mujica Lainez y 1993 con la muerte de Silvina Ocampo. Bioy Casares moría al filo del nuevo siglo, en 1999. El caso de Sabato confirma que sólo la muerte física de los escritores libera por fin la obra hacia su total autonomía. Es como si los textos ineludiblemente necesitaran la total separación del cuerpo productor para montar un sentido completo. Se terminó, con la muerte de Sabato, el siglo XX para la literatura argentina. Se terminó el 30 de abril de 2011 en Santos Lugares como había empezado a terminarse en los ’80 en Ginebra, en París, en Cruz Chica Córdoba, en Buenos Aires, en la Recoleta. Se nos hace cuento, se nos hace mito, que existió la literatura argentina del siglo XX protagonizada por esos portentosos (término sabatiano) escritores-personajes.


En este contexto, Sabato es uno de los varios episodios incómodos de esa literatura argentina del siglo pasado. Y en su caso, lo más curioso es que esa incomodidad contrastó con la beatificación que algunos sectores le asestaron, llamándolo Maestro y alabando su sabiduría como la de un sabio, no la de un intelectual crítico. Sin negar que Sabato en cierta forma, y sobre todo en los últimos años, aspiró a encarnar ese sentido común de una clase media que se piensa a sí misma como poseedora de valores éticos de los que carecerían tantos los muy ricos como los muy pobres, es verdad que en sus novelas indagó en los aspectos más oscuros del hombre medio, no en su civismo intachable. Y al fin al cabo, casi todos los escritores son de clase media aunque escupan sobre sus valores, y también, hoy por hoy, la mayoría de los lectores pertenecen a las diversificadas clases medias urbanas, así que los dilemas “medios” de Sabato corresponden a prácticamente todos los escritores en actividad. ¿O es posible llegar a algún otro lector que no pertenezca de una forma o de otra a la clase media?


Nos queda a los que mal o bien persistimos cuesta arriba en la literatura argentina una vez terminado el siglo XX, llegar a descifrar el dilema de la separación entre lo ideológico y lo artístico-literario tal como en estos tiempos, por contigüidad de los hechos, se planteó con Vargas Llosa y Sabato, el sentido más profundo de la escisión que causa malestar. Probablemente, y con todo el ánimo de seguir debatiendo, las respuestas estén más cerca del legado de la seriedad (aunque nos sigamos burlando para siempre de los desbordes sabatianos de la vena hinchada) que del deseo de pureza.



Ernesto y el universo



Por Matias Alinovi

Querría argumentar moderadamente en favor de dos tesis arbitrarias a propósito del primer libro que publicó Ernesto Sabato, Uno y el universo. Una es que ese libro de ensayos de 1945 es lo mejor de su obra. La otra, que es un libro de divulgación científica.


Es el mejor de los que Sabato escribió en el sentido de que es un libro de autor, que quiere mostrar un punto de vista más o menos original sobre el mundo. La mirada personal de Sabato se eclipsó en los libros que siguieron, por razones que quizás admitan explicaciones diversas. En el pasaje a la literatura de ficción, sus libros tendieron a ser ademanes de los libros de otros, avatares de las vagas modas. El prólogo a la edición de 1968, veintitrés años después de la primera, parece admitirlo, aunque con la vanidad ingenua que en Sabato es la marca del artífice de la que hablaba Descartes: allí explica que lo mejor de aquel surrealismo de París, en el que militó, permaneció en él “para manifestarse años más tarde en el Informe sobre ciegos”.


La tesis de que se trata de un libro de divulgación científica sólo es defendible desde el recuerdo. Leí el libro hace muchos años y siempre lo recordé como un libro de divulgación. Cuando lo volví a leer, sin embargo, entendí que el criterio general con el que fue concebido es el del Diccionario filosófico de Voltaire. No sólo por el orden alfabético de los términos que dan entrada a los textos, o porque esos términos sean calculadamente misceláneos –hay una entrada reservada a Borges, y otra a la táctica militar– sino también por la irreverencia de algunas observaciones. Pero lo que mejor se recuerda después de la lectura son los artículos que presentan ideas de la ciencia. Y es probable que hayan sido esos textos divulgativos los que decidieron al jurado que premió el libro. Un jurado del que participaba el joven Bioy Casares, que pocos años antes, estimulado por las posibilidades literarias del progreso científico, había escrito La invención de Morel. Bioy tiene que haber sentido, por empatía argumentativa, que lo mejor del libro de Sabato era el modo en que estaban contadas algunas ideas que por entonces eran de vanguardia. ¿Qué tenía de interesante el modo en que Sabato las presentaba? Que al estar procesando el abandono de la física, las refería con cierto desapego, y así permitía que apareciera la perspectiva del autor en una materia que difícilmente la admite. La que divulgaba en el libro no era la voz de la ciencia, como suele suceder en el género, sino la de Sabato, un autor que dominaba su materia, opinaba sobre ella y expresaba sus puntos de vista.


Como muchos científicos, Sabato quiso ser escritor. Pero el voluntarismo del querer ser lo perdió. Sabato debería haber escrito, simplemente. Dejar brotar la voz de la autoría sobre las materias que dominaba. En cambio, buscó convertirse en escritor adoptando todos los ademanes evidentes de esa condición, sin entender que la literatura, como la ciencia, puede ser una práctica, un simple hacer.



Una entrevista en la que Fogwill diseccionó Sobre héroes y tumbas


Muchacho dark



Por Alejandro Margulis

/fotos/radar/20110508/subnotas_r/sl04fo01.jpg

El hilo del discurso de Fogwill era tan cambiante que hacía falta mucha concentración para seguirlo. Escritor que supo hacer carne las artimañas de la vanguardia a la hora de comunicarse verbalmente con los demás, Fogwill aceptó hablar de uno de los libros más respetados de la literatura argentina sin ningún tipo de reverencia. Se trató de conservar su estilo polémico, aun a riesgo de provocar incomodidad en los lectores incondicionales de don Ernesto Sabato, que son legión. Fogwill tomaba mate; yo, café. Su infusión era amarga; la mía, endulzada con una sustancia granulosa de color marrón que resultó ser caña de azúcar colombiana hervida y secada al sol. Los días previos al reportaje habíamos hablado varias veces por teléfono. Cada nuevo intercambio le significó, dijo, “una vuelta de tuerca más profunda en su análisis de un autor” que, hasta hacía muy poco, “le resultaba imposible de retomar”.


–Mi amigo Jorge Di Paola tenía un test que era el siguiente: agarrá Sabato y tratá de leerlo: no se podía. En cambio, ahora, me parece una buena experiencia hacerlo. Es el I Ching. Metés el dedo en cualquier página y encontrás algo. Dispara un montón de ideas para pensar la literatura. Me molesta mucho toda esta especie de caza de brujas sobre Sabato.


La impresión que me produjo al releerlo es que la trama se sostiene con una historia de amor que utiliza los procedimientos del best-seller.


–No del best-seller. De la revista Leoplán. Ese momento es tributario de una literatura semifolletinesca que es bastante argentina y culminó en Leoplán. Esos diálogos solamente tienen espacio allí. Los personajes hablan redactando, copiando ese género. Sabato escribe en una época sin televisión ni porro; cuando cualquiera se leía uno o varios libros completos durante sus vacaciones en Villa Gesell. Pero ojo: no se trata de una novela de Alicia Jurado donde todos hablan de tú; y cuando un obrero pregunta: “¿Tú has encontrado el balde de cal?”, el otro le contesta: “No, dile al señor Fulano que no lo he encontrado”. En Sobre héroes y tumbas hay diálogos buenísimos, que son al mismo tiempo fundantes. Fundaron, por ejemplo, la María Belén de Landrú. Por otra parte, Cortázar no existiría sin este libro. Aira siempre dijo que Piglia es el hijo de Sabato. Se equivocó. Piglia no tiene nada que ver con Sabato. El hijo de Sabato es Cortázar. Consideremos la obra de Cortázar hasta este libro y después de este libro. La distancia que había entre ellos dos sería como si hoy comparásemos a Abelardo Castillo con Gustavo Nielsen. Claro, Cortázar instauró el modelo del escritor revolucionario; y tal vez por eso los pibes de hoy lo sigan más. Pero en ese momento Sobre héroes y tumbas pegó justo. Para mí era un libro absolutamente contemporáneo; y lo digo teniendo en cuenta que yo era un lector muy ávido: tenía toda la colección de El Escarabajo de Oro, y en el ’55 ya estaba suscripto a Poesía Buenos Aires...


Me llama la atención la cantidad de sobreexplicaciones de la novela: cada sentimiento o estado mental aparece explicado reiteradamente a través de adjetivos, adverbios o metáforas. Ningún escritor profesional es tan redundante si no quiere ocultar algo.


–Esa es una hipótesis. Pero se trata de un género: el género que se regodea con la sumisión del lector; el género del runrún de la poesía. Un género que utiliza palabras elevadas, ritmos alejandrinos, pentámetros, acentos bíblicos y versículos... lo grandilocuente, lo emotivo.


Maurice Nadeau consideró Sobre héroes y tumbas como un exponente del surrealismo en la Argentina. A Graciela Maturo le molesta esta observación, y la considera típica del eurocentrismo francés. ¿Pero ese discurrir del inconsciente que Nadeau adscribió al surrealismo no revelará aquello que Sabato quería ocultar? ¿Sabato y Cortázar tuvieron que saldar una misma deuda con el surrealismo?


–No, para nada. Antes del libro de Sabato, habían aparecido El caos de Wilcock y Lolita de Nabokov, en una edición que fue prohibida. ¿Surrealista Sobre héroes y tumbas? Para nada. Pobre Nadeau. Es cierto que él necesitaba un autor argentino para su colección; pero si pensamos que ya había traducido a Carpentier... ¡qué pelotudez! Personalmente, me molesta el oscurantismo de Sabato: la idea de que el mundo está movido por poderes ocultos. Todos los buenos son víctimas de poderes ocultos, cada uno a su manera. Y esto viene de Sarmiento (fundador e ideólogo masón), que a diferencia de Alberdi y Mansilla era un degollador: para él sólo existían los buenos y los malos, y eso era eterno. No me extraña que Sabato haya pedido un baño de sangre. Todos los hijos de Sarmiento lo piden. Los más progresistas quieren que maten a Khadafi, a Saddam o a los de la ETA. En Borges eso no sucede jamás; ni siquiera en un poema por encargo como “Israel”. En Sobre héroes y tumbas eso aparece; y por eso es un libro muy argentino.


¿Bruno es el alter ego de Sabato, verdad?


–Sí. Me parece que sí.


Martín y Bruno encuentran a Borges en la calle, y el libro dice: “Caminaban por la calle Perú; apretándole un brazo, Bruno le señaló un hombre que caminaba delante de él, ayudado con un bastón. Borges”. ¿Sabato se burla de Borges en su novela?


–En las primeras cincuenta páginas eso no me molestó nada. Pero después empieza a ponerse pesado.


En la novela, Bruno le pregunta a Borges qué está escribiendo, y Borges contesta: “Bueno, caramba... Caramba..., y bueno..., tratando de escribir alguna página que sea algo más que un borrador, ¿eh, eh?...” Y más adelante la crítica a Borges va más lejos en la voz de otro personaje: “Es demasiado preciosista para ser un gran escritor”. ¿Imagina usted a Tolstoi tratando de deslumbrar con un adverbio cuando están en juego la vida y la muerte de uno de sus personajes...?


–No me lo puedo imaginar, por el simple hecho de que se trata de Rusia.


Bruno prosigue: “En realidad se dicen muchas tonterías sobre lo que debe ser la literatura argentina, lo importante es que sea profunda. Todo lo demás se da por añadidura. Y si no es profunda es inútil que se pongan gauchos o compadritos en escena...” ¿Es ésta la tesis de Sabato?


–No lo creo. Sabato dijo lo que había que decir en ese momento. ¿Esos personajes están en las calles Perú y Cochabamba? Ahí estaba la central de la masonería inglesa. Se llamaba “Santa Rosa”. Si Sabato hubiese pasado desapercibido –que sin su esfuerzo lo hubiera logrado–, moriría como se muere todo el mundo y en un futuro próximo lo estaríamos leyendo con mucha atención. Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama. Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres, y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos. Como un bote a la deriva en un gran lago aparentemente tranquilo pero agitado por corrientes profundas. Es muy interesante: un tipo que vive literariamente. Borges no tiene un solo personaje que viva literariamente. Los personajes viven filosóficamente, sí, pero en ese mismo banco donde un personaje de Borges habría pensado: “Ahora el cosmos se ordena en un sentido sometido a la ley de gravitación...”.


Eso no explica lo que debe entenderse por “profundo” en la literatura...


–Perdón; lo profundo es el petróleo. No olvidemos que El túnel está dedicada a Rogelio Frigerio. Desencantado de la industria y la riqueza, Sabato intuye una fuerza que está bajo la tierra y que hay que dominar.


¿Como Marechal?


–En cierto sentido, Marechal trabaja esa misma zona, pero es un católico. Para él las fuerzas demoníacas pueden ser conjuradas a través de la oración y la caridad; aunque no sé cómo se las habrá arreglado cuando lo apoyó a Perón. En cambio el “gorilismo” de Sabato me encanta. Esos diálogos de gorilas que dicen: “Che, qué malo el tiempo”. “Sí, pero lo peor es Perón, hay que matarlo.” Yo era así. Me expresa eso.


¿Y respecto de la quema de las iglesias?


–Ahí coincidíamos... Desde una perspectiva literaria, Sobre héroes y tumbas es un libro de iniciación. Actualmente se deben estar haciendo muchos libros parecidos –aunque quizá no tan ambiciosos– escritos por profesores de literatura o escribanos con vocación literaria, dispuestos a presentarlos año tras año al premio Planeta con idéntica imposibilidad de ganar. Pero los jóvenes de hoy leen a Copi o a Fogwill, aunque esta ópera prima de Sabato podría serles útil.


¿Qué marcas de ópera prima tiene Sobre héroes y tumbas?


–Está llena de injertos. El comienzo está escrito al final, y todo es así. Aunque Bruno se arrastre a lo largo de toda la novela, sus registros visuales no son los mismos al comienzo que avanzada ya la novela. Las emociones tampoco son las mismas; y es evidente que hasta bien avanzado el libro el autor no sabe a dónde quiere ir. Pero hay también espacios que anticipan lo que va a pasar. Al comienzo, las instrucciones generales de lectura son también instrucciones específicas para leer el propio libro, las primeras páginas yo no detecto haberlas visto en otros autores, y está muy bien utilizada la voz de Bruno. En cuanto a la “profundidad”, a veces el narrador se aparta de la línea del relato apelando con sabiduría a la atención del lector: Vos sos una mierda; si yo hubiera tenido un poquito de valor te hacía un aborto y estarías en las cloacas. Madrecloaca. Eso es grande, eh. Se salió del relato. Es como si te dijera: “Esto sí, a esto prestale atención”. Un recurso muy moderno e impensable para una novela argentina de este volumen. Me contaron que los Sabato eran realmente brillantes. Estudiaban para trepar socialmente, como los coreanos ahora, que se sacan diez en todo. Pero por eso mismo estaban estigmatizados. Ernesto era el más débil de todos, el más flaquito, el chicato...


¿Sobre héroes y tumbas es el libro que mejor representó el boom editorial de los ’60?


–Es como si con él se constituyese el mito del que irradia opinión sobre las grandes cuestiones nacionales. Una eminencia que conocía la teoría de la relatividad y la diferencia entre un protón y un neutrón. Una figura intelectual que aparecía desde la oscuridad para dominar la naturaleza y vincularse a un programa político concreto. Había que terminar con la pelea peronismo-antiperonismo, comunistas-no comunistas, católicos y marxistas, en un gran abrazo nacional. Frigerio y Frondizi tratando de conquistar a la izquierda de Ismael y David Viñas juntándolos con John William Cooke, que estaba fabricando bombas en su departamento, con el padre Castellani, con Leopoldo Marechal y con Fidel Castro, y hacer con todo eso un magma que se llamó integracionismo. Sabato, que venía trabajando desde el ’54 para llegar a un gobierno, en el ’58 por fin obtuvo el cargo de director de Relaciones Culturales de Frondizi. Mucha gente cree que Sabato es una figura pública a causa del lugar que ocupó en la literatura. En rigor, sucedió a la inversa: Sabato fue leído porque antes de acercarse a sus ensayos y novelas se sabía que “tenía algo que decir” y se creía que era “un sabio nuclear”. No sólo era un Sartre argentino. También era un Einstein local. Eso para los lectores de Sur y de Mundo Argentino en los años ’50. En los años ’60, ningún comprador de la primera edición de Sobre héroes y tumbas ignoraba que Sabato había sido un catalizador ideológico del integracionismo frondizista, una figura de la corte de Frigerio y un alto cuadro del Ministerio de Relaciones Exteriores. Como dio un oportuno paso al costado, Sabato conservó el aura de las ilusiones que aglutinaron a los ilusos del ’58, ese lugar de “gente como uno, culta, profesional, libresca, lúcida y progresista”, ese tópico de la politiquería argentina que siempre rinde beneficios electorales.


Sin embargo, la estética de Sabato parece apoyarse en escritores malditos como Edgar Allan Poe o desdeñados como Roberto Arlt, y no en figuras reconocidas u oficiales como Ricardo Güiraldes o el propio Borges.


–¿Pero quién ganó finalmente? El currículum de Sabato dice: “El mal, el mal, el mal, el mal”. El de Borges dice: “Vayamos a la transparencia de Conan Doyle y Valéry”. Por suerte ganó Borges.


¿Sobre héroes y tumbas aprovecha la figura del personaje para construir una imagen depresiva del propio autor?


–Hay una serie de procedimientos que separan al autor del personaje. Y la novela está llena de guiños que muy probablemente se le escapen a Nadeau o a cualquier extranjero. Barracas y la zona de Parque Lezama, por ejemplo, donde se desarrolla parte de la novela, es un lugar inmobiliariamente subvaluado porque allí estaba el leprosario. Las barracas, el olor a podrido... Pero en todo caso fijémonos en cómo usa Sabato las palabras, la paleta de colores de los adjetivos: la u y la o para lo malo, y las palabras largas, acentuadas, esdrújulas...


¿Un procedimiento del romanticismo?


–Quizás, aunque es espontáneo y son como los trucos que usa un pibe en el colegio secundario. Las palabras parecen ser mucho más fuertes si son largas.


De la misma manera, ¿la extensión del libro aseguraría su mayor profundidad?


–El libro tenía que ser como un ladrillo, y la primera edición de Fabril parecía un ladrillo muy lindo. Pero nada que ver con el surrealismo. Primero, porque Borges se burló del surrealismo desde el comienzo. Y segundo, porque ya en los años ’30 Filloy escribía novelas tan buenas como las de Perec. El surrealismo era transgresivo; y en este libro no hay una sola cosa que no esté hecha para fundar una arquitectura social sólida.


Tito D’Arcangelo (un personaje secundario de la novela) hace en cocoliche una de las definiciones más estrafalarias y creíbles del carácter argentino: “Mire, maestro, Fangio e argentino, aunque sea hijo de italiano como yo o Chichín o el señor Lambruschini, argentino y a mucha honra, hijo de eso italiano de ante que venían a la bodega de lo barco y que despué laburaban cincuenta año sin levantar la cabeza y todavía estaban agradecido a la América y lo hijo miraban con orgullo la bandera azul y blanca, no como eso italiano que vienen ahora y se pasan el día criticando el paí: que si lo bache, que si lo tranvía, que si lo trene, que si la basura, que si ese maldito clima de Bueno Saire, que si la humedá, que si a Milán la cosa son así o asau, que si la mujere de aquí no son elegante, y si má no viene agarran y hasta hablan mal de lo bife”.


–D’Arcangelo es Pedro de Angelis; el antecesor federalista de Paul Groussac. Sabato recrea todos estos mitemas argentinos, que suenan muy verosímiles. Sabato asimiló lo que Landrú creó en la revista Tía Vicenta, donde los personajes de Barrio Norte imponían las leyes del lenguaje: ya no se dice “rojo” sino “colorado”; “pulóver” sino “tricota”, y el “impermeable” es “capa de goma”.


¿De qué trata la novela?


–Del mito de la cultura como una liberación individual, que no conduce –como el budismo y el borgismo– a la paz interior o la indiferencia, sino a la adquisición de determinados símbolos de prestigio. La novela articula los mitos de la cultura argentina, del año ’30 en adelante. Si Bruno se hubiese casado con Alejandra y hecho una buena familia trepadora, hubiese entrado como periodista estrella y crítico y hubiese publicado unas novelitas de mierda y la mujer lo hubiese ayudado como lo ayudó Matilde Sabato a Sabato, y él la hubiese hecho su secretaria y hubiese sido un señor y un prócer de la cultura y de la riqueza. La novela cuenta eso. Un pibe de La Plata llega a Buenos Aires, conoce a una mina que está casi en el intermedio, entre el sur y el norte, que tiene un pasaje a un mundo aristocrático pero infernal.


¿Sobre héroes y tumbas como una especie de Rojo y negro argentino?


–Sí, pero con otra meta. Martín quiere ascender pero para crear. No quiere ser Soros, no quiere ser Bill Gates. Es una estrella, es un pelotudo. Yo también quería ser estrella en esa época; yo también quería ser Sartre. Y no le sale: no le sale porque se enamora de la piel, del pelo, de la mina. Vos fijate el cuerpo de la mujer: no tiene agujeros. La mujer es esterilidad, histeria, piel, epidermis, pintura. Ni olores creo que echa. Hay perfumadas pero no hay olores. Es la mujer, digamos, de boutique; la mujer de mostrar. Es la mujer para poseer como se posee un espejo de carey, para brillar y llamar la atención. Para mí esto es importantísimo.


Bruno, el alter ego de Sabato, dice: “Los argentinos somos pesimistas porque tenemos grandes reservas de esperanzas y de ilusiones, pues para ser pesimista hay que previamente haber esperado algo. Este no es un pueblo cínico, aunque está lleno de cínicos y de acomodados; es más bien un pueblo de gente atormentada, que es todo lo contrario, ya que el cínico se aviene a todo y nada le importa. Al argentino le importa todo, por todo se hace mala sangre, se amarga, protesta, siente rencor. El argentino está descontento con todo y consigo mismo, es rencoroso, está lleno de resentimientos, es dramático y violento”.


–En el momento en que Sabato escribió la novela, existían dos influencias fuertes (al margen de la revista Sur): Martínez Estrada y Julio Mafud. Desde una “sociología salvaje”, ellos indagaron sobre el carácter nacional. Pero hoy en día ese pensamiento resulta demasiado raro o exótico...


Sobre héroes y tumbas termina con el personaje de Martín yéndose al sur con un camionero...


–Sí. Tendiendo las camas de apolillar del camionero Bucich. Sin tener el mínimo conocimiento de una cultura automotriz, Sabato condensa en este final “el sueño del pibe”. Lo mejor que podíamos pensar en la época de Kerouac era una vida de ruta. No se trataba de las montoneras ni nos íbamos con los indios como Martín Fierro. En la Patagonia estaba el petróleo.


¿La apuesta totalizadora de Sobre héroes y tumbas fracasó?


–Como todo.









La versión original de esta entrevista fue publicada en Los libros de los argentinos (El Ateneo, 1998), donde Margulis entrevistaba a diferentes escritores hablando, cada uno, de un libro argentino. Ahora, esa versión puede encontrarse en ayeshalibros.com.ar. Esta incluye varios pasajes inéditos hasta ahora.



Los bárbaros de la tierra



Por Maria Rosa Lojo

/fotos/radar/20110508/subnotas_r/sl04fo99.jpg

Verdadera obsesión argentina, la problemática de la “barbarie” (como ideologema, como tópico social y literario, como elaboración simbólica) recorre la narrativa de Sabato, que plantea interesantes vueltas de tuerca sobre la dicotomía sarmientina. Lo rechazado en el imaginario civilizador resurge en ella como condición fundadora de lo nacional. Quien así lo declara es el “ilustrado” Juan Galo de Lavalle, responsable de la ejecución del gobernador legítimo Manuel Dorrego y, por lo tanto, de la guerra civil. Es su sombra culpable (no ya la de Facundo) la que pronuncia el secreto. Hay que entregarle su corazón al sargento Sosa, y por buenas razones: “Tú, el callado Aparicio Sosa, el negro Sosa, el picado de viruelas Sosa, el que me salvó en Cancha Rayada, el que nada tiene fuera del amor a este pobre general derrotado, fuera de esta bárbara y desgraciada patria: querría que pensaran en ti. Sí, compañeros, al sargento Sosa, porque es como decir a esta tierra, a esta tierra bárbara, regada con la sangre de tantos argentinos (...) Sí, sargento Sosa: sos esta tierra, esta quebrada milenaria, esta soledad americana...” (Sobre héroes y tumbas).


En Sosa, desposeído representante de quienes están desde el origen, la “barbarie” telúrica es reivindicada como fundamento de todo existir comunitario sobre un suelo nacional, como sustento y permanencia en la marea de los cambios. Amor, fidelidad, simplicidad, definen esta figura del mestizo gaucho, anticipo del “cabecita”. Su imagen reverbera en el obrero peronista que salva la imagen de la Virgen junto con Martín, en Palito el guerrillero de Abaddón –ambos descriptos como “aindiados”–, y en particular en la figura maternal de Hortensia Paz.


DEL CABECITA AL INMIGRANTE


Cuando Martín, a punto del suicidio, desafía a Dios y lo conmina a manifestarse, recibe una respuesta. Esa respuesta es, ante todo, una voz de mujer que acuna y tranquiliza, y una imagen de Cristo popular y candorosamente kitsch: “Sobre el cajón que servía de cuna había un cromo: Cristo tenía el pecho abierto como en una lámina Testut y mostraba su corazón con un dedo, en colores”. Otras dos imágenes veneradas –Gardel y Evita–, completan el cuadro típico (o estereotípico). El amor del Cristo que muestra su corazón se encarna en la capacidad de amor de la mujer que lo ha recogido y amparado y que es, en este sentido, tan heroica como los legionarios de Lavalle. La hazaña no consiste ya en infligir la muerte a otros en nombre de ideales determinados, sino en la entrega total a la protección de lo que se ama, aun en condiciones de carencia y necesidad. De esa manera el “Dios desconocido” se manifiesta en la vida de seres que no atraviesan, para buscarlo, las capas del infierno ni el torbellino de las edades, sino que lo hallan sin proponérselo demasiado, en el gesto sencillo del cuidado y de la pura donación. En la existencia de estos “héroes anónimos” que apuestan a la continuidad y el valor de la vida, se basa la llamada “metafísica de la esperanza”. Al mismo linaje pertenecen también los inmigrantes (y sus descendientes) de clase humilde, dispuestos a escuchar y a proteger: Tito D’Arcángelo o Carlucho, eternos nostálgicos, respectivamente, de una tierra perdida, de los buenos tiempos idos, o bien, de la utopía anarquista. “Bárbaros” en tanto iletrados y pobres, funcionan sin embargo como maestros de vida para los dos jóvenes desprotegidos (Martín y Nacho) que se acercan a ellos.


UNA PUERTA HACIA LO NEGADO Y OSCURO


La “barbarie” histórica, ligada a lo criollo y al mestizaje, al federalismo y a los caudillos, aparece significativamente en Abaddón el Exterminador tras la imagen de Rosas y Soledad. Esta se halla emparentada con Nicolás Ortiz de Rozas, compañero de colegio de un Sabato adolescente y se relaciona también con los Carranza Paz (la familia tradicional que equivale en esta novela a los Olmos de Sobre héroes y tumbas). Sabato la conoce en casa de Nicolás, en una sala presidida por un gran retrato al óleo de Rosas, caudillo que en la novela anterior ha despertado la adhesión de Alejandra y Fernando, en contra del resto de su familia unitaria (en Alejandra y Fernando, cabe recordar, se reproduce también otra herencia inquietante: la piel mate, los rasgos levemente aindiados de su matriarca criolla fundadora: Trinidad Arias). El encuentro con el retrato causa en él un efecto siniestro, que se acentúa hasta la parodia y la caricatura: “Cuando por primera vez lo vi, casi me desmayo: efectos de la mitología escolar promovida por los unitarios. El Tirano Sangriento me contemplaba (no, el verbo adecuado es “observaba”) desde la eternidad con su mirada helada y gris, con su boca apretada, sin labios”.


Soledad, guía del personaje Sabato en el conocimiento de lo secreto, tenebroso y prohibido, es una copia femenina de este retrato inquietante, al que la liga un vínculo de filiación, pero bastardo: “Tenía los ojos grises, la misma expresión congeladora de su antepasado”.


Rosas, la bête noire de la historia argentina oficial (escrita por los vencedores unitarios que sucedieron a Lavalle y su gesta fracasada), “bello tenebroso” de mirada clara, queda así asociado, a través de Soledad, su descendiente ilegítima, a los misterios de la oscuridad y a la iniciación del artista en un tipo de conocimiento subversivo y anómalo: el conocimiento por la ceguera, el conocimiento erótico, el conocimiento por el tacto, el conocimiento del origen (y de lo verdadero rechazado) que proporcionará a la vez espanto y placer, horror y sabiduría. Y a través de Rosas se traslucen las masas negadas, la piel oscura de los mestizos, de los negros y también de los aborígenes con quienes el Restaurador (que hablaba su lengua) mantuvo variables relaciones de guerra y de alianza. También, la ilegalidad violenta de las uniones que formaron estas masas (podemos inferir: la violación de la esclava por el amo o de la india por el conquistador): todo lo que constituye la faz excluida de una Argentina vergonzante.


EN EL REVERSO DE LOS HEROES SUBLIMES


Paralelamente, en suma, a los héroes grandiosos que se internan en dimensiones fascinadoras y atroces, rompiendo todo tabú, entregando el cuerpo al devoramiento incestuoso por parte de la Madre primordial, en busca de una oscura reintegración, están los héroes cotidianos, que, mediante la pureza de “lo simple” (lo “bárbaro” positivo) tienen un acceso directo a la “totalidad perdida” y al origen, pero como experiencia de integración y comunidad centrada en lo ético. El pueblo, asociado con la sabiduría y el amparo de la tierra, con la sencilla generosidad, es el que conduce al sueño heroico hacia su modesta pero concreta realización sin oropeles en un activo –y “útil”– despertar.


¿Habría que confundir esta postura con un retorno ingenuo a una visión romántico-bucólica del mundo? Entiendo que no. Sabato da la vuelta completa y tanto desde sus ensayos como desde su ciclo novelístico, recupera la modernidad estética que arranca en la insurrección romántica para desembocar en el surrealismo, y realiza una compleja crítica de la modernidad como Ilustración racionalista y logocéntrica que termina instalando el “reino de la cantidad”. Se anticipa también a la sensibilidad posmoderna en su rescate de lo híbrido, en su captación fina de las tensiones crecientes y las asimetrías del mundo globalizado. Y se vincula, profundamente, a las estéticas del deseo y la trasgresión (Baudrillard, Lyotard) a través del recurso a lo primitivo como superación de las antinomias planteadas por la ratio occidental que ha deshumanizado –sostiene– a una civilización regida por parámetros racionalistas y economicistas.


Sus héroes populares, vistos en la superficie desde cierto “inocente” cliché, son, empero, la otra cara de una búsqueda extrema del “original perdido” que los “héroes negros”, a su manera inmolados, llevan a cabo en zonas abismales, más allá de la conciencia.



La carne del lector



Por Pedro Lipcovich

El capítulo XXVI de la segunda parte de Sobre héroes y tumbas (página 236, 3ª ed., Fabril, 1964) narra en menos de una página el bombardeo a Plaza de Mayo, del 16 de junio de 1955, sin mencionar que haya habido muertos. No es mera omisión: el texto está organizado no sólo para no decir que hubo muertos sino, hábilmente, para no suscitar en el lector la pregunta por los muertos. No hay ninguna razón literaria para este procedimiento: la razón es el cálculo político de Sabato, en 1961, bajo el gobierno de los mismos que habían ejecutado aquel bombardeo. Enseguida, el capítulo XXVII dedica ocho páginas a narrar el saqueo de iglesias que sucedió a la masacre negada en el capítulo anterior.


Es conocido el almuerzo que Ernesto Sabato, junto con los escritores Leonardo Castellani, Jorge Luis Borges y Horacio Ratti, compartió con Jorge Rafael Videla el 19 de mayo de 1976. Leonardo Castellani, en el Nº 39 de la revista Crisis (julio de 1976), sostuvo que, mientras él había pedido por la vida del desaparecido Haroldo Conti, Sabato, al igual que Borges, había reclamado para la Argentina una “purificación por la guerra”. Requerido por la misma revista, Sabato contestó: “Yo no hago declaraciones para Crisis”. En declaraciones a La Opinión (20 de mayo), Sabato apreció en el almuerzo con Videla “un altísimo grado de comprensión y respeto mutuo”; es cierto que, según La Razón (19 de mayo), “expresó su inquietud por la prisión del escritor Antonio Di Benedetto”, detenido a disposición del Poder Ejecutivo.


Aquel capítulo XXVI desbarata la voluntad de diferenciar entre el autor y el hombre: el sujeto de la entrevista con Videla no es distinto al sujeto del cálculo que rige aquella página de la novela. No cabe la coartada de postular un otro, un sujeto de la creación artística regido por leyes autónomas, ajeno a las miserias mundanas de quien firma la obra. Esa página, además, sitúa las coordenadas del compromiso de Sabato cuando –luego de que Adolfo Pérez Esquivel rechazara el cargo– presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep): la omisión de muertos en 1961 responde a la misma lógica que la enumeración de desaparecidos en 1984, ya que ambos actos, formalmente opuestos, sostienen el “altísimo grado de comprensión y respeto mutuo” con quienes ocupan posiciones de poder. Tal comprensión y respeto es coherente, ya en la vejez, con la instalación de Sabato en una suerte de sitial moral de la República a través de diálogos televisivos con el agente Mariano Grondona.


Así pues, el lector que en los ’60, en los ’70, adolescente, se estremeció con las páginas de Sobre héroes y tumbas, estaría hoy dispuesto a grabar en la tumba del autor un epitafio que dijera: El autor que iluminó tu adolescencia es el hombre que ameniza la tarde del dictador que matará a tu mejor amigo. Puede, también, recorrer nuevamente el libro y registrar sus defectos. Advierte hoy la grandilocuencia, el exceso alegórico; rechaza la solemnidad presuntuosa en el final del “Informe sobre ciegos”; puede incluso sospechar que Alejandra Olmos no es más que una fantasía masculina. Se atreve a despreciar un texto plagado de frases como “El rugido del mar y de la tempestad parecen pronunciar sobre ella oscuras y temibles amenazas de la Divinidad”.


Pero también, al recorrer las páginas, vuelve a sentir el viejo estremecimiento. Marcos Molina, aterrado ante la mujer desnuda bajo la tormenta. Bruno bajo los colores del atardecer en la Costanera. Respiración de Buenos Aires. La delicadeza de Georgina. Y finalmente, después del estrago, trabajar y mear bajo el cielo puro. No sé. Es algo que pervive a la repulsión por el autor, a las fealdades y aun a las maldades del texto. Es algo que no podría obtenerse de la música porque requiere palabras, ni de la poesía porque requiere personajes, historia, pero tampoco es la virtud banal de un buen relato. Quizá no pueda definirse porque no está en el texto sino en el lector, está ahí donde el texto se intrincó con la carne del lector, donde el lector fue constituido por el texto. Ahí seguirá hasta la muerte.


Lovecraft, el escritor de la cara de pescado


Por Leonardo Sai


Lovecraft es el niño-sombra, escondido en su pieza, introspectivo, atrapado en el fantasma devorador de una madre, esa bestia sádica que cubre su rostro con bufanda durante el día. El niño maldito la avergüenza: tiene cara de pescado. Lovecraft es el infante impresentable, el intruso, el que se deja a un costado, el que no tiene amigos; aquél que mastica, por lo bajo, el deseo de hacer un torniquete lleno mierda con la beautiful people. Lovecraft juega, en el papel, la revancha del demonio. El autor de “Más allá de los muros del sueño” quería ser científico, astrónomo. Resolvió polemizar, en el cuento, la teoría de los sueños de Freud. Eran castillos en el aire de un ser demasiado sensible para el rigor cortante de la lógica y del método. Su espíritu no podía trabajar bajo la luz de la Razón, ni bajo ninguna luz. Lo acometía otra tarea. Lovecraft desata la empresa insidiosa, delirante, caótica, narcótica, adictiva, oculta, íntima, mítica de aterrorizar a las almas con pesadillas impresas bajo la forma de Revista. Invoca y hace presente una neblina donde no queda otra que perder el control. Confiere a los monstruos la oportunidad para saciarse, finalmente, de manifestación.


lovecraft 2



Lovecraft trabajaba de día, con las persianas bajas. Una escritura de madrugada; un baile con el crepúsculo, un gemido metafísico: es el muerto que no olvida sus diálogos de ultratumba con los vivos. Se casó a los 34 años. Fijó su residencia en Brooklyn, se divorció cinco años después. Volvió a Providence, hogar natal. Su hábito es una soledad de viuda bajo la forma de culto al siglo XVIII. Odiaba la sociedad y el presente a los cuales atacaba con un instrumento particular: el mito. Lovecraft trae el tiempo del mito, infesta el cuento de terror, con el retorno de las almas que exploran mundos y espacios indefinidos: toda la maldad de la historia, de la especie, habita, aquí y ahora, en este país, en Buenos Aires, en este barrio, secretamente, se teje el pacto de una perdición eterna. Solo tendremos rastros oníricos de una verdad terrible, velada, al funcionamiento rutinario. Su sabiduría es la curiosidad del instinto cuya fuerza vence el miedo del ojo. Borges le dedicó una ficción “There are more things” que se hace con el tono y la música de sus escritos. Un famoso bajista de heavy metal, que frecuentaba su sacerdocio, optó por el procedimiento contrario: Hacerse con su escritura para liberar, mediante el pentagrama de una sinfónica, a los espíritus cautivos del papel.


Lovecraft 1


La venganza no pudo haber sido más efectiva: el infante de las tinieblas es ahora un sinnúmero de jóvenes esteparios.


Cliff_Burton


El presente texto fue leído en el programa de radio El Circo Miserable, conducido por Norberto “Ruso” Verea. Se emite de lunes a viernes (0 a 2 AM) por FM Nacional Rock. El audio pertenece al miércoles 04-05-2011. Para bajarse el audio, aquí:


https://www.facebook.com/losmiserablesdelcirco?sk=wall

jueves, 28 de abril de 2011

Juan José Saer/Zona de prólogos

Domingo, 10 de abril de 2011

Tapa libros

Un aplauso para el asador


En Zona de prólogos (Seix Barral), veintiún escritores y críticos fueron convocados desde la Universidad Nacional del Litoral para releer la obra entera de Juan José Saer, desde su primer volumen de cuentos, En la zona, de 1960, hasta La Grande, su último libro publicado en 2005. El resultado es un juego de lecturas, relecturas y recuerdos de tantos personajes convocados por la imaginación del escritor en una zona entrañable que fue creciendo a lo largo de las décadas en cuentos, novelas, ensayos y poemas. Aquí se publican algunos fragmentos de Tununa Mercado, Beatriz Sarlo, Noé Jitrik, Martín Kohan y Alan Pauls.


Por Claudio Zeiger

/fotos/libros/20110410/notas_i/sl25fo09.jpg

Zona de prólogos.

Juan José Saer

Seix Barral

285 páginas

Hay una primera conclusión que pudiera parecer un poco evidente al abordar la propuesta de Zona de prólogos: Saer es un escritor para ser releído. Y no lo es sólo porque efectivamente pueden releerse los libros de Saer como hicieron los críticos y escritores convocados en este volumen, sino porque hay algo decididamente abierto e inacabado en el corazón de su sistema literario, hay todavía múltiples entradas para un mundo propio, no cerrado. En ese sentido, la propuesta de Zona de prólogos es ni más ni menos que una invitación para volver a Saer libro por libro, obra por obra en orden cronológico. Otra conclusión, no tan evidente, y que se va desenvolviendo a medida que se avanza en la lectura: no se lee a Saer en contra de otros escritores argentinos. Si bien hay que admitir que él tenía gustos definidos y definiciones estéticas fuertes, que aparecen muy bien representadas en la confrontación que hace Beatriz Sarlo entre el momento de salida de Rayuela (1963) y el de Responso (1964) –confrontación que se agranda porque los dos textos ni siquiera se rozan– o en la consideración de Glosa como novela política que hace Martín Kohan, la obra de Saer obtuvo un grado tal de autonomía que lo alejó del uso posible de tal contra cual; provoca la necesidad de absorberse en su mundo, simplemente se aleja del campo de confrontación, que queda como un horizonte ya lejano donde chisporrotean fuegos cruzados de los años ‘60.


Saer quedó indudablemente incluido en ese diálogo tenso y por momentos de oídos sordos entre los ‘60 y los ‘80, que empezó a abrirse paso desde la apertura democrática. Por entonces, una matriz pluralista y antiautoritaria del discurso literario y el campo cultural vino de la mano de cierto elitismo intelectual que menospreciaba todas aquellas propuestas de escritura que, por una razón o por otra, logarara algún impacto de lectura por decir así, popular. Se rechazó lo comercial, algo un poco absurdo porque el campo editorial de esos años todavía era un páramo (y no Pedro, justamente), en nombre no de la calidad estética sino de la complejidad conceptual y literaria de los libros. Lo curioso es que sin ser un escritor del mercado ni mucho menos, en la mitad de los años ‘80 Saer logró filtrar en el campo literario argentino un combo más que atractivo: con El entenado y Glosa puede deslumbrar a un lector más o menos avezado pero no necesariamente especializado; con La ocasión, llega con el prestigio de un premio como el Nadal. Se lo empieza a estudiar en las facultades, no sólo en la UBA, también en Rosario, en Santa Fe. Este libro, sin ir más lejos, es parte de una iniciativa de la Universidad Nacional del Litoral, donde se nombró a Saer doctor Honoris Causa, título que no llegó a recibir en mano. En la facultad y sus alrededores –bares, calle Corrientes, talleres literarios– empezó a circular su obra, se leían Palo y hueso, La Mayor, Cicatrices, Nadie nada nunca. Era el descubrimiento que a la vez ya era un redescubrimiento: a partir de los ‘80, se lo lee con la plena conciencia de que ese autor había sido muy relegado en las décadas anteriores.


Esa suerte de tensión entre leer por primera vez y releer ahora, tal como lo propone Zona de prólogos, aparece nítida en Noé Jitrik, quien confronta su lectura contemporánea a la salida de El limonero real con la que hace ahora para el libro. Todos los convocados se encuentran, en rigor, con esta suerte de regreso al recuerdo de lectura para la lectura del presente. Hay, entonces, en juego, tres tiempos de lectura: la contemporánea a la salida de los textos, la Gran Recuperación de los ‘80 y esta tercera visita del nuevo siglo, con el autor ausente y la presencia de la novela inacabada, La Grande (muy interesante artículo de Juan José Becerra, que cierra el libro), lo que confirma la sensación de relato que vuelve y envuelve, la puerta que, cuando parece cerrarse, se abre.


Hay que aclarar que aquí el uso de la palabra “prólogo” se inclina para el lado de la metáfora. Como señala el compilador, Paulo Ricci, “es un libro de prólogos al que le faltan, detalle no menor, todos los libros prologados”.


“También es una evocación, desde la lejanía que impone hablar de los libros en su ausencia, de la proximidad que tenemos con muchos de esos textos, escritos que tal vez hace tiempo no visitamos pero que pertenecen a nuestra más preciada intimidad”, señala también Ricci. “Este libro es un pretexto para volver a leer todos los libros de Juan José Saer.”


Que así sea. No sólo para los relectores. Es casi seguro que quien vuelva sobre los pasos de su biblioteca o quien vaya a abordar a Saer por primera vez, vuelva a sentir el sabor –o lo sienta por primera vez– del contacto personal que inmediatamente genera, esa preciada intimidad que señala Ricci. Inmersión en un ciclo que la muerte interrumpió pero sin dejar de permitir que las entradas sigan abiertas, en el futuro, en la zona.




Glosa

Una novela política



Por Martin Kohan

Glosa es efectivamente, y evidentemente, una de las más notables novelas políticas que haya dado la literatura argentina. Lo es, y esto es lo más interesante, no solamente sin refrendar la confianza general de que la realidad puede ser representada sin obstáculos, sino poniendo severamente en duda esa confianza. Ya es sabido que el proyecto literario de Saer insiste en la corrosión de las certezas de la experiencia, de la verdad, de la transposición de lo real en el lenguaje: ya es sabido que su escrupulosa detención en los detalles tiene menos que ver con el efecto de lo real que con el efecto de lo irreal. Pero la constancia en esta empresa podría haber llevado a Saer más o menos lejos de los discursos de la verdad que tienen a la realidad como objeto privilegiado; por el contrario, y no por casualidad, es justamente allí, en el corazón de los discursos de la verdad, donde Saer aplica el discurso de zozobra de sus procedimientos narrativos: ya sea en relación con el discurso jurídico, en relación con el relato histórico, o en relación con el género policial (vale decir: ya sea en Cicatrices, en El entenado o en La pesquisa). Y en todos los casos, con un grado mayor o menor de intensidad o transparencia, lo hace en relación con la realidad política y sus lenguajes posibles.




La ocasión

Mujer, gaucho malo, caballos



Por Alan Pauls

Todo es borroso en el origen del héroe. El nombre, la tierra natal, la lengua materna. El que ahora se hace llamar Bianco antes fue Burton, y antes aun Bianco Burton. No mucho más deduce el narrador de esa A que iniciala el nombre del personaje. ¿Andrew? ¿Andrea? Malta, alegado lugar de nacimiento, es un espacio histórico y culturalmente tan mixto, está tan empapado de esoterismo y de sospechas que aclara menos de lo que oscurece, y debe competir, además, con dos rivales de mérito: Inglaterra (escenario de las primeras performances de mentalismo del héroe) y Prusia (su patria de adopción). Italiano, inglés, francés, español: Bianco, ciudadano del mundo, habla muchos idiomas, pero los habla todos con un infalible dejo extranjero. Es como si el acento (cuyo origen, una vez más, resulta inidentificable) no fuera el accidente que afecta el uso del idioma sino el idioma mismo, en verdad el único propio que tiene, del que todas las lenguas que Bianco domina fueran a su vez variantes que elige estratégicamente, en función de coyunturas específicas: viajes, trabajos, necesidades profesionales. En el principio de La ocasión, pues, toda procedencia tiende a desdibujarse en una bruma doble, a la vez remota y deliberada.Como si el origen fuera al mismo tiempo un hecho olvidado en el pasado y un material susceptible de elaboración, de tratamiento o de fraude.


Sin ese fondo brumoso, vagamente apócrifo, sin embargo, Saer jamás podría repetir, desplazándolo apenas con uno de sus toques de hartazgo irónico, el bautismo a la Melville con el que abre el libro: “Llamémoslo nomás Bianco”. Tampoco recortaría con tanta nitidez el acontecimiento que de algún modo pone en marcha la ficción, esa hecatombe que parte en dos la vida de su héroe y pasa a ocupar para siempre el lugar del origen: la maquinación que desenmascara a Bianco en un teatro francés, a sala llena, a mediados del siglo XIX, obligándolo a cajonear por un momento una promisoria carrera internacional de mentalista. Se trata en verdad de un nuevo punto de partida, un segundo arranque, una reinauguración. Todo lo que en el origen de Bianco es indeterminado y turbio (lugar, nombre, circunstancias), adquiere ahora la precisión, el brillo de una pesadilla: cuándo (1857), dónde (un teatro de París), quién (una camarilla de académicos positivistas empeñados en impugnar sus poderes mentales), para qué (restituir, contra la prédica práctica de Bianco, devoto de las facultades de la mente, la primacía de la materia sobre el espíritu).


Sin raíces, “suelto”, siempre en el límite difuso entre el infantilismo de la farsa y la inquietud de la ilegalidad –una franja pícara en la que Saer siempre se movió con una destreza única–, el Bianco europeo tiene mucho de advenedizo, de aventurero y aun de impostor, y ningún tránsfuga de ley se daría el lujo de ignorar las posibilidades de rediseñarse a sí mismo que proporcionan esa clase de catástrofes existenciales. Bianco, de hecho, las aprovecha con una avidez oportuna: renuncia de un día para el otro a su biografía europea y cambia de mundo, viaja y se instala en la Argentina semisalvaje de mediados del siglo XIX, lanzada por entonces a atraer flujos inmigratorios con la promesa de trabajo, tierras fértiles y un enriquecimiento más o menos instantáneo. Mundo nuevo, vida nueva: en esta tierra chata y sin límites, piensa Bianco, podrá financiarse el tiempo y la tranquilidad necesarios para elaborar la refutación de los positivistas que sueña para su rentrée. Sólo que el incidente del complot tiene la violencia, el valor de la efracción de un trauma, y el Bianco que cruza el océano ya es otro. No un impostor (alguien esencialmente infiel, dispuesto a reescribir su propia vida según las circunstancias que se le presenten) sino una víctima: alguien fijado a una coyuntura única –la experiencia traumática– que lo dispara hacia el futuro y lo cambia, pero en cuya órbita está condenado a girar para siempre.




El limonero real

Todavía y más



Por Noe Jitrik

Quizás haya que ver El limonero real en una doble perspectiva; la primera en relación con la obra entera de Saer; la otra con los propósitos más notorios de la narrativa argentina. En cuanto a ese conjunto narrativo, los rasgos que ordenen El limonero real, que se hallaban ya en los textos precedentes, impregnarán casi toda su obra, aunque en sus novelas últimas lo concerniente a personajes, características y conflictos o incluso tramas, ocupará más lugar y reducirá un tanto la radical propuesta de El Limonero real. Me atrevería a decir que su proyecto, de una coherencia ejemplar, tiene en este libro una summa, aquí está todo lo que lo funda y le confiere un lugar muy diferente, dentro de una línea, aunque sin entregarse a ella, que incluiría la propuesta de Macedonio Fernández, Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges, Antonio Di Benedetto.


Razonamiento o ubicación que nos conduce al segundo tema, cómo entra este libro en la narrativa argentina, cuyos productos no ocultan una marcada predilección por la “historia” en detrimento de la escritura; en el fondo, opción por un “realismo” apasionado por fragmentos “interesantes” de devenires psicológicos o sociales y aun históricos. El limonero real presenta, por el contrario, un dilema para lecturas directas y llenas de intenciones que eran y son generales y muy aceptadas, se diría que naturalizadas. El limonero... es difícil o fue difícil, tal vez ahora no lo sea tanto; ahora, entiendo, no ofrece la fácil dificultad –si se lee buscando o percibiendo algo más que lo evidente– de novelas que le son contemporáneas, como las de Puig en una línea, o las de Viñas en otra vertiente, o las de Beatriz Guido en otra inflexión, autores con los que se comparó su propuesta, desechada o puesta en suspenso con argumentos que hoy no resistirían una mera consideración. Pero lo que no fue ni es difícil es reconocer en su aislamiento una fuerza única que pudo haber producido un cambio en las ideas recibidas de lo que debía y podía ser la novela para esta literatura y que quizá no lo produjo, o no lo produjo del todo aunque quizá lo produjo y no lo podemos verificar, pero por nuestras limitaciones, no por las de ese texto todavía, y más, deslumbrante.




La vuelta completa

Un inconformismo seco e implacable



Por Tununa Mercado

La vuelta completa, caminando alrededor, walking around, el merodeo propio de quien gira en torno de la realidad sin comprometerse en otra acción que observarla, parece ser el signo de estos títulos de Juan José Saer. Connotación pueblerina para una ciudad pequeña, a la medida del observador que la recorre como si la desconociera. En los pueblos, en efecto, dar vuelta a la plaza es una aventura de riesgos inesperados. Aquí el círculo es más amplio pero siempre circunscrito al desplazamiento posible, unas cuadras a la redonda, de pronto un lugar al que se puede llegar en taxi, una ciudad a la medida de un vagabundeo y de una rutina que se cumplen a pie. Un individuo gira sobre sí mismo y en la rotación arrastra a otros semejantes en una panorámica cuyas líneas de contacto y puntos perimetrales distribuyen una trama.


Esa es la forma de esta novela dividida en dos; a menos de la mitad, como si abriera un capítulo, pero con título propio, La vuelta completa empieza a girar alrededor de sí misma en un nuevo círculo con el nombre de “Caminando alrededor”. Publicada en 1966 por la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil en Rosario, su reedición reabre uno de los espacios inaugurales del entorno narrativo gregario de Saer, que irá ajustando sus dimensiones y el variado protagonismo de sus figuras a lo largo de varias de sus novelas. Hay quienes puedan esmerarse en la identificación y en el rastreo de ciertos nombres y que logren armar un esquema de sus apariciones en diferentes cruces y peripecias. Si lo hiciera, el gráfico resultante sería radial/ circular y permitiría detectar el equilibrio de una narrativa que sienta las bases para convocar a sus personajes y reiterarlos en futuros desarrollos. Aquí están los que seguirán siendo, podría decirse, en las novelas de Saer: van a volver, girarán en redondo y reaparecerán en cualquier esquina con un efecto de lectura regocijante, el que produce el encuentro en una eternidad posible. Pero más que los personajes reconocibles, el efecto de perduración se reiterará en las señales de un estilo pertinaz y envolvente.




Responso

Vidas rotas



Por Beatriz Sarlo

En 1963 se publicó Rayuela. En diciembre de 1964, Responso. Difícil encontrar dos libros más distintos. Cortázar escribía desde una base sólida, armada con las vanguardias clásicas, el surrealismo y sus marginalia. Saer, en cambio, da la impresión de que ha leído bien a Pavese. La forma complicada de Rayuela parecía el futuro de una ficción cuyo mandato proscribía la lectura lineal, de comienzo a fin; el programa de Rayuela podía resultar novedoso pero era muy claro en sus indicaciones. Sobre Saer era difícil decir mucho, en principio porque en 1964 tuvo muy pocos lectores. Rayuela era un libro esperado. A Saer no lo esperaba nadie o sólo Juan L. Ortiz, Hugo Gola y sus amigos santafesinos, como Roberto Maurer, a quien está dedicado Responso.


Además, los dos comienzos sonaban inconmensurables: “¿Encontraría a la Maga?”. La pregunta descorría el telón ante un escenario parisino habitado por personajes inteligentes, arbitrarios y misteriosos. Leído ese comienzo mítico contra la imagen familiar de una mujer que está a punto de poner azúcar en una taza de té, Responso no promete nada, sino que pide una lectura a la que no le hace grandes promesas.


Tengo la primera edición de Responso, que no ofrece ninguna pista sobre la novela ni sobre su autor. Habituada, como todos hoy, a que los libros aparezcan centelleando en medio de un display publicitario que gestiona la prensa y avanza interpretaciones molestas o serviciales, el primer libro que Saer publicó en Buenos Aires llevaba sólo la garantía del sello: Jorge Alvarez, editor de una movida innovadora.


Saer fechó la escritura de Responso entre diciembre de 1963 y enero de 1964. Tenía, por lo tanto 26 años, que no fueron motivo suficiente para escribir una novela juvenil. Esa novela será Cicatrices, aunque es arriesgado y probablemente injusto que la edad de algunos de sus personajes y la relación de Angel con su madre sean toda la prueba de juventud de un texto original y seguro. La literatura de Saer parece haber sido compuesta siempre por un escritor que desprecia (u oculta) las vacilaciones del que comienza. Su editor, Alberto Díaz, me dice que, en las sucesivas reediciones para Seix Barral, Saer no corregía nada o sólo, muy de vez en cuando, alguna errata. Lo escrito ya estaba escrito para siempre.


Si las fechas son verdaderas, Responso se escribió muy rápido, digamos que más o menos tres páginas por jornada para armar una trama que transcurre entre las ocho de la tarde de un día de diciembre de 1962 y el amanecer del siguiente, más un flashback en el segundo capítulo, que sintetiza los diez años anteriores, pero claro está: no parece una síntesis. Esa velocidad de escritura (Roberto Maurer recuerda las noches interminables de aquellos primeros años, que compensaban las también interminables horas diurnas dedicadas a leer y escribir) podría razonablemente atribuirse a la juventud. Pero no parece juvenil, salvo unida a otros casos excepcionales de historia literaria, la seguridad sin vacilaciones de la novela. Saer quiere mostrarse ya hecho como escritor aunque quizá no como el que será pocos años después. Es un escritor formado el que termina su formación en sus tres primeros libros, fórmula paradójica que, sin embargo, es exacta. Responso no se podría hacer mejor: lo que sí estaba en el futuro eran mejores novelas de Saer. Pero Responso no es un ejercicio preliminar.