miércoles, 23 de abril de 2008

Sábado 19 de abril de 2008
Cuba Miedo e instituciones
Cincuenta años de administración cultural revolucionaria

Apenas triunfó, en 1959, la revolución liderada por Fidel Castro, muchos intelectuales y artistas cubanos concibieron la esperanza de que, por fin, se les concediera la dignidad que el régimen de Batista les había quitado. Las ilusiones crecieron cuando se fundaron revistas y editoriales. Todo ese aparato oficial forjó un público. Con el tiempo, algunos de esos mismos entes gubernamentales se convirtieron en instrumentos de censura y persecusión. Los "indignos" se habían convertido en "peligrosos". Algunos nombres y obras prestigiosas sirvieron para ocultar la realidad de un mundo degradado.


"Se decía que el cubano era un ser desabusé , que estaba desilusionado, que era un ensimismado pesimista, que había perdido el sentido profundo de sus símbolos", recordaba José Lezama Lima de la época prerrevolucionaria. A juicio suyo, el triunfo del nuevo régimen venía a romper los hechizos infernales, hacía "ascender, como un poliedro en la luz, el tiempo de la imagen". En su prosa gnómica, Lezama Lima celebraba la llegada de una nueva edad. También lo harían otros, menos felices de expresión, pero igual de fervorosos. Y junto a tanta alegría iba a hacerse evidente, desde la primera jornada de 1959, la mala conciencia de muchos creadores respecto al triunfo revolucionario. Un poema de Roberto Fernández Retamar escrito en esa fecha, "El otro", hablaba de los remordimientos de la supervivencia: "Nosotros, los sobrevivientes,/ ¿A quiénes debemos la sobrevida?/ ¿Quién se murió por mí en la ergástula,/ Quién recibió la bala mía,/ La para mí, en su corazón?". Preguntaba el poeta sobre qué muerto estaba vivo, quién había corrido los riesgos que él no se había atrevido a correr. Y sentía (como debieron de sentirlo tantos que no participaron en la gesta) que hubiera podido ser otro, comportarse de otro modo. En marzo de ese año, Virgilio Piñera publicó una carta dirigida a Fidel Castro en la cual admitía la culpabilidad del gremio ("sabemos que nos cruzamos de brazos en el momento de la lucha, y sabemos que hemos cometido una falta") y se excusaba: "si no cooperamos con ustedes fue debido a que no constituimos, como los periodistas y profesores, una clase. Tomado en su proyección social, el escritor cubano, hasta el momento presente, es tan solo un proyecto". A continuación, Piñera se permitía hacer esta sugerencia al nuevo mandatario: "es preciso que la Revolución nos saque de la menesterosidad en que nos debatimos y nos ponga a trabajar. Créanos, amigo Fidel: podemos ser muy útiles". Atendido o no este reclamo en particular, el nuevo régimen se ocupó inmediatamente de que escritores y artistas fueran algo más que figuras potenciales. Para ello hizo aparecer suplementos y revistas literarias, abrió academias a lo largo del país, creó casas editoras. Organizó todo un aparato cultural en cuyas dependencias hallaron empleo comisarios y artistas. Premió los tanteos anteriores por hacer un cine de autor. Empeñó su mecenazgo en convertir la compañía de Alicia Alonso en el Ballet Nacional de Cuba. Forjó un público. Una campaña nacional de alfabetización sirvió de doble escuela. Brindó, por una parte, primeras letras y catecismo político a la población analfabeta. Y, por otra, logró que los jóvenes desoyeran las tutelas paternas (el Estado sería el Gran Padre en adelante) y se organizaran en brigadas uniformadas de alfabetizadores. Al fin de la campaña, cada estudiante debía dirigir una carta escrita de puño y letra al líder de la Revolución. Tan voluminosa correspondencia era examen docente, testimonio inculpatorio del régimen anterior, pedestal para el culto del nuevo jefe. El cine llegó a los rincones más intrincados del país. Un documental, Por primera vez , mostró el encuentro del público rural con Charles Chaplin. Las colecciones de la burguesía exiliada engrosaron pinacotecas públicas. Radio y televisión se hicieron cada vez más educativas. El lugar de la publicidad comercial (¿para qué hacía falta ya, cuando toda la economía estaba en manos de un solo dueño?) fue ocupado por la propaganda ideológica. Y, junto al sentido del ritmo mostrado por orquestas y bailadores, otro particular sentido del tiempo entró a formar parte de la cultura nacional: el de Fidel Castro en sus discursos. Los nuevos tiempos trajeron el fin del periodismo como ejercicio de indagación y libertad. La censura política, impuesta a rachas en la historia anterior, se entronizó en cada redacción de prensa. Disminuyó el número de diarios y los dos o tres periódicos sobrevivientes se vieron obligados a repetir aquello que publicara el órgano del Partido Comunista. Oportunidad que aprovechó el mandatario cubano para convertir su palabra en única fuente de noticias. Pues, en tanto se abreviaban los periódicos, crecían sus discursos. El mundo y el país hablaban por su boca. O mejor dicho: él hablaba por el país y por el mundo. Una frase suya iba a servir como máxima en la administración cultural: "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada". La fórmula, que no admitía afuera alguno, obligaba a preguntarse quién quedaría a cargo de las delimitaciones. Fidel Castro había anunciado, meses antes, la construcción del socialismo. Estaba en camino la fundación de un cuerpo capaz de reunir, al modo soviético, a la totalidad de escritores y artistas del país. Cada disciplina artística contaría con institución propia: el cine, el ballet clásico, la danza folclórica, la televisión, la radio, los pintores, los artesanos, la gente de teatro Para llegar a ser alguien, habría que estar dentro de alguna de aquellas fortalezas. Por último, una sentencia de Ernesto Guevara dejó claras las condiciones del nuevo contrato. En El socialismo y el hombre en Cuba podía leerse: "la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente revolucionarios". El gobierno daba contenido a los creadores, les prestaba consistencia. Si estos habían demostrado su inutilidad durante la lucha armada, ahora les tocaba hacer un riguroso examen de conciencia y ayudar en la construcción de una nueva sociedad. Ningún creador, por grande que fuese, era más relevante que la propia Revolución. Los novelistas se limitaban a construir personajes, mientras que los dirigentes revolucionarios eran capaces de construir personas. Guevara aludía, por ello, a la experimentación genética: "Podemos intentar injertar el olmo para que dé peras, pero simultáneamente hay que sembrar perales. Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original". Cada artista constituía un expediente policial. Cada expediente merecía repasos. Para el proceso de domesticación fueron trazadas normas de las cuales ningún creador podría alejarse. Parámetros, llamaron a esas normas. Parametrados , a quienes resultaron castigados por incumplirlas. Entre 1965 y 1968, homosexuales, religiosos, hippies y rockeros fueron encerrados en campos de concentración. A inicios de los años setenta, el realismo socialista consiguió alzarse como receta única. (En el congreso fundacional de la Unión de Escritores de la Unión Soviética, el escritor Leonid Sobolev había confesado: "El Partido y el Gobierno le han ofrecido todo al escritor y solo le han quitado una cosa: el derecho a escribir mal". Sin embargo, tanto en el caso soviético como en el cubano, Partido y Gobierno propiciaron el derecho a escribir del peor modo.) Sin llegar a ser prohibida, la música bailable fue despreciada. Desterraron al saxofón de las orquestas por considerarlo instrumento del imperialismo estadounidense. Las salas de fiestas, los bares y los centros nocturnos atravesaron por una cuarentena que duró varias décadas. (Al desaparecer la Unión Soviética, la apelación al turismo internacional hizo que resurgieran. De ello hablan el álbum y el filme Buenavista Social Club .) Las Navidades tuvieron que celebrarse en clandestinidad o cayeron en el olvido, y hubo años sin carnavales pues el despilfarro de energía que representaban las fiestas mermaba la administración totalitaria y en cada bailador se malograba un miliciano. Un puñado de jóvenes músicos (Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, los más conocidos) salvaron algunas dificultades hasta imponerse y ligar sus obras a la agenda revolucionaria. Verdaderos músicos de corte, la protesta a que aspiraron terminó por desvanecerse. Y, de caber alguna crítica en sus canciones, fue dirigida a las invasiones estadounidenses en distintos rincones del planeta o al golpe pinochetista en Chile. Nunca a la sociedad donde vivían. (En música se impuso la llamada "Nueva Trova". En arquitectura, el batallón de edificios prefabricados y luego, la nada constructiva.) Desde hace medio siglo la pedagogía revolucionaria ha formado inteligencia para ahogarla. En sus intentos por alcanzar perales, creó la figura del artista oficialista, del burócrata artista, del delator de sus colegas, del delator de sí mismo: fomentó la autocensura. Empujó al exilio a muchísimos cubanos, tal como había sucedido en el siglo XIX bajo dominación española. Y, silenciada la obra de los creadores exiliados, asentó la creencia (menos establecida hoy que hace unas décadas) de que el genio del lugar abandona a quienes emigran y cualquier creador pierde fuelle al alejarse de la tierra natal. (Hipótesis que, en perfecta simetría, resultó contestada desde el exilio con la especie de que era imposible crear algo de valor dentro de una dictadura. A un extremismo geográfico respondía un extremismo histórico.) Virgilio Piñera rogó a Fidel Castro que sacara a los escritores de su menesterosidad. El régimen liderado por este otorgó a escritores y artistas la mayor de las legitimaciones: los tachó de peligrosos. El pensamiento alcanzó, por esta vía, una dignidad socrática. Aunque pronto se le abrió un nuevo espejismo, el de centrar su validez en el repudio de las autoridades. (Un teólogo del calibre de Ernesto Guevara advertiría aquí del pecado de luciferismo.) Desaparecida la Unión Soviética, el discurso público se atrincheró en el nacionalismo. Así como antes había resultado conveniente destacar las semejanzas con los países del bloque comunista, era hora de exacerbar lo endémico, de subrayar cada especificidad patriótica. Pues lo que hacía verdaderamente única a la cultura cubana podría garantizar que el régimen no corriera la misma suerte que sus homólogos de Europa del Este. Fue así como dejaron de ser útiles las citas de Karl Marx y menudearon aún más las de Martí. (Este medio siglo ha sobreexplotado la figura de José Martí, dentro y fuera de Cuba.) La construcción de un discurso eminentemente nacionalista obligó a reinserciones. Revistas y editoriales habaneras empezaron a recuperar nombres de exiliados. Eligieron a los autores menos incómodos, eligieron las zonas menos incómodas de ciertos autores. Fueron recuperados también quienes, sin alejarse del país, habían sido condenados a inexistencia. Valga un ejemplo: la Seguridad del Estado entregó a las editoriales estatales, para su publicación, los manuscritos que había robado en el apartamento de Virgilio Piñera. (Lo mismo que a Lezama Lima, el perdón estatal alcanzó a Piñera después de su muerte.) Ciertas permisividades sustituyeron la violencia ejercida contra quienes dejaban el país (salir al exilio suponía pasar por un túnel de vejaciones físicas y morales). Las religiones perseguidas terminaron por ser aceptadas. Una misa papal celebrada en la Plaza de la Revolución devolvió a la gente las Navidades. Y, con la inserción del dólar en la economía nacional, las autoridades aprendieron a soportar mal que bien la competencia de otros empleadores y mecenas: galeristas y editores extranjeros sentían curiosidad por lo ocurrido dentro de Cuba. De manera que la publicación en el extranjero ( tamizdat , para decirlo en el ruso de los años de Stalin), que antes había constituido figura delictiva, terminó por recibir licencia. Hoy pueden escuchárseles a altos dirigentes referencias acerca de los años más terribles del propio régimen. "Quinquenio gris", llaman a la época en que predominó el realismo socialista, tal como si se tratara del período rosa de Picasso. Reconocen los errores cometidos, aunque, en caso de exigirse responsabilidades, cuentan con comisarios jubilados sobre los cuales descargar las culpas. Amén de que los viejos artistas represaliados (en la actualidad Premios Nacionales) juran que todo se debió a interpretaciones torcidas del proyecto humanista de la Revolución. El régimen revolucionario ha puesto la cultura al alcance de un público masivo, aunque ha restringido lo cultural a lienzos, volúmenes y filmes. Deja fuera de su ámbito formulaciones más nimias, la cultura tal como se manifiesta a ras de la vida de la gente. Y, apostándolo todo a la obra de arte, ha olvidado que cultura es también la elección de lo que comemos, del lugar donde vivir, de la ropa que vestimos. Son estas acepciones las que, lejos de recibir los beneficios de la administración revolucionaria, han sufrido sus embates. No hay más que ver las ciudades destruidas, la gastronomía perdida La gente acude a las telenovelas extranjeras para rehacer sus vidas. (En un país pobre y cerrado, las telenovelas constituyen, más aún, la vida apetecible. Buena parte de estos años cubanos pueden historiarse a través de la lucha televisiva entre la novela de turno y la verborrea de Fidel Castro.) Una telenovela mexicana prestó nombre a los vendedores callejeros recién admitidos: merolicos. Del negocio de una protagonista brasileña salió el título genérico de los restaurantes particulares bajo licencia estatal: paladares. El lenguaje ha sido erosionado durante estas cinco décadas. Así, cualquier intento de explicación no puede desprenderse de vocablos y giros de la propaganda revolucionaria. Pues el pánico recomienda acogerse a lo codificado. Y al ponerle un micrófono delante a cualquier niño, se perciben los desvelos de un sistema totalitario en descubrir en cada criatura al mismo orador político. La intromisión de la Seguridad del Estado garantiza el miedo. (La guayabera, prenda socorrida en el guardarropa de cualquier cubano, se convirtió en pieza a evitar desde que la policía secreta la vistió casi como uniforme.) Miedo e instituciones: a esto podría reducirse la administración cultural revolucionaria. Sus logros se cifran en un surtido de nombres importantes y en multitudes que asisten a un festival de cine o a una feria del libro. George Steiner enunció, a propósito de países europeos bajo régimen comunista, la siguiente paradoja: la falta de libertades resulta provechosa para una cultura. Steiner pensaba en obras de arte, pero sería imposible sostener lo mismo a la luz de la vida cotidiana.

Por Antonio José Ponte Para LA NACION

Madrid, 2008




El control de la vida social llegó hasta las fiestas tradicionales, desde la Navidad hasta el Carnaval Foto: AP

lunes, 21 de abril de 2008

RadarLibrosDomingo, 20 de Abril de 2008

Estela Canto: un retrato

Acaba de aparecer Estaqueados (Seix Barral), el nuevo libro de Andrés Rivera. Pero esta vez, el contundente estilo de su prosa no se ha volcado en forma de novela breve como sucedió en los últimos años, sino en una serie de cuentos que transitan por escenarios de la historia y evocan personajes reales en biografías ficcionales. A estos registros pertenece el texto que Radar reproduce en estas páginas, Estela Canto: un retrato.


Por Andres Rivera

La redacción del matutino se instaló en la calle Carlos Calvo, en una de esas casas antiguas, porteñas, construidas para albergar a abuelos, padres, hijos, nietos, algún perro, una jaula de canarios. Una casa muy porteña. Muy de burgueses adinerados y, supuse, honrados a su manera. Y de misa dominical, sin duda.
Yo llegaba a la redacción del matutino a eso de las dos de la tarde: la dirección del Partido me había designado secretario de Gremiales.
Yo llegaba antes que los otros redactores del diario. Antes que el director del diario, Ernesto Giudici, un hombre de baja estatura, inteligente, culto, afable, y que fue, en sus años mozos, uno de los jefes de la Reforma Universitaria, ese eco doméstico del alzamiento de la bandera roja de los bolcheviques en los palacios de San Petersburgo.
Una tarde de otoño, entré a la redacción del matutino que sostenía la dirección del Partido, y vi, sentada a la mesa de Internacionales, a una mujer.
Parecía joven la mujer. Me acerqué a ella:
–Soy Pablo Fontán.
Ella giró la cabeza hacia mí, y me contestó con una voz lejana e indulgente:
–Yo soy Estela Canto.
Le sonreí a Estela Canto. No parecía joven: era joven. Y supe, de inmediato, que los misántropos que regentean las iglesias católicas, podían aludir, en su oralidad insidiosa y triste, a Estela Canto como a una hija de Satanás... Si es que lo hacían.
Estela Canto había pasado por Sur. Estela Canto, sin fingida ingenuidad, sin disculpables ignorancias, enfrentó los desmanes de estanciera criolla y linajuda de Victoria Ocampo. Estela Canto sabía algo, mucho, del linaje de las familias criollas, las opulentas, y las que rozaban una efusiva miseria, que poblaron Buenos Aires y la Banda Oriental.
¿Qué hacía Estela Canto, ahí, en esa redacción de un matutino que el buró político del Partido Comunista decidió poner en la calle a poco del triunfo, en las elecciones presidenciales, de Arturo Frondizi, autor de un libro en el que acusa a USA y, también, a sus socios menores, de apellidos argentinos, por ambicionar hacerse de YPF, de un solo, simple y exaltado manotazo?
–¿Te divertís? –le pregunté a Estela Canto.
–No –me contestó Estela–. Aprendo: soy curiosa por naturaleza...
Me sonrió: su voz ya no sonaba distante, ni indulgente, ni desdeñosa.
Yo leí a Borges tan apasionada y clandestinamente como a Trotsky.
Se lo dije a Estela: todavía algunos de los alcahuetes que integraban la redacción del diario movían sus pálidas lenguas en la sede del Comité Central, y podían llevar, allí, mis extravíos, mis tributos a lecturas condenadas, maldecidas.
Estela, sí, era curiosa por naturaleza: me preguntó quiénes eran los correveidiles. Pronuncié un nombre. Estela asintió, gozosa. Conocía a ese fulano escurridizo y servil, y protagonista de un acto de cobardía que, para Stalin, hubiese merecido el pelotón de fusilamiento o el ingreso a la GPU.
Estela hablaba, escribía, a la perfección, el inglés y el francés. Ese conocimiento fue otro de los motivos por los que se la incorporó a la mesa de Internacionales.
Esa mesa estaba a cargo de un poeta, a quien había recomendado Raúl González Tuñón.
¿Qué poeta, desde Homero, no aspira a la inmortalidad? ¿Qué poeta, aún precoz, y que aspira a la inmortalidad, no leyó a Rimbaud? ¿Y no omitió, claro, a Walt Whitman? Ni Borges lo omitió. Y el poeta a cargo de Internacionales, tampoco. Y como Rimbaud proclamó: cambiar el mundo. Para cambiar el mundo, se responsabilizó de la mesa de Internacionales.
Estela, en una de nuestras largas, casi interminables caminatas, que solían finalizar en algún desolado restorán de la Avenida de Mayo –desolado por la madrugada y el frío lacerante que venía del río–, sentados, los dos, frente a un copioso puchero para uno –chorizo, falda, algo de gallina, una tira de panceta, papas, repollo, zanahorias y otros inclasificables vegetales–, me dijo que Borges fue comunista.
–Sí –dije–. Una joda borgeana, pero juvenil...
Estela ladeó su delgado perfil, seria, adusta, probablemente. Masticó, después, unos minutos, y con su voz serena y apenas audible, dijo que Borges utilizó esa filiación ideológica para zafar del cruel despotismo de doña Leonor Acevedo, su madre, la última matrona romana que conoció Buenos Aires. Había otra razón más profunda, le dije a Estela, más de deseo interrumpido por el azar, por el tiempo que llevó a Borges a una militancia tan alborozada como fugaz. Por el sable que le ha sido negado por los tiempos del tiempo.
Presumo, y presumo bien, que Estela no me consideró uno de esos profusos charlatanes que poblaban los salones de culto de Victoria Ocampo.
Fui, y aún hoy no me jacto de ello, breve y puntual.
La be de Borges, dije.
La be de Borges, preguntó Estela, perpleja en esa noche fría de la Avenida de Mayo, en la que solo circulaban escasas parejas, ansiosas y heladas, en busca de una habitación en albergues de luces parpadeantes y rosadas.
Sí, dije yo. La be de Simeón Budionny, jefe de la caballería roja... Un ex sargento de los ejércitos zaristas. Budionny, mi querida Estelita, le dije, amaba a los caballos más que a sus ocasionales mujeres, y tenía devoción por los sables, por los afilados sables de los devastadores jinetes del Ejército Rojo.
Estela, que miraba por encima de mis hombros, murmuró nunca pudo.
Esperé. Y Estela aludió a esa renovable patota de imbéciles, que se graduaron en la conjetura borgeana, y recitó, la voz sin el amparo de la claridad o la absolución:
Vivir quiero conmigogozar quiero del bien que debo al cielo,a solas sin testigo,libre de amor, de celo,de odio, de esperanza, de recelo.
El idilio del Pecé con el presidente Arturo Frondizi se quebró. Las degradaciones que se impuso la dirección del Pecé para sostener el matrimonio no fueron suficientes para que el otrora certero crítico de la política de rapiña de las corporaciones norteamericanas en su patio trasero se abstuviese de clausurar el matutino partidario. Y nosotros, sus redactores, quedamos en la calle, sin trabajo y sin salario alguno. Menos los fieles correveidiles, blindados e insustituibles.
Estela y yo nos encontrábamos por las tardes. Y caminábamos. Buenos Aires era, por entonces, una ciudad para caminar. Estela y yo éramos jóvenes, y nos gustaba caminar. Y caminábamos.
A la hora del crepúsculo, nos sentábamos a la mesa de un bar y, tal vez, fatigados, pedíamos dos vasos de cerveza y sándwiches de miga. Ella y yo reuníamos el dinero necesario para pagar nuestras deprimentes raciones.
La curiosidad de Estela era insaciable.
Estela era, además, dueña de una información puntual de quilombos, putas, cafishios, y madamas del gran Buenos Aires, de los arrabales de la París sudaca.
Estela aludía a Eva Perón sin el rencoroso sarcasmo de Victoria Ocampo; sin la indiferencia hostil de ese gran estanciero que fue Adolfo Bioy Casares; y sin los indignados, militantes desdenes de Borges por Juan Domingo Perón, y la agonía pavorosa de su joven esposa, injuriada, asimismo, por los falsos y estridentes quejidos de los alcahuetes sindicales y punteros del justicialismo.
Intercambiábamos preguntas con Estela:
¿Cómo conciliaban los Ocampo –incluida la exquisita y silenciosa Silvina–, los Casares, es decir Adolfito and others, y el propio Borges, cultor de la espada como fundadora de la patria, y recordé su poema Junín, y a su ancestro, el coronel Suárez, con el hecho de que Perón creció, se educó, y alcanzó el grado de teniente general en el ejército creado por José de San Martín?
No hablan de eso, dijo Estela, y me sonrió. Cuando llegan a ese punto, se empeñan en descifrar o interpretar el hermetismo de Mallarmé. ¿O por qué crees que desalojaron al bueno de Pepe Bianco de la secretaría de redacción de Sur...? Para ellos, Pablo, adherir a Fidel Castro y su revolución es adherir a Perón. Y la voz susurrante y calma de Estela Canto acentuó la palabra ellos.
Espadas, dijo Estela, y tomó un trago de vino, largo el trago, y mordió, sin indulgencia, su choripán.
Espadas, sables, ¿qué más da?, dije yo. ¿Espadas para los caballeros, sables para la tropa?, pregunté yo. Y los cuchillos, las dagas, los facones, ¿para quiénes?
Para la literatura, dijo Estela Canto.
A Marat lo mataron con un puñal; a Lenin lo hirieron con un revólver, pensé yo, en voz alta.
La literatura cumplirá su misión, dijo Estela. Y me sonrió.
El presidente Arturo Frondizi clausuró el matutino del Pecé, pero no ilegalizó al Partido. Había muerto Stalin, y amanecía lo que se llamó, luego, coexistencia pacífica.
Para Estela y para mí finalizaron los pucheros en las frías madrugadas de la Avenida de Mayo: ella se dedicó a las traducciones, en su casa de la calle Tacuarí; y yo, a la corrección del estilo de textos de médicos y abogados.
Nos encontrábamos, Estela y yo, en algún bar céntrico, y tomábamos café.
En una de esas tardes de café y silencios intermitentes, le conté, a Estela, una historia que le provocó una risa prolongada, sin estridencias, probablemente inaudible.
Le conté que, un mediodía, Raúl González Tuñón fue convocado a la sede del comité central, en la calle Entre Ríos. Lo recibió Victorio Codovilla.
Entre un té y otro, Codovilla le preguntó a González Tuñón por qué González Tuñón no gozaba de los esplendores de la fama que iluminaban la poética de Pablo Neruda.
González Tuñón, que cosechó la amistad de Rafael Alberti y Miguel Hernández, durante la guerra civil española, y jugó algunas partidas de poker, en el hotel Gaylord, con Ernest Hemingway, le contestó a Codovilla que cuando éste le diese un partido como el chileno, y una clase obrera como la chilena, él compartiría la gloria, quizás imperecedera, de Pablo Neruda.
Estela Canto dejó de reír, muy lentamente, después de incluir, me lo dijo, lo que acababa de escuchar, entre lo más desventurado que escuchó en su vida de riesgos e impertinencias.
Estela Canto escribió un libro, Borges a contraluz, que me envió, y cuya lectura disfruté en dos largas noches.
El libro, y la dedicatoria, trazos redondos las tres líneas de la dedicatoria, desaparecieron de mi biblioteca. El libro, y su dedicatoria, desaparecieron. ¿Dice algo, en este país, la palabra desapareció?
Estela Canto se casó, creo, con un sobreviviente de Auschwitz.
Estela Canto, me dijeron, gozó de una dicha serena durante años, junto a su marido, el hombre que logró superar los castigos inenarrables del nazismo.
Me dijeron que Estela Canto murió sin temor y sin lamentos.

Estela, Pirí y otras ficciones de la Historia
Por Claudio Zeiger

Estaqueados
Andrés Rivera
Seix Barral
124 páginas

Hay una consecuencia bastante obvia, y lógica, en la literatura que de una forma o de otra se mete con la historia, con los hechos y los personajes de la historia, sean estos públicos o anónimos. La consecuencia es que esta literatura deja la impresión de que la política y la historia son un destino sudamericano siempre ineludible. El hombre está sobredeterminado por la historia. Pero no sólo en esos momentos cruciales donde se juega el destino, cuando opera La Historia, también en los hechos más nimios y cotidianos de la vida. Desde luego, Andrés Rivera, que siempre se mete con la historia, es un exponente de esta cuestión. Pero además de sus libros, su biografía personal (y aquí hay un entrañable cuento, ¿Quién come en esta mesa?, que lo atestigua, sin dejar de ser un cuento) aparece sobredeterminada por la historia y la política. Esa marca de origen biográfico (la militancia gremial del padre y la suya propia, la extracción de clase obrera, marcas en verdad poco frecuentes en los escritores argentinos) está tanto en los primeros como en los últimos libros de Rivera, desde El precio hasta La revolución es un sueño eterno, y muy especialmente en la sucesión de filosas novelas cortas que viene entregando Rivera en estos últimos tiempos, a razón de una por año y a veces más, forma de producción que algo quiere decir en cuanto a persistencia en la escritura, en el oficio, en cuanto reiteración de una práctica de toda la vida aunque haya tenido años de silencio, de no publicar. Vamos a decirlo aquí francamente: la brevedad y la abundancia de espacios blancos, el tono repetitivo y sentencioso de muchas de sus páginas, ha dividido a sus seguidores y alarmado a otros escritores que inclusive comparten ese campo de operación sobre la historia y la política con el propio Rivera. Lo cierto es que con su forma de publicar y conectarse con sus lectores en esta especie de diálogo fragmentado pero continuo, Rivera ha puesto en evidencia y crisis una forma de entender la novela histórica como documento unívoco y exhibidor de un saber de fuentes y archivos. Y de paso, pone en crisis la cuestión de que la historia debe ser amena y educativa para que las masas no huyan. Para decirlo con sencillez: su visión es trágica. La ventaja de un sistema literario como el propuesto por Rivera, es que la historia aparece como un conjunto de piezas que van encajando pero nunca cierra, porque la historia sigue, es progresiva (aunque poco progresista) e inacabable mientras exista el hombre. Esa sensación se refuerza con los juegos entre ficción, historia y biografías de los cuentos de Estaqueados.
La sobredeterminación de la historia y la marca de origen (obrero, marxista, inmigrante) están muy presentes en este libro de cuentos. Estaqueados, el cuento, es ni más ni menos una lectura de la historia de la nación argentina, de sus enfrentamientos de clase, su desierto, sus militares y sus indios, fortines y gauchos. A propósito, después de Viñas, Rivera es uno de los pocos que insiste en incluir al militar y el discurso autoritario (si bien en un cuento como Country puede haber regodeo en la asimilación de poder y crueldad) como para no olvidar que son parte esencial de la historia argentina. Podría pensarse que esta lectura de la historia (entendida la historia en un sentido estricto: siglo XIX hasta 1930) tiñe el resto de lo que pasa en los otros textos, sus tramas y los destinos de sus personajes. Puede pensarse que en la concepción de la historia de Rivera y la forma en que ésta se imbrica con las biografías, la dictadura militar del ’76 y sus precursoras (pero en ese orden, bajo cierta jerarquía) condensa nudos: destino, tragedia, escepticismo. Aquí hay tres cuentos que van en esa dirección: el ya citado Country, el impactante La seño y Diente de oro.
Estela Canto: un retrato y Pirí son textos que claramente aluden a personas reales, personajes, podría decirse, en el sentido de haber sido integradas a la mitología de la cultura literaria y política argentina. Figuras dispares, no tan antagónicas pero sí dispares. Pirí, en el texto de Rivera, aparece en un espacio doméstico, cotidiano, suspendida en la existencia un poco antes de desencadenarse la tragedia. Estela Canto aparece en un claroscuro de recuerdo personal y, a la vez, como sombra que se expande sobre Borges. No por nada el siglo XIX de sables y espadas es convocado en las brumosas conversaciones del narrador con Estela en frías noches de invierno, comiendo puchero a la salida de una tardía redacción.
Nadie escapa a la historia, parece decir Rivera. Ni Estela, ni Borges, ni Pirí, ni esos apenas velados alter egos de sí mismo. Pero desde luego lo suyo no es fatalismo ni congelado manual. Estaqueados se mete con la historia porque la historia se mete con sus personajes, los reales y los inventados. Para rearmar otra vez un rompecabezas que, en rigor, nunca se terminará de cerrar.


Un vacío difícil de llenar
La ficción y la Historia

Toda la obra de Don DeLillo cobró un sentido profético el 11 de septiembre de 2001: terror, paranoia y medios masivos era, efectivamente, de lo que estaba compuesto el aire norteamericano. ¿Pero qué podía decir el profeta una vez que vio su profecía cumplida? ¿Cómo escribiría el autor de la ficción paranoica una vez corroboradas todas las sospechas? El hombre del salto es, finalmente, su novela sobre el 11/9. Y sus conclusiones son aún más desoladoras.
Por Juan Forn

El hombre del salto

Don DeLillo
Traducido del inglés por Ramón Buenaventura
Seix Barral, 2008
289 págs

Lo primero que pensó la intelligentzia norteamericana ante al derrumbe de las Torres Gemelas fue: “Don DeLillo lo vio venir antes que nadie”. En cierto sentido, era como si el gran pope de la ficción paranoica hubiese estado redactando paso a paso, desde sus primeros libros, el guión completo del 11 de septiembre de 2001. Desde principios de los años ’70, DeLillo hacía decir a sus personajes que el territorio estadounidense ya no era seguro, que la muerte filmada en directo y contemplada frente al televisor sería la única catarsis cotidiana de los norteamericanos y que los terroristas terminarían por apropiarse del modo de llamar la atención de los artistas conceptuales para sacudir el inconsciente colectivo de la sociedad. Incluso había adivinado cuál sería el perfecto objetivo para un atentado (en su novela Jugadores, una operadora de Wall Street mira desde la ventana de su oficina el flamante World Trade Center pensando: “Esas torres no parecen hechas para siempre; es como si se asomaran a su propia extinción”).
Poco después del 11/9, DeLillo escribió un ensayo en la revista Harper’s titulado En las ruinas del futuro, donde se preguntaba cómo debían responder los escritores ahora que el terror había hecho impacto en su propia casa: “El relato termina en los escombros. Es nuestra responsabilidad crear el contrarrelato. Hay un vacío en el cielo. Los escritores debemos llenar de sentido y memoria ese vacío”. Los lectores de DeLillo no disimularon su decepción meses más tarde, cuando se publicó Cosmopolis, la nueva novela de su autor favorito, y ésta no trataba sobre el 11 de septiembre. Debieron mascar su frustración cinco años más hasta que, en mayo pasado, apareció Falling Man, título que remitía inequívocamente al 11/9: con esas dos palabras (“Hombre cayendo”) se conoce una foto que recorrió el mundo desde el 11 de septiembre de 2001, y que muestra cómo una de las tantas víctimas atrapadas en los pisos superiores de las Torres Gemelas se arroja al vacío ante la evidencia de que nadie puede rescatarlo.
Si bien El hombre del salto (tal la traducción de Falling Man a nuestro idioma, publicada por Seix Barral) es la esperada novela de DeLillo sobre el 11/9, no trata sobre aquel hombre que se arrojó al vacío. Tampoco es una de esas panorámicas radiografías psicohistóricas como Libra o Submundo, Mao II o Ruido de fondo. Siguiendo literalmente aquella aseveración de Balzac (“la novela es la vida privada de las naciones”), El hombre del salto se propone retratar el efecto que tuvo el 11/9 sobre la esfera privada, íntima, de la nación norteamericana.
La mejor descripción del resultado la dio el británico Andrew O’Hagan en el NYTBR: “DeLillo nos preparó para el 11/9 pero no supo prepararse a sí mismo para la eventualidad de que el episodio superara sus capacidades como novelista”. ¿Qué queda de la ficción paranoica cuando todas las sospechas se han hecho realidad? ¿Qué le resta decir a un profeta luego de que su profecía se ha cumplido? Básicamente eso es lo que sucede en El hombre del salto, para horror de la intelectualidad norteamericana en general y neoyorquina en particular: el Gran Relato que todos esperaban para hacer catarsis, para plegarse a él, para sentirse retratados, falló. El 11/9 sigue siendo lo que era hasta ahora. El estupor, la hemiplejia conceptual, la esterilidad emocional que todos creían pasajera parece que va a ser mucho más permanente que lo esperado.
DeLillo la elegido un personaje imaginario como protagonista de la novela: Keith, un ejecutivo que trabaja en las Torres Gemelas y que (a diferencia de aquel hombre que se arrojó al vacío) logra salvar su vida, sobrevivir al derrumbe y llega a pie, cubierto de polvo, sangre y vidrio, sordo y exhausto, al departamento donde viven su ex mujer y su hijo, en la otra punta de Manhattan. La novela empieza con el atentado y avanza desde allí en nuestra dirección, hasta un presente indefinido y perpetuo, que puede ser el 2003, el 2005, el 2007 o ayer nomás, da igual, porque lo que DeLillo quiere decirnos es que así es y será el futuro de sus personajes: ya les ha pasado lo que tenía que pasarles. Ya ha definido el resto de sus vidas (en palabras de Keith, el sobreviviente del atentado: “Aunque viva cien años, seguiré siempre bajando por aquellas escaleras, sin correr, todos juntos, apretados, en la oscuridad”). Por eso el libro cierra tal como abre: el fin completa y redondea esa descripción pormenorizada del principio, donde Keith repasa todo el atentado, desde que se produjo la embestida del primer avión hasta el fin de ese interminable descenso por las escaleras y la salida a la luz, al maremágnum de escombros, heridos, bomberos, ambulancias, humo, gritos, caos, horror.
Mucha gente leía poesía en las semanas siguientes al atentado, dice DeLillo. En el metro, en las plazas, en los escalones de entrada de los edificios, había gente leyendo poesía. Esta es una novela de DeLillo, así que la gente no lee vulgar poesía: leen haikus. Y todo esto es para que el personaje femenino, la desequilibrada mujer de Keith, recuerde de pronto un poema de Bashó: También en Kyoto... echo de menos Kyoto. “No se acordaba del segundo verso”, le hace pensar entonces DeLillo, “pero no le pareció que fuera necesario”. Al que no le es necesario es a él, porque en esas dos líneas, sin el anticlímax intermedio, se cifra la metáfora que nos quiere transmitir, el diagnóstico que tiene para ofrecer el gran gurú de la ficción paranoica sobre el estado en que quedó la sociedad norteamericana después del 11/9: hasta en Nueva York extrañaremos Nueva York.
En uno de los escasísimos buenos momentos de El hombre del salto, un personaje secundario de la novela, marchand alemán de sesenta años, les dice a su amiga de cincuentipico y a otros dos cincuentones, intelectuales neoyorquinos progres como ella: “Estamos todos hartos de los norteamericanos. El tema nos da náuseas”. Aunque hable un alemán, el nos, el todos se refieren inequívocamente al mundo entero (recordar aquella tapa de la revista Time, post 11/9, con la leyenda en letras catástrofe: “¿Por qué nos odian?”). Los interlocutores del alemán no le contestan nada en el momento, pero un rato más tarde uno de los intelectuales neoyorquinos dice: “Van a ver nuestras películas, escuchan nuestra música, hablan nuestro idioma, ¿cómo pueden dejar de pensar en nosotros?”. El alemán le retruca: “Yo ya no puedo reconocer a Estados Unidos. Hay un vacío donde estaba Estados Unidos”.
Quizás ésta sea la observación más lúcida que ofrece DeLillo en todo el libro, sobre la intelectualidad norteamericana actual y sobre él mismo. Quizás ésa es su impresionante manera de decir que no está a la altura de las expectativas que depositaron en él sus compatriotas, sus camaradas de la intelligentzia norteamericana, sus fieles lectores. Y ni uno solo de los ensayos y reseñas norteamericanos sobre El hombre del salto se atreve a ver el libro de esa manera por la magnitud de fracaso que significaría. Ese secreto a voces: que, en el terreno intelectual, hay un vacío donde estaba Estados Unidos.

viernes, 18 de abril de 2008

Todos quieren ser únicos

Pero el alemán Max Stirner fue más lejos y llegó a defender una teoría del individualismo moderno: "Dios no basó su causa en nada más que en sí mismo. " Su reedición permite revisar aquel ideario.
Por: Osvaldo Baigorria



MAX STRINER dibujado por Engels. Ilustración realizada en Londres y fechada en 1892.


Preexistencialista, ultraliberal, nietzscheano antes de hora, idealista crédulo, nominalista extremo, místico del yo, anarcoindividualista o el último de los hegelianos, Max Stirner fue etiquetado de diversas maneras y anticipó varias corrientes de pensamiento del siglo XX pero permaneció como un solitario, un paria, casi un desterrado en la historia de las ideas. La reedición en Argentina de aquel que sería en todo sentido su libro "único", El Unico y su Propiedad, aporta algo más que una obra controvertida, anómala o ambivalente para lectores contemporáneos.Es difícil encontrar otro texto que haya recibido lecturas tan disímiles y al mismo tiempo permaneciera en tal extrema soledad desde su publicación en 1844, el mismo año del nacimiento de Nietzsche. Este jamás lo mencionó en su obra aunque se supone que lo conocía y algunos lo acusaron de haberlo plagiado. Marx lo demolió con sus críticas y burlas en La ideología alemana. Carl Schmidt lo leyó en la cárcel, Edmund Husserl y Georg Simmel se sintieron atraídos por él aunque luego lo rechazaron.Nacido como Johann Kaspar Schmidt el 25 de octubre de 1806 en la ciudad alemana de Bayreuth, Stirner fue integrante del grupo berlinés Die Freien (Los Libres) que en la primera mitad de la década del 1840 reunió a Bruno Bauer y a David Strauss con Feuerbach, Engels y Marx, entre otros. Mientras algunos tendían a aplicar el método dialéctico hegeliano contra o más allá de las conclusiones filosóficas de Hegel, Stirner llevó la crítica a la religión y a la autoridad hasta un lugar, para muchos, insoportable: "Se dice de Dios: los nombres no te nombran. Eso es igualmente justo para Mí: ningún concepto me expresa, nada de lo que se considera como mi esencia me agota. Yo soy el propietario de mi poder, y lo soy cuando me sé Unico. Todo ser superior a Mí, sea Dios o sea el Hombre, se debilita ante el sentimiento de mi unicidad y palidece al sol de esa conciencia".Luego de esa publicación, Stirner tuvo que resignar su puesto como profesor de literatura en un liceo privado, sobrevivió precariamente con algunos artículos y traducciones, apostó a una poco afortunada empresa de distribución de leche a domicilio en carritos tirados por perros, dilapidó en esa iniciativa las reservas provenientes de su matrimonio, fue abandonado por su esposa, pagó sus deudas en la cárcel y murió picado por un insecto a los cuarenta y nueve años.Olvidado por completo hasta fines del siglo XIX, su redescubrimiento se debió al poeta germano- irlandés John Henry Mackay, quien en 1888 habría hallado casualmente en el British Museum una breve mención de Stirner en Historia del materialismo de Lange. Mackay se dedicó en los siguientes diez años a estudiar, escribir y publicar en torno a la vida de Stirner y su libro. Las traducciones no se hicieron esperar. En 1907, la primera versión al inglés de Der Einzige und sein Eigentum apareció con el inexacto título The Ego and His Own. Y en la reseña de esa edición en el The New York Times, el ensayista James Huneker realizó una lectura liberal del libro y lo consideró "el más revolucionario" publicado hasta aquel momento.Sin embargo, Einzige es "solo, singular, único". No es Ich (yo), no es una esencia ni un absoluto, no es el yo romántico, el yo metafísico, el yo de Hegel ni el de Fichte. Y Eigentum es aun más problemático, ya que puede traducirse como "propiedad" o "patrimonio" pero en Stirner no tiene el sentido de propiedad burguesa o hereditaria sino el de una "apropiación" sin cálculo, que libera al sujeto de toda posesividad: "Todo interés hace de mí, cuando no sé desprenderme de él, su esclavo, y no es ya mi propiedad; yo soy la suya".Es un raro equívoco, pero también el más frecuente, considerar a El Unico... como un exponente del liberalismo a ultranza cuando la mayoría de sus páginas insisten hasta la reiteración en la crítica a los liberales y a la propiedad privada, tanto grande como pequeña. Para Stirner, el derecho a la propiedad en el liberalismo se basa en la protección jurídica de las instituciones estatales. "La burguesía se apoya únicamente en los títulos legales. El burgués sólo es lo que es gracias a la protección del Estado. Perdería todo si el Estado llegara a desplomarse". Los liberales extremos pueden proponer un Estado mínimo y la erosión de las protecciones sociales pero a costa del mantenimiento de la función policial estatal como última garantía, dice Stirner a mediados del siglo XIX, anticipándose a las criticas contemporáneas al neoliberalismo.Lo incontestable es que Stirner es enemigo del Estado, precisamente por el carácter que este tiene de sustituto de Dios, "ser supremo", "principio religioso" o "idea fija". Lo mismo ante los grandes ideales como Hombre, Humanidad, Patria, Sociedad, Revolución, incluso la Libertad en tanto fantasma, abstracción, creencia, representación, Espíritu (Geist). Para Stirner, los socialistas serían religiosos inadvertidos que pretenden imponer derechos y obligaciones colectivas, ídolos para adorar como la clase obrera o el pueblo, abstracciones que exigen servidumbre. El único stirneriano sería lo contrario a los "poseídos por los espíritus". Su propiedad sería la reapropiación del productor de todos esos objetos y representaciones mediante un acto de desalienación, de reintegración a sí de todo lo sobreimpuesto a una existencia que siempre precede a la esencia.Pero de ello no podría deducirse fácilmente un programa, un sistema de aplicación en la vida cotidiana. El Unico y su Propiedad es a veces pensamiento filosófico y a veces prosa festiva, satírica, denunciante de mitos. Funciona a su máxima potencia cuando se dedica a demitificar y a desenmascarar. Para Stirner, el altruismo es un disfraz que cubre al egoísmo, nadie actúa en forma desinteresada, hasta el asceta renuncia a los placeres de la vida porque esa renuncia le parece más noble. Allí también habría egoísmo, allí también habría un yo que busca su propio interés. Sólo que ese egoísmo puede pasar inadvertido aun para los mismos individuos que creen estar actuando con abnegación, en nombre de la humanidad o "por el bien del prójimo", cuando en verdad actúan por su propio interés y beneficio personal. Sin conciencia de ello, todos terminan siendo egoístas "involuntarios", sujetos determinados por su identificación con un conjunto de ideales y representaciones interiores que luego sería de interés para el psicoanálisis."Stirner critica a la noción hipostasiada (convertida en hipóstasis) de hombre, esa idea platónica que es muy fuerte en Feuerbach y en todo el humanismo tanto como a la idea hipostasiada de sociedad o de revolución. En la hipostasía, perdés el horizonte, te vas a cualquier lado. Stirner te pone los pies sobre la tierra. Te dice que no consideres a esto o a lo otro como un absoluto, una idea que te domina y esclaviza", observa Martín Aldao, a cargo de la revisión y las notas al pie en la reciente versión de la editorial Reconstruir, de la Federación Libertaria Argentina.Traductores, traidores Hasta ahora, las traducciones más conocidas al español no sólo mantenían casi todos los sustantivos en mayúsculas, como en alemán, sino que habían suprimido párrafos enteros. La versión de 1905 de González Blanco, editada en México por la editorial Juan Pablos en 1976, tenía errores de traducción y algunos faltantes, según Aldao. Incluso, en esa misma versión digitalizada por el grupo mexicano Antorchas se encontraron tantos recortes que se cree falta un tercio del original. En la nueva edición se incorporaron esos faltantes y se hizo una revisión de estilo para adaptarla al lector argentino, por ejemplo, cambiando la segunda persona del plural por la tercera y reemplazando inversiones del tipo "entendíase" o "sábese" por "se entendía" y "se sabe".Además, se compararon versiones inglesas y la edición electrónica del texto original en la página del Max Stirner Archiv de Lepizig. En cuanto al extenso trabajo de anotación, parece intentar apropiarse de algunas de las múltiples acepciones que en el año 2008 pueden tener expresiones al mismo tiempo tan contundentes y equívocas como yo, único, individuo, propiedad.De todas maneras, no hay garantías para una comprensión precisa de Stirner un siglo y medio más tarde y en otra lengua. En cierto sentido, El Unico... parece haber sido escrito contra los hegelianos de su época que intentaban cerrar la historia en algún absoluto o "concreto universal". En otros sentidos, parece absolutamente contemporáneo. El único como existencia en devenir, proceso, una contingencia que no quiere ser idea ni abstracción, debía encontrar necesariamente diversas formas de apropiación según las lecturas y los individuos. Para ser libre de todo significante despótico y afirmar su existencia en el mundo, el único tendría que buscar incesantemente a otros que también sean únicos, otros con quienes interactuar de individuo a individuo, sin la mediación de ningún ideal agregado. Acaso esa voluntad sólo podría afirmarse en forma de gestos, en ciertos instantes privilegiados, allí cuando uno siente que ha hecho un acto de libertad. Esos instantes singulares y anteriores a la reaparición de la sospecha.El primer posmetafísico Un pensamiento tan antiesencialista, posmetafísico, antiautoritario difícilmente podría encontrarse a sus anchas en un mundo "poseído por espíritus". Y al mismo tiempo, ese pensamiento está abierto a tantas lecturas y libre para ser utilizado por operaciones tan diversas que produce la rara impresión de que ninguna terminará siendo "la correcta". De modo que el autor de este texto paradojal y ambivalente puede continuar en su búsqueda viva de su lector o interlocutor singular. Quizá algunos se apropien del único stirneriano mediante lecturas que lo lleven hacia una dirección impensada y que sin embargo nunca será la definitiva. Y esa podría ser tanto la derrota como la secreta victoria de Stirner.


Striner Básico
Bavaria, 1806 – Berlín, 1856.

Filósofo. Su nombre era Johann Kaspar Schmidt pero se lo conoce como Max Stirner, su sobrenombre infantil. Estudió Filología, Filosofía y Teología en la Universidad de Berlín, ciudad donde integró el grupo de discusión de jóvenes hegelianos junto a Marx, Engels y Feuerbach. Publicó su obra cumbre, El único y la propiedad, en 1844. Allí lanzó un feroz ataque contra las religiones, las ideologías y la sociedad prusiana de la época.

¿Es bueno que "el único" esté solo?
Por: Ivana Costa

La extensa reseña de la obra de Max Stirner que le dedica el diario The New York Times en abril de 1907, firmada por James Huneker, se ocupa también de las relaciones familiares del filósofo. Sobre todo de la relación de Max Stirner con la que fue su segunda esposa (la primera murió poco después de la boda), la joven y "muy avanzada" Mary Dänhardt. Se sabe que el matrimonio no perduró. Escribe Huneker, bien informado por el biógrafo John Mackay: "Tras la aparición de su libro, la relación con su esposa se volvió difícil. A más tardar a fines de 1846 o principios de 1847,ella lo dejó y se fue a Londres, donde se sostuvo económicamente por medio de la escritura Tiempo después heredó una pequeña suma de su hermana, se fue a Australia y allí se casó con un trabajador y se hizo lavandera. En 1897, Mackay le escribió a Londres para preguntarle sobre algunos hechos en la vida de su esposo pero ella respondió que no quería revivir su pasado, que su esposo había sido suficientemente egoísta como para quedarse sin amigos y que era un hombre muy taimado. Esto fue todo lo que le dijo ella, quien evidentemente nunca comprendió a su esposo". Tal vez Huneker y Mackay tampoco comprendieran a la ex señora Stirner (luego convertida al catolicismo). "Es la ironía de las cosas –sigue Huneker– que el libro le haya sido dedicado A mi dulce corazón, Mary Dänhardt". Interesante dato que no aparece en la edición de la Federación Libertaria, que trae en cambio la dedicatoria a un tal Enrique Palazzo, allegado al prologuista Vicente Eloy Cano.

lunes, 14 de abril de 2008

Novelas de dos mundos

Por Juan Forn

Una novela real

Minae Mizumura

Traducida del japonés por Mónica Kogiso

Adriana Hidalgo Editora,

Buenos Aires, 2008,

607 páginas


En 1898 un veinteañero ignoto llamado Futabatei Shimei cambió por sí solo el criterio de traducción literaria en Japón e inauguró la literatura moderna de su país. Educado en una escuela bilingüe de Nagasaki donde todas las materias se dictaban en ruso, con profesores rusos, Shimei pensaba, como muchos jóvenes de su época, que eso le serviría para conocer mejor la mentalidad del enemigo. En cambio descubrió la literatura rusa, y fue un amor fulminante, que terminó de sellarse el día en que Shimei se sentó a traducir un cuento de Turgueniev respetando a rajatabla el original y con esa traducción demostró a sus compatriotas cómo podía sonar, cómo sonaba realmente la literatura rusa en japonés.
Desde que Japón había abierto sus fronteras al mundo, treinta años antes, venía produciéndose en la isla un acelerado proceso de fascinación con todo lo occidental. La avidez por comprender a Occidente era en realidad afán de por fin ser parte del mundo real, luego de siglos de insularidad. Pero aquel mundo era tan diferente que a veces resultaba incomprensible para un japonés. Por eso tenían enorme popularidad las honkaku shosetsu: esas versiones en japonés de las grandes novelas decimonónicas europeas (desde Balzac, Dickens y Tolstoi a los Dumas y las Brontë) cuyas peripecias y personajes eran “japonizados” por los traductores para que al lector nipón le fueran más comprensibles (a veces también se las resumía e incluso se les cambiaba el final). La minuciosa, maníaca, ferviente manera de traducir a Turgueniev de Futabatei Shimei permitió por primera vez al lector nipón experimentar cabalmente el estilo, la pluma de los escritores occidentales, cosa que abriría el diálogo entre la tradición japonesa y europea de hacer literatura, cosa que daría como resultado el nacimiento de la literatura japonesa moderna.
En lo sucesivo, las simpáticas honkaku shosetsu quedarían relegadas, pero no serían del todo descartadas: con el tiempo se convirtieron en el objeto perfecto con el cual iniciar en la práctica de la lectura a los niños –y en especial a las niñas– de Japón. A propósito, honkaku shosetsu significa literalmente novelas ortodoxas, novelas como dios manda.
Lo cierto es que las honkaku shosetsu eran un objeto de otra época en el Japón de posguerra. El culto a Occidente había cambiado mucho con la ocupación del general McArthur. Para los japoneses cuyas nacientes empresas comenzaban a abrir filiales en el extranjero valía mucho más ser enviado a Estados Unidos que a Europa. Pasar de las carencias del Japón de posguerra a la Norteamérica de Eisenhower y Doris Day era como tocar el cielo con las manos. Y eso fue lo que sintió la familia de Minae Mizumura (padre, madre, hermana mayor y la pequeña Minae) al entrar en el coqueto chalecito en Long Island que les había elegido la empresa.
Corrección: eso sintieron todos los miembros de la familia Mizumura menos Minae. “Yo sentía como si hubiese sido arrojada a ese mundo, y con la obstinación de los adolescentes le cerré mi corazón y me dispuse a dejar que los años pasaran”. En lugar de celebrar su nueva vida, en lugar de aplicarse a estudiar inglés, como su hermana mayor, su padre y hasta su madre, Minae se refugió en la pequeña biblioteca de honkaku shosetsu perteneciente a la infancia de su madre, que providencialmente había llegado desde Japón entre el equipaje de la familia. Minae devoró uno por uno los libros del estante, y volvió a leer desde el primero cuando terminó el último, y mientras tanto elegía materias como plástica o francés en la escuela, para hablar el mínimo inglés posible, y mientras tanto su japonés fue alimentándose secretamente de la límpida y atemporal prosa de aquellas novelas, además de absorber distraídamente el lenguaje mucho más desflecado y coloquial de las visitas que se hacían presentes cada fin de semana en casa de los Mizumura y procedían a alcahuetear con los dueños de casa acerca de cada uno de los integrantes de la pequeña comunidad nipona de Long Island.
En una de esas veladas dominicales oyó Minae por primera vez el nombre de Taro Azuma, un muchacho japonés apenas tres años mayor que ella, huérfano de guerra, llegado a América como chofer particular de un magnate con inversiones en Tokio, que al poco tiempo de arribar se quedó sin trabajo y sólo logró entrar en el escalafón más bajo de la empresa donde trabajaba el padre de Minae gracias a los buenos oficios de éste. El padre de Minae en cierta manera adoptó al joven, lo llevó varias veces a su casa a cenar, le dio hasta los libros de inglés que había usado su propia familia para aprender el idioma y se sintió traicionado el día en que el pujante Taro Azuma decidió sin el menor escrúpulo dejar la firma ante una mejor oferta laboral de una empresa norteamericana.
Los años pasan. Taro Azuma logra tener su propia empresa, la primera de las que habrán de conformar su imperio. Mientras tanto, el padre de Minae muere, la madre se vuelve a casar y la hermana termina la universidad. Ambas han adoptado el american way of life y se quedan a vivir en Estados Unidos, mientras que Minae regresa a Japón, cursa la carrera de letras, se dedica a enseñar y a escribir. Enseña en la universidad, publica una novela, empieza a escribir otra, se traba. Recibe de tanto en tanto invitaciones para enseñar un cuatrimestre en alguna universidad norteamericana. En esos viajes ve a su hermana y llegan a sus oídos comentarios sobre el ascenso continuo y la soltería impenitente de ese muchacho tan atractivo y misterioso que supo trabajar para su padre antes de empezar su meteórica carrera en el mundo de los negocios.
Los años pasan. Y, un día, Taro Azuma desaparece. Primero no se comenta otra cosa y luego se va olvidando de a poco la noticia en la comunidad nipona en territorio estadounidense. Minae está dando un modesto seminario de literatura japonesa en una universidad californiana, cuando un muchacho japonés la intercepta antes de clase y le pregunta si es cierto que ella conoció a Taro Azuma cuando era joven. Ese muchacho que ha llegado por mero azar y descarte hasta ella, ese muchacho que ha conocido al Taro Azuma que nadie más en América conoce, y que fue uno de los últimos en verlo en Japón antes de su desaparición, ese muchacho que conoce todos los secretos de Taro Azuma menos uno (el menos importante de todos: su paradero) y que necesita contarle a alguien todo lo que sabe, es como si le dijera a esa estricta y metódica señora de mediana edad en que se ha convertido la antaño obstinada adolescente Minae Mizumura: ¿querés que te dé lo que estuviste buscando ávidamente todos estos años?
Así encuentra Minae Mizumura el libro de su vida: en el relato que le hace ese muchacho, unido a sus propios recuerdos de Taro Azuma y de Long Island en los años ’60, y del Japón de su primera infancia y del que se encontró a su regreso de Norteamérica (el Japón de la Burbuja Económica y el del fin de los años de pujanza). Y por debajo de todo, dictándole en secreto cómo contar esa historia están aquellas honkaku shosetsu de su infancia, esas novelas leídas una y otra vez que conformaron la secreta identidad de Minae Mizumura, la piedra angular de su decisión de no quedarse en América sino volver a Japón, y escribir, escribir en japonés, escribir en ese japonés de otra época, de otro mundo, absorbido de las honkaku shosetsu de su infancia, una novela de verdad, una verdadera novela, una novela como dios (el dios de la literatura) manda.
Mizumura le puso de título a su novela Honkaku shosetsu, textualmente. El libro tuvo sus lectores iniciales en el reducido circuito académico literario japonés, como había ocurrido con la obra anterior de Mizumura, pero esta vez su camino no se detuvo allí: pasó esa primera frontera y siguió circulando de mano en mano, ganó un premio de prestigio y reconocimiento como el Yomiuri, se reimprimió y reimprimió, comenzó a ser traducida. El mes pasado llegó a nuestro idioma (con el título Una novela real). Leopoldo Brizuela, que había conocido a Mizumura en el Programa Fullbright de Iowa, y Oliverio Coelho, que la conoció en Japón a instancias de Brizuela, convencieron a Adriana Hidalgo de publicar este novelón de seiscientas páginas y le hicieron hace unas semanas un hermoso reportaje a Mizumura en adn, en el que terminaban preguntándole su opinión de Haruki Murakami. Con su respuesta, la Mizumura espantó a muchos de los lectores argentinos que podría –que debería– tener su novela. Dijo: “Tengo entendido que todas las traducciones de Murakami se basan en la versión inglesa, que está muy editada y acortada respecto del original. Supongo que su editor inglés ha hecho un excelente trabajo, porque no conozco ningún intelectual japonés que se tome en serio los libros de Murakami”.
También Murakami ha fijado su posición sobre los intelectuales japoneses. En el prólogo de su último libro de cuentos, Sauce ciego, mujer dormida, dice que el relato “Conitos” “revela en forma de fábula, como podrán ver fácilmente los lectores, mis impresiones del establishment literario japonés, al que nunca pude integrarme”.
Hasta el final de su vida, Kawabata se negó a editar en forma de libro su folletín de juventud La pandilla de Asakusa. También planeaba quemar el manuscrito de Lo bello y lo triste antes de morir. Conozco lectores argentinos de Kawabata que, en cuanto se enteraron de eso, les dejaron de gustar de golpe aquellos dos libros maravillosos. Privarse de Mizumura por la opinión que emitió sobre Murakami (o descalificar a Murakami por esa boutade de la Mizumura) sería igual de desafortunado.
Permítanme explicar por qué. Si hay un libro reciente en la literatura japonesa que tiene lazos subterráneos de hermandad con Una novela real, ese libro es Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, un novelón de seiscientas páginas (como el de Mizumura) que retrata los cambios en la sociedad japonesa de la posguerra para acá (como el de Mizumura), que ganó el Premio Yomiuri (como el de Mizumura) y cuyo autor es Haruki Murakami.
¿Pueden ser tan afines los libros de dos escritores que tienen tan poca empatía el uno por el otro? ¿Pueden tener tan escasa empatía personal los autores de dos libros tan íntimamente afines? No lo sé. Lo que sí sé es que Murakami y Mizumura enfrentaron similar incomprensión y necedad cuando decidieron escribir Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y Una novela real. En el caso de Murakami, no sólo decepcionó a sus fans por no limitarse a publicar un Tokio Blues tras otro, sino que irritó a la intelligentzia al osar escribir una novela “en serio” sobre la psique nipona y las consecuencias del culto ciego al Emperador, la derrota en la Segunda Guerra y el boom económico posterior. En el caso de la Mizumura, durante años debió soportar la incredulidad con que muchos de sus amistades y colegas académicos veían su decisión de dónde vivir y qué hacer con su vida: ¿volver al Japón, en lugar de quedarse en Estados Unidos? ¿Escribir en japonés, habiendo tenido la oportunidad de que el inglés fuese su idioma?
Mizumura dice al respecto: “La elección entre el inglés y cualquier otro idioma no representa una elección entre dos idiomas. Representa una elección entre un idioma universal y un idioma local”. Y va más lejos: “Mi propósito quizá parezca megalómano. Escribo en japonés para evitar que el mundo sucumba a la tiranía del inglés”.
El japonés de Mizumura es de una limpidez atemporal (algunos lo adjudican al hecho de que Mizumura haya vivido tanto tiempo fuera de Japón y otros al efecto residual de aquellos honkaku shosetsu devorados en la adolescencia). Sugestivamente, Mizumura usa ese japonés unánimemente elogiado por las críticas de su país para crear un mundo a la manera de las grandes novelas europeas. Usando una en particular como comodín: Cumbres borrascosas de Emily Brontë. Una novela real es –como supo serlo la excelente Ancho mar de los Sargazos de Jean Rhys– un cover, una reescritura de Cumbres borrascosas, sólo que ambientada en Japón: Taro Azuma es Heathcliff, el libro ofrece una poderosa historia de amor y odio. Pero, a la vez, es un artefacto completamente autónomo: un fresco fascinante de las expectativas que había en Japón por reintegrarse al mundo en los años posteriores a la Segunda Guerra (o, para remontarnos más lejos, al comienzo de su vínculo con Occidente en 1868) y cómo la emulación y mimetización con lo occidental “ha uniformado nuestras vidas y nos ha dejado con las manos vacías de sentido y llenas de nuestra propia versión de la sociedad de masas”.
En los 150 años que van desde 1868 hasta hoy, dice Mizumura, Japón “hizo realidad a un altísimo precio su sueño de estar a la par de Occidente, económica y tecnológicamente. Pero también es cierto que logró una sociedad en la que, a diferencia de lo que ocurrió siempre en nuestro pasado, ninguno de sus grupos puede ejercer total hegemonía sobre los otros”.
Ese cambio que ya ha ocurrido en las novelas de Murakami o de Banana Yoshimoto; ese cambio sobre el cual se interrogaban con atronadora delicadeza las novelas de Tanizaki y Kawabata, Mishima y Oé; ese proceso de cambio es el que vemos suceder frente a nuestros ojos a lo largo de la novela de Mizumura.
Retratar una época como si ya hubiese cristalizado, como si su sentido hubiese fraguado por completo, es una característica de las grandes novelas clásicas que se experimenta al leer Una novela real. Sospecho que aún somos muchos los que a veces nos olvidamos de que la segunda mitad del siglo veinte ya es otra época. Mizumura nos lo hace entender de manera magnífica hablándonos de un puñado de mujeres y un hombre en un rincón de Japón.
Vivimos una época en la que, por desgracia, no son frecuentes las novelas como ésta. Eso hace doblemente imperativa la lectura de Una novela real. Minae Mizumura es, para decirlo en una palabra, aquello que le faltaba a la literatura japonesa: una mujer de verdad, una escritora de verdad que escribe novelas de verdad, como las que supieron escribir Tanizaki y Kawabata, Mishima y Oé, y quizá también Haruki Murakami –mal que le pese a la propia Mizumura
Anticipo
El nuevo libro de Eduardo Galeano
Diosas y reinas
En su próximo libro, Espejos. Una historia casi universal, que estará en la calle a mediados de abril, Eduardo Galeano elabora un inventario general de los hitos y mitos de la historia de los hombres, un repaso caprichoso desde los orígenes hasta hoy, sólo regido por la mirada lírica y lúcida del autor. Como anticipo, Radar ofrece el capítulo dedicado a las mujeres de la antigüedad y la mitología, una suerte de fundación del machismo.

Hindúes
Mitra, madre del sol y del agua y de todas las fuentes de la vida, fue diosa desde que nació. Cuando llegó a la India, desde Babilonia o Persia, la diosa tuvo que hacerse dios.Unos cuantos añitos han pasado desde la llegada de Mitra, y todavía las mujeres no son muy bienvenidas en la India. Hay menos mujeres que hombres. En algunas regiones, ocho por cada diez hombres. Son muchas las que no culminan el viaje, porque mueren en el vientre de la madre, y muchas más las que son asfixiadas al nacer.Más vale prevenir que curar, y las hay muy peligrosas, según advierte uno de los libros sagrados de la tradición hindú:Una mujer lasciva es el veneno, es la serpiente y es la muerte, todo en una.También hay virtuosas, aunque las buenas costumbres se están perdiendo. La tradición manda que las viudas se arrojen a la hoguera donde arde el marido muerto, pero ya quedan pocas dispuestas a cumplir esa orden, si es que alguna queda.Durante siglos o milenios las hubo, y muchas. En cambio, no se conoce, ni se conoció nunca, en toda la historia de la India, ningún caso de un marido que se haya zambullido en la pira de su difunta mujer.
Egipcias
Heródoto, venido de Grecia, comprobó que el río y el cielo de Egipto no se parecían a ningún otro río ni a ningún otro cielo, y lo mismo ocurría con las costumbres. Gente rara, los egipcios: amasaban la harina con los pies y el barro con las manos, y momificaban a sus gatos muertos y los guardaban en cámaras sagradas.Pero lo que más llamaba la atención era el lugar que las mujeres ocupaban entre los hombres. Ellas, fueran nobles o plebeyas, se casaban libremente y sin renunciar a sus nombres ni a sus bienes. La educación, la propiedad, el trabajo y la herencia eran derechos de ellas, y no sólo de ellos, y eran ellas quienes hacían las compras en el mercado mientras ellos estaban tejiendo en casa. Según Heródoto, que era bastante inventón, ellas meaban de pie y ellos, de rodillas.
Victorioso sol, luna vencida
La luna perdió la primera batalla contra el sol cuando se difundió la noticia de que no era el viento quien embarazaba a las mujeres.Después, la historia trajo otras tristes novedades:la división del trabajo atribuyó casi todas las tareas a las hembras, para que los machos pudiéramos dedicarnos al exterminio mutuo;el derecho de propiedad y el derecho de herencia permitieron que ellas fueran dueñas de nada;la organización de la familia las metió en la jaula del padre, el marido y el hijo varóny se consolidó el Estado, que era como la familia pero más grande.La luna compartió la caída de sus hijas.Lejos quedaron los tiempos en que la luna de Egipto devoraba el sol al anochecer y al amanecer lo engendraba,la luna de Irlanda sometía al sol amenazándolo con la noche perpetuay los reyes de Grecia y Creta se disfrazaban de reinas, con tetas de trapo, y en las ceremonias sagradas enarbolaban la luna como estandarte.En Yucatán, la luna y el sol habían vivido en matrimonio. Cuando se peleaban, había eclipse. Ella, la luna, era la señora de los mares y de los manantiales y la diosa de la tierra. Con el paso de los tiempos, perdió sus poderes. Ahora sólo se ocupa de partos y enfermedades.En las costas del Perú, la humillación tuvo fecha. Poco antes de la invasión española, en el año 1463, la luna del reino chimú, la que más mandaba, se rindió ante el ejército del sol de los incas.
Hebreas
Según el Antiguo Testamento, las hijas de Eva seguían sufriendo el castigo divino.Podían morir apedreadas las adúlteras, las hechiceras y las mujeres que no llegaran vírgenes al matrimonio;marchaban a la hoguera las que se prostituían siendo hijas de sacerdotesy la ley divina mandaba cortar la mano de la mujer que agarrara a un hombre por los huevos, aunque fuera en defensa propia o en defensa de su marido.Durante cuarenta días quedaba impura la mujer que paría hijo varón. Ochenta días duraba su suciedad, si era niña.Impura era la mujer con menstruación, por siete días y sus noches, y trasmitía su impureza a cualquiera que la tocara o tocara la silla donde se sentaba o el lecho donde dormía.
Chinas
Hace unos mil años, las diosas chinas dejaron de ser diosas.El poder macho, que ya se había impuesto en la tierra, estaba poniendo orden también en los cielos. La diosa Shi Hi fue partida en dos dioses, y la diosa Nu Gua fue degradada a la categoría de mujer.Shi Hi había sido la madre de los soles y de las lunas. Ella daba consuelo y alimento a sus hijos y a sus hijas al cabo de sus agotadores viajes a través del día y de la noche. Cuando fue dividida en Shi y en Hi, dioses varones los dos, ella dejó de ser ella, y desapareció.Nu Gua no desapareció, pero se redujo a mera mujer.En otros tiempos, ella había sido la fundadora de todo lo que vive:había cortado las patas de la gran tortuga cósmica, para que el mundo y el cielo tuvieran columnas donde apoyarse,había salvado al mundo de las catástrofes del fuego y del agua,había inventado el amor, echada junto a su hermano tras un alto abanico de hierbasy había creado a los nobles y a los plebeyos, amasando a los de arriba con arcilla amarilla y a los de abajo con barro del río.
Romanas
Cicerón había explicado que las mujeres debían estar sometidas a guardianes masculinos debido a la debilidad de su intelecto.Las romanas pasaban de manos de varón a manos de varón. El padre que casaba a su hija podía cederla al marido en propiedad o entregársela en préstamo. De todos modos, lo que importaba era la dote, el patrimonio, la herencia: del placer se encargaban las esclavas.Los médicos romanos creían, como Aristóteles, que las mujeres, todas, patricias, plebeyas o esclavas, tenían menos dientes y menos cerebro que los hombres y que en los días de menstruación empañaban los espejos con un velo rojizo.Plinio el Viejo, la mayor autoridad científica del imperio, demostró que la mujer menstruante agriaba el vino nuevo, esterilizaba las cosechas, secaba las semillas y las frutas, mataba los injertos de plantas y los enjambres de abejas, herrumbraba el bronce y volvía locos a los perros.
Mexicanas
Tlazoltéotl, luna mexicana, diosa de la noche huasteca, pudo hacerse un lugarcito en el panteón macho de los aztecas.Ella era la madre madrísima que protegía a las paridas y a las parteras y guiaba el viaje de las semillas hacia las plantas. Diosa del amor y también de la basura, condenada a comer mierda, encarnaba la fecundidad y la lujuria.Como Eva, como Pandora, Tlazoltéotl tenía la culpa de la perdición de los hombres; y las mujeres que nacían en su día vivían condenadas al placer.Y cuando la tierra temblaba, por vibración suave o terremoto devastador, nadie dudaba:–Es ella.
Griegas
De un dolor de cabeza puede nacer una diosa. Atenea brotó de la dolida cabeza de su padre, Zeus, que se abrió para darle nacimiento. Ella fue parida sin madre.Tiempo después, su voto resultó decisivo en el tribunal de los dioses, cuando el Olimpo tuvo que pronunciar una sentencia difícil.Para vengar a su papá, Electra y su hermano Orestes habían partido de un hachazo el pescuezo de su mamá.Las Furias acusaban. Exigían que los asesinos fueran apedreados hasta la muerte, porque es sagrada la vida de una reina y quien mata a la madre no tiene perdón.Apolo asumió la defensa. Sostuvo que los acusados eran hijos de madre indigna y que la maternidad no tenía la menor importancia. Una madre, afirmó Apolo, no es más que el surco inerte donde el hombre echa su semilla.De los trece dioses del jurado, seis votaron por la condenación y seis por la absolución.Atenea decidía el desempate. Ella votó contra la madre que no tuvo y dio vida eterna al poder macho en Atenas.
Atahualpa Yupanqui
Arre, memoria



Cuando el 31 de enero se cumplieron 100 años del nacimiento de Atahualpa Yupanqui, los homenajes proliferaron. Pero había dos cosas que seguían sin aparecer: las memorias que Atahualpa había empezado y abandonado en un cajón en los años ’70 y sus primeras grabaciones, aparentemente “inhallables”. Ahora, la edición de Este largo camino (Ed. Cántaro) salda ambas deudas. Por un lado, aquellas memorias en las que Atahualpa recuerda su infancia en La Pampa, su juventud recorriendo el país a caballo, buscando, estudiando y aprendiendo la música popular argentina, los años que pasó tocando por casa y comida, y sus sensibles reflexiones sobre el canto, la música, la gente y el país. Por otro, el libro incluye un cd con sus seis primeras grabaciones, ahora halladas, para que el festejo sea completo.

Por Víctor Pintos






Muchas, muchísimas veces pensé qué hacer con ese tesoro que estaba ahí, en una biblioteca del escritorio de mi casa, durmiendo una siesta de meses y años. Tenía claro que podía ser muy torpe de mi parte no darle un adecuado destino a nada menos que un importante texto inédito de una gran figura de la música popular mundial, pero cada vez que se me ocurría recuperarlo, sacarlo a la luz, trabajarlo para que fuese un libro –tal como lo había soñado su autor–, me inmovilizaba la idea de que, como en verdad tenía sólo una parte, porque era un texto inconcluso, nunca llegaría al todo.
El tesoro eran unas decenas de carillas tipiadas a máquinas por Atahualpa Yupanqui con lo que iba a ser su libro de memorias. Un proyecto con título y todo: en la primera página, el hombre había escrito en mayúsculas, con el cuidado y la pulcritud de la gente de antes, Atahualpa Yupanqui - Este largo camino, y abajo, entre paréntesis, Memorias. El texto estaba corregido. Sobre algunos tramos de lo que había escrito con la máquina, había tachones y cambios de palabras hechos con lapicera. Era evidente que era un material pensado, releído y cuidado... y que era insuficiente para ser, así, solito, un libro. (Hoy sé que fue escrito por Yupanqui a fines de los ’70, cuando estaba pisando los 70 años, y también sé que nadie, ni su hijo siquiera, sabe por qué lo abandonó a poco de comenzar).
Lo cierto es que no sabía qué hacer con él, hasta que apareció Bob Dylan. Su libro Chronicles Vol. 1, ¡las memorias de Dylan!, que suponía que iba a contarlo todo, de punta a punta, obviamente con más detalle que todos los otros (mil) libros que se han publicado sobre su vida y su obra. Pero Crónicas tenía solo partes, no el todo. O sea, Dylan, el maestro, había elegido no solo la austeridad sino también la fragmentación para echar luz sobre algunos episodios de su historia, y con eso nos dijo el resto. Su Vol. 1 tiene cinco capítulos. Los dos primeros cuentan su llegada a Nueva York en 1961, cuando anhelaba introducirse en el mundillo folk del Greenwich Village, imantado por la figura de Woody Guthrie. Y después, como en “Tangled Up In Blue” y en tantas otras canciones suyas, desarma el relato cronológico: en el tercer capítulo nos abre las puertas de su refugio en Woodstock en los días en que intentaba sacarse de encima el rótulo de profeta generacional y hacía un disco modesto como New Morning; en el cuarto se detiene en el momento en que llega a tierra luego del naufragio de los ’80 y se encuentra con Daniel Lanois para hacer Oh Mercy, y en el quinto retorna, de un plumazo, a su primer tiempo en la Gran Manzana, en aquel preciso instante en que la nieve del invierno comienza a derretirse y él, joven apasionado, respira hondo porque tiene en el bolsillo de su saco un contrato discográfico, el primero. Eso es todo.
Entonces ese libro me sacó presión. Gracias a Dylan entendí que sólo tenía que ponerme a transcribir, sin querer abarcarlo todo, y que al final del recorrido, si había caminado adecuadamente, tendría un libro. Y ése es éste.
Accedí a estos escritos hace ocho años. Una tarde del verano del 2000 estaba en la casa de Cerro Colorado, escribiendo mi primer libro sobre Yupanqui, Cartas a Nenette, cuando el Coya, el hijo de Atahualpa, llegó con unos papeles que había reencontrado. Eran nada menos que el comienzo de las Memorias que su padre había empezado a escribir y un día abandonó. En ese momento me los dio.
A mediados del año pasado, viendo que se acercaba el centenario del nacimiento de Yupanqui (el aniversario preciso fue el 31 de enero pasado), pensé que era tiempo de empezar a trabajar en ese material. Fue entonces cuando pensé en Chronicles. Y lo que terminé haciendo fue transcribir el texto que estaba escrito, y sumarle a eso recuerdos que Yupanqui no tipeó sino que habló para autoentrevistas, reportajes y monólogos que quedaron grabados y nunca se publicaron.
El tempo, el tono y el estilo de lo que está en el libro son de Yupanqui por donde se lo mire. Todo eso lo fijó con esos primeros escritos suyos que llegaron a mis manos. El resto, o sea lo que me contó, hablando, lo escribí siguiendo esas pautas.
Aspiro a que el lector no pueda advertir hasta dónde escribió Yupanqui y desde dónde yo empecé a escribir sus cosas habladas.
¿Y qué tiene el libro? Lo que se anuncia. Recuerdos de Atahualpa Yupanqui que cuentan su paso por el mundo.
Los primeros hablan de su infancia y su adolescencia, algo de lo que poco se sabía. Su tiempo en Pergamino, donde nació y vivió hasta los siete años, su paso por Junín, donde aprendió sus primeras cositas en la guitarra. Luego, su primera juventud, sus viajes iniciáticos, ese momento que se hizo leyenda, esos años en los que caminó el país de verdad, casi como un trotamundos en su propia tierra, conociendo paisajes, gente y coplas populares.
Después hay de todo un poco (gracias, Bob). Sus pensamientos sobre la guitarra y el caballo, descripciones de lugares y personajes, recuerdos de cruces personales con figuras de la cultura mundial, conocidos como Pablo Neruda, Federico García Lorca y Nicolás Guillén, o no tan conocidos como José Bergamín o Domingo Zerpa.
Y el final también me lo dio Yupanqui como por una casualidad que yo sé que no fue tal. En una de las cajas donde el Coya guardó las cinco mil cartas de su papá a su mamá en los 50 años que compartieron –eso es lo que compilé en Cartas a Nenette–, encontré varios manuscritos que no eran cartas ni poemas ni letras de canciones. Uno de ellos era una autodescripción: Yupanqui por Yupanqui, de puño y letra. Recuerdo perfectamente con qué entusiasmo leí eso por primera vez, un mediodía al borde del río Los Tártagos, en el Cerro. “Soy un argentino, cantor de artes olvidadas, que se desvela caminando por el mundo para que los pueblos de la tierra no olviden el mensaje sereno y fraternal de los hombres de mi patria.” Hermoso. “Amo la naturaleza. Amo a Juan Sebastián Bach. Amo al árbol, al viento y al caballo. Y abrigo un anhelo, para mí profundo y soñado. El de sumarme un día a la legión de los Anónimos, sin nombre, sin imagen, sin historia personal. Sólo un canto de amor y de paz que el viento lleva hacia un mundo de hermanos.”
Ese texto lo guardé bien guardado para usarlo algún día en un lugar adecuado a su belleza. Y ahora lo puse al final del libro.
El cierre de las Memorias, ése era el lugar, don Ata.




Martín Fierro para todos



Pepe Podestá, Pepino el 88, un verdadero gaucho, uruguayo él, fue el hombre que difundió el Martín Fierro a través de sus refranes y regalando libros, como se hacía en un tiempo. Por ejemplo alguien compraba una lata de aceite de cinco litros que venía para el campo, porque no se podía comprar la pequeña latita sino que se compraba la quincena, se iba un sulky con dos jarganas, con dos álgaras, dos bolsas, y del almacén se llevaba cinco litros de aceite y ocho kilos de yerba, y de regalo un ejemplar del Martín Fierro.
En aquel tiempo, era un compromiso de regalar que tenían tal vez los editores. Eso en todo el país, de Córdoba y Tucumán a la pampa, nuestra pampa. Una cosa ejemplar y hermosa. No había el interés de vender sino de difundir la poesía popular. Gracias a eso se difundió tanto el Martín Fierro, que todo el mundo conocía a manera de moraleja, de refrán, de consejos o de protestas. Era una buena condición ésa.




De Ushuaia a la Quiaca



El hombre de la montaña es supersticioso porque la montaña le va creando voces, le devuelve voces que no esperaba. El hombre del sur habla fuerte. En Chascomús, en Pringles o en Bragado, un paisano entra a un boliche y pide: “Che, gallego, servime una ginebra, querés”. En cambio, en el norte dicen: “Me da un vinito, señor”. Bajito, porque si grita, el eco lo asusta. El del sur pega el grito, parece que ordenara de a caballo nomás.
El indio montañés, o sea paisano-paisano de la montaña, tiene una serie de miedos que no puede dominar. Por ejemplo, el sol pasa a las diez de la mañana. Cuando sube y pasa la montaña, es un precioso día de sol, pero a las cinco de la tarde pasa el Oeste, se esconde detrás de la última cumbre y se va. ¿Adónde se va? ¿Adónde va a morir? El indio montañés no lo ve, sabe que el sol se apaga y se va, y que la tarde se pone triste y se hace la noche. Igual la luna. Sale en un momento, la ve pasar hermosa y después se va a morir cuando ha pasado la cumbre.




Piedras



Tanto vivir entre piedras,/yo creí que conversaban./Voces no he sentido nunca,/pero el alma no me engaña./Algún algo han de tener/aunque parezcan calladas./No en vano ha llenado Dios/de secretos la montaña./Algo se dicen las piedras./A mí no me engaña el alma./Temblor, sombra o qué sé yo,/igual que si conversaran./Ah, si pudiera algún día/vivir así, sin palabras.









El secreto del silencio



El gaucho sabe del silencio. El señor Castellanos que vivía en Ballesteros, Córdoba, me dijo: “El hombre no se callaba, no se callaba, y yo tenía unas ganas de conocerlo... Pero no se callaba”.
Castellanos esperaba que se callara, que hiciera un gesto, que le aceptara un cigarro para ver cómo lo prendía y qué pensaba.
Siempre he pensado en el silencio. Una vez casi me volví loco buscando un silencio, buscando un tono que sea la representación del silencio en la guitarra. Primero buscaba en la bordona, pero esa cuerda no me decía mucho desde el punto de vista melódico. ¿Será un tono o dos tonos juntos, o una melodía, cómo será? Después busqué en la quinta y en la cuarta, en las otras cuerdas no, porque son muy hablantinas. Busqué algo que la gente diga: “Eso es como el silencio”. Hice la “Vidala del silencio”, la toqué bien gravemente, la toqué muchas veces, la toco siempre. Pero solamente para mí es la vidala del silencio, nunca oí a alguien que dijera “cierto, ahí hay algo del silencio”.







Preso por Gardel






Caminé aquel Buenos Aires anterior al año ’30. Escuché, desde la vereda de la angosta calle Corrientes, a casi todas las orquestas de la capital. Caminaba la noche por todos los barrios buscando trabajo, estableciendo relaciones con cantores y guitarristas, con periodistas, con provincianos nobles y también con otra clase de gente: conocí la amistad y la ayuda de rateros, de ladrones de tranvías, de carteristas, de gente “calavera”.
Hacía menos de una semana que estaba en la gran ciudad cuando conocí el calabozo de una comisaría. Yo ganaba mi vida tocando la guitarra, sin cantar, en los boliches de Avellaneda, de Puente Alsina, de Boedo y Chiclana, del Bajo Belgrano. Dondequiera que me daban permiso, me sentaba entre parroquianos, obreros, gente de paso de las tabernas sin importancia, y tocaba la guitarra. No esperaba ni exigía silencio. Sólo tocaba, y siempre en forma confidencial, sin bulla en el instrumento, sin brillantez alguna. De treinta personas, seis me alcanzaban una moneda. Y cuando me ofrecían un trago de algo, yo, que en aquellos años no bebía nada de alcohol, pedía un vaso de leche. Era mi alimento, mi solo alimento.
Usaba una pequeña guitarra desprotegida. No tenía estuche o cofre para guardarla. Una noche, en la calle Corrientes que crujía como terremoto cuando pasaba un verde tranvía Lacroze (que muchas veces me sirvió de dormitorio a cinco centavos el viaje “de obrero”), llegué hasta la pieza de un amigo y le confié la guitarra por esa noche solamente. Tenía un pedazo de queso y un vaso de leche, y con el peso restante hice un gasto extraordinario: me fui al teatro de la calle Esmeralda a escuchar a Carlos Gardel, que había llegado de Europa. Disfruté enormemente durante casi dos horas.
Yo, que nunca fui tanguero, que jamás aprendí a tocar un pedacito de tango, recibí con fuerte emoción la voz de Gardel, su acento, su forma de marcar las palabras, su temperamento, su simpatía desbordante, su calidad de artista nacido para producir, en ese género, la más pura belleza popular.
Como decía mi amigo Reguera, “engordé de emoción escuchando cantar”. Me paré a medianoche en la vereda de “Los 36 billares”. Llegaba hasta la calle el rumor de los bandoneones del bar vecino. Eran Aieta, o Minotto, o los hermanos Scarpino, o Vardaro-Pugliese.
Un rato después, con amigos de caras emocionadas y felices, pasaba con paso lento don Carlos Gardel. Todos lo saludaban al pasar. Gardel era como Buenos Aires después de haberse confesado, con penas y nostalgias, con rabias y amores. El alma de la ciudad cabía en él, honrosamente. Yo me había quedado sin un centavo, estaba cansado pero feliz, conmovido, agradecido de la noche. Había ganado la noche. Nada perturbaba mi mundo sensible. ¡Qué noche memorable!
Caminando por la calle Lavalle, llegué hasta el teatro Colón. Frente a él, la plaza Lavalle. Me senté a descansar, a ordenar mis adentros. Y sin darme cuenta, me quedé dormido. No sé cuánto rato le concedí al sueño. Pero una mano firme me tocó el hombro. Era un policía, y creo que serían ya las tres de la madrugada. El hombre me pidió documentos. Se los mostré. Me los devolvió enseguida, diciéndome: “Acompáñame”. Y me llevó a la seccional tercera de la Policía. Allí expliqué los asuntos de mis pobres trabajos y justifiqué, con el billete del teatro, las horas anteriores. Pero me tuvieron hasta el mediodía siguiente. Me dejaron libre con un consejo serio: “Aquí no queremos vagos”.
Salí lleno de vergüenza y rescaté mi guitarra de la pieza de Páez, hombre de la noche, que dormía como un lirón. Y me fui a los barrios, buscando tabernas para ganarme la vida.





Mi padre y su Smith & Wesson



Mi padre llegaba y muchas veces le ha dicho a la mamá algo como “qué día bravo de calor, hacía tiempo que no bebía como hoy”.
“¿Mucho?”, le preguntaba ella con toda tranquilidad, porque sabía quién era, sabía qué hombre había en casa.
“Sí, mucho, casi siete sifones.” Casi siete sifones, se tomaba siete sifones de soda y era una barbaridad de beber. Y lo decía no con gracia sino con naturalidad. Era su manera de ser.
Decía: “La fuerza está en el alma, no en la botella”. Una linda frase y a la vez un buen consejo para mucha gente.
También tenía actitudes un poco agresivas. Insolentes. Alguna vez, en la estación de tren en la que trabajaba, le dijeron: “¿Aquí hay libros de quejas?” “Sí, señor”, contestó.
“Démelo.” Se lo dijo con grosería, con torpeza. El señor pidió imperiosamente: “Páseme el libro, pásemelo ya”.
Y él le dijo: “Cómo no”. Estaba en la ventanilla, donde se entregan los boletos. Entonces abre un cajón y saca un revólver Smith & Wesson y se lo entrega. Y le dice: “Tome, quéjese”. Se lo dio y bajó la cabeza.
Luego le decía a mi madre: “Hice como que escribía, porque no quise ver pa’ qué lado tiraba el hombre. Y cuando levanté la cabeza, medio minuto después, no estaba más el hombre. Estaba el revólver y el hombre se había ido”.









Acechado por Perón



En el tiempo en que hice mi casa del Cerro, estaba en una lucha de resistencia antifascista, así que me costaba ganarme la vida. La hice con mi familia a mano, y con un amigo que me fiaba, Lindolfo Bayán. Tejas, ladrillos, dos mil quinientas piedras. Todo fiado. “Pague cuando pueda”, me había dicho.
Mi orden de trabajo estaba muy limitado. Siempre encontraba un no redondo. O dudas. “Véame en quince días, vamos a ver qué hacemos, qué se puede hacer.” Y pasaba el tiempo y mi pobreza era grande. Ahí nació mi hijo.
Pagué la casa de a poco. A los que me ayudaron, les debo mi gratitud. Y era gente que no me conocía mucho. Hombres como Jesús Luna. Como Samuel Ramírez.
Más de una vez, cuando amenazaban con quemarme la casa, aquí la familia ha visto un cigarrillo en medio del monte, a las tres o cuatro de la mañana, y no era alguien por atropellar, sino Samuel Ramírez con algún amigo cuidando mi casa, porque yo estaba preso.
Nunca me lo dijeron, yo lo supe por una señora, meses después. El nunca me dijo “era yo”. Ni lo va a decir. Porque es un criollo, un paisano. Lo que decía mi padre: “Paisano es el que tiene país adentro”. Ese hombre tiene país adentro. Con recato, con pudor, con coraje para vivir una pobreza linda y libre. Eso es hermoso. Y ejemplo.








Mi nombre es todo lo que tengo



Era yo un muchachito, introvertido, pobre y solitario, cuando comencé a firmar ingenuos versos con este nombre que hoy me lleva por el mundo, sacrificadamente, que me aleja de la pampa y después me la entrega, sagrada y alta, como un cáliz en el rito.
Yupanqui: “has de contar”, “narrarás”. Tal la sentencia de los Amautas en la lengua granítica del Ande. Así, la lectura de tales tradiciones auspició mis vigilias de adolescente.
Pero, ¿qué podía yo narrar a los quince años, si el universo tendía sus fronteras a seis leguas justas de la puerta de mis padres? ¿Cómo entender la enorme dimensión de una voz que reclama los arduos trabajos, paciente aprendizaje con ancianos de cobrizo rostro, meditar bajo misteriosas constelaciones, usar en las montañas una piedra como almohada, tañer una flauta de caña sin lastimar al silencio, oír una guitarra donde la tierra guarde sus secretas leyendas?
Así, mientras caminaba la Patria aprendiendo a entenderla, me di a la difícil tarea de honrarme cantándola.
Así, pasé cincuenta años rastreando, en danzas y melodías, el dolor y la gracia de los pueblos.
“Has de contar...” “Narrarás...”
Recién ahora, en el otoño de mi existencia, con muy largos caminos andados, con muchas noches sin poncho, puedo asumir el Destino de este nombre que me lleva con él, mundo afuera y mundo adentro. Recién ahora, pausadamente y con amor sereno, puedo decir: “Había una vez...”. Y empezar a contar.








Entre el Cuzco y el Tíbet



La guitarra me llevó por el mundo. Una vez llegué cerca de los Cárpatos, a Hungría. Llegué a Budapest, invitado por el Ministerio de Artes y Letras, porque allá se habían enterado de mi deseo de escuchar y de aprender algo sobre los violinistas zíngaros, tan famosos en la infancia de tantos muchachos de mi generación. Todos los adolescentes queríamos saber sobre las czardas y los romances, pero sobre todo los violinistas. Me acicateaba la curiosidad por saber qué había en la música popular húngara, de gitanos, sabiendo que el ochenta por ciento de los húngaros, sobre todo la gente de raza gitana, tocaba violín. Yo pensaba cómo tratarían ellos la cosa popular, qué dirían del caballo, cuántas canciones tendrían sobre caballos, sobre cabalgatas, sobre las noches en las serranías, en sus llanuras, en su Danubio, qué dirían de la Transilvania de los caballos, de la tradición de los jinetes. Eso me llevó por allí, a gestionar, a preguntar cosas a la gente.
Para eso me ayudaron algunos poetas. Por ejemplo, un francés, Paul Eluard.
Así llegué a Budapest, donde encontré la cordialidad y la amplitud del doctor Chabault Givense, que no era médico ni abogado ni veterinario, sino doctor en música. Nada menos. Un hombre que conocía profundamente la música del universo. Todo lo sabía. Su enorme biblioteca era música.
Me acerqué a su casa y me recibió cordialmente. Me dijo: “Tú te dedicas a la cosa antigua” y yo le dije: “Hasta donde conozco... Porque no conozco lo muy antiguo, no soy ni siquiera un serio aprendiz de música, soy un tocador de guitarra del campo. Pretendo ser del campo, me gusta serlo, lo siento. Así soy y así me presento”. Entonces me pidió que tocara algo que creyera que era antiguo y que me gustara.
Ahí me acordé de la “Pastoral india” que había aprendido el maestro Carlos Vega de un pastor de catorce años en Jujuy. El chico dejaba a sus llamas a buen cuidado, se sentaba en la puerta del corral y hacía sonar su quena. Durante dos minutos, hacía sonar una rara melodía que el profesor Vega anotó toda y para no interrumpir al chico su condición de solitario que se protegía con la música, no le preguntó nada. Ni el nombre de esa música. Entonces Vega le puso “Pastoral india”, porque el chico era un pastor de llamas. Yo la aprendí, luego de que Carlos Vega me corrigiera bastante, y llevaba con mucho orgullo esos tres minutos de música desolada de Los Andes. Y con conciencia de que no estaba equivocando a nadie, la toqué ante el maestro Chabault Givense. Varias veces. Hasta que me dijo que la tocara hasta donde me dijera, y habré tocado diez, doce compases, y me detuvo. Fue hasta su biblioteca, recogió su índice, buscó y encontró un tema. Me preguntó cuándo había encontrado esa música y yo le dije: “Hace unos quince años, más o menos, que la conozco, me la pasó el maestro Carlos Vega”. Y él me dijo: “Te voy a dar algo que tengo desde hace muchos años”. Y buscó su tema, lo puso en el piano: “Este tema está escogido en las montañas de los Cárpatos, de Austria-Hungría”. Era un pequeño romance llamado “Madre, no me mandes a la guerra”, casi exactamente igual a la “Pastoral”. La pentatónica estaba presente, los tonos enteros, los cinco tonos enteros de la escala pentatónica andina que creíamos orgullosamente americana, quechua, y nada más que de acá. Y no, era universal.
Me dijo Chabault Givense: “Esto, la pentatónica, viene del Tíbet. Por algo Béla Bartok se fue con su maestro, el director de su Conservatorio, a pie lleno y de pobrezas a encontrar la raíz de la pentatónica”. Y estaba en Transilvania, me dijo, cuando encontró canciones pentatónicas de ese folklore que son igualitas a las canciones de Bolivia, Salta y Jujuy.











Guitarra, vas a cantar
Por Diego Fischerman



Son seis canciones. Las grabaciones fueron patrocinadas por la agrupación tradicionalista El Mangruyo, de Rosario, y los tres discos de 78 rpm que las incluyeron, en 1936, llevaban el sello Odeón Mangruyo. Todavía faltaba para que Atahualpa Yupanqui, prohibido por el peronismo, debiera exiliarse. Y no era el tiempo, aún, de que esas seis canciones se convirtieran en mito. En rigor, más allá de lo inhallables que resultaban estas tomas en particular, hoy rescatadas en el exquisito cd que acompaña el libro con sus memorias, es muy poco lo que se puede escuchar de Yupanqui: el álbum doble editado por Lantower, con grabaciones de su primera época, el que publicó Melopea con solos de guitarra, los volúmenes que en su momento editó Página/12 con sus grabaciones francesas y algunos discos con “grandes éxitos”. La fama de su nombre y el peso de su leyenda contrastan con lo desconocido de su obra. Entre estas seis canciones hay una, sobre todo, el estilo “Mangruyando”, que pone en escena, en todo caso, el porqué de la fama y la leyenda. Allí no está ni lo más aparente ni lo más bastardeado. No está su voz cascada desde siempre ni la inteligencia de una poesía de elaboradísima sencillez. Allí, Yupanqui apenas toca la guitarra. Toca con esa claridad para delinear la melodía y el acompañamiento, con esa perfecta delimitación de planos, y ese sonido –y ese vibrato característico– que tal vez delate su paso por el violín y que atraviesa toda su obra. El espesor de esas líneas puras, la comunicatividad y la delicadeza del fraseo, son sorprendentes. “En un tiempo, antes de ser guitarra, antes de que la madera fuera ahuecada, la guitarra fue simplemente un trozo de un árbol. Integró el cuerpo de un árbol determinado, un abeto azul, un jacarandá. Y ese árbol no era solitario, no estaba solo en una colina, sino que formaba parte de una pequeña selva, de eso que llamamos monte”, comienza Yupanqui su capítulo dedicado a ese instrumento. Y si nadie pudo tocar la guitarra como él, aun después de haberlo escuchado y de que su manera de tocar se incorporara al folklore de lo que sus cultores llamaron “folklore”, hay que pensar que en 1936 ni siquiera existía una referencia brindada por él mismo. Yupanqui entendía su sonido y lo buscaba donde nadie antes lo había hecho. En ese árbol del que la guitarra había formado parte, Yupanqui reconocía la vecindad “de otros de todo tipo y especie”. Allí, decía, “vivía la guitarra antes de ser guitarra”. Y concluía: “Ese pedazo de madera integrante de la selva tiene que haber recibido un gorjeo de algún ave... Toda la selva recibió el cántico de pájaros a lo largo de los años... El cántico del ave ha sido siempre el elemento. Y a la madera se le ha recontrapenetrado ese cántico”. Podría pensarse que, sencillamente, Yupanqui sabía de la existencia de ese elemento y sabía cómo encontrarlo.













La magia de los caminos




No era menor el desafío de escribir la biografía de alguien que afirmó que un artista en realidad no tiene biografía porque su vida está dispersa en toda su obra. Y tratándose de Atahualpa Yupanqui, el enigma se acrecienta: su vida estuvo llena de misterios y soledad, y su figura canonizada no deja de contrastar con ciertas resistencias que aún genera en las mentes más tradicionalistas del folclore. El resultado de El nombre del folclore (Emecé) demuestra que Sergio Pujol ha superado estos obstáculos indagando con precisión y sensibilidad en las diferentes caras del enigma Yupanqui: enigma que comienza en su nombre y termina en Tucumán, la tierra que lo inspiró a pesar de no haber nacido allí.



Por Juan Pablo Bertazza





Ni autorizada ni no autorizada. Ciertas biografías –y, entre ellas, El nombre del folclore (Emecé)– merecen una nueva categoría; menos contaminada, menos vetusta, que todavía sea capaz de decirnos algo: biografías paridas por cesárea. A Sergio Pujol (foto) no le demandó nueve meses sino tres años hacer realidad la misión aparentemente imposible de contar la vida de un hombre que, alguna vez, dijo: “Un artista no tiene biografía porque su vida está en toda su obra”. Y, sin embargo, aquella frase que engloba a la perfección el espíritu elusivo, nómada, misterioso y extremadamente reservado de Atahualpa Yupanqui, parece fundirse en una complejidad aun mayor, un problema que se insinúa a lo largo de toda esta biografía aunque nunca se enuncia explícitamente: el verdadero desafío de esta biografía no es otro que el de estar haciendo algo muy parecido a la biografía de Dios, del Hombre parado en el grado cero del folclore.



Un médico rural al frente de la sublevación: Atahualpa en una escena del film Zafra. La coya de la derecha es Graciela Borges.




Eso se desprende –entre otras pistas– tanto de su nombre tomado de los caciques de los pueblos originarios, como de esa sensación de patriarca atemporal del folclore que despierta su imagen de primer musicalizador de la noche de los tiempos, reforzada por la obsesión por lograr con su música una especie de “anonimato omnipresente”. Y también de la idea de que la importancia de Yupanqui poco tiene que ver con las modas y las efemérides (a propósito, este año se cumplieron cien años de su nacimiento).
Y al igual que sucede con Dios, de Atahualpa Yupanqui se han dicho y escrito montones de cosas, muchas de las cuales le facilitaron el trabajo a Pujol, lo cual no quita que toda biografía, por el solo hecho de existir, señale inexorablemente una falta, un defecto de sus antecesoras.
“Yo creo que los que se han acercado a Yupanqui se han ocupado mucho en interpretar su obra y casi no le dieron importancia a su biografía. Además, él cuidaba mucho su privacidad: una de las operaciones geniales que hizo fue diluir su persona en su obra. Por eso fue tan difícil rastrearlo, él estaba prendido a la magia de los caminos y cambiando de un lugar a otro. Quiero decir que, así como Madame Bovary era Flaubert, el arriero es Yupanqui. Este libro significa para mí un paso importante hacia un género con el que no tengo una vinculación demasiado intensa. Honestamente, no soy un gran escucha del folclore pero, por otro lado, es el primer género al que me asomé en mi más tierna infancia. Uno de los primeros discos que me regalaron era de José Larralde y a la primera canción que le presté atención, por influencia de mi viejo, fue “El alazán” (Era una cinta de fuego,/ galopando, galopando./ Crin revuelta en llamaradas, /mi alazán, te estoy nombrando). Quizás esa doble extrañeza hacia el mundo de los caballos y el mundo rural, a partir de un contacto emocional con esa canción bellísima, me sembró la semillita de una posible biografía sobre Yupanqui, un hombre fascinante”, explica y recuerda a la vez Sergio Pujol.
Y El nombre del folclore, entonces, sería una especie de Biblia cuyo Génesis no coincide con la primera grabación sonora seria de Yupanqui en 1941, ni su Apocalipsis con la muerte del artista en 1992. “Siempre trato de buscar, como hice con Discépolo y María Elena Walsh, que las biografías sean desmedidas, es decir, que a partir de la historia de una vida se pueda contar la historia de un país. No sé con cuántas figuras más puede llegar a pasar eso, porque se trata de seres complejos, contradictorios y muy versátiles: poetas que son compositores que son narradores escritos que son narradores orales que a su vez tienen mucho peso político. Cuando Atahualpa empieza a grabar, ya había compuesto buena parte de su obra y era muy conocido en Tucumán y Buenos Aires, también por sus apariciones en la radio y sus artículos y libros. Hasta entonces, la de Atahualpa Yupanqui era una figura famosa y a la vez invisible, es decir, única.”






Rock star: firmando autógrafos en Madrid a mediados de los ’60. El Expreso Imaginario: el rock entrevista al payador perseguido. Diciembre de 1980.






TODO EN UNO






Las palabras de Pujol conducen, directamente y sin escalas, a una anécdota que recupera en el maravilloso prólogo de su libro: parece que en medio de una discusión entre periodistas y músicos acerca de si Atahualpa era más importante o no que Violeta Parra, Mercedes Sosa zanjó de una vez y para siempre el tema con una definición tan contundente como enigmática que acompañó con un golpe de puño: “¡Pero déjense de pavadas! Yupanqui es único”.
Entonces, la paradoja –tampoco exenta de connotaciones religiosas– es que Yupanqui es único porque fue varios en uno solo. En primer lugar, desfilan los Yupanqui que pudieron haber sido y no fueron: y ahí se agolpan sorprendentes destinos truncados que muestran las eclécticas potencialidades del hombre en cuestión. Vocaciones que no llegaron a cuajar: un tenista pobre y atrevido que llegó a ganarle un partido a Willy Thompson, el favorito –sobre todo por capacidad económica– para representar a Junín en el Lawn Tennis de Buenos Aires; un boxeador destacado que no extendió sus golpes más allá del Club Firpo y hasta un médico que muy probablemente no haya terminado la secundaria. Pero ya en el plano de los Yupanquis consumados, está el escritor y el músico y, dentro de este último, los diversos Yupanquis músicos: el Yupanqui andino que celebra y reivindica a los coyas, el tucumano de las zambas y el bonaerense de las vidalas y milongas: “Ese último, creo yo, que es el Yupanqui que más conoce la gente, el filosófico, el intimista, el que le dio esa aura de hombre inmemorial. Pero a todo esto habría que agregar también que Yupanqui fue un gran etnólogo, sólo que los resultados de su investigación, en lugar de ser los trabajos típicos de la musicología, son canciones, y le debemos que no se hubieran perdido un montón de regionalismos arcaicos. Es un verdadero nexo entre el pasado y el presente”, ilustra Pujol.
Esa misma multiplicidad que, en parte, fue consecuencia de sus permanentes viajes –a lo largo de la Argentina primero y a lo ancho del mundo después, en giras cuyos destinos van desde París hasta Kyoto, pasando por Budapest y Bucarest– encarnó también en lo que sería el propio viaje de su nombre, un viaje cuyo origen es Héctor Roberto Chavero y cuyo destino es Atahualpa Yupanqui: “Hay una etapa de transición que va desde mediados de los veinte hasta los treinta; durante la cual su nombre fue sufriendo muchas variaciones, como Atahualpa Chavero Yupanqui o Atahualpa Yupanqui Chavero; hasta que ya en 1937 queda cristalizado el nombre de Atahualpa Yupanqui, que significa “el que viene de tierras lejanas a contar historias”.
¿En eso no podría pensarse una relación con lo que hizo Bob Dylan con el folk?
–Hay una semejanza con una diferencia no menor. Yupanqui es un hombre del siglo XIX en el siglo XX; en cambio Dylan es un hombre del siglo XX que va hacia atrás, hace el camino contrario y tiene la osadía de la modernidad. Dylan busca la ruptura y Atahualpa está obsesionado con la continuidad. El conflicto de la modernidad en Yupanqui es muy interesante porque él tiene valores políticos modernos y, sin embargo, el mundo al que le canta Yupanqui es un mundo del pasado, impertérrito, inamovible. A mí la verdad que siempre me irritó su idea de la pureza artística y musical, su actitud agresiva hacia el cambio, cuando en su obra hay muchos cambios. Es muy anticuado en su reflexión sobre la música: para él está la música clásica y después la música anónima, en el medio no hay nada, sólo entretenimiento: de Piaf –quien lo presentó en público durante su primer viaje a París– opina que es una artista de varieté. Rechaza lo popular urbano cuando él termina siendo justamente un artista popular urbano que cuenta el campo, historias del campo.





ALTA (IN)FIDELIDAD




Hay un triángulo fundamental que explica la vida de Atahualpa Yupanqui, cuyos tres lados –la política, la tierra y el amor– tienen una especie de dégradé con respecto a la fidelidad y se van relacionando entre sí. En cuanto a la política, su fidelidad al Partido Comunista es casi total pese a su desafiliación a mediados de 1953 como consecuencia de la persecución que le infligió el peronismo: “Yo creo que toda su vida fue un hombre de izquierda. Su forma de entender la cultura y la sociedad siempre estuvo modelada por el PC, nunca superó esa forma de pensar la Argentina que se forjó en los treinta, la época más rica del partido. Empezó siendo radical, pero su vínculo con el radicalismo es similar al que tuvo Homero Manzi, con la diferencia de que Manzi desemboca en el peronismo y Atahualpa en el PC, relación muy marcada por el contexto internacional, especialmente la Guerra Civil Española y algo del Mayo francés, pero también los intelectuales con que él se vincula en Córdoba, como Deodoro Roca, y luego su descubrimiento de las condiciones de trabajo en los ingenios de Tucumán. Es una especie de humanista libertario: queda como un viejo comunista para la derecha argentina, traidor para los comunistas y gorila para los peronistas”, explica Pujol. Todo lo cual está ligado con su lugar en el mundo, una tierra que no son los pagos de su Pergamino natal ni el Junín de su infancia, sino un lugar con el cual mantuvo una intensa relación de amor no exenta de conflictos asociados también con la política y las polleras, y al que le consagró una de sus mejores y más célebres canciones: “A pesar de que ‘Luna tucumana’ debe ser una de las canciones más famosas de la Argentina, él la cantó muy poco. Hay un momento que fue traumático y consagratorio a la vez, y ese momento está signado por Tucumán, sus mejores canciones son las zambas, tanto en lo musical como en lo poético. Como el Gardel de mediados de los años veinte, los Beatles de Sgt. Pepper, el Dylan del ‘66. Ese período que va del 1935 a 1945 es la etapa clave de Yupanqui, ahí nace el gran Yupanqui. Todo lo que viene después es un recostarse en esa gloria. Yo le adjudico a la experiencia tucumana su adscripción al comunismo, se hace comunista viendo la zafra azucarera; es decir que tanto en lo político como en lo artístico y hasta en su vida privada, Tucumán fue fundamental. Incluso en Pergamino encontré cierto rencor porque, pese a su admiración por los payadores, es como si él no reconociera su origen, recién a los sesenta años vuelve a eso. Es sintomático, al respecto, que su canción más bonaerense –‘Los ejes de mi carreta’– lleve una letra ajena, es de Romildo Risso”.
Por último, el amor. Atahualpa Yupanqui fue un verdadero Don Juan. Se involucró con tantas mujeres que la lista sería interminable, lo cual redundó en la paradoja de que el padre del folklore no se preocupara tanto por sus hijos: “Como persona fue muy mal padre, eso es seguro, aunque en los últimos años se ablandó bastante. Y eso que es muy fuerte la relación con su padre, un trabajador ferroviario muy lector que terminó suicidándose, lo cual me resultó conmovedor y muy atractivo en términos literarios. Pero la familia parece como un imposible para él; hay una pulsión muy fuerte por el viaje, por salir, escapar; es un hombre que está yéndose permanentemente, él necesita vivir lo que luego va a cantar. Llegaba un momento en que bajaba la cortina y seguía para adelante. Es curioso que un hombre que vivía celebrando el pasado y la tradición, se olvidara tanto de su vida privada”.





SOLO, SOLISTA Y SOLITARIO




Volviendo al imaginario de su semejanza con Dios, hay otro rasgo que vincula a Yupanqui con el Santo Padre, además de la multiplicidad de nombres y seres que habitaron su persona, y es la soledad en el sentido más oblicuo que pueda tener la palabra, un rasgo que fue el secreto que más impresionó a Sergio Pujol al componer esta biografía sagrada: “Me conmovieron las fricciones entre Yupanqui y la sociedad argentina siendo él una figura canónica, pero tal vez se trate de un karma argentino que excede a Yupanqui. Inclusive en su relación con la institución del folklore, ya que, por un lado, bautizan al escenario principal de Cosquín con su nombre y, por otro lado, buena parte del folclore tiene un discurso muy nacionalista en el cual Yupanqui nunca encaja porque es un tipo que nunca se disfrazó de gaucho para salir a escena. Es decir que vivió una soledad artística, personal y también política, es un solista in extremis, sin retorno. Es solista al principio, en el medio y al final.
¿Pensás que es posible detectar ese rasgo en su música?
–Sí, él era muy independiente, fijate que hace acompañamientos, instrumentales muy complejos, sobre todo en los años ’30 y ’40, como en “Piedra y camino” (Es mi destino/ piedra y camino/ de un sueño lejano y bello, viday/ soy peregrino) –su tema más innovador, coincido con el Chango Farías Gómez– o “El arriero” –su canción perfecta–, cosas que normalmente suele hacer un cantante acompañado de un guitarrista. En una entrevista que encontré del año ‘46 dice que es muy malo acompañando y que decidió ser solista de tiempo completo. Eso me fascinó desde chico. En el rock, cultura a la que yo pertenezco, la de solista es una figura muy importante pero, a su vez, los solistas del rock nunca son verdaderos solistas: siempre tienen alguien al lado, son cantautores en realidad. Pero Yupanqui, sin ser un monstruo de la guitarra como sí lo es un Paco de Lucía, era solista, solista, solista. Yupanqui es una gran metáfora de la soledad argentina, es el verdadero solista argentino.






11/12/08

Biografía Los misterios de una leyenda
En busca de Atahualpa Yupanqui
Tras dos años y medio de trabajo, quien firma este texto acaba de publicar En nombre del folclore (Emecé), en el que recorre la vida del primer cantautor de la Argentina moderna, un hombre que se fundió con la cultura anónima del país




Por Sergio A. Pujol
Para LA NACION

"Querida, acabo de matar a Yupanqui." Así, con estas palabras, mi mujer se enteró de que había terminado de escribir En nombre del folclore (Emecé), mi biografía de Atahualpa Yupanqui. Dos años y medio fatigando a mi familia con una andanada de milongas, zambas y vidalas. Dos años y medio contándoles la historia de "El arriero" y "Luna tucumana" y describiéndoles, una y otra vez, la noche en la que don Ata salió a un escenario parisino de la mano de Edith Piaf. El tema se me había impregnado de tal manera que hasta empecé a hablar como un gaucho zen, consustanciado con una sabiduría de la que, al menos hasta el momento en que decidí cuál sería el tema de mi nuevo libro, me había sentido algo lejano.


Durante los años de la investigación no suspendí mis fervores jazzísticos ni dejé de solazarme con la melancolía del tango, pero todo lo que no fuera folclore, o más específicamente Atahualpa Yupanqui, pasó a un segundo plano. Durante las horas más productivas del día, los versos y melodías de don Ata me sitiaron, y yo feliz de la vida, buscando -¡y encontrando!- documentos inéditos, cartas privadas, viejos recortes de diarios que nadie recordaba y, entre otras fuentes, perlas de una discografía y una bibliografía amplias y algo escondidas. Tiempo completo para el payador perseguido, el primer cantautor de la Argentina moderna, el hombre que fundió su vida en el magma de una cultura anónima, para emerger de esa fundición como la encarnación de todo un género.


Contar una vida


Mi entusiasmo a la hora de investigar debió, no obstante, lidiar contra una serie de dificultades. En principio, en mi condición de investigador del Conicet tuve que justificar en términos científicos las razones del trabajo. Al respecto hice lo que pude, confiando en que mis pares sabrían tolerar mis veleidades de escritura "menor", puntualmente camufladas en los informes de avance del trabajo, ahí donde habita el material "duro" en el que suelen basarse mis libros. En general, la biografía como especialidad o género no cuenta con mucho prestigio epistemológico, al menos en la Argentina. En una reciente entrevista, Tulio Halperin Donghi definió la biografía como una historia sin problemas. La verdad es que me sentí un poco tocado. Sin ánimos de polemizar con el gran historiador argentino -no me da la talla para eso-, me pregunto a qué biografías se refería Halperin Donghi. Seguramente no a la que Peter Gay escribió sobre Freud. Ni a la que Herbert Lottman le dedicó a Camus.


Sin volar tan alto, puedo asegurar que el trayecto que va de la elección del personaje al libro terminado estuvo cargado de problemas. Pequeños problemas, quizá no los que se formula quien desee entender el funcionamiento de una sociedad o los traumas de un país, aunque algo de eso pueda vislumbrarse desde el caballo de Troya con el que un género "menor" penetra en el pasado. Veamos. Eso de "acabo de matar a Yupanqui" fue dicho en sentido figurado, pero no demasiado figurado. Había que elegir: o moría él o moría yo en la prosecución de la biografía perfecta. Pero al exclamar, entre la pena y el alivio, que acababa de matar a Yupanqui, quise también significar que había narrado su final, esa potestad divina que tiene todo biógrafo. ¿Cómo contar el momento en el que el poeta se pierde en "el gran silencio", como a él le gustaba decir? Bueno, ése es un típico problema de biógrafo.


En los casos de las biografías de escritores, músicos y artistas en general, existe un número limitado de momentos clave que el autor no puede ignorar. Son los que luego sobresalen en la textura de la historia, como ese punctum que Roland Barthes describió a propósito de la fotografía. Un lector ducho en biografías podrá determinar, a partir de cómo han sido resueltos esos nudos de la reconstrucción vital, si está ante una labor exhaustiva o ante alguna de esas penosas biografías noveladas.


Obviamente, están el nacimiento, el primer amor, la llegada de los hijos -si los hay- y la muerte. En esto, el biografiado ilustre no se diferencia mucho de cualquier terrícola, si bien brotarán de cada hecho cotidiano exhumado hilos invisibles que conducirán -discúlpenme los estructuralistas- a las obras o, para decirlo en términos menos románticos, a la producción cultural. Luego habrá que referirse a los hechos de dominio artístico: la primera publicación, grabación o concierto, la primera gran crítica -que a veces es negativa, como enseña la leyenda negra de los críticos-, el compromiso político o su ausencia, y el momento del ocaso, triste revelación que sólo evitan los que mueren jóvenes como Jimi Hendrix o los se retiran temprano como Greta Garbo.


Atahualpa Yupanqui hecho personaje no escapó a ninguno de estos casilleros. Lo que en realidad hizo fue complicarlos, llenarlos con datos superpuestos -era extremadamente preciso en la remembranza de nombres y lugares pero confuso con las fechas-, como si en verdad Héctor Chavero y Atahualpa Yupanqui fueran dos o más personas. "Tengo a veces la impresión de haber caminado durante siglos, en todas las praderas y en todas las montañas del mundo." Esta bellísima confesión -rara vez Atahualpa habló de un modo que no fuera fundadamente poético- revela, si no el misterio Yupanqui, al menos su carácter.


Casi no hay episodio relevante de su vida sobre el que no existan versiones distintas o acerca del cual falten pruebas, como en una leyenda. Nació en los campos de Pergamino, pero existe una creencia -sólo eso, claro- de que vino al mundo entre vecinos de Francisco Madero. Dijo haber terminado el secundario en Junín, aunque no hay registro de que así haya sido. Se afirma que fue "telonero" musical en la transmisión radial de la pelea Firpo-Dempsey de 1923, pero él aseguraba haber llegado a Buenos Aires por primera vez en 1927 o 1928. Cada uno de sus varios amores fue un "primer amor", a juzgar por la retórica que empleaba en su correspondencia sentimental. Fue padre cinco veces, aunque sólo asumió una paternidad plena con el hijo que tuvo con su querida y admirada Nenette.


Grabó cientos de discos y viajó incansablemente por la Argentina y el mundo, pero nunca se preocupó mucho por tener "una carrera artística". Durante el boom folclórico de los años 60 fue objeto de devoción, a la vez que se lo excluía del circuito de actuaciones. Pasó entonces por el ocaso dos veces: de la primera emergió con la bendición del éxito en París, luego irradiado a escala planetaria, para cobrar así una segunda y brillante vida.


Fue radical de Yrigoyen y luego comunista de Stalin; por ambos compromisos fue castigado con el ostracismo y, durante el gobierno de Perón, con la cárcel y la tortura, para dolor propio y de sus miles de seguidores, muchos de ellos peronistas. Después de alejarse del PC, profesó una suerte de humanismo libertario, aunque para la derecha siguió siendo "ese viejo comunista"; para los comunistas, un traidor, y para los peronistas, un gorila. Cosas de la Argentina.


En alguna medida, sus canciones nos representan a todos, pero en términos artísticos él fue un solitario empedernido, casi un Vito Dumas de la cultura argentina. Enfrentó a los auditorios más diversos y exigentes -hizo incontables viajes a Japón, donde lo adoraban- sin otro acompañamiento que el de su guitarra y sin cantar jamás en otra lengua que no fuera su castellano acriollado. En un mundo saturado de ruidos y distracciones, él pudo hacerse oír con una voz pequeña y una guitarra intimista. ¡Qué proeza! La imagen de Atahualpa ya viejo, con la digitación defectuosa y la voz disminuida, nunca llega a ser patética.


La invención del folclore


Como puede verse, su vida no fue un apacible galopar rumbo al gran silencio sino un viaje más bien turbulento y crispado. ¿Qué hacer con eso? Como aquel investigador de Junín al que sólo le interesa el Atahualpa de los primeros años -es decir, no Atahualpa, sino Héctor Chavero-, uno bien podría concentrarse en algún tramo de esa vida fascinante. Pero, al menos esta vez, el tamaño de mi esperanza fue enorme, y por eso intenté unir con cierta coherencia todas las facetas y períodos de quien supo escribir, cantar y tocar la guitarra en nombre del folclore argentino. En el proceso de hilvanado de tanta documentación y tanto testimonio, corroboré la sospecha de que a Yupanqui siempre lo recordamos viejo, como a Borges.


A propósito de esto último, quiero compartir una pequeña anécdota de la producción del libro. Cuando anduve por San Miguel de Tucumán rastreando las huellas de una etapa decisiva -les adjudico a los años tucumanos de Yupanqui su adscripción al comunismo y la creación de sus mejores canciones-, descubrí en el archivo del diario La Gaceta una foto prácticamente desconocida de un joven Atahualpa concentrado sobre su guitarra. Debía de ser de 1935 o un poco más tarde. Para mí, y también para el diseñador del Grupo Planeta, Mario Blanco, ésa era la tapa del libro: una fotografía nunca vista atrae a todo lector en busca de rarezas y revelaciones. Sin embargo, después de una consulta interna, llegamos a la conclusión de que muy pocos reconocerían en el guitarrista casi debutante al maestro del folclore. Y yo había escrito una biografía, no un ensayo sobre folclore. Había, entonces, que recurrir, una vez más, a un Yupanqui maduro, ya más cerca de la leyenda que de la Historia. En mi investigación, en cambio, puse todos los esfuerzos en llegar a ese Yupanqui joven, base invisible pero esencial del que vino más tarde.


Era evidente que para convertirse en la autoridad máxima de un género musical, asumiendo a puro talento la representación de prácticamente todas las provincias (una proeza extraña y en verdad poco "folclórica"), Atahualpa tuvo que transitar un peregrinaje enorme, tanto en kilómetros como en experiencia. (Hoy que la fama se gana y se pierde súbitamente, quizá cueste entender un proceso de maduración artística que mucho se parece a una ascesis.) Después de observar como un etnógrafo cada rasgo de lo anónimo, terminó por situarse él mismo en ese sitio inefable. Podríamos decir que su mímesis superó cualquier original: el explorador ocupó el lugar de lo explorado y Héctor Chavero devino folclore. Aquí tienen, a modo de adelanto, una de las conclusiones a las que arribé en mis dos años y medio de vida con Yupanqui. Una conclusión que, si se me permite el tono militante, sólo se puede lograr por el camino de la biografía.





Viajero incansable. Atahualpa anduvo por los caminos de la Argentina y del mundo
Foto: Archivo