lunes, 24 de noviembre de 2008

Mitos > A cien años del último golpe de Butch Cassidy en Bolivia
Una de cowboys en la Puna
Este mes se cumplieron cien años de la muerte de Butch Cassidy. Muerte de la que algunos dudan, aunque los historiadores sostienen que la eterna huida del líder de la Pandilla Salvaje, acompañado por su amigo Sundance Kid, se terminó en San Vicente, sur de Bolivia, después de un robo que salió mal. Radar visitó la zona donde Cassidy pasó sus últimos días y encontró a un juez que planea abrir un museo sobre los bandoleros con material de su extensa colección personal, tours de 300 dólares al cementerio donde se encuentra la supuesta tumba del dúo, ex alcaldes convencidos de que los ladrones escaparon y hasta oficiales de la policía de Tupiza que todavía se enorgullecen de la labor cumplida por sus antecesores.
Por Nicolás G. Recoaro

Butch Cassidy, imagen clásica.El juez Félix Chalar, fan de Cassidy y Kid, con su Winchester.Revólver y foto de la Pandilla Salvaje en la alcaldía de Tupiza.Acta judicial original con el cierre del caso en la justicia boliviana.

El tren serpentea por la ladera de una montaña en plena Puna. En el vagón popular, varias cholas se cubren las narices con sus mantillas para evitar el polvo seco que se cuela por las rendijas de las ventanillas. Las abarcas curtidas que cobijan los pies descalzos de los campesinos que viajan hacia Oruro se asoman entre las frazadas, mientras unas cacerolas y unos cajones con gallinas bailan en el pasillo. Hace ya tres horas que el convoy del Wara Wara del Sur avanza apunado y a los tirones ganándole terreno al altiplano boliviano. El sol cae detrás de los cerros y la bocina de la locomotora interrumpe el diálogo quechua-aymara-español que navega en el vagón. “Tupiza, señores. Llegamos a Tupiza, mamita. Cancelando sus pasajes con sencillo, por favor”, avisa el guarda mientras las primeras casas de adobe y la arboleda del valle le ganan la partida al polvo y se dibujan detrás de los vidrios manchados. “Ay... caballero, ese billetito no se lo puedo aceptar. ¿O acaso no ve cómo está este papel?”, dice el guarda antes de devolverlo. Deben ser las paradojas de seguirle el rastro a uno de los bandidos más legendarios del Far West. El guarda tiene razón, es un auténtico dólar marcado.
En la estación de Tupiza, las caseras ofrecen choclo con queso, lechón asado y hojas de coca. “Mi compadre no tiene trabajo hace años. Apenas la pensión que dio el Evo ayuda alguito. Cómpreme pues, caballero. Baratito le va a salir”, susurra una vendedora antes de recomendar el alojamiento donde trabaja su hija.
La región minera de Sud Chichas ya no vive sus épocas doradas de antaño. Aquellos tiempos en que el “metal del diablo” extirpado de las entrañas de la Puna hacía nadar en billetes a los “Barones del estaño” y atraía la sed de fortuna de aventureros, buscavidas y, sobre todo, de bandoleros. Así fue como a mediados de 1908, luego de un agitado periplo a mano armada que incluyó el arrabal porteño, los bosques patagónicos, varios cruces cordilleranos y ciudades de la costa chilena, llegaron a estos pagos los ahora legendarios Butch Cassidy y Sundance Kid. Cuentan que planeaban dar el último gran golpe de sus vidas. “Ahicito, mi amigo”, señala la vendedora, “hacia la entrada del andén. El hospedaje frente a la estación está. Y me le dice a m’hijita que me le haga descuentito más. A ver si lo ve gringo así y le cobra cualquier cosa. Aquí nadie es ratero, señor.”

Ruta de escape
Una descripción a vuelo de pájaro que debe haber notado Butch cuando comenzó a planear el último de sus golpes. El diseño urbanístico de Tupiza es tradicional: plaza principal flanqueada por la iglesia, la alcaldía y la escuela. En el extremo sur está el banco y en el norte, a media cuadra del parque, la comisaría. Un diariero me comenta que las dependencias no han cambiado mucho desde aquel tiempo. El banco pasó a ser la nueva alcaldía, pero todavía se conservan el interior y la bóveda en las mismas condiciones de antaño.
Sobre una de las calles laterales de la plaza, una cantina desentona con sus aires de lejano oeste norteamericano. “Pregunte por Cuqui, que es el dueño. Sabe mucho del Butch Cassidy”, sugiere el diariero. En la cantina de Cuqui no hay muchos cowboys bebiendo whisky. Unos turistas gringos apuran un licuado de banana mientras señalan un mapa de Bolivia que tienen abierto sobre su mesa. ¿Buscan un buen plan de escape con rutas seguras? Nada de eso, los gringos planean una excursión al cercano salar de Uyuni.
Cuentan que Butch Cassidy y Sundance Kid llegaron a Tupiza en agosto de 1908. Los meses anteriores los habían pasado arriando ganado y domando mulas en varios pueblos perdidos en la Puna boliviana, aunque las malas lenguas también les adjudican dos cronometrados atracos a trenes, sucedidos durante aquellos días. Los estudiosos de las andanzas de Butch cuentan que estaba cansado de la mala vida.
Soñaba con un retiro digno en las fértiles tierras de Santa Cruz de la Sierra, en el oriente boliviano. Pero aún faltaba solventar aquella jubilación anticipada. Butch visitaba con frecuencia la ciudad y tomaba apuntes sobre las rutinas del banco y las posibles rutas de escape. Pero el destino, mejor dicho el ejército boliviano, le jugó una mala pasada. Un destacamento de caballería del Regimiento Abaroa llegó a la ciudad por aquellos días. Maldita suerte, los militares se hospedaron en un hotel lindante al banco. Cansado de esperar la partida de los soldados, su mira apuntó a la fortuna de la Compañía Aramayo y Francke, propiedad de Carlos Aramayo, uno de los tres miembros de la santísima trinidad de los “Barones del estaño” –una suerte de sultanes petroleros de la actualidad, capaces de manejar el destino político y económico de todo el país–. Un soplón le avisó que para principios de noviembre, un empleado de la compañía minera iba a llevar una suculenta remesa de medio millón de dólares a través del desolado altiplano. El golpe parecía ser un juego de niños para un bandolero de la talla del legendario líder de la invencible Pandilla Salvaje. Un verdadero profesional con decenas de robos a bancos y trenes en todo el continente –desde Utah hasta la Patagonia–, pero también un fugitivo con mil dólares de recompensa por su cabeza y la agencia Pinkerton siguiéndole las pisadas. El retiro estaba cerca, y su leal Colt calibre 45, lista para salir de su letargo.

Spaghetti western
Cuqui es el apodo de Jorge Pereyra Ganam, “un tupiceño querendón” de su tierra, próspero empresario y ex alcalde de la ciudad. En el living de su casa, un programa futbolero de Fox Sports es la banda de sonido que acompaña a Cuqui mientras apura unos spaghetti con salsa de carne. “Creo que los tupiceños tenemos más de argentinos que de bolivianos. Y hay actas que avalan lo que digo. En 1810, cuando se da la revolución en Buenos Aires, Tupiza apoya ese movimiento. Estamos en las actas, creo que firmamos en cuarto lugar. Acá se peleó la famosa batalla de Suipacha y se llegó a la vida republicana más por influencia argentina, y no nos preguntaron a los tupiceños si queríamos anexarnos a Bolivia. Pero le voy a ser franco, soy un apasionado de los pueblos que habitaron estas tierras antes de la llegada de los españoles. La cultura chicha es la que nos puede ayudar a discernir mejor el futuro”, comenta Cuqui mientras acaricia a uno de sus perros de vigilancia.
Cuqui explica que hace varios años compró la residencia de la familia Aramayo y que la está refaccionando para abrir un lujoso spa, para que los turistas que visitan el salar de Uyuni puedan quedarse más días por sus pagos. “Muchos vienen por nuestros valles y el color de las montañas, pero también están los que llegan por lo de Butch Cassidy.” Cuqui recuerda que cuando era alcalde se le dio por investigar un poco la historia del atraco. “Agarraba mapas y trazaba líneas sobre posibles caminos de escape. Desde Tupiza hasta San Vicente, donde supuestamente murieron Cassidy y Kid, y la ruta llegaba hasta Iquique. Creo que querían salir a la costa y huir con la plata en barco. Hay dos hipótesis: murieron o escaparon.”
¿Y cuál le cierra más?
–Yo creo que escapan. Si no los pudieron agarrar en Norteamérica, ¿los van a agarrar acá? No me cierra. Igualmente, creo que es una historia apasionante y que puede funcionar como buena metáfora del cambio de época. La muerte de Cassidy y Kid representa el cierre de los tiempos de los grandes cuatreros. Ya nadie hace plata fácilmente y se extiende la sociedad industrial, donde todos ganan, pero trabajando.
El hijo de Cuqui invita a visitar las obras de remodelación en la ex mansión de Aramayo. El sol de la Puna no guarda piedad por los obreros que mezclan cemento en la obra. La casa es imponente, con detalles traídos de Europa y un sistema de calefacción y agua corriente del que seguramente más de la mitad de la población actual de Bolivia no tiene ni noticias. La sociedad industrial no ha sido tan bondadosa por estos pagos.

Ultimo momento
“Tupiza, Noviembre 5. Ayer, cuando regresaba de ésta para Quechisla, propiedad minera de los señores Aramayo, Francke y Compañía, el señor Carlos Peró, administrador de la empresa, que conducía 15.000 bolivianos para el pago de los empleados y demás gastos, fue asaltado entre Saló y Guadalupe, por dos individuos que, según se dice, deben ser norteamericanos o chilenos. Felizmente el señor Peró pudo escapar ileso.
Hay opiniones de que deben ser los norteamericanos que asaltaron el Banco de la Nación de Villa Mercedes (Argentina), que después se refugiaron en esta República, donde han llevado a cabo varios asaltos. El coronel Valdivieso mandó, inmediatamente de conocer el hecho, seis hombres, en persecución de los delincuentes.”(La Prensa, Buenos Aires, 7 de noviembre de 1908).

Mula plateada
En un almacén frente a la Fiscalía General de Tupiza venden LP legendarios de Raphael, Leonardo Favio, Dyango, Los Iracundos y Roberto Carlos. “Piensa que la alambrada sólo es / un trozo de metal, / algo que no puede detener / sus ansias de volar..”, canta Nino Bravo desde los parlantes del local, para matizar la espera del juez Chalar Miranda. “Dígame Félix, por favor. Porque si viene por lo de Butch Cassidy, acá tiene un amigo.”
Aparte de ser hombre de leyes, Félix es un auténtico coleccionista a pulmón. Hace décadas que viene juntando material periodístico, documentación oficial y objetos históricos para abrir un museo sobre las andanzas tupiceñas del líder de la Pandilla Salvaje. “Cuando yo era niño soñaba con ser cowboy. Pero la pasión por el Butch Cassidy me viene de cuando vi la película de Paul Newman y Robert Redford. Creo que fue en Potosí, en el año 1969. No lo podía creer, esos personajes mitológicos habían estado en Tupiza”, dice mientras desempolva un Winchester original que cuelga en las paredes del improvisado museo que erigió en el garaje de su casa. “En Tupiza no se tiene noción de lo importante que es tener presente esta historia. Sólo ven lo malicioso de Butch. Antes la gente del pueblo hablaba y me criticaba. ¿Cómo un juez iba a ser fanático de dos maleantes?, me decían. Pero ésta es mi pasión”, explica Félix mientras me convida un mate de coca para evitar el apunamiento que regalan Tupiza y sus 2900 metros sobre el nivel del mar. “El problema del robo fue que Butch Cassidy y el Sundance Kid no consiguieron el botín esperado. Peró sólo llevaba 13.500 bolivianos, que era una suma muy chica. Entonces le robaron una mula, que en esa época costaba como un Mercedes Benz de ahora. Aramayo no les perdonó el atrevimiento”, expone Félix y muestra algunos de los partes telegráficos de aquel entonces. “El telégrafo fue otro de los elementos que les jugaron en contra. Todas las dependencias policiales de la zona estaban al tanto del robo casi el mismo día. Y por último, la presencia del regimiento de caballería y los furiosos mineros que habían perdido su jornal no los iban a dejar escapar así porque sí.”
Félix invita a dar una vuelta en camioneta por los alrededores de Tupiza. En el estéreo hace sonar una ranchera algo deslucida, escrita por el famoso guitarrista tupizeño Luis Rico. “Cuentan los paisanos cuentos de vaqueros, / que vivían tirando tiros y llegaron hasta aquí / Buscaban aventura, / cuentan que en los Andes afilaban sus navajas / y en el tren desde Argentina / se les hizo la piel de gallina / cuando a Tupiza llegaron. / Eran los famosos Butch Cassidy y el Sundance Kid...” Cuando pasamos por la plaza, Félix me hace notar que en el centro se erige una estatua en homenaje al barón Aramayo. “Las remesas del robo nunca aparecieron. Una de las hipótesis es que se las repartieron entre la gente del pueblo de San Vicente, donde supuestamente fueron asesinados. En una carta a las autoridades, Aramayo hace una reflexión sobre el robo y dice que para recuperar las remesas en poder de la Justicia tenía que llevar adelante una lucha más difícil que la emprendida contra los asaltantes”, dice el juez mientras estaciona la camioneta frente a la iglesia.
Antes de la despedida, Félix explica su hipótesis sobre aquella balacera furiosa en San Vicente. “Le voy a explicar algo. En los Estados Unidos se gasta mucha plata en la persecución de los delincuentes que le roban al Estado y a los particulares. Ellos tienen la CIA, la DEA, el FBI, y supuestamente son invencibles. Pero además, ellos inventan mitos peligrosos: Butch Cassidy, el Che Guevara, Bin Laden. Lo raro es cómo esos mitos les terminan jugando en contra. Butch Cassidy no era un asesino, y a mí me duele mucho su muerte, la siento muy cercana, como la de un buen amigo.”

El tour a San Butch
Los historiadores dicen que la suerte de Butch Cassidy y Sundance Kid se jugó no muy lejos de Tupiza, en un pueblito minero de mala muerte llamado San Vicente. Cuentan que mientras compartían su última cena de latas de sardinas y cervezas en un ranchito, una partida de seis soldados intentó detenerlos. Dicen que un certero disparo de la Colt de Butch hirió de muerte al soldado Víctor Torres. Dicen también que ésta fue la primera vez que Butch mataba a alguien. La balacera fue digna del Far West. La tapera quedó más agujereada que un colador y después vino un silencio de ultratumba. Cerca de las seis de la mañana del 7 de noviembre de 1908, los guardianes del orden entraron en la casilla y encontraron a Sundance sentado en un banco detrás de la puerta, abrazado a un jarrón de adobe, y con un disparo en la sien. Butch estaba recostado en el piso de tierra; tenía una herida en el brazo y otra en la cabeza. Su Colt no fallaba nunca.
En la entrada de la empresa de turismo que ofrece tours a San Vicente y al salar de Uyuni hay pintada una caricatura algo deforme de Butch y Kid que promete 30 mil dólares de reward por sus cabezas. El dibujante los esbozó feroces, con ciertos aires del villano Pierre Nodoyuna en versión western. Juan, un empleado de la empresa, dice que no están haciendo tours a San Vicente porque la camioneta está en el mecánico. Es un alivio escuchar esas noticias cuando informa el precio del tour: poco menos de 300 dólares, un verdadero lujo, reservado para turistas de billeteras gordas. “En San Vicente queda poco y nada. Se puede visitar el pueblo y conocer el cementerio. Aunque –susurra bajito– la tumba que dicen que es de Cassidy es una farsa. Hace años hicieron un ADN y los huesos eran de otro hombre”, confiesa Juan. “Hay historias que cuentan que al Butch Cassidy se lo vio años después en Ecuador, otros dicen en Uruguay, otros en el país de los gringos. El hombre tenía más vidas que un gato.”

La fiesta de los polizontes
En la plaza de la ciudad la policía está de fiesta; es su día. Los petardos, tres tiros y matasuegras explotan en el aire y quiebran el tranquilo mediodía tupiceño. Luego del discurso de honor y el desfile de los uniformados, la comitiva se traslada al patio del cuartel general. Chicha, tamales, trompetas y bombos de morenada se mezclan en un baile de danzarines lookeados de gala en tono verde oliva. El suboficial mayor Oscar Moscoso informa que anda a las corridas y que solo puede brindar algunos minutitos. “Sí, señor. La policía boliviana, juntamente con el ejército, pudo eliminar a estos delincuentes norteamericanos que violaron la ley en aquel tiempo. Y es todo un honor que ponderó a nuestra policía desde hace un siglo”, comenta Moscoso mientras muestra un cuartito donde cuelgan fotos de los delincuentes más buscados del país. “Tupiza es una ciudad muy tranquila, con muy poco índice de delincuencia. Pero siempre tenemos el problema del cruce de cocaína a la Argentina y algún ratero peruano, que son los más peligrosos. Pero se sabe, el que las hace, en Tupiza las paga. Bueno, y que le vaya bien”, y Moscoso cierra el diálogo abruptamente –sin dar chance de repreguntas– y se une al trencito de policías y cholas que bailan en el patio.
En la puerta de la comisaría, un cadete pide un cigarrillo y dice que la fiesta va a durar hasta bien entrada la tarde. Esa sí que hubiera sido una buena noticia para Butch Cassidy y Sundance Kid. Tupiza: zona liberada hasta el atardecer. El convoy que va para La Quiaca debe traer algunas remesas. Ya casi son las tres de la tarde y es mejor apurar el paso hasta la estación. Si hasta el horario de salida tiene nombre de western: es el tren de las 3.10.
Francia se prepara para rendir homenaje a Lévi-Strauss en su centenario


Un sinnúmero de homenajes están previstos en Francia con ocasión del centenario del nacimiento del padre del estructuralismo. El 28 de noviembre, fecha de su cumpleaños, habrá una jornada especial en el Museo del Quai Branly y una exposición en la Biblioteca Nacional. También se anunciaron numerosas reediciones de los mejores libros del antropólogo y lingüista.





CLAUDE LEVI-STRAUSS en pleno trabajo en el Amazonas, en Brasil. "Los etnólogos me acusan de haber hecho un trabajo de aficionado, y el público un libro de erudición", se quejaba el etnólogo luego de publicar Tristes Trópicos, en 1954.











INVENTOR DE UN PARADIGMA. El casi centenario pensador francés es doctor honoris causa de las universidades de Oxford, Chicago, Stirling, la UNAM,Yale, Harvard,y Columbia, entre muchas otras.



Con el título Claude Lévi-Strauss tiene 100 años, el museo parisino dedicado a las artes y civilizaciones de América, África, Asia y Oceanía, consagra un día excepcional al padre del estructuralismo. Una programación especial a la que el público tendrá acceso gratuito.

Unos cien intelectuales –entre los que se destacan escritores, filósofos, antropólogos o lingüistas-- leerán textos de Lévi-Strauss en las salas donde se exponen las colecciones permanentes. Erik Orsenna, Bernard-Henri Lévy, Claude Lanzmann y Julia Kristeva son algunos de los nombres que ya confirmaron su presencia.

La exposición de fotografías del fondo Claude Lévi-Strauss del museo y proyecciones de documentales figuran asimismo en el programa. Por último, se instalará una placa conmemorativa delante del teatro que lleva su nombre en el museo.

La Biblioteca Nacional de Francia (BNF) también rendirá homenaje a Lévi-Strauss. Será entre 27 y el 29 noviembre, con una presentación de sus manuscritos que permitirá descubrir "documentos excepcionales" del fondo Claude Lévi-Strauss de la BNF: el manuscrito de "Tristes trópicos", cuadernos de trabajo de campo y croquis, entre otros documentos.

Paralelamente, el "mes del filme documental de la BNF" (hasta el 6 de diciembre) tiene por tema este año el trabajo etnológico.

Reediciones a la vista

Numerosos libros sobre la obra de Claude Lévi-Strauss son editados o reeditados para la ocasión. Diversas editoriales reeditan también los libros del antropólogo. Los dos primeros tomos de sus obras completas en la célebre colección La Pléiade de Gallimard, en tanto, ya fueron publicados en abril pasado. Además varios canales de televisión organizaron también programaciones de homenaje a Lévi-Strauss.


Fuente: Agencias




Lévi-Strauss Básico

Bruselas, 1908


Junto con Roman Jakobson, es considerado el padre del estructuralismo antropológico, que entiende las civilizaciones estructuradas como un lenguaje. Lévi-Strauss plantea asimismo que ciertas estructuras constituyen el bagaje común de la mente humana. Realizó su primer gran trabajo de campo en Brasil y perfeccionó su perspectiva teórica en los años de la Segunda Guerra Mundial. Escribió, entre otros libros, con estilo de gran literato, Razas e historia , Tristes trópicos , El pensamiento salvaje , Lo crudo y lo cocido , De la miel a las cenizas , El origen de las maneras en la mesa , La ruta de las máscaras , La mirada alejada y Mirar, escuchar, leer .
Pensamiento Un mundo que muta
La civilización de los bárbaros
A propósito del libro Los bárbaros, de Alessandro Baricco, éste y el autor de Microcosmos dialogan sobre la actual crisis de valores. Hay un cambio en acto, según este debate, que no sólo es cultural, sino antropológico y genético y que puede producir una humanidad radicalmente nueva, distinta de la nuestra




Por Claudio Magris y Alessandro Baricco
Corriere della Sera



Durante la campaña electoral de 2001 me di cuenta de que no entendía el mundo. Un manifiesto de Forza Italia mostraba a Berlusconi en mameluco, con la inscripción "Presidente obrero", una idea que podría habérsenos ocurrido a mí y a mis amigos como una bufonada estudiantil que lo pusiese en ridículo. Habría sido cómico proclamar a Veltroni o a Prodi "Presidentes obreros". Pero si algo que para mí era una caricatura satírica funcionaba en cambio como una propaganda eficaz, quería decir que las reglas del juego, los criterios de juicio, los mecanismos de la risa habían cambiado; me encontraba en una mesa de póquer creyendo que el as era la carta más alta y descubría que, al contrario, valía menos que el dos de picas.



Alessandro Baricco se adentra en el paisaje de esta mutación de época con extraordinaria agudeza; con esa profundidad disimulada bajo la ligereza que caracteriza su modo de narrar. Quizá Baricco sea un escritor del siglo XIX y del XXI más que del XX, a pesar de que Novecento es el título de un célebre libro suyo. Se mueve en el mundo saqueado por los bárbaros, como él los llama, con la agilidad de un antílope en un territorio que no es precisamente el suyo, pero en el cual no se encuentra de ningún modo incómodo. Los bárbaros lo son respecto a aquello que se considera la civilización (es decir, respecto a nosotros, que nos consideramos como tal), una civilización que se siente devastada en sus valores esenciales: la duración, la autenticidad, la profundidad, la continuidad, la búsqueda del sentido de la vida y del arte, la exigencia de absolutos, la verdad, la gran forma épica, la lógica habitual, toda jerarquía de importancia entre los fenómenos. En lugar de todo esto, triunfan la superficie, lo efímero, el artificio, la espectacularidad, el éxito como única medida del valor, el hombre horizontal que busca la experiencia en una girándula continuamente mutable. Vivir se convierte en un surfing , una navegación veloz que salta de una cosa a otra como de una tecla a otra en Internet; la experiencia es una trayectoria de sensaciones en la que la pulp fiction y Disneylandia valen tanto como Moby Dick y no dejan tiempo para leer Moby Dick . Nietzsche ha descrito con genialidad única el advenimiento de este hombre nuevo y de su sociedad nihilista, en la que todo es intercambiable con cualquier otra cosa, como el papel moneda. Todo esto nace ya con el romanticismo, que ha infringido todo canon clásico, más aún, todo canon; como recuerda Baricco, la primera ejecución de la Novena de Beethoven fue despedazada por los críticos musicales más serios con términos análogos a los que hoy se emplean para despedazar, acusándolas de complicidad con los gustos más bajos y vulgares, muchas performances artísticas o seudoartísticas. Baricco busca describir -o, en sus novelas, contar- y sobre todo entender el mundo, en vez de quejarse de él, y sostiene justamente, en el bellísimo final de Los bárbaros (Anagrama), que toda identidad y todo valor se salvan no erigiendo una muralla contra la mutación, sino operando en el interior de la mutación que es, de cualquier modo, el precio, a veces pesado, que se paga por un gran progreso, por la posibilidad de acceder a la cultura dada a masas antes inicuamente excluidas y que no pueden haber adquirido todavía un señorío coherente.



Si bien todo puede ser comprendido -le planteo cuando lo encuentro en su, y un poco también mía, Revigliasco- no todo puede ser aceptado...



Claudio Magris: -Tú mismo escribes que es preciso saber qué debe salvarse de lo viejo -que por lo tanto no lo es- en esta transformación total. Esto implica un juicio que no identifica por lo tanto, como hoy se pretende, el valor con el éxito. También Il piccolo alpino [N. E.: novela de Salvator Gotta que se utilizó en la época fascista como lectura de formación para los jóvenes] vendía hace un siglo muchos más ejemplares que las poesías de Saba, pero no por esto quien lo leía entendía mejor la vida. Si los diarios -como dices- no hablan de una tragedia en África hasta que no se convierte en un chimento para papel ilustración o de subsecretarios, ésta no es no una buena razón para no corregir esta información paupérrima más que falsa. Es, por otra parte, lo que hacen muchos blogs , en los que se encuentra a menudo más "verdad" que en los medios tradicionales.



Alessandro Baricco: -Cierto, no todo puede ser aceptado, tienes razón. Pero entender la mutación, aceptarla, es el único modo de conservar una posibilidad de juicio, de elección. Si se reconoce a la nueva civilización bárbara un estatuto, precisamente, de civilización, entonces se hace posible discutir sus rasgos más débiles, que son muchos. Por otra parte creo que la misma barbarie tiene cierta conciencia de sus límites, de sus pasajes riesgosos y potencialmente autodestructivos: en cierto sentido siente la necesidad de los viejos maestros, tiene un hambre espasmódica de ellos. El hecho es que los viejos maestros a menudo no aceptan sentarse a una mesa común, y esto complica las cosas.



C. M.: -Creo que no existe una contraposición entre los bárbaros y los otros (¿nosotros?). Aun quien combate muchos aspectos "bárbaros" no está patéticamente out , y puede contribuir a la transformación de la realidad. La civilización de los Habsburgo, tan experta en invasiones bárbaras, no las demonizaba ni las enfatizaba; se limitaba a decir: "Sucedió que..."



A. B.: -"Sucedió que...", bellísimo. Cuando pensé en escribir Los bárbaros tenía precisamente un estado de ánimo de ese tipo... Está sucediendo que... No tenía en mente contar un apocalipsis ni tampoco anunciar alguna salvación... Sólo quería decir que estaba sucediendo algo genial, y me parecía absurdo no tomar nota de ello.



C. M.: -Indagas espléndidamente la estrecha relación que había entre profundidad, rehuida por los bárbaros, y esfuerzo, sublimada y honda moralidad del trabajo y del deber, que a menudo conduce al sacrificio y a la violencia. Pero la profundidad no está necesariamente ligada a la falsa ética del sacrificio. Sumergirse y volverse a sumergir en un texto -en un amor, en una amistad, en vez de tocarlos de pasada como lo hacen hoy los bárbaros- no quiere decir deslomarse cavando como un forzado en una mina, pero es como zambullirse repetidamente en el mar y descubrir cada vez nuevas luces y colores, que enriquecen las precedentes, o como hacer el amor muchas veces con una persona amada, cada vez más intensamente gracias a la libertad de la confianza incrementada.



A. B.: -La profundidad, ése es un hermoso tema. Sabes, mientras escribía Los bárbaros consagré mucho tiempo a entender y a describir la formidable reinvención de la superficialidad que esta mutación está realizando. Y me parece fantástico lo que hemos logrado hacer al rescatar una categoría que oficialmente era la identificación misma del mal, y devolverla a la gente como uno de los lugares reservados al Sentido. Pero me doy cuenta de que esto no significa de ningún mundo demonizar, automáticamente, la profundidad. Tú precisamente hablas de amistad, de amor, y si observas a los jóvenes de hoy, casi todos típicos bárbaros, encontrarás el mismo deseo de profundidad que podíamos tener nosotros. O si piensas en su necesidad religiosa, encuentras un ansia de verticalidad que no logras conjugar del todo con la cultura del surfing . En definitiva, ¿sabes qué pienso? Que la mutación ha desmontado la dicotomía de lo superficial y lo profundo: ya no son dos categorías antitéticas. Son las dos movidas de un único movimiento. Son los dos nombres de una única cosa. Te diré más: la superficialidad, en las obras de arte bárbaras, ya no es distinguible como tal, no más de cuanto tú puedas distinguir entre la cosa y el adorno en un cuadro de Klimt, o la pura aritmética en una suite de Bach.



C. M.: -Aunque soy más alérgico que tú a los bárbaros, querría defenderlos de una imagen totalitaria. En Google veo también una -aunque inmensa- redecilla semejante a aquella con la que los niños pescan en el mar cangrejos y conchillas. No tengo necesidad de Google para saber algo sobre Goethe, "linkeadísimo", porque lo encuentro también fácilmente en otra parte, como en el pasado. En cambio Google me ha dado información sobre un personaje mínimo en el que me estoy interesando, una negra africana del siglo XVI, convertida en dama de corte en España, raptada por caribeños, que llegó a ser más tarde su reina. Los blogs corrigen la unilateralidad bárbara de los medios, que hablan sólo de aquello de lo que se habla y se sabe. No creo que Faulkner pueda desaparecer, sería mejor que desapareciese Google; pero creo que Google puede en todo caso ayudar a hacer redescubrir la grandeza de Faulkner a muchos ignorantes. Los bárbaros que invadieron el Imperio Romano fueron sus herederos, leyeron y difundieron los Evangelios...



A. B.: -Los bárbaros que invadieron el Imperio Romano eran a menudo poblaciones ya parcialmente romanizadas, guiadas por caudillos que procedían de las filas de los oficiales del ejército imperial...



C. M.: -La profundidad, escribes, es a menudo fundamentalista. Ha conducido, en nombre de valores fuertes, a la guerra y a la destrucción. No creo sin embargo que la muchedumbre bárbara, inocente, pacifista de los consumidores de videogames sea idónea para exorcizar la violencia; la veo en todo caso desarmada e ingenua y, por lo tanto, fácil presa de las persuasiones colectivas que llevan a la guerra. En tu extraordinaria Apostilla a Homero, Ilíada dices -y concuerdo plenamente- que la guerra no se derrota con el abstracto pacifismo, sino con la creación de otra belleza, desligada de aquélla, por más alta que sea, siempre atroz del pasado, como en la Ilíada . No veo, sin embargo, en los consumidores de Matrix a estos constructores de paz...



A. B.: -Aparentemente es así. Pero cada tanto me pregunto, por ejemplo, si una de las razones por las cuales, después de las Torres Gemelas, no nos hemos precipitado en una verdadera guerra de religión en amplia escala, no es justamente la barbarie difusa de las masas occidentales y cristianas: la nueva sospecha que les inspira todo lo que se da en forma mítica les impide adherir en modo visceral a los posibles eslóganes guerreros que en el pasado, y por siglos, han abierto una brecha muy grande entre la gente.



C. M.: -Los bárbaros de los que hablamos son occidentales, aunque comprenden elementos de otras culturas. Hoy, la así llamada globalización mezcla en escala planetarias otras culturas, tradiciones, niveles sociales, casi épocas diversas, e introduce también valores de profundidad y de esfuerzo, absolutos, fundamentalismos. Una nueva muchedumbre de excluidos se asoma al mercado de la civilización: respecto de ellos, nuestros bárbaros pronto parecerán aristocráticos de otro ancien régime . Por cierto, pasará tiempo antes de que los clandestinos de cualquier lengua y cultura levanten verdaderamente la voz, pero...



A. B.: -Es cierto. Cuando hablamos de humanismo o de romanticismo, hablamos de mutaciones relacionadas con un mundo pequeñísimo (Europa, y ni siquiera toda), mientras que hoy, cualquier mutación se debe confrontar con todo el mundo, porque está obligada a dialogar con todo el mundo. Será una aventura fascinante.



C. M.:-Hay otra mutación en acto, no sólo cultural, sino antropológica, genética, biológica, que podrá generar una humanidad radicalmente distinta de la nuestra, dueña de su corporeidad, capaz de orientar a su gusto el propio patrimonio genético y de conectar las neuronas propias a circuitos electrónicos artificiales, portadora de una sensualidad que no tiene nada que ver con la que, más o menos, es todavía la nuestra. Por cierto, pasará mucho tiempo de todos modos antes de que algo así pueda ocurrir. Pero no tendrá sentido preguntarse si este hombre o su clon será verdaderamente "otro" respecto de nosotros, si será horizontal o profundo, así como no tendría sentido preguntárselo respecto de nuestros antepasados simiescos o quizá roedores...



A. B.: -¿Lo crees? No sé. A mí me parece una frontera bastante más cercana, un destino que pertenece al hombre como lo conocemos hoy, a ese animal. Porque creo que una de las adquisiciones fundamentales del hombre moderno ha sido la de imaginar y generar una continuidad en su camino, una continuidad casi indestructible. No importa cuánto tiempo será necesario, pero cuando conectemos nuestras neuronas con circuitos electrónicos artificiales habrá todavía, junto a nosotros, una mesa de luz y sobre ella un libro: quizá sea de titanio, pero será un libro. Y lo que hacemos cada día, hoy, quizá sin siquiera saberlo, es elegir qué libro será: ¿puedes imaginarte una tarea más alta y divertida?



[Traducción Hugo Beccacece]





Magris Foto: EFE

Aniversarios fantasía colectiva
Unidos por la tinta y la sangre


El escritor William Dean Howells tuvo hace cien años la idea de que doce colegas escribieran sendos capítulos de una novela, The Whole Family, donde se contaría la vida de los Talbert. Cada novelista adoptaría la voz de un miembro o amigo de esa familia. Entre los autores, se encontraba Henry James y la obra se publicó por primera vez en Harper´s Bazaar



Por Eduardo Berti
Para LA NACION



Hace cien años, a fines de 1908, la editorial estadounidense Harper & Brothers publicó una de las novelas más singulares que se hayan escrito en la historia de la literatura; se llamó The Whole Family ("La familia entera") y en primera instancia podría definirse como un acabado ejercicio de perspectiva, ya que doce autores se ocuparon de contar, a lo largo de doce capítulos, la historia de un núcleo familiar desde sus diferentes puntos de vista.



La idea había sido concebida por el escritor y crítico William Dean Howells (1837-1920), que por entonces gozaba de una sólida reputación y que, en décadas pasadas, como editor de Atlantic Monthly y otras publicaciones, había presentado al gran público estadounidense a autores todavía en ciernes como Emily Dickinson, Frank Norris o Abraham Cahan.



Los doce textos de The Whole Family , que conforman un mosaico, fueron publicados primero en la revista Harper´s , aunque sin firma, de modo que los lectores de la revista enviaban cartas tratando de adivinar el nombre de cada autor. El encargado de abrir el fuego, en diciembre de 1907, fue el propio Howells, mediante un capítulo que exponía los hechos básicos, no a través de la primera persona del padre (curiosamente Howells, promotor de la idea, empleó una primera persona ajena a la familia), sino de un vecino cercano, un periodista llamado Ned Temple: "En cuanto supimos la grata noticia -supongo que la noticia de un compromiso nupcial siempre debe ser vista como grata-, se decidió que yo sería el primero en hablar acerca de ello, y que debía hablar con el padre", reza la frase inicial.



Si bien existen varios libros de ficción escritos a dos manos (lo que los franceses llaman double pupitre , o "doble escritorio"), por ejemplo las colaboraciones entre Borges y Bioy, entre Charles Dickens y Wilkie Collins, entre Joseph Conrad y Ford Madox Ford, entre Colette y Willy, o entre Fruttero y Lucentini, mucho más extraño es el caso de novelas con más de dos autores. Hace algunos meses se editó en España Primeras noticias de Noela Duarte , concebida "a seis manos" por José Ovejero, Antonio Sarabia y José Manuel Fajardo. Pero las novelas de autoría colectiva tuvieron su verdadero auge hace un siglo, como explica June Howard en el ensayo Publishing the Family , un estudio sobre la literatura y la cultura popular estadounidenses que toma como excusa o, mejor dicho, como punto de partida la novela The Whole Family . "La ficción de producción colectiva fue muy usual a fines del siglo XIX e inicios del XX, aunque muy pocos de esos libros tuvieron éxito o incluyeron escritores que hoy sean recordados", sostiene allí Howard.



El primer caso relevante quizás haya sido Six of One by Half a Dozen of the Other (1872), una novela sobre tres parejas que hacen un viaje conjunto a tres ciudades de los Estados Unidos; el libro contó con seis autores, pero sólo dos de ellos son recordados en la actualidad: Edward Everett Hale y, ante todo, Harriet Beecher Stowe, autora de La cabaña del tío Tom . Poco después, a principios del siglo XX, un cuarteto de escritores (Mary y Jane Findlater, Allan McAulay y Kate Douglas Wiggin) plasmó dos novelas en colaboración: The Affair at the Inn (1904) y Robinetta (1910). Y también existen casos como el de A House Party (1901), donde Paul Leicester Ford sentó el marco narrativo (inclemencias del tiempo que obligan a doce personas a permanecer encerradas y a contarse historias para no aburrirse) de algo semejante a un Decamerón a doce voces, hecho de relatos independientes.



Para el proyecto de The Whole Family (de todas las novelas colectivas de ese período, la más leída y la que congregó a más autores de relevancia), Howells tuvo como principal aliada a Elizabeth Jordan, editora de Harper´s Bazaar de 1900 a 1913. En verdad, Jordan fue la gran organizadora de la novela y la encargada de que cada autor estuviera al tanto de lo que iban escribiendo los demás. En su listado original, Howells y Jordan incluyeron a varios escritores que rechazaron la invitación, entre ellos Mark Twain, Frances Hodgson Burnett o la recién mencionada Kate Douglas Wiggin, a la sazón amiga íntima de Jordan.



"Realmente no puedo escribir el capítulo de la madre; y me pregunto si usted se ofenderá mucho si le digo que, incluso si pudiera hacerlo, el proyecto no me atrae", reza una carta que la escritora Margaret Deland le envió a Jordan y en la que tilda a la iniciativa de "sándwich". Heidi Michelle Hanrahan cita esa carta en un completísimo ensayo consagrado a The Whole Family , el cual forma parte de un trabajo más extenso: Competing for the Reader . Allí señala asimismo que la misión de Jordan lejos estuvo de ser sencilla.



ontar lo que podría denominarse la primera superproducción editorial fue "un verdadero lío", según evocó años más tarde, en su autobiografía, la propia Elizabeth Jordan. A los problemas de ego o de incompatibilidad estética, se sumaron disputas económicas, por ejemplo, cuando Elizabeth Stuart Phelps exigió 750 dólares (unos 15 mil dólares actuales) por su texto.



La gran compensación fue que Henry James aceptó el reto de escribir el séptimo capítulo, el del hijo casado. Convocar al reverenciado James no fue una idea original de Howells sino de Jordan, según sostiene June Howard. Es muy posible que James aceptara, entre otras razones, porque conocía bien a Jordan o porque en 1882, en el marco de una polémica entre defensores de la ficción romántica y la ficción realista, Dean Howells había salido en su defensa, y en defensa del realismo en general, con un artículo publicado en The Century .



Que James escribiese un texto para una revista de moda, principalmente dirigida al público femenino, hoy puede llamar la atención. Sin embargo, como apunta Howard con gran perspicacia, de todas las revistas femeninas ninguna era más "jamesiana" que la cosmopolita y refinada Harper´s .



Como sea, lo cierto es que la "otra familia", la de los autores, quedó finalmente conformada, además de Howells y James, por Mary E. Wilkins Freeman (la tía), Mary Heaton Vorse (la abuela), Mary Stewart Cutting (la cuñada), la propia Elizabeth Jordan (la escolar), John Kendrick Bangs (el ahijado), Elizabeth Stuart Phelps (la hija casada), Edith Wyatt (la madre), Mary Raymond Shipman Andrews (el escolar), Alice Brown (Peggy) y Henry van Dyke (el amigo de la familia).



En el capítulo inaugural de The Whole Family , Howells intentó sentar las bases para el libro: la familia Talbert, de clase media, se entera de que su hija Peggy, recién egresada del college , planea casarse con un muchacho llamado Harry Goward. En los capítulos siguientes, otros once autores/personajes examinarán el impacto de esta noticia sobre los diversos integrantes de la familia Talbert. En sus obras precedentes, Howells ya había procedido de manera similar: la novela A Modern Instance (1881) narraba las consecuencias sociales de un divorcio, algo totalmente novedoso para la época.



Edward Wagernknetch dice en el ensayo biográfico The Friendly Eye que Dean Howells "soñaba con varias colaboraciones con Mark Twain", pero que todas ellas eran en el fondo "emprendimientos imposibles". En lo que atañe a The Whole Family , estos sueños de colaboraciones literarias se convirtieron más bien en pesadillas cuando la escritora Mary Eleanor Wilkins Freeman (1852-1930) entregó un segundo capítulo completamente apartado de los deseos y los cálculos de Howells, ya que hizo de su narradora, la tía solterona, una mujer llena de energía, aún atractiva pese a su edad y capaz, incluso, de coquetear con el prometido de Peggy.



Elizabeth Jordan confesó en su autobiografía Three Rousing Cheers que el texto de Freeman había caído como "una bomba" en la redacción de Harper´s . La prueba está en una carta que le escribió a Jordan el autor Henry van Dyke, quien aguardaba no sin temores el desarrollo de los acontecimientos antes de sentarse a escribir el capítulo final. "¡Qué catástrofe!", sostiene allí Van Dyke. "¿Quién iba a imaginarse que la tía solterona iba a volverse loca en el segundo capítulo?".



Más categórica fue la reacción del propio Dean Howells. Con el propósito de que Jordan no publicara el segundo capítulo, le envió una carta que concluía: "¡No permitas que ella estropee nuestra hermosa historia!". Puesta en una complicada disyuntiva, Jordan mandó a imprimir el capítulo de Freeman. Los lectores esperaban la segunda entrega y no había tiempo para otro texto; o, como indica Alfred Bendixen en su prólogo a la reedición de 1986 de la novela, no había otro escritor disponible para entregar ese segundo capítulo con celeridad. Por otra parte, Freeman era una de las principales y más exitosas colaboradoras de la revista: imposible rechazar su texto.



En su estudio sobre The Whole Family , Heidi Hanrahan muestra muy a las claras el impacto que tuvo la tía Elizabeth (o Lilly) inventada por Freeman: su presencia se convirtió en el foco de la novela; su personalidad la desplazó del margen al centro de la historia. De la mano de su tía, Freeman "editó" el plan original y dio pie a una historia totalmente distinta.



Intriga saber hasta qué punto Freeman fue consciente de que el personaje de la tía se llamaba igual que la editora profesional del libro. Lo concreto es que, en una carta dirigida a Elizabeth Jordan, Freeman explicó con franqueza las razones que la habían llevado a sacar a la tía solterona de la pasividad y a inventarle, para disgusto de Howells, un antiguo romance nada menos que con Ned Temple : "A decir verdad, semejante innovación me asustaba bastante, pero la antigua concepción de la tía solterona era tan trillada... Pienso que la trama tenía que ponerse en marcha, y no se me ocurría otra manera".



Tras la "bomba" de la tía, el siguiente capítulo publicado por Harper´s fue el de la abuela, a cargo de Mary Heaton Vorse. En él abundan las reflexiones acerca de las crisis familiares. Claro que a esta altura es casi imposible no leer entrelíneas, en los soliloquios de los personajes, las reafirmaciones estéticas de cada uno de los autores o sus alusiones no tanto a la "familia ficticia" como a la ardua convivencia de la "familia real", la de los escritores.



La novela oscila, en los capítulos centrales, entre narradores que condenan la conducta de la tía Elizabeth y otros, los menos, que la retratan con cierta simpatía, como es el caso de la mismísima Elizabeth Jordan. Pero "no sólo está la tía" (como indica June Howard en Publishing the Family ), sino la forma en que cada autor toma o descarta los datos previos según su conveniencia y sus convicciones.



El primer gran intento de encauzar las cosas se produce, tal vez, en el capítulo a cargo de Henry James, quien introduce un personaje (un hombre de negocios llamado Chataway) para que los siguientes narradores lo aten a Elizabeth. "James estaba convencido de haber tramado el plan perfecto para salvar a The Whole Family ", dice Hanrahan. Sin embargo, su plan no fue ejecutado del todo por quienes vinieron después, con la notable excepción de Alice Brown (y su narradora Peggy), quien hace aparecer en la novela a un tal Stillman Dane, un mejor candidato para la hija, y muy "jamesianamente" manda de viaje a Europa a la tía Elizabeth y al señor Chataway. Insatisfecho con la novela (y, sobre todo, con quienes habían escrito tras su intervención), James le envió una carta a Elizabeth Jordan en la que solamente ponderó las decisiones tomadas por Alice Brown.



A ojos de Bendixen, Brown fue quien realmente "resolvió la trama del libro", aun cuando lo hizo a expensas de Freeman y de la tía Lilly, reformulando al personaje de Elizabeth hasta hacer de ella una mujer débil y vulnerable. "En la escena final Brown presenta una Elizabeth totalmente cambiada, una Elizabeth casta", señala Hanrahan. "En consecuencia, cuando van Dyke escribe el ultimo capítulo puede permitirse liquidar a Elizabeth con una sola frase."



Publicada la novela en forma de libro, la campaña publicitaria que encaró la editorial Harper & Brothers anunció una obra de asombrosa cohesión pese a haber sido el fruto de doce escritores distintos. Algo similar sostienen las reseñas bibliográficas de la época. La coherencia de la novela es vista como el mayor logro; de las tensiones más o menos evidentes entre los muchos narradores (léase, como pocas veces, autores), ningún comentario.



Elizabeth Jordan dio por concluida la aventura prometiéndose no volver a meterse en tamaño lío. La novela se vendió bien, le dio una considerable cuota de prestigio a la revista y cayó pronto en el olvido. Su rescate, en las últimas décadas, ha deparado algunos ensayos agudos. En uno de ellos, Heidi Hanrahan lamenta que lo que empezó como una historia ficticia y con "grandes posibilidades de reinventar los roles familiares" terminara de la forma más tradicional: con una boda, con la eliminación de cualquier personaje problemático y de cualquier idea conflictiva.



Nota del autor: este artículo no se podría haber escrito sin los textos, ya citados, de Heidi Hanrahan, Alfred Bendixen, Edward Wagenknetch y June Howard.



Henry james escribió el séptimo capítulo donde buscó solucionar los malentendidos producidos entre los autores. Aquí se lo ve en un retrato de Sargent

martes, 18 de noviembre de 2008

Perdidos en la música
Mientras Google amenaza con guardar toda la historia sonora de la humanidad en un i-pod, el archivo digital desplazó al álbum como objeto de consumo. ¿Qué se escucha cada vez que un celular anuncia una llamada con su ringtone personalizado?


Por: Fernando García y Andrés Hax



UNA DECADA DE MP3. El archivo comprimido de música permite almacenar miles de temas, mientras el soporte disco parece condenado. La música se transporta ahora en i-pod y celular, y lo invade todo.


Una escena de 2008, entre tantas otras. En el consultorio de un sanatorio esperan turno unas quince, veinte personas. El sistema informático reconoce a cada uno de los pacientes transmitiendo su nombre desde las computadoras a un cartel electrónico. El apellido es, culturalmente, una marca, la convención mínima disponible para que este circuito cierre. Sin embargo, a fuerza de una espera que se prolonga, el observador comienza a reconocer a los demás pacientes (en todo sentido) por un dato adicional. El ochenta por ciento de los que esperan tiene encendido su teléfono celular. Suenan a intervalos, como si una partitura de música aleatoria hubiera sido escrita antes por un anónimo vanguardista. Intervalos latosos, chillones, alarmas estetizadas. El comienzo de un merengue caribeño, la sección de flauta traversa de "Escalera al cielo" de Led Zeppelin, la metralla pélvica de un reggaeton, ritmo "electro", "La cumparsita": en fin, cualquiera diría que el sanatorio era esa tarde una fiesta.

Pero detrás de cada ringtone o truetone (una variante más respetuosa hacia el original) había una dolencia. Y además, la prueba de un proceso tecnológico cultural naturalizado en la última década. El tiempo transcurrido desde que la compresión de audio conocida como mp3 escapó de los laboratorios hasta este ahora de música total en que un fragmento menor a un compás reemplaza al antes uniforme pulso telefónico y designa al usuario a través de una conexión sentimental. El maridaje entre la compresión de audio y la telefonía celular terminó por expresar la época: el Yo tuneado por un accesorio sofisticado.

Mucho más que un nuevo soporte, entonces. Hasta las orillas de una subjetividad extendida por prótesis es que llega la década que vivimos disponiendo de un archivo musical inédito en la historia.

Comprensión de la compresión

En 1999 un artículo en la revista The Atlantic señalaba al mp3 como "un ejemplo maravillosamente claro de cómo una innovación aparentemente minúscula puede efectuar cambios inesperados y explosivos en la sociedad". Era el momento en que Shawn Fanning, un adolescente catalogado como nerd, revolucionaba la distribución de música utilizando el audio comprimido para crear Napster, la nave nodriza del download. A la revista pop Spin, por ejemplo, no le quedó otra que colgarle el cartel de "artista del año" (en 2006 Time elegiría a "Usted" como personaje del año en pleno despegue de You Tube y el bricolage digital).

Si bien el software sigue sin entrar del todo en la idea de creación cultural (por ahora Fanning no pasa de "joven emprendedor"), la popularización del mp3 realizó en este tiempo un cambio capaz de borrar para una generación entera la noción de que la música deba ser comprada. Sólo en Argentina (según datos de CAPIF) se bajaron 612 millones de archivos de música en 2007. Este volumen quedaría contenido en 40 millones de álbumes mientras que en el mismo período se vendieron 17 millones de los ahora llamados "soportes físicos". El mp3 acaso sinceró la condición abstracta de la música (como dice Vila Matas en su Dietario voluble, "es el arte menos unido a un lugar concreto y sospechosamente cosmopolita"); activó el diseño de un objeto determinante como el i-pod (como había pasado en 2004 con Bush y Gore, el perfil de Obama y McCain se completó con la información sobre el contenido de sus jukebox íntimas) y estimula promesas como esta: "En pocos años toda la música grabada de la historia cabrá en un dispositivo del tamaño de la palma de la mano y, poco después, se logrará almacenar la totalidad del contenido audiovisual que existe en un i-pod o dispositivo semejante" (un ejecutivo de Google).

El desarrollo ha sido tan veloz, pues, que casi nadie repara ya en que mp3 es una abreviación de una abreviación. Comprime MPEG, Motion Pictures Expert Group, sigla de un grupo formado por un equipo de ingenieros de la empresa alemana Fraunhofer IIS que todavía retiene la patente sobre el formato.

Historizando, el periodista Clive Thompson señala a la cantautora folk Suzanne Vega como la "madre del mp3". El cuento es que "Kart-Heinz Brandenberg, uno de los ingenieros que trabajó en el método de compresión, usó la canción Tom's Diner para experimentar. Pensaba que si comprimía esa canción a capella sin arruinarla daría el estandar de calidad necesaria". Pero cuando Vega escuchó lo que un mp3 hacía con su música no le gustó. Cuenta Thompson que dijo Vega: "Perdió su calidez de tono".

Para seguir comprimiendo, en este caso la explicación, el proceso de creación de un mp3 descarta información que supone imperceptible para el oído humano. Así se aligera notablemente el peso de un archivo de audio. La consecuencia es traducible al universo MSN. De la canción, de Andrew Lloyd Weber y Tim Rice, "Don't cry for me Argentina" quedaría "dnt cry fr me argnta".

Así, la compresión arrinconó al concepto de hi fi (alta fidelidad) frente a la necesidad de musicalizar absolutamente todo, todo el tiempo. Para una generación naturalizada en el exhibicionismo digital, los auriculares se han vuelto poco menos que un utensilio de pudor victoriano. Lo que se escucha en un celular, lo escuchan todos (quieran o no) en el subte, el bus o la calle. El auricular, que asegura mejor audio, sobra cuando es necesario exteriorizar absolutamente todo y cuando el oído ha desarrollado una sensibilidad especial al sonido chato de una PC cargada de mp3. Si en los 80, el rap impuso la costumbre de cargar enormes radio-grabadores para instalar la voz del gueto en el corazón de Manhattan, esta nueva forma de escucha que vehiculiza el mp3 tiene un fondo tanto menos político que narcisista.

Aura mismo

Kevin Kelly, editor de la biblia tecno Wired (que expresó mejor que ningún medio la transición de la contracultura a la cibercultura), escribe en su libro online The Technium: "No sólo fue el acto de grabación lo que alteró el concepto de la música; también la tecnología de reproducir la copia. Al evolucionar los dispositivos de reproducción de música, el acto de escuchar música se transformó de una experiencia grupal, llevada a cabo en un templo, a una experiencia individual contenida en un auto o un dormitorio o en la soledad creada por audífonos. En este universo digital supersaturado de duplicación infinita, el eje de valor se ha dado vuelta. En la era industrial las copias tenían más valor que la original (¿quién desearía el prototipo de una heladera de la 'copia' que tenías en tu propia cocina?). Ahora las copias pierden valor y solamente las cosas que no pueden ser copiadas tienen valor real. En las décadas que quedan de este siglo habrá una búsqueda frenética por todo lo que es no-copiable".

El mp3 aparece entonces como el ángel exterminador en la pesadilla del pensador Walter Benjamin. Ya no hablemos de obra de arte en "la era de la reproducción mecánica" (1935) sino de transferencia de aura en la era digital de la clonación infinita. Su lamento por la muerte del original (epitafio: "su existencia única en el lugar donde sucede que se está") viajó en la última década desde la obra de arte única a la reproducción en serie. Si una canción en formato mp3 tiene el don de estar en todos lados y en ninguno a la vez, el original pasa a depositarse, cada vez más, en una copia numerada de una edición en "soporte físico".

A Benjamin no le alcanzó la visión para imaginar esta metástasis de data: la clonación de la copia una y otra vez.

A duras penas sobrevive en los "soportes físicos" una leyenda que marcó a las generaciones educadas en el vinilo: "Disco es cultura". Si en los 70 podía marcar una aspiración estratégica de la música en la industria cultural, hoy, en el remolino de la desmaterialización, pareciera decir otra cosa. Sin disco, entonces, ¿qué es? ¿Barbarie? ¿Naturaleza? Habría que preguntarse si objetos como los LP, casetes o aun CD no pasarán pronto a la historia como medidas de tiempo, formas obsoletas de almacenamiento que sintonizaron con la biopolítica de su tiempo.

"Obviamente hay un cambio en la idea del archivo musical. En el concepto de qué es un disco. Esto es obvio. La pregunta es otra. La pregunta central es: ¿Qué significa escuchar?", arriesga Christian Ferrer, a cargo del seminario Informática y Sociedad, de la UBA.

"En el siglo XIX, Wagner generó toda una renovación en la idea de la música–sigue Ferrer–. El creía que si la música sólo servía para que los buenos burgueses tuvieran un momento de distensión el sábado a la noche aposentados en sus butacas no servía para nada. Para Wagner, la música tenía que ser el fundamento mismo de la sociedad más allá del entretenimiento".

Alguien que tiene diez mil temas en su i-pod, y los escucha en modo shuffle (una selección aletoria) a lo largo del día, ¿está más o menos comprometido con la música que aquel sujeto que consagraba un momento para escuchar un disco o un programa de radio especializado?

A años luz de los tiempos de Wagner, la música popular es casi un complemento de la tecnología. El grupo Miranda! –que saltó del under al teatro de revistas– es líder regional en el jugoso negocio de los ringtones. En toda Latinoamérica y España suman once millones de descargas de "El disco de tu corazón" (cortina de La Lola). El carismático cantante Ale Sergi se encarga personalmente de producir las versiones para ringtone de sus canciones. Como autor, está definitivamente inmerso en la era del mp3. "La estructura de la canción pop no cambia por el mp3 pero sí la forma en que escuchamos. Muchas veces uso mi i-pod en random". Si sus fans casi desconocen el parámetro álbum, ¿Por qué todavía insisten con esa estructura? "En lo personal estoy harto de los discos. Preferiría sacar canciones todos los meses y no esperar un año y medio para sacar toooodo un álbum. Cada vez menos gente escucha un álbum de música popular pero sucede que la industria está momificada y no entiende el cambio que está ocurriendo", sentencia.

Cuarenta años atrás, el texto debiera haberse invertido. La cultura rock expandió las posibilidades del álbum como manifiesto estético (el jazz, el tango y el folclore también absorbieron el paradigma) de los artistas. Acaso ahora esté faltando alguien que haga con los formatos disponibles (i-pod, i-tunes o la red social My Space) un quiebre inesperado.

Christopher Kelty, autor de Two Bits: The cultural significance of free software (El significado cultural del software libre), relativiza el lugar del soporte grabado en la historia. "El artefacto nunca fue el LP", sugiere desde Houston. "No tan atrás como en el siglo XIX la gente compraba partituras y las tocaba en el piano de su casa. Eso ha desaparecido de la misma forma que desapareció el LP y también es una lástima porque la música grabada destruyó esa costumbre de tocar en la casa. Al mismo tiempo trajo una nueva cultura de escuchar la música de otra forma, de compartirla, de trasladarla. El mp3 ha avanzado en ese cambio pero aún no se pueden decir cuáles terminarán siendo los efectos de eso. Lo que sí es posible afirmar es que la noción de LP fue reemplazada por la de archivo. El archivo es el nuevo objeto de consumo en esta era".

La sociedad del montaje

Por ahora, lo que va dejando la era mp3 como estética propia es el mash-up (puré), un subgénero que se define por la habilidad de pegar dos mp3 de artistas disímiles, cuanto más disparatado el montaje mejor (un clásico de Queen montado en el neo-soul de Outkast, allá; cumbia y electrónica acá). YouTube guarda, por ahora, una reserva importante de mash-up. Es la prueba de una época en que la pos producción está por sobre la composición. Género, bricolage o disciplina digital, el mash-up se hizo cargo de la disponibilidad ociosa de archivos de audio, de las tecnologías de descarga y collage y más: de la transformación de los usuarios pasivos en paradójicos expertos amateurs.

Este rasgo, que el artista y teórico alemán Peter Weibel señaló ya como paradigma del siglo XXI, no es patrimonio de la compresión de audio desarrollada por los bochos del Fraunhofer sino de, justamente, el montaje entre distintos desarrollos digitales. Weibel decía que un sujeto históricamente castigado como el "consumidor" (el depredador de la cultura de masas) podía redimirse ahora creador. Así, por detrás de la confección de carpetas de archivo pueden simularse roles de dj, curador o productor. Es la mirada integrada (recuperando las históricas categorías de Eco), optimista, de un mundo de espectadores y artistas entrecruzados. El aspecto apocalíptico podría encarnarlo un marxista como Richard Senett que reelabora la necesidad de concentrarse en una "disciplina" (el anti amateur) para no sucumbir a las nuevas herramientas de un capitalismo sofisticado.

A partir de Napster y el peer to peer (el intercambio de archivos de ida y vuelta, identidad básica de los programas de descarga e intercambio), Kelty encuentra una huella profunda en la relación de la gente con la música. "No diría que es una necesidad básica pero sí increíblemente importante. En este contexto, sin la música como eje del debate, muchos de los temas relacionados con el software libre no hubieran salido a la luz. Creo que hay algo muy fuerte en el deseo de compartir música. Reaccionamos de muy mala manera cuando alguien nos prohíbe compartir música. No diría que es genético pero sí cultural y lo comparten muchas culturas distintas alrededor del mundo."

¿Y qué hay de las constantes amenazas utópicas de Google y otros gigantes digitales? Si se hiciera, qué terminará significando ese Aleph con toda la música de la historia de la humanidad disponible en un mismo dispositivo. "Esto se viene diciendo desde 1940"–relativiza Kelty– "y aunque técnicamente ya podemos almacenar asombrosas cantidades de historia grabada en un dispositivo portátil faltan grandes cambios en las leyes de derecho de autor para que algo así ocurra".

Christian Ferrer prefiere poner el cambio en perspectiva. "Siempre habrá una tecnología superadora del mp3 o lo que sea. Eso es inevitable, por lo menos hasta que se agote la imaginación social que empujó estas invenciones. Supongamos la hipótesis que pase mucho tiempo, cincuenta años, y se descubre que todo esto no tuvo una real importancia cultural. Y que en realidad las invenciones del futuro son de otro orden. Supongamos esa hipótesis. Entonces tendríamos que pensar ¿qué significa todo este almacenamiento? ¿Para qué sirvió y por qué tuvo su lugar?"

Acaso la tecnología haya estado persiguiendo aquella vieja obsesión astronáutica de la cápsula del tiempo y el mp3 esté apenas en el comienzo de un largo proceso de migración material. Lo cierto es que hemos pasado por cambios impensados en un segmento de historia que es un suspiro. Cada vez que un ringtone sacude la barrera de silencio entre una persona y otra, se desata una carrera en las tranformaciones que, se ha visto, involucra la historia misma de la música desde el registro en una partitura, a los experimentos de Edison para atrapar el presente puro del acto sonoro y la revolución pop del siglo XX. Todo eso.

jueves, 13 de noviembre de 2008

El castellano no encuentra a sus padres, pero sí el lugar donde mejor lo tratan

Tras más de once siglos de historia, la lengua española logró implantarse en las bocas de más de 500 millones de personas en todo el mundo, un momento de éxito para un idioma que todavía no pudo encontrar del todo a sus padres biológicos, pero sí los sitios donde mejor lo tratan fonéticamente en la actualidad.

Las discrepancias de políticos e historiadores no han facilitado la ubicación geográfico temporal del nacimiento del español hablado, antecedente del escrito, del que sí existe custodia compartida, con las Glosas Emilianenses de San Millán de la Cogolla (La Rioja) y los Cartularios de Valpuesta (Burgos), también objeto de discusión.

"No hay que pegarse por cuál fue el primer documento del castellano", aseguró a la agencia EFE el director del Área de Literatura Española de la Universidad de Burgos, Pedro Ojeda, quien piensa que "de poco sirve" relacionar esos documentos con el verdadero origen de la lengua, ya que "cuando una palabra se escribe, es porque alguien la entiende".

La fecha de ambos manuscritos, su veracidad, el romance más o menos castellanizado que contienen e incluso el ansia por contar con los documentos más antiguos, son algunas de las razones que hacen continuar con la discordia también en el ámbito político.Así, en cuanto al cuidado actual de la lengua, hay opiniones de especialistas que se consensúan para afirmar que actualmente la zona comprendida entre la provincia burgalesa y la comunidad riojana puede presumir de ser en la que se habla un castellano más cercano al que dicta la Real Academia de la Lengua Española.

Las provincias de Valladolid, Palencia y Burgos son para uno de los expertos en la evolución histórica de la lengua, el ex periodista de la Agencia Efe Nicolás Dulanto, de las que más se benefició la expansión peninsular del castellano, lo que considera como una razón de que sea en estos territorios en los que se hable mejor, junto con otros lugares como Álava.

El concepto "cuna del castellano", utilizado por muchos para atribuirse la perfección del idioma, es para Dulanto una frase "lapidaria" que proporciona grandes dividendos a los monasterios riojanos, en la defensa personal de este experto de Valpuesta y alrededores como orígenes orales y escritos del idioma.

"Nadie, ni ningún lugar, puede adjudicarse este concepto, y que los políticos digan lo que quieran", ha espetado el profesor de Lengua Española de la Universidad de La Rioja, Fabián González, porque a su juicio, el romance se fue forjando durante una época "más o menos larga" en la Hispania de los siglos IX y X.

González se ha mostrado partidario de que la lengua hablada comenzara a desenvolverse en la zona comprendida entre Burgos y La Rioja, por la que también se inclina por afirmar que, aunque todos los lugares "se salen" de la norma culta, es donde se habla un castellano más estándar que, a su juicio, constituye ya una forma de hablar "minoritaria" en los tiempos que corren.

"Que en Valladolid se pronuncien las cinco vocales nítidas no significa que sea mejor castellano", ha aclarado la profesora de Filología Hispánica de la Universidad de Valladolid Carmen Hernández, quien sí ha reconocido que a un extranjero le resultaría más fácil aprender la lengua en la capital castellana, ya que quizá en esta ciudad las cosas están "más claras" fonéticamente, a pesar de cometer errores como el mal uso de los pronombres personales.

A juicio de Ojeda, unos usos de la lengua abren "más o menos puertas", pero actualmente ya no se dice que algo es incorrecto lingüísticamente, sino que algo es más o menos culto, por lo que afirma que la lingüística moderna "no va por donde se habla mejor, sino que es una herramienta que sirve para manejarse y utilizarla".

"El español es hoy un negocio, un bien cultural que necesita protección en su uso y de las injerencias políticas por sus siglos de historia", ha señalado Fabián González, quien aunque mantiene la misma opinión del resto de lenguas españolas, tilda de "mal camino" el que en un momento una pueda ensalzarse en detrimento de la otra.Ojeda, que suscribe que "todo uso político de una lengua va a llevar a un conflicto", opina que la lengua no ha dejado nunca de ser utilizada para fines electorales, porque a su juicio se enarbola como bandera, frente a su verdadero objetivo, servir "para comunicarse".




El primer vagido de la lengua española

El registro del genial filólogo español sobre el hallazgo de las primeras líneas escritas del idioma castellano.

Por: Dámaso Alonso

Esta lengua que uso, por la que a cada instante vierto mi pensamiento y mi corazón, ¿cuándo sonó por primera vez en España? Hace mucho que la Lingüística contestó (y, en lo esencial, aún vale esta respuesta): «El español actual es el latín que se habla en España en el siglo XX.» O, de otro modo: que el latín llega a ser el español a lo largo de una evolución lentísima y constante, y nunca podemos cortar por un punto y decir: «Aquí está el español recién nacido.» Así contestó la Ciencia. Pero en el espectro hay un instante en el que ya estamos seguros de ver color amarillo, y no verde. Se trata, pues, de saber cuál es el primer testimonio conservado que caiga ya del lado del español, y no del latín.

La dificultad estriba en que hasta los aledaños del siglo XIII se escriben en latín más o menos correcto lo mismo los documentos que las historias. Ese muro artificial nos tapa lo que detrás ocurre. Sabemos que un siglo antes la lengua hablada había ya producido nada menos que el Poema del Cid (pero la copia que nos lo conserva es tardía). Desde época muy anterior, los documentos en latín dejan filtrar a veces la realidad de lo que se hablaba: algunas palabras del romance diario se escapan de la pluma que quiere escribir latín. Ni faltan tampoco quienes anoten sobre los documentos latinos la traducción al vulgar de algunas palabras que ya resultaban difíciles de entender. A tales anotaciones llamamos glosas. Estudiando esas glosas y esas faltas, ha podido Menéndez Pidal rastrear la lengua que vivía en España entre los siglos X y XI: genial reconstrucción que nos honra a los españoles, pues no tiene par en la ciencia moderna.

Pero el rastreo es siempre por palabras sueltas o muy cortas frases. Sólo una vez, entre las glosas del monasterio de San Millán de la Cogolla, atribuidas al siglo X, hay un trozo que se puede decir que casi tiene ya estructura literaria. El monje estaba anotando un sermón de San Agustín. En las palabras finales le ha apretado la devoción dentro del pecho. La última frase latina (dos líneas y media) la ha traducido íntegra. Sin duda le ha parecido seca: la ha amplificado (hasta doce líneas cortas), añadiendo lo que le salía del alma. He aquí este venerable trozo (publicado por Gómez Moreno y por Menéndez Pidal), que es, por hoy, el primer texto, no podemos decir que de la lengua castellana, pues hay algún matiz diaIectal, pero sí el primero de lengua española:

O sea, en castellano de hoy: «Con la ayuda de nuestro Señor Don Cristo, Don Salvador, señor que está en el honor y señor que tiene el mando con el Padre, con el Espíritu Santo, en los siglos de los siglos. Háganos Dios omnipotente hacer tal servicio que delante de su faz gozosos seamos. Amén».

El primer vagido de la lengua española es, pues, una oración.

¿Qué balbucen por primera vez el francés, el italiano? Es el año 842. Junto a Estrasburgo se reúnen dos nietos de CarIomagno, Luis el Germánico y Carlos el Calvo, y forman contra otro hermano un tratado de alianza. Luis jura en lengua francesa, para que le entiendan los súbditos de Carlos; y éste en alemana, para ser comprendido por las huestes de Luis. Estos famosos juramentos nos han sido fielmente transmitidos, y en ellos tenemos el primer balbuceo del período francés, un siglo, pues, anterior, al del monasterio de San Millán. Pero trasladémonos ahora a Italia, a la región de Nápoles. Es el año 960 y en Capua están, delante del juez, el abad de Montecassino y un tal Rodelgrimo. Discuten por unas tierras, y el abad prueba la posesión por treinta años mediante tres testigos que repiten una misma fórmula de juramento. Todo el documento está en latín; pero los testigos juran en vulgar, y su jura­mento es el primer testimonio de redacción italiana (si se prescinde de una adivinanza, más latinizante, de la región Norte).

Tres primeros murmullos de tres grandes lenguas, cuya literatura llenará el mundo. Y miro, y pienso si habrá sido casualidad. ¿O no es, más bien, que tenía que ser así, porque de lo que está lleno el corazón habla la boca? España, Francia, Italia ... i Oh, no!: no ha sido casualidad que las primeras frases francesas que conservamos sean militares y políticas (genio de Richelieu, glorias de Austerlitz). Ni que las primeras italianas miren a los bienes materiales (recuérdense las burlas contra banqueros genoveses, en nuestras letras clásicas, pero no se olvide tampoco cuánto oro de Venecia hay en los cuadros de Tiziano). Y no puede ser azar, no. O, si acaso lo es, dejadme esta emoción que me llena al pensar que las primeras palabras enhebradas en sentido, que puedo leer en mi lengua española, sean una oración temblorosa y humilde. El César bien dijo que el español era lengua para hablar con Dios. El primer vagido del español es extraordinario, entre los de sus hermanas. No se dirige a la tierra: con Dios habla, y no con los hombres.


Eleanor Rigby: sigue el misterio sobre el personaje de la canción de los Beatles


Un documento de 1911 que será subastado en Londres, donde aparece el nombre de E. Rigby –que trabajaba en la cocina de un hospital de Liverpool–, pone en duda la identidad de la mujer de la famosa canción de los Beatles, que según Paul McCartney era imaginario.


¿QUIEN FUE ELEANOR RIGBY? Para McCartney, se trató de alguien inventado. Este documento, y una lápida con su nombre descubierta en un cementerio de LIverpool, parecen decir lo contrario.



UNA CHICA MISTERIOSA. La estatua de Eleanor Rigby en las calles de Liverpool.



Paul McCartney siempre ha sostenido que Eleanor Rigby, el personaje que da nombre a una de las canciones más famosas de los Beatles, es totalmente ficticio.

Sin embargo, un documento de 1911 que va a subastarse este mes en Londres lleva el nombre de E. Rigby, una muchacha que trabajaba en la cocina del hospital de Parkhill, de Liverpool.

El documento, que indica el salario que recibía la muchacha del Ayuntamiento de la ciudad, es propiedad de Annie Mawson, que preside una organización benéfica que se ocupa de los niños que tienen problemas de aprendizaje.

Según informa hoy el diario The Independent, Mawson recibió ese papel directamente de alguien que trabajaba en la oficina de McCartney después de que ella escribiera al músico para contarle cómo había ayudado a un niño autista a tocar al piano su famoso Yellow Submarine.

"Escribí a Paul McCartney en 1990 –explica Mawson– para decirle que trabajaba en una escuela especial en Cumbria. Uno de los alumnos era autista, pero una de sus obsesiones eran los Beatles. Conseguí ganarme su confianza y logré que (el niño) interpretara al piano Yellow Submarine, lo que hizo que lograra la medalla de plata del Príncipe de Edimburgo".

"Fue conmovedor ver cómo aquel niño salía de su aislamiento, y quería que Paul McCartney lo supiera. Al mismo tiempo yo quería fundar mi propio centro, y le pedí medio millón de libras, pero mi carta llevaba ya once páginas, así que escribí: 'En realidad, Paul, no quiero dinero. Sólo quiero que sepas la alegría que causaste'".

Según Mawson, meses más tarde recibió una carta de respuesta con un logotipo que indicaba que venía de la oficina de McCartney y que contenía ese documento de 1911.

Cuando McCartney fue entrevistado tras la publicación de Eleanor Rigby en 1966, el beatle explicó que tomó el nombre de "Eleanor" de Eleanor Bron, que trabajó con los Beatles en la película Help!, de Richard Lester, y "Rigby", de una firma de Bristol dedicada al comercio de vino, Rigby & Evens.

Pero en los años 80 se descubrió una lápida con el nombre de Eleanor Rigby en el cementerio de la escuela de San Pedro, de Woolton (Liverpool), al que solían ir de adolescentes McCartney y John Lennon para tomar el sol.

La Eleanor Rigby real había fallecido en octubre de 1939 a la edad de cuarenta y cuatro años, pero a diferencia de los seres solitarios de la canción de los Beatles, había estado casada.

Paul McCartney ha negado siempre que se inspirase para su canción en el nombre de esa lápida, aunque en cierta ocasión reconoció que tal vez lo hubiese registrado su subconsciente.

La subasta del documento tendrá lugar el 27 de noviembre en la galería Idea Generation, de Londres, y los organizadores confían en recaudar el equivalente a 615.000 euros (unos 780.000 dólares).

Fuente: EFE